Una entrevista inusual

Entré al edificio con paso firme, o al menos lo intenté. Por dentro, mi estómago era un revoltijo de nervios, pero mi cara… mi cara decía: "yo puedo con esto".

El problema es que MEGACORP parecía más un aeropuerto que una oficina. Era enorme. Frío. Elegante. Con recepcionistas perfectas que apenas te miraban si no tenías tacos o un apellido compuesto.

—Hola, tengo una entrevista para el puesto de secretaria ejecutiva —le dije a la mujer del mesón, con mi mejor voz profesional.

Ella tecleó algo sin levantar la vista.

—Piso 27. Oficina 13-B.

—¿Y cómo llego al ascensor?

—Al fondo, a la derecha —respondió, ya atenta a otra persona.

Caminé como si supiera exactamente a dónde iba. Pero el ascensor al fondo a la derecha… daba a un pasillo. El pasillo a otro hall. El hall a otro ascensor que pedía una tarjeta que no tenía. Diez minutos después, estaba oficialmente perdida en uno de los edificios más importantes de la ciudad. Y empezando a sudar.

Cuando finalmente di con el bendito ascensor correcto, ya iba atrasada.

Miré mi reflejo en las puertas metálicas. La blusa tenía una manchita de tierra en la cadera. El cabello había perdido parte de su batalla contra la humedad. Pero los ojos… los ojos estaban decididos.

—No te rindas ahora, María —me dije en voz baja—. Ya llegaste. Que sea lo que tenga que ser.

Al llegar al piso 27, avancé por un pasillo tan silencioso que podía oír el latido de mis propios nervios. Oficina 13-B. Ahí estaba.

Me acerqué, tomé aire… y justo cuando iba a tocar la puerta, se abrió.

Y entonces salió ella.

Rubia. Impecable. Con un vestido ajustado que parecía pintado sobre su cuerpo. Tacones altísimos. Olor a perfume caro. Boca roja. Mirada afilada. Y esa manera de caminar como si el suelo le debiera algo.

Al cruzarse conmigo, me golpeó con el hombro sin el más mínimo intento de esquivarme. Lo hizo con intención. Lo sentí. Lo supe.

Me tambaleé un poco, sorprendida, y antes de que pudiera decir nada, me lanzó una mirada de arriba abajo que dolió más que el golpe.

—Suerte —dijo con una sonrisa ladeada, venenosa—. La vas a necesitar.

Y siguió su camino, balanceando las caderas como si acabara de ganar algo.

Tragué saliva. Me arreglé la blusa. Ignoré el ardor en el pecho.

No soy ella, pensé.

Y no necesito serlo.

Toqué la puerta, que aún seguía entreabierta, y entré.

Lo primero que vi fue a él.

Y se me olvidó respirar.

Alto. De esos altos que no son simplemente por genética, sino por presencia. Llevaba un traje gris oscuro perfectamente ajustado, como si hubiera nacido con él puesto. El cabello castaño oscuro, peinado hacia atrás con ese desorden intencional que no se logra sin peinarse tres veces. La mandíbula marcada, la piel clara, y esos ojos...

Profundos y serios.

Como si pudieran ver a través de ti, pero sin revelar absolutamente nada de lo que piensan.

Y entonces habló.

—Llega tarde —dijo sin levantar apenas la voz, pero con la firmeza de quien no necesita gritar para tener el control.

Tragué saliva. Mantuve la frente en alto.

—Sí. Lo sé. Me perdí… pero estoy aquí.

No sé si fue mi tono. O la seguridad que fingí con más arte que convicción. Pero por un segundo —apenas un segundo—, vi que algo en su expresión cambiaba. No una sonrisa. Ni una ceja levantada. Solo... una mínima pausa.

—Está bien —dijo al fin, dejando la tablet a un lado—. Cuéntame entonces… ¿por qué buscas esto?

Parpadeé, un poco confundida. Esa no era la típica pregunta de entrevista.

Respiré hondo.

—Porque lo sé hacer —empecé—. Porque es lo que he hecho por años y porque, honestamente, me gusta. Me gusta que todo funcione. Me gusta que la agenda cuadre, que los equipos estén alineados, que los pendientes se resuelvan antes de que exploten.

Hice una pausa y me aseguré de que me estuviera escuchando. Lo estaba.

—Trabajé cinco años en administración en una empresa de logística. Coordinaba los horarios de tres gerentes distintos, gestionaba la facturación, las órdenes de compra, las licencias médicas del equipo. Trabajé con SAP y Netsuite, llevando control de inventario y validación de KPIs semanales. Siempre entregué los reportes a tiempo, y rara vez tuve errores. Me acostumbré a ser esa persona que resuelve cosas antes de que alguien tenga que pedirlo.

Lo miré con seguridad.

—Estoy aquí porque tengo las competencias, la experiencia y las ganas de aportar. Me tomo mi trabajo en serio, me involucro con los equipos, y me importa que las cosas salgan bien, no solo cumplir por cumplir. Sé que no tengo el perfil más común, pero sí tengo resultados concretos. Y eso, para mí, habla más que cualquier hoja de vida perfecta.

Cuando terminé de hablar, el silencio en la sala se alargó más de lo que esperaba.

Él no dijo nada de inmediato. Solo me observó. Serio. Imperturbable. Pero algo en su mirada había cambiado. Como si estuviera buscando algo en mí que no encajaba con lo que tenía en su cabeza.

Carraspeó apenas, y entonces se inclinó un poco hacia atrás, cruzando los brazos con un gesto casi… desconcertado.

—Interesante —dijo, más para sí mismo que para mí.

—¿Lo es? —pregunté, sin poder evitarlo.

—Sí. Es solo que… —hizo una pausa—. No es lo que esperaba escuchar.

—¿Por qué?

Me sostuvo la mirada por unos segundos.

—Porque la mayoría… —vaciló un momento— suelen comenzar hablando de si quieren casarse en la playa o en la montaña. O si prefieren perros o gatos.

Mi ceja se levantó por reflejo.

—¿Perdón?

Él parpadeó. Parecía haberse dado cuenta de algo. De mucho, en realidad.

—Tú no sabes de qué estoy hablando, ¿cierto?

—Estoy aquí por una entrevista de trabajo —dije, en voz baja, pero con firmeza.

Y ahí, lo vi. Ese instante en que el cerebro de alguien hace clic.

Se quedó completamente en silencio. Luego miró de nuevo su tablet. Su agenda. Después a mí.

Y por primera vez, el hombre perfecto, estructurado, seguro y casi inalcanzable… parecía incómodo.

—Entonces... parece que hubo un error.

—¿Qué tipo de entrevista creía que era?

Él me miró. El CEO. El implacable.

—Mi padre… suele organizar encuentros. Para presentarme posibles… candidatas. A matrimonio.

Me quedé en shock. Literalmente, sin palabras. Pero había algo que no me cuadraba.

—¿Por qué cree que su padre le organiza matrimonios? —pregunté, desafiante.

Él frunció el ceño. Algo en su expresión cambió, volviéndose oscura, impenetrable.

—Porque desde que mi esposa murió, cree que necesito… controlar mi vida.

Justo al mencionar a su esposa, la puerta se abrió de golpe. Era la niña del vestido blanco. Entró corriendo con lágrimas en los ojos, agitada.

—¡Papá! ¡La señora del parque me lastimó!

Sentí cómo mi sangre se helaba. ¿La señora del parque? ¿Acaso hablaba de mí?

—¿Señora del parque? —pregunté, tratando de entender, pero él me interrumpió bruscamente:

—Esto no es asunto suyo. Puede irse. Te llamaremos si necesitamos algo más.

Asentí, tratando de mantener la compostura.

Ese "te llamaremos" sonaba como un cierre educado.

No tenía que decir las palabras exactas. Yo ya había estado ahí antes. Muchas veces.

Salí sin decir una palabra más.

El pasillo me pareció más largo de lo que recordaba. El ascensor, más lento. Y el reflejo en las puertas metálicas me mostró a una mujer que se esforzaba por no dejar caer los hombros.

Lo sabía.

Fue demasiado bueno para ser verdad. Otra vez.

Y sin embargo… algo dentro de mí no se sentía igual.

No había tristeza. Solo una especie de vacío confuso.

No me escucharon por lástima. No me rechazaron por mi apariencia.

Simplemente... no era lo que esperaban. Y eso, en su mundo, probablemente bastaba.

Afuera, la ciudad seguía como si nada. El mismo ruido. El mismo cielo nublado.

Tomé el teléfono para avisarle a Lore.

—Listo —le dije cuando su voz apareció al otro lado, con esa energía nerviosa tan suya—. Ya salí.

Pausa. Su voz ansiosa preguntando detalles que no tenía fuerzas para inventar.

—No, no creo que pase nada...

Otra pausa más larga. Podía imaginarla al otro lado, preparando ese discurso motivacional que siempre tenía listo para mis derrotas, esa esperanza prestada que me ofrecía cuando la mía se agotaba.

—Pero gracias por creer en mí.

Y colgué sin darle tiempo a replicar. Sin lágrimas.

Caminé un par de cuadras sin rumbo claro, solo por no volver aún.

Un auto familiar pasó junto a mí. No muy rápido, pero tampoco lo suficiente como para reaccionar.

Reconocí el modelo. El color. Y al conductor.

Miguel.

No estaba solo, estaba con ella. La rubia de la entrevista.

Ella sonreía. Como si lo hubieran hecho muchas veces.

Y entonces lo entendí.

La foto que me enviaron semanas atrás.

Borroso, oscuro, mal enfocado.

Ella era la mujer de la foto.

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