Miraba la taza de café enfriarse entre mis manos. El silencio del departamento, apenas roto por el tic-tac obstinado del reloj de pared, parecía anunciar lo inevitable. No fue sorpresa cuando Miguel habló, pero dolió igual.
—No puedo seguir así, María. Una relación es de dos, y dos significa mitad y mitad. Llevo meses cargando con todos los gastos mientras tú... mientras tú sigues enviando currículums sin resultados.
No dije nada. No enseguida. Su tono era frío, meticulosamente ensayado. Casi lo podía imaginar practicándolo frente al espejo, con esa misma postura, ese mismo suspiro indiferente.
Lo miré, buscando en sus ojos alguna fisura. Una mínima señal de duda. Pero no. Solo había frialdad. Solo cálculo.
—¿Y el amor? —pregunté, aferrándome con torpeza a los últimos hilos de esperanza.
Suspiró como quien se quita de encima una carga vieja y molesta.
—Esto ya no es amor. Hace tiempo que no lo es. Y tú lo sabes.
Sí. Lo sabía. Lo había sabido desde hacía meses. Las miradas furtivas a su celular, las excusas mal armadas, el perfume nuevo que no era mío, y esa urgencia de estar “solo”. Había otra mujer. Lo supe mucho antes de tener el valor de decirlo en voz alta.
—¿Hay alguien más?
Se encogió de hombros. Ni siquiera tuvo la decencia de mentir.
—No tiene sentido hablar de eso ahora… Debes entender que necesito a alguien que esté a mi altura profesional y… en apariencia. Y sabes, deberías preocuparte más por tu aspecto, María. Quizás si hubieras hecho algo con esos kilos de más...
En apariencia.
Eso fue lo que me partió por dentro. Más que cualquier traición. Más que su indiferencia.
Aparté la mirada hacia el café, como si pudiera esconderme ahí, ahogarme en él. Las palabras me ardían en la garganta. Lo había escuchado tantas veces antes, de tantas formas: “Tienes una carita preciosa, si bajaras unos kilos podrías tener cualquier cosa”. Como si mi cuerpo fuera un castigo. Como si el mundo me midiera con una cinta métrica en vez de con lo que soy, lo que hago, lo que lucho cada día.
—Tú sabes que esto es hormonal, Miguel —dije, con la voz hecha cenizas—. He hecho todo. Nutricionista, endocrino, dietas, ejercicio. ¡Todo! Pero mi cuerpo no responde igual que el de otras personas.
—Siempre hay una excusa —me lanzó, sin siquiera mirarme—. Lo que pasa es que te acomodaste. Es más fácil culpar a una glándula que aceptar que no tienes disciplina.
Y ahí se rompió algo dentro de mí.
Pero no fue tristeza. Ni siquiera sorpresa.
Fue rabia.
Rabia contenida de años de tener que justificar cada bocado. Cada gramo. Cada centímetro de piel. Rabia de tener que explicar que no, no soy floja. Que mi cuerpo pelea una batalla todos los días y aun así me levanto, lucho, sonrío.
Rabia de ser siempre “la buena onda”, “la amiga leal”, pero nunca “la que se queda con el trabajo” o “la que enamora”.
Me levanté despacio. Con la poca dignidad que me quedaba.
—Tienes razón —le dije, con la voz temblorosa, pero firme—. Esto ya no es amor. Pero no porque yo esté rota. Sino porque tú nunca supiste verme entera.
Miguel abrió la boca. No sé si para defenderse o simplemente herirme un poco más. Pero no dijo nada.
Solo tomó sus llaves, su chaqueta, y salió. Así, sin mirar atrás. Sin una última palabra. Como quien deja una bolsa de basura en la puerta.Me miré al espejo apenas se fue. Las lágrimas distorsionaban mi reflejo, pero aún podía ver las curvas de mi cuerpo, esas que tanto había odiado y amado a la vez. Esas que no importaban cuánto me esforzara, siempre parecían traicionarme. Años de dietas, ejercicios, médicos y especialistas, para que al final mi propio cuerpo me saboteara con su desbalance hormonal.
"No es tu culpa," había dicho mi endocrinóloga. "Es el síndrome de ovario poliquístico. Afecta tu metabolismo."
Pero el mundo no entiende de síndromes o desbalances. El mundo solo ve lo que quiere ver. Y Miguel había visto a una mujer que no encajaba en su imagen perfecta, en sus estándares de "éxito".
Golpeé el espejo con la palma abierta, frustrada. ¿Cuántas entrevistas había perdido por no ser como las demás? ¿Cuántas puertas se habían cerrado porque no cumplía con el "perfil" que buscaban? No importaban mis calificaciones, mi experiencia, mis idiomas. Al final, siempre elegían a la chica delgada del vestido ajustado y la sonrisa perfecta.
"Eres hermosa, inteligente y capaz," me decía mi madre. Pero las palabras de consuelo se sentían vacías frente a la evidencia de un mundo que me juzgaba primero por mi talla y después por todo lo demás.
Me sequé las lágrimas con rabia. Esta vez sería diferente. Esta vez alguien vería más allá de mi apariencia. Tenía que ser así.
Justo cuando me senté en el sofá, dispuesta a borrar todas las fotos de Miguel de mi celular, sonó el timbre del teléfono. Un mensaje de un número desconocido:
“¿Sabes con quién está Miguel ahora mismo?”
Adjuntaba una foto borrosa de él abrazando a una mujer rubia frente a un café.
Mis manos temblaron. ¿Quién me enviaba esto? ¿Por qué?
Antes de que pudiera reaccionar, el número desapareció de la pantalla. Borrado. Como si nunca hubiera existido.
Me quedé inmóvil, el teléfono aún en la mano. El pasado ya no me dolía igual. Pero ahora, alguien más estaba jugando conmigo.
—No voy a ir, Lore. Cancela tú la entrevista, por favor. Inventa que me morí. Que me convertí en monja. Que me tragué un alfajor entero y me perdí en una dimensión paralela. Lo que quieras.Estaba hecha un ovillo en el sofá de Lore, con un moño mal hecho en la cabeza, envuelta en una manta que olía a helado de chocolate y derrota. Mis ojos estaban hinchados, y mi autoestima, en cuidados intensivos. Loreto, en cambio, brillaba como recién salida de una clase de pilates con Beyoncé.Ella me miró en silencio por unos segundos, cruzando los brazos sobre su polerón deportivo ajustado, como si estuviera evaluando qué tanto drama toleraría ese día.—¿Y por qué no vas? —preguntó al fin, sentándose a mi lado con una taza de té y una mirada que mezclaba ternura y amenaza pasiva-agresiva.—Porque… —suspiré, sintiéndome estúpida incluso antes de decirlo— porque estoy cansada de que me digan que no. De entrar a una sala y ver cómo sus ojos se clavan en mi cuerpo antes que en mi currículum. De comp
A veces, la vida se ensaña con una precisión quirúrgica. Como cuando pierdes el trabajo un martes, te deja tu novio un miércoles y el jueves te das cuenta que ni el pantalón de “emergencia” te sube porque tu tiroides decidió jugar al sabotaje hormonal. El despertador sonó antes de que pudiera caer en un sueño profundo. Dormí a pedazos, con el pecho pesado, la mente agotada y una sensación incómoda de anticipación clavada entre los hombros. Pero aun así me levanté.La casa estaba en silencio, y por un momento deseé que alguien me deseara suerte. Pero no. Solo yo, mi reflejo, y el nuevo día esperándome con los brazos cruzados.Me duché. Me peiné. Elegí con cuidado una blusa que me encantaba, pero que siempre dudaba en usar porque marcaba demasiado. La dejé a un lado. Después la tomé de nuevo.La miré frente al espejo.Ahí estaba yo.Las curvas que tantos veían como un problema.El cuerpo que no había pedido, pero que era el mío.Y la rabia volvió, mezclada con tristeza, mezclada con fu
Entré al edificio con paso firme, o al menos lo intenté. Por dentro, mi estómago era un revoltijo de nervios, pero mi cara… mi cara decía: "yo puedo con esto".El problema es que MEGACORP parecía más un aeropuerto que una oficina. Era enorme. Frío. Elegante. Con recepcionistas perfectas que apenas te miraban si no tenías tacos o un apellido compuesto.—Hola, tengo una entrevista para el puesto de secretaria ejecutiva —le dije a la mujer del mesón, con mi mejor voz profesional.Ella tecleó algo sin levantar la vista.—Piso 27. Oficina 13-B.—¿Y cómo llego al ascensor?—Al fondo, a la derecha —respondió, ya atenta a otra persona.Caminé como si supiera exactamente a dónde iba. Pero el ascensor al fondo a la derecha… daba a un pasillo. El pasillo a otro hall. El hall a otro ascensor que pedía una tarjeta que no tenía. Diez minutos después, estaba oficialmente perdida en uno de los edificios más importantes de la ciudad. Y empezando a sudar.Cuando finalmente di con el bendito ascensor co
Decidí no tomar transporte. Quería caminar. Necesitaba sentir el suelo bajo mis pies. Quemar el nudo en la garganta, el cansancio, la vergüenza. Cada paso era un intento de sacudirme la tristeza.El cielo ya estaba gris cuando doblé en mi calle. Estaba agotada, con los pies adoloridos y las ideas hechas polvo.Y entonces lo vi.Primero, con una ingenuidad desesperada, pensé que me había equivocado de lugar. Que había girado en la calle incorrecta, que el cansancio me había desorientado hasta llevarme a un edificio similar pero no el mío. Tenía que ser eso.Pero no. Las cajas. Mis maletas. Mis cosas… ahí, tiradas fuera del edificio.Como basura abandonada.—No, no, no... —las palabras escapaban de mis labios como una plegaria inútil, como si pudiera revertir la realidad con mi negación.Mi corazón se detuvo un segundo. Me acerqué con pasos torpes, incrédula, buscando una explicación lógica. Alguna broma. Un malentendido.Algo. Por favor, algo.Ahí estaba mi bolso de maquillaje, el que
Desde la oficina de dirección, el edificio parecía otro universo. Alto, perfecto, ordenado. Todo exactamente donde debía estar. Y yo, como siempre, en el centro de ese orden. Imperturbable. Infalible. En absoluto control.Al menos eso creí hasta que la vi a ella.Desde la ventana observé a una mujer arrodillada, calmando a una niña que nadie más quiso tocar. Una niña cubierta de tierra, temblando, pequeña, vulnerable.Mi niña. Mi hija. La pequeña que secretamente representaba la única fisura en mi armadura impenetrable.Alrededor de ellas, otras mujeres permanecían erguidas, impecables y frías, muñecas caras demasiado preocupadas por manchar sus vestidos. Altivas, distantes, más pendientes de la suciedad en sus zapatos que del llanto de una niña.Pero ella… ella era diferente.No dudó, no vaciló, no buscó aprobación ni validación en miradas ajenas. Simplemente la sostuvo, la abrazó. Le habló con una suavidad que, aun desde la distancia, me resultó desconocida. Algo en mi pecho se agit
Nunca imaginé que terminaría en el asiento de un auto lujoso, junto a un CEO que parecía sacado de una novela, escuchando la propuesta más absurda —y aterradora— de mi vida.Un contrato de matrimonio.No pude evitar reír, aunque fue más un suspiro nervioso que otra cosa. Lo miré de reojo. Él no sonreía. Hablaba en serio.—¿Estás… estás bromeando? —pregunté, esperando que lo estuviera. Que todo fuera una especie de prueba extraña, un test de personalidad de esos que solo los ricos entienden.Pero no. Su mirada era firme. Inquietantemente serena. Como si lo que acababa de decir fuera tan normal como ofrecerme un café.Mi corazón latía con fuerza. Sentía las palmas húmedas.—No puedo aceptar eso —dije, al fin. Mi voz temblaba un poco, pero estaba segura. Lo estaba.—¿Por qué? —preguntó, sin molestarse. Más confundido que otra cosa.Respiré hondo.—Porque no vine aquí para casarme con nadie. Quiero que me contraten por lo que sé hacer, no por… no sé, algún capricho tuyo o por esta conexió