257El sonido de las máquinas del hospital llenaba el ambiente mientras Julieta caminaba con una bandeja que sostenía un café y un par de sándwiches. Sus pensamientos estaban enfocados en encontrar una solución para los problemas de Hawks Holding y el bienestar de Tomás. Desde que asumió el mando, la presión había sido constante, y ahora, con Dimitri aún en libertad, su vida era una lucha constante contra el reloj. Primero la empresa, después Dimitri, se repetía como un mantra para no perder el foco.Cruzaba el pasillo principal cuando dos enfermeras pasaron conversando apresuradamente. Julieta no les prestó mucha atención al principio, pero unas palabras llamaron su atención de inmediato.—¿Supiste? —dijo una de ellas, mirando a su compañera con expresión alarmada—. La mujer que raptó a una niña hace poco se escapó antes de llegar al sanatorio. Dicen que todos murieron.Julieta se detuvo en seco. La bandeja tembló en sus manos.—No me digas… —respondió la otra enfermera, sorprend
258Faltaba poco para la rueda de prensa, y Julieta no podía evitar sentir un leve nudo en el estómago. Sentada en una pequeña sala de espera, su asistente, Mateo, revisaba algunos documentos mientras ella intentaba concentrarse en su respiración. Llevaba un vestido rosa palo elegante, sencillo pero sofisticado, que contrastaba con su expresión seria y pensativa.De repente, la puerta se abrió, y una mujer desconocida entró, mirando alrededor como si estuviera buscando algo. Sus ojos se iluminaron cuando vio a Julieta y, con una sonrisa satisfecha, se acercó con pasos firmes.—Oh, te encontré —dijo la mujer con entusiasmo, deteniéndose frente a Julieta.Julieta alzó la mirada, su postura se enderezó de inmediato, proyectando autoridad.—¿Qué quiere? —preguntó Julieta con voz calmada pero firme.—Me encantaría hablar con usted, señorita Persson.—Soy Beaumont. Julieta Beaumont —corrigió Julieta automáticamente, su ceño fruncido mientras evaluaba a la intrusa—. ¿Y usted es…?—Ver
259La tensión en la sala era palpable. Maximiliano Hawks y Alejandro Moretti estaban frente a frente, ambos con miradas desafiantes. La cárcel, un caos absoluto tras las explosiones, ahora era el escenario de un enfrentamiento que podría decidir mucho más que la supervivencia.Un silencio cargado dominaba el ambiente hasta que una risa, ligera y burlona, rompió la tensión.—Bueno, bueno, miren qué linda reunión familiar —dijo Sebastián Deveroux mientras entraba en la habitación con una elegancia que contrastaba completamente con el caos que los rodeaba. Vestía un impecable traje gris brillante y llevaba una sonrisa cínica que desarmaba a cualquiera.Maximiliano frunció el ceño al verlo.—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó, su voz grave, mientras sus ojos evaluaban cada movimiento del recién llegado.Sebastián se encogió de hombros con una mueca teatral.—Todos quieren algo de ti, Max. Bueno, en mi caso, no es a ti a quien quiero, sino a Julieta.Maximiliano apretó los dientes
260Julieta salía del hotel donde se había realizado la rueda de prensa, todavía sintiendo el peso de sus palabras resonando en su cabeza. Su teléfono sonó, y al ver el nombre del abogado Yoon en la pantalla, contestó de inmediato.—¿Ha habido algún cambio? —preguntó sin rodeos, su voz firme pero con una tensión latente.El silencio al otro lado de la línea la puso en alerta.—Están atacando la cárcel donde está Maximiliano —respondió Yoon finalmente, su tono grave—. Corre un gran peligro.Julieta sintió cómo toda la sangre de su rostro desaparecía. El aire parecía más pesado, y un estremecimiento recorrió su cuerpo.No supo exactamente cuándo terminó la llamada o cómo llegó al auto. Estaba aturdida, pero la urgencia la impulsaba.—Marcelo… —murmuró mientras su guardaespaldas la observaba con preocupación—. Dile a Marcelo que me alcance en la cárcel donde tienen a Max.Su voz apenas era un susurro, pero el guardaespaldas entendió. Sacó su teléfono de inmediato y marcó el número
261 Liliane estaba furiosa porque Sebastián se había llevado a Maximiliano. —Lo perdimos —murmuró, haciendo un puchero mientras sus ojos buscaban entre el caos algún rastro del hombre. —No importa, el resultado es el mismo, ¿no? —comentó Alejandro con una risa baja y despectiva—. Igual lo va a matar. Por alguna razón, ese comentario hizo que la molestia de Liliane se intensificara. Frunció el ceño y miró a Alejandro de reojo, pero no respondió de inmediato. Había algo en esa afirmación que la incomodaba profundamente. “¿Es porque me gusta Maximiliano? ¿O porque quiero matarlo yo misma?” pensó con irritación. No estaba segura, y esa incertidumbre la ponía aún más de mal humor. Alejandro, por su parte, ya estaba comenzando a aburrirse del escenario. El humo, los gritos y el caos generalizado no le parecían atractivos ahora que su objetivo principal había desaparecido. Miró a Liliane y suspiró, dándose cuenta de que su atención estaba claramente en otra parte. —Vamos, Lilian
262Maximiliano lo miró con furia, sus manos atadas tensándose mientras luchaba contra las restricciones.—¿De verdad piensas que Julieta va a caer en tu juego? —gruñó Maximiliano, escupiendo las palabras con desprecio—. Ella jamás se iría contigo.“Ella me ama demasiado para caer en eso” pensó Max seguro de su amor con ella.Sebastián dejó escapar una risa suave, casi burlona, mientras comenzaba a caminar lentamente alrededor de Maximiliano, como un depredador acechando a su presa.—Oh, Maximiliano, tu arrogancia es casi conmovedora —dijo con un tono falso de lástima—. Pero aquí estás, atrapado, sin nada, mientras yo estoy afuera, con todos los recursos para conquistarla, además. ¿Qué crees que hará ella cuando se entere de que estás muerto?Maximiliano apretó los dientes, sus ojos brillando con odio.—Julieta no es una mujer que puedas comprar ni manipular, Sebastián. Ella ve a través de tipos como tú —Max tensó las cadenas en sus manos.Sebastián se detuvo frente a él, incli
263Isabel estaba nerviosa, tamborileando los dedos contra la mesa mientras esperaba que su abogado terminara de revisar los documentos. Finalmente, él levantó la mirada y habló con calma:—Tengo buenas noticias, señorita Isabel. El señor Callum Rutland no va a presentar cargos en su contra —le cuenta el abogado. Su trabajo fue corto y preciso e igual cobraría.La tensión acumulada en su pecho pareció desvanecerse de golpe. Isabel soltó un suspiro de alivio, aunque su expresión seguía siendo de incredulidad.—¿En serio? ¿No habrá cargos? —preguntó, casi sin creerlo.El abogado asintió con una leve sonrisa.—Así es. El señor Rutland tomó esta decisión y eso simplifica todo el proceso. Ahora solo queda completar unos trámites menores, pero usted está libre de cualquier acusación —dijo el abogado, con su porte serio.Isabel respiró profundamente, como si por fin pudiera llenarse los pulmones de aire. Durante días había temido este momento, y ahora el peso que cargaba en sus hombros
264Arabella miraba con gran deseo a Callum queriendo tenerlo de nuevo encima de él, moviéndose dentro él… todos esos años había aguantado al viejo asqueroso con el recuerdo de Callum y ahora él… él no quería ni verla a los ojos.—Espero no interrumpir, Callum —dijo Arabella con voz suave, casi melosa, mientras caminaba hacia él con la confianza de quien siempre consigue lo que quiere.Callum se tensó al instante. Arabella no era alguien que frecuentara esa parte de la casa, y mucho menos a esas horas.—Arabella —respondió él, dejando el libro sobre la mesa y poniéndose de pie—. ¿Qué haces aquí?Ella sonrió, ignorando por completo su tono frío, y se acercó más.—Me preocupas, Callum. Te he visto tan… estresado últimamente. Pensé que tal vez podría ayudarte a relajarte —ofreció con coquetería, queriendo poner las manos encima de él.Callum arqueó una ceja, retrocediendo un paso.—Estoy bien, gracias —descartó son pestañear.Pero Arabella no se detuvo. Levantó una mano y la desl