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I La llegada al palacio

—¿Por qué no estás feliz, hija? Todo ha salido mejor de lo que esperábamos. Desposarte con el rey no se compara a hacerlo con Darko.

Darko era el dueño de la taberna de la aldea. Había hecho fortuna vendiendo aceite de pescado y guardaba tiernas miradas para Eris.

Era un hombre mayor, de modales burdos y aroma a pescado rancio, pero era lo mejor a lo que una mujer en aquella aldea podía aspirar. Eris se había resignado a convertirse en tabernera y llenarse de críos con aroma a pescado. Su familia se lo agradecería y no faltaría pan en la mesa para sus hermanos.

—Ya no tendrás que oler a pescado —le dijo su hermana menor—. El rey debe oler muy bien y dicen que es muy guapo.

—Huele a sangre —afirmó Eris—. No tengo pruebas, pero estoy segura. Lo persigue el tufo de la muerte y a través de su hombre ha hecho que yo huela a lo mismo. Oler a pescado sería una bendición.

Una bofetada de su madre la hizo callar.

—No hables así de tu futuro esposo, insensata. Le deberás honor, obediencia, lealtad y gratitud.

—Le entregaré mi vida, ya lo sé —declaró, sobándose la mejilla. Un pequeño dolor incomparable con el que sospechaba aguardaba por ella en el palacio.

Eris guardó las pocas posesiones que tenía, se despidió de su familia y subió al carruaje que la llevaría hasta la capital. Sabía, con certeza, que ya jamás haría el camino de regreso. Era un viaje sin retorno, como la misma muerte.

La capital de Balardia, rodeada por un ingente muro, estaba en el valle, lejos de la nieve y el frío. Sus gentes llenaban las calles, que olían a comida, flores y especias. Se oían sus conversaciones, risas y cantos; era un nuevo mundo a ojos de Eris.

El carruaje continuó avanzando y dejó atrás la algarabía por un paisaje más agreste y solitario, y el perfume de las gentes y sus vidas dio paso al tufo de la muerte que ella intuía. El palacio rocoso estaba en las alturas, oscuro, silencioso. Se detuvieron frente a las enormes puertas a la espera de que las abrieran.

Nunca vio Eris una estructura tan imponente, como si albergara dentro de sí a un dios. A un costado del puesto de vigilancia en las alturas, unos gruesos maderos se empinaban, como astas de banderas. Sin embargo, lo que se mecía colgando de ellos no lo eran en absoluto.

—Son ladrones, los ahorcaron en la mañana —le dijo el escolta—. Vamos, el rey la está esperando.

Otro hombre se llevó el carruaje y Eris avanzó tras el escolta, su destino estaba decidido y no sabía si valdría la pena el intentar cambiarlo.

El viento soplaba tras ella y hacía quejarse a las cuerdas de las que colgaban los ahorcados. Cuando las puertas descomunales fueron cerradas por los guardias, ya nada oyó. Se preguntó si tendría la fuerza siquiera para poder abrirlas por su cuenta.

La guía del escolta dio paso a unas siervas, mujeres mayores y de mirada fiera. Le recordaron a las comadrejas que aparecían en primavera y a falta de gallinas devoraban las pocas ratas que lograban atrapar.

—Mi nombre es Sora y ella es Dara, hemos servido al rey desde que era un crío y la serviremos también a usted. —Tenía Sora un solo ojo. Una cicatriz espantosa afeaba el lugar donde debía estar el otro.

—Si es que llega a convertirse en reina —aclaró Dara.

Por entre el cabello recogido, Eris notó que le faltaba una oreja.

—No hagas caso a sus palabras —la tranquilizó Sora—, la bilis se le agita con demasiada frecuencia. Te prepararemos un baño.

Las palabras de la boca de Eris no salieron y las dejó hacer. Las siervas le quitaron sus humildes ropas y la metieron a la tina con deliciosa agua tibia. Ungieron su cuerpo con aceites y hierbas olorosas, le cortaron las uñas y le quitaron los vellos que le sobraban en las piernas. Fue doloroso, pero ninguna victoria era sencilla, así lo sabía ella, que había oído las historias de la guerra, donde su futuro esposo había salido victorioso.

—Hay ropas nuevas para ti y perfume. El rey te estará esperando para cenar. Si necesitas ayuda, estaremos en el pasillo —avisó Sora y Eris asintió, quedándose a solas.

Tan maravillosa era la habitación que de verla perdía el aliento. Se sentó en el lecho porque sus piernas le temblaban. El suave edredón que del frío la protegería olía a la pureza del rocío. Las sábanas eran de tal suavidad que parecían hechas de agua. Debía ser seda, había oído de ella.

Cuando pudo volver a ponerse de pie inspeccionó cada cosa. Tan excitados estaban sus sentidos con los colores, texturas y aromas que no hallaba palabras para describirlos. ¿A qué olían los perfumes que se repartían en su tocador? Ella conocía los aromas del agua, la nieve, la tormenta, algunas verduras, la carne y las pestes del estiércol, la sangre, los pescados y la muerte.

Tan poco sabía en un mundo que se había vuelto sobrecogedoramente grande. Quizás las luces del nuevo mundo empequeñecerían las sombras del que dejaba atrás.

—Sí que tarda la muchacha. Debiste decirle lo que ocurre cuando haces esperar al rey —alegó Dara.

—Presionarla no le hará favor alguno. Los temblores frente al rey suelen acabar en estruendos.

Eris apareció antes de que fuera necesario apurarla. Las finas ropas la habían convertido en una bella dama, hasta que dio el primer paso. Jamás había usado ese tipo de calzado. Con cueros y fibras se cubrían los pies en la aldea. Los que usaba ahora eran duros, como de madera.

—Más te vale aprender a caminar de aquí a llegar a la sala donde el rey te aguarda —le dijo Dara.

Con paso firme se presentó Eris sobre la alfombra que cubría la entrada de la sala. Parado frente a la chimenea estaba el rey. Su silueta oscura era tan alta como la del hombre que, con su insana sed de sangre, la había llevado hasta allí.

La esperanza de Eris todavía llenaba su corazón cuando el hombre se volvió a verla. Era joven, más que Darko, y sus rasgos firmes no carecían de atractivo. El rey, que de tan ocupado en asuntos oficiales no tenía tiempo de visitar las aldeas, era un hombre gallardo y valeroso, fuerte como un toro y atractivo como el dios Ebron, protector de Balardia.

Era el rey y, como una humilde hormiga, Eris tuvo el instinto de inclinarse ante él y su poder. No alcanzó a hacerlo, él habló primero, luego de mirarla con decepción.

—¿Por qué no estás cubierta de sangre?

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