Eris llegó al comedor y el puesto junto a ella permaneció vacío todo el tiempo que duró el desayuno. La muchacha que tanto temía ser la siguiente en desaparecer parecía haberlo sido por fin y nuevamente nadie mencionó nada sobre su ausencia. Los temores que la hacían temblar se habían convertido en una profecía ineludible y Eris supo que se le acababa el tiempo, así que fue con Eladius. Que el rey fuera un hombre ocupado, con tantas esposas y otras mujeres para entretenerse le daba la ventaja de la poca importancia. A nadie le importaba que ella anduviera dando vueltas por ahí, hasta su nombre era sabido sólo por unos pocos. Nadie preguntó nada cuando Eladius salió con ella del palacio para dirigirse al templo. Si lo hubieran hecho, ella habría dicho que iría a dejar unas ofrendas florales para el dios Ebrón por la gloria del rey y el reino. Sospechaba que incluso la habrían escoltado.La grandeza del templo y su monumental belleza la hizo inclinar la cabeza y entró siguiendo al much
Eris se atrevió a mirar cuando, al grito de sorpresa de la multitud, le siguió uno más embravecido aún. En la arena, el Asko seguía de pie pese al golpe que a otro hombre habría mandado a volar luego de romperle varios huesos. Alter, colérico, puso en movimiento la bola una vez más y le asestó un golpe en la pierna izquierda, cerca de la corva de la rodilla. Debió partirla en dos, pero sólo lo desestabilizó un poco. —¿De dónde has sacado a semejante prisionero? —preguntó Darón, muy asombrado por la resistencia del Asko.—De Balardia —mintió el rey—. Si así son nuestros esclavos, imagina cómo son nuestros soldados. —La fuerza y resistencia son meras galanuras si la voluntad se ha perdido —repuso Darón—, y ese hombre parece anhelar morir. No hay goce en una batalla así. No es batalla, es masacre. El rey apretó la mandíbula. Justo ahora el Asko no quería pelear, pero bien que había matado antes a su mejor peleador.Alter se posicionó a un costado del Asko, hizo girar tres veces la bo
El agarre en las muñecas de Eris fue firme, pero gentil. Ella no se atrevió a jalar y tampoco habría podido hacerlo de querer, pues se había quedado inmóvil con tan repentina e inesperada maniobra del moribundo prisionero que ni para coger una espada y protegerse se movía, pero que ahora lo hacía, amparado en la oscuridad, para tocarla. Tragó saliva al tiempo que sintió la nariz del prisionero inhalando en sus muñecas, llevando así a sus pulmones la poción en la que había depositado todas sus esperanzas. El prisionero bestia la olfateaba como si fuera un perro que, con desespero, buscaba recuperar la huella de un rastro perdido, primero en sus muñecas, luego subió por los brazos y llegó hasta su cuello, donde inhaló más perfume y exhaló, humedeciéndole la piel con su aliento cálido. Le olió el rostro también, que Eris mantenía pegado a los barrotes y, por un instante, compartieron el mismo aire, respirando juntos. No respondió él con palabras a las súplicas de Eris, pero oyó el cl
Cinco días de festejo, eso decretó el rey al enterarse de que los dioses lo bendecirían con un hijo. Ilna, la afortunada madre, fue colmada con presentes desde todas partes del reino y el rey dispuso que todas las damas estuvieran a su servicio. La segunda y tercera esposa cuchicheaban por los rincones. Eris ya había escogido un bando y estaría con la futura reina, pero no estaba de más tener información y se ocultó tras una cortina para oírlas. «Con una mujer que engendre para él, no necesitará a otras». «En cualquier momento se deshará de nosotras». «Ya no necesita más esposas si con una le basta». «Oraré a los dioses para que ese crío no llegue a ver la luz del día». Eris salió de su escondite mucho después de que las esposas se fueran. Anduvo en silencio por el palacio y llegó a donde las damas y la reina escogían telas para nuevos vestidos. La belleza de los colores y las texturas no llamó su atención en demasía. —Esta es bellísima para un traje de bebé —dijo una de las
No había habido nuevos combates en la arena y Eladius no necesitaba de más ingredientes para sus pociones que pudiera conseguir en las mazmorras, pero Eris se las arregló para convencerlo de acompañarla hasta allá de nuevo. El menjunje que había preparado para las heridas ayudaría a sanar a los guerreros del rey y seguirían dándole al monarca un buen espectáculo, aseguró. Nada sabía él del prisionero bestia y su encuentro con el león porque no asistía a los combates. Una vez en las mazmorras, Eladius fue al lugar donde entrenaban los prisioneros. Uno a uno se enfrentaban con espadas de madera en un campo bajo el sol ardiente. Sus pieles bronceadas brillaban, curtidas y sudadas y el muchacho se halló mirándose los brazos, tan pálidos y flacuchos en comparación. —Atención, prisioneros —Mort, el entrenador, detuvo los ejercicios—. Hoy tenemos el honor de ser visitados por un aprendiz de sacerdote, el más culto entre los suyos y con habilidades mágicas —así se había presentado Eladiu
De todas las esposas que el rey tenía, escogió a Eris para acompañarlo en su noche de bodas con la nueva. Como una estatua estaba ella sentada, vista al piso, dedos entrelazados sobre las piernas. Imaginaba lo que podría ocurrir y su corazón se aceleraba. El rey, sentado con relajo en su regio sillón, recibía las uvas que una de sus esclavas desgranaba y le daba en la boca, mientras la acariciaba. Era una de las bailarinas, creyó Eris en el breve lapso en que la miró. Otra mujer le ofreció vino y reconoció a la que el rey había fornicado entre sus piernas. Eris aceptó la copa y se obligó a beber un gran sorbo. Le había oído decir a su padre que el buen vino ayudaba a infundir valor en los corazones y se rumoreaba que éste era el mejor. Nov llegó y trajo consigo a la nueva esposa. Era una muchachita delgada, de caminar seguro, cabellos negros como los de Eris y ojos determinados, puede que tanto como los de ella. «Ha traído un reemplazo para mí», pensó de inmediato y se halló m
La cegadora luz del sol dio de lleno en el rostro del prisionero bestia cuando emergió de la oscuridad de las mazmorras. Tras él iba Kemp, todavía cargando la alabarda en sus manos.—¿Estás listo para servir al rey y ofrecer tu vida para el goce de las multitudes? —le preguntó Mort, el entrenador. Había sido él también un prisionero en su tiempo, obligado a volverse guerrero. Luchó con maestría y, al igual que el bestia, sobrevivió al ataque de un león. Sahar le había arañado el rostro, arrancado el ojo izquierdo y desgarrado la nariz y los labios. Su rostro, ajado por el tiempo y el sol, era un pergamino viejo, que contaba mil historias de vida y muerte. Luego recibió el perdón del rey y ascendió al puesto que ocupaba ahora. El prisionero bestia asintió, mientras recorría con la vista el lugar. A un costado vio los lavaderos y hacia allá dirigió sus pasos, abriéndose camino entre los guerreros, que se apartaban a su andar. Aunque sólo Alter había sido testigo de sus hazañas, los o
La mesa del comedor de las mujeres permaneció vacía todo el día y la estancia siguió silenciosa incluso cuando Dara y Sora llegaron a limpiar. De tantas mujeres que alegraban el funesto palacio con sus voces, las tres que quedaban intentaban, con su silencio, que nadie se percatara de su presencia. Las esposas hermanas lloraban abrazadas en la misma habitación, recordando los días felices que pasaron como privilegiados miembros de la nobleza. No conocían el dolor ni el miedo y creyeron que jamás lo harían cuando el rey desposó a la mayor. Pero luego él fue por la menor y la alegría de vivir se extinguió.En sus aposentos, Eris se abrazaba las rodillas, encogida sobre su lecho. Frente a ella, el frasco roto de la poción le recordaba que sus esperanzas eran una débil flor como las que a veces crecían en la montaña. Crecían hasta que el inclemente frío las quemaba. Sin poción, todo su avance con el prisionero bestia se perdería. No tendría aliado ni poder ni posibilidades de salvarse