Alexander
Nunca nadie me había sacado tanto de quicio.
Jamás.
Pero Luna Martínez tenía un talento especial para desafiarme.
La maldita se las ingeniaba para hacer exactamente lo que le pedía que no hiciera, y peor aún, lograba que Mía la viera como su heroína.
Y ahora, después del desastre de la feria, después de que su pequeña travesura apareciera en cada maldita página de espectáculos, debería despedirla sin pensarlo.
Debería querer borrarla de mi vida.
Y sin embargo, no podía.
Porque Mía…
LunaOdiaba los tacones.Los vestidos largos.Las fiestas elegantes.Odiaba todo lo que tuviera que ver con eventos de gala y protocolos absurdos.Y sin embargo, ahí estaba.Metida en un vestido que costaba más que mi sueldo de tres meses.Con el cabello recogido en un peinado que me daba dolor de cabeza.Y con unos tacones que claramente habían sido diseñados por alguien con una sed insaciable de venganza contra la humanidad.Todo porque Mía me lo había pedido con esos ojitos de cachorro que me hacían imposible decirle que no.
LunaSi hay algo que me revienta en la vida, además de los hombres con complejo de superioridad y las reglas absurdas, es estar sin dinero.Y en este momento, mi cuenta bancaria parece un páramo desolado.Me gustaría decir que es la primera vez que estoy en esta situación, pero la realidad es que mi vida ha sido una montaña rusa desde que tengo memoria. Perdí la cuenta de las veces que tuve que salir adelante sola, de las veces que me caí y me levanté con los nudillos sangrando, lista para pelear otra vez. No me quejo, soy una sobreviviente, pero joder, a veces la vida podría darme un respiro.Y no, no es que gaste en tonterías ni que sea una irresponsable. Es que los imprevistos me persiguen como si les debiera dinero. Literalmente.—Mierda… —murmuro al ver la notificación de mi banco.Saldo insuficiente.Otra vez.Aprieto los dientes y suelto un bufido mientras recorro las calles con el celular en la mano, buscando alguna oferta de trabajo. Llevo semanas enviando currículums sin éxi
AlexanderEn el mundo de los negocios, la eficiencia lo es todo. No hay espacio para errores, improvisaciones ni sentimentalismos.Así es como he construido mi imperio.Así es como mantengo el control.Y así es como he logrado convertirme en uno de los hombres más poderosos del país.Mi agenda está cronometrada al segundo. Cada reunión, cada decisión, cada acuerdo se planea meticulosamente. No hay margen para distracciones. No hay margen para el caos.Excepto en un aspecto de mi vida.Mi hija.Mía tiene cinco años y, aunque es mi sangre, sigue siendo un enigma para mí. Es un torbellino de emociones, palabras y energía. Algo que no sé manejar. Algo que… no encaja en mi mundo ordenado.Por eso necesito a la mejor niñera.Una mujer con experiencia, disciplina y, sobre todo, discreción. Alguien que entienda que mi hija necesita estructura y estabilidad, no mimos y concesiones.Alguien completamente opuesto a la mujer que mi asistente acaba de traer a mi oficina.—Señor Saint-Clair, le pre
LunaNo es la primera vez que un hombre me mira como si fuera la última persona en la Tierra con la que quiere tratar.Tampoco es la primera vez que no me importa.Lo que sí es nuevo es que una niña de cinco años me haya declarado su favorita en menos de cinco minutos.Mía sigue aferrada a mi cuello, con esos ojazos llenos de determinación.—Papá, quiero que ella sea mi niñera.Su padre, el mismísimo Alexander Saint-Clair, el hombre que probablemente podría comprar medio país sin pestañear, la observa con el ceño fruncido.—Mía, no puedes elegir a alguien solo porque te cae bien.—¿Por qué no?—Porque no es así como funciona esto.—Pues debería.Casi suelto una carcajada, pero me la trago. No creo que al señor “Me-creo-Dios” le haga gracia.—Cariño, vamos a hablar de esto después —dice él, con una paciencia tensa.—No.Mi admiración por esta enana crece cada segundo.Alexander suelta un suspiro y me lanza una mirada que podría congelar el infierno.—Margaret, llévate a Mía un momento.
AlexanderContratar a Luna Ferrer fue, sin duda, una de las peores decisiones que he tomado en mi vida.Y eso que he cometido errores monumentales.Pero nada, absolutamente nada, me ha sacado tanto de quicio como esta mujer que ahora camina por mi casa como si fuera la dueña del lugar.Han pasado apenas veinticuatro horas desde que aceptó el trabajo y ya tengo ganas de despedirla.—¡Vamos, princesa, un poco más rápido! —exclama desde el jardín, con su tono despreocupado.Me asomo por la ventana de mi despacho y veo a Mía correteando por el césped, riendo a carcajadas mientras Luna la persigue.Mi hija… riendo.El problema no es que se diviertan.El problema es que esta mujer no sigue ni una sola de mis reglas.Le pedí rutinas claras.Le pedí estructura.Y aquí está, jugando como si esto fuera un campamento de verano.Cierro la laptop con más fuerza de la necesaria y bajo las escaleras con pasos firmes.Cuando salgo al jardín, Mía me ve y me saluda con una sonrisa radiante.—¡Papá!Lun
LunaHabía pasado menos de veinticuatro horas desde que acepté este trabajo y ya quería lanzarle uno de esos jarrones ridículamente caros a la cabeza de mi jefe.Alexander Belmont no solo era un CEO insufrible, sino que también tenía una lista de normas que hacían que trabajar aquí se sintiera más como estar en una maldita prisión de lujo.1. Nada de ruido innecesario.2. Nada de cambios en la rutina de Mía.3. Nada de desobedecer sus órdenes.Y la lista seguía y seguía…—El señor Belmont quiere que Mía desayune a las ocho en punto —me explicó una asistente que apenas cruzó miradas conmigo—. Después tiene su clase de francés, seguida de natación, almuerzo a las doce treinta, una hora de lectura y luego matemáticas.—Ajá… —murmuré, intentando no poner los ojos en blanco. ¿De verdad era un ser humano de seis años o un robot programado por su padre?Mía me sonrió mientras se balanceaba en su silla de comedor, ignorando su tazón de avena perfectamente servida.—¿Te gusta la avena, enana?
AlexanderNunca me había gustado repetir órdenes.En mi empresa, una instrucción dada era una instrucción cumplida. No toleraba explicaciones, excusas ni cuestionamientos. Pero, al parecer, Luna Mendoza no entendía cómo funcionaban las cosas en mi mundo.Desde que llegó, había convertido mi casa en un desastre controlado. Mía reía más, sí, pero también había desorden, caos y un nivel de desafío que me crispaba los nervios.Y lo peor de todo era que Luna no tenía miedo.No se intimidaba por mi tono cortante, no bajaba la mirada cuando le llamaba la atención, y definitivamente no se molestaba en disimular su sarcasmo.Estaba harto.Así que cuando entré a mi estudio y la vi sentada con las piernas cruzadas sobre el sofá, como si fuera la dueña del lugar, decidí que ya era suficiente.—¿Es mucho pedir que te comportes como una empleada normal? —pregunté, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.Luna ni siquiera se inmutó.—¿Y es mucho pedir que te comportes como un padre normal?
LunaSi había algo que Alexander Black no entendía, era que una niña de seis años no era un maldito robot.Mía llevaba días siguiendo su rutina de clases, lectura y actividades estrictamente programadas. Y aunque no se quejaba en voz alta, yo veía en su carita que le faltaba algo. Libertad, emoción, aventura.Así que decidí hacer lo que mejor se me daba: romper las reglas.—¿Quieres hacer algo divertido? —le susurré a Mía mientras terminaba de colorear dentro de los límites perfectos de su libro de arte.La niña alzó la vista, curiosa pero un poco desconfiada.—¿Algo que no esté en mi horario?Sonreí con picardía.—Exacto.Mía miró alrededor como si esperara que su padre apareciera de la nada para detenernos.—¿Y si papá se enoja?Me encogí de hombros.—A veces hay que hacer cosas que nos hacen felices aunque a los adultos les moleste.Mía frunció los labios, claramente debatiéndose. Pero entonces, sus ojos brillaron con emoción.—¿A dónde vamos?—Es una sorpresa.Tomé su manita y sal