Luna
Había pasado menos de veinticuatro horas desde que acepté este trabajo y ya quería lanzarle uno de esos jarrones ridículamente caros a la cabeza de mi jefe.
Alexander Belmont no solo era un CEO insufrible, sino que también tenía una lista de normas que hacían que trabajar aquí se sintiera más como estar en una m*****a prisión de lujo.
1. Nada de ruido innecesario.
2. Nada de cambios en la rutina de Mía.
3. Nada de desobedecer sus órdenes.
Y la lista seguía y seguía…
—El señor Belmont quiere que Mía desayune a las ocho en punto —me explicó una asistente que apenas cruzó miradas conmigo—. Después tiene su clase de francés, seguida de natación, almuerzo a las doce treinta, una hora de lectura y luego matemáticas.
—Ajá… —murmuré, intentando no poner los ojos en blanco. ¿De verdad era un ser humano de seis años o un robot programado por su padre?
Mía me sonrió mientras se balanceaba en su silla de comedor, ignorando su tazón de avena perfectamente servida.
—¿Te gusta la avena, enana? —le pregunté en voz baja.
Ella miró a su alrededor, como si fuera a revelar un secreto prohibido.
—No mucho —susurró.
—¿Y qué te gustaría desayunar?
Mía titubeó, mordisqueando su cuchara.
—Tostadas con mermelada de fresa… pero sin trozos.
Le sonreí y me acerqué al chef.
—Oye, ¿puedes hacer unas tostadas con mermelada sin trozos para Mía?
El chef me miró con nerviosismo.
—El señor Belmont quiere que coma avena.
Respiré hondo.
—Y yo quiero un yate en Mónaco, pero aquí estamos… ¿puedes hacerlas o tengo que hacerlas yo misma?
El chef se rindió con un suspiro y en menos de cinco minutos Mía tenía frente a ella un desayuno que realmente quería comer. Se la veía feliz, y con cada mordisco su sonrisa se hacía más grande.
Una niña de seis años no debería vivir siguiendo un cronograma más estricto que el de la NASA.
Y por más que intenté seguir las reglas de Alexander, algunas simplemente me parecían absurdas. ¿No podía ver que su hija estaba siendo criada como una muñeca de porcelana en una vitrina?
Así que, sí… me salté algunas normas. Solo unas pocas.
Tal vez dejé que Mía viera una película en lugar de leer por una hora. Tal vez le permití correr en el jardín descalza en vez de ir a su clase de matemáticas. Tal vez la dejé jugar con pinturas y acabamos con las manos llenas de colores en la terraza.
Pero Mía no se había visto tan feliz en todo el día.
Hasta que llegó él.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Alexander apareció en la terraza con el ceño fruncido y los ojos fríos como el hielo. Llevaba su eterno traje negro, como si estuviera listo para firmar un acuerdo multimillonario en cualquier momento. Sus ojos pasaron de Mía, con las manos llenas de pintura, a mí, con una gran mancha azul en la mejilla.
—Estamos jugando —respondí con naturalidad.
Él apretó la mandíbula.
—No contraté una niñera para que ignore mis instrucciones.
Cruzamos miradas en una guerra silenciosa. Mía, sintiendo la tensión, bajó la cabeza.
—No contrataste una niñera, contrataste una carcelera. Y lamento decirte que no soy buena en ese trabajo.
—Se supone que sigas un horario.
Me encogí de hombros.
—La vida no es una reunión corporativa, Alexander.
Sus ojos destellaron con furia contenida. Se inclinó hacia mí, lo suficiente como para que su imponente presencia me rodeara.
—Si no puedes seguir las reglas, te sugiero que busques otro empleo.
Lo miré sin pestañear, sin darle el gusto de intimidarme.
—Y yo te sugiero que empieces a darte cuenta de que tu hija no es una acción en la bolsa de valores. Es una niña. Y las niñas necesitan reír, ensuciarse y hacer cosas de niñas.
Hubo un silencio tenso. Sus puños estaban cerrados, su postura rígida. Pero en sus ojos… había algo más. Algo que no supe descifrar.
Finalmente, se enderezó y habló con voz cortante.
—No te pago para que cuestiones mi forma de criarla.
—Y yo no estoy aquí para ser tu títere.
Mía nos miró de uno a otro con el corazón en los ojos, como si esperara que cualquiera de los dos explotara en cualquier momento.
Alexander suspiró, pasándose una mano por el cabello, antes de inclinarse hacia su hija.
—Ve a limpiarte, cariño.
Mía asintió y se alejó corriendo, dejando solo a Alexander y a mí en la terraza.
—Última advertencia, Luna —dijo en voz baja, pero con un filo que me hizo estremecer—. No desafíes mis reglas otra vez.
Le sostuve la mirada y sonreí de lado.
—¿Sabes qué es lo mejor de las advertencias?
Se quedó en silencio.
—Que dan justo en el punto donde vale la pena arriesgarse.
Me giré y caminé hacia la casa con una sonrisa burlona en los labios.
Sabía que Alexander Belmont estaba acostumbrado a que todos le obedecieran sin chistar.
Pero yo no era “todos”.
Y esto recién comenzaba.
AlexanderNunca me había gustado repetir órdenes.En mi empresa, una instrucción dada era una instrucción cumplida. No toleraba explicaciones, excusas ni cuestionamientos. Pero, al parecer, Luna Mendoza no entendía cómo funcionaban las cosas en mi mundo.Desde que llegó, había convertido mi casa en un desastre controlado. Mía reía más, sí, pero también había desorden, caos y un nivel de desafío que me crispaba los nervios.Y lo peor de todo era que Luna no tenía miedo.No se intimidaba por mi tono cortante, no bajaba la mirada cuando le llamaba la atención, y definitivamente no se molestaba en disimular su sarcasmo.Estaba harto.Así que cuando entré a mi estudio y la vi sentada con las piernas cruzadas sobre el sofá, como si fuera la dueña del lugar, decidí que ya era suficiente.—¿Es mucho pedir que te comportes como una empleada normal? —pregunté, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.Luna ni siquiera se inmutó.—¿Y es mucho pedir que te comportes como un padre normal?
LunaSi había algo que Alexander Black no entendía, era que una niña de seis años no era un maldito robot.Mía llevaba días siguiendo su rutina de clases, lectura y actividades estrictamente programadas. Y aunque no se quejaba en voz alta, yo veía en su carita que le faltaba algo. Libertad, emoción, aventura.Así que decidí hacer lo que mejor se me daba: romper las reglas.—¿Quieres hacer algo divertido? —le susurré a Mía mientras terminaba de colorear dentro de los límites perfectos de su libro de arte.La niña alzó la vista, curiosa pero un poco desconfiada.—¿Algo que no esté en mi horario?Sonreí con picardía.—Exacto.Mía miró alrededor como si esperara que su padre apareciera de la nada para detenernos.—¿Y si papá se enoja?Me encogí de hombros.—A veces hay que hacer cosas que nos hacen felices aunque a los adultos les moleste.Mía frunció los labios, claramente debatiéndose. Pero entonces, sus ojos brillaron con emoción.—¿A dónde vamos?—Es una sorpresa.Tomé su manita y sal
AlexanderMía nunca había estado tan feliz.No necesitaba que nadie me lo dijera. No hacía falta que los empleados de la casa mencionaran lo risueña que estaba últimamente ni que mi asistente insistiera en que su energía había cambiado. Yo mismo lo veía.Desde que Luna había entrado en nuestras vidas, mi hija reía más, hablaba más y hasta comía con más entusiasmo. Su mirada había pasado de la resignación a la emoción en cuestión de días.Y, maldita sea, no sabía qué hacer con eso.La niñera estaba rompiendo por completo la estructura que con tanto esfuerzo había construido para Mía.
LunaMía estaba profundamente dormida, abrazando su oso de peluche con fuerza, con las sábanas revueltas alrededor de su cuerpecito. Su respiración era tranquila, acompasada, y de vez en cuando murmuraba cosas incomprensibles entre sueños.Yo, en cambio, estaba sentada en el sillón junto a su cama, mirándola con la cabeza apoyada en la mano.Nunca pensé que un trabajo que tomé por dinero me afectaría tanto.Al principio, todo esto fue un reto, un juego para desafiar a Alexander y su ridícula manera de controlar cada aspecto de la vida de su hija. Pero ahora… ahora era diferente.Mía me importaba.
AlexanderNunca antes había conocido a alguien tan obstinada, tan irreverente y tan absolutamente incapaz de seguir instrucciones como Luna Martínez.Desde el momento en que puso un pie en mi casa, supe que sería un problema. Uno grande.Y no me equivoqué.Cada día, cada maldito día, encontraba una manera de desafiarme. De empujar los límites que establecí con tanta precisión para la educación de Mía.Le permitía correr cuando debía caminar. Le dejaba ensuciarse cuando debía permanecer impecable. Le enseñaba a reír fuerte cuando la disciplina requería silencio.Era una molestia.Pero más molesto aún era
LunaCuando acepté este trabajo, lo hice por el dinero.Ahora… ya no estaba tan segura.El problema no era Alexander Black, aunque me sacara de quicio con sus normas estrictas y su manera de actuar como si fuera el dueño del mundo.El problema era Mía.Esa niña se estaba metiendo bajo mi piel sin que me diera cuenta.Y en esa noche en particular, no pude hacer nada para evitarlo.Eran las dos de la mañana cuando escuché un ruido.Al principio, pens&ea
AlexanderLuna era un maldito problema.Uno que cada día se volvía más difícil de manejar.Lo supe desde el momento en que apareció en mi oficina con su actitud desafiante y esa maldita sonrisa burlona que me sacaba de quicio.Pero anoche…Anoche fue diferente.Entrar en esa habitación y verla con Mía entre sus brazos, susurrándole una canción mientras mi hija dormía plácidamente, había sido un golpe que no vi venir.Era la primera vez que veía a Mía así de… tranquila.Feliz.Segura.
LunaNo iba a mentir.Sabía perfectamente que lo que estaba a punto de hacer era una completa locura.Que Alexander se pondría furioso.Que probablemente intentaría despedirme.Pero cuando vi la forma en la que los ojos de Mía brillaron al ver los juegos de la feria desde la ventana del coche, no pude evitarlo.—¿Alguna vez has ido a una feria, princesa? —pregunté con fingida inocencia.Mía negó con la cabeza, sus rizos d