Un acuerdo tenso

Alexander

Nunca me había gustado repetir órdenes.

En mi empresa, una instrucción dada era una instrucción cumplida. No toleraba explicaciones, excusas ni cuestionamientos. Pero, al parecer, Luna Mendoza no entendía cómo funcionaban las cosas en mi mundo.

Desde que llegó, había convertido mi casa en un desastre controlado. Mía reía más, sí, pero también había desorden, caos y un nivel de desafío que me crispaba los nervios.

Y lo peor de todo era que Luna no tenía miedo.

No se intimidaba por mi tono cortante, no bajaba la mirada cuando le llamaba la atención, y definitivamente no se molestaba en disimular su sarcasmo.

Estaba harto.

Así que cuando entré a mi estudio y la vi sentada con las piernas cruzadas sobre el sofá, como si fuera la dueña del lugar, decidí que ya era suficiente.

—¿Es mucho pedir que te comportes como una empleada normal? —pregunté, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.

Luna ni siquiera se inmutó.

—¿Y es mucho pedir que te comportes como un padre normal?

Inspiré hondo, contando mentalmente hasta diez para no perder la paciencia.

—No estamos aquí para discutir mi paternidad.

—No, claro que no. Estamos aquí porque, según tú, soy el peor error de contratación que has cometido.

Apreté la mandíbula.

—Lo eres.

Ella sonrió de lado.

—Entonces, ¿por qué no me despides?

Buena pregunta.

Podría hacerlo. Podría llamar a Recursos Humanos y tener otra candidata en menos de veinticuatro horas. Pero el problema no era solo ella. Era Mía.

Desde que Luna llegó, mi hija estaba más animada, más viva. Era como si de repente se hubiera permitido ser una niña.

No podía ignorarlo, pero tampoco podía permitir que todo se saliera de control.

Me acerqué a mi escritorio y me apoyé en el borde, cruzando los brazos.

—Voy a ser claro. No voy a tolerar que desestabilices la disciplina de mi hija.

Luna suspiró con exageración y se dejó caer contra el respaldo del sofá.

—Ay, por favor. No la estoy desestabilizando, solo la estoy dejando respirar.

—Tiene una rutina establecida por una razón.

—Sí, claro, para que cuando crezca sea una máquina eficiente, sin emociones ni opiniones.

Solté un suspiro cansado.

—Eres imposible.

—Tú también.

Nos miramos en un silencio cargado de tensión.

Nunca había conocido a alguien que me desafiara tanto. En el mundo de los negocios, la gente me obedecía sin chistar. Pero Luna… ella parecía disfrutar sacándome de mis casillas.

Me pasé una mano por el cabello y exhalé despacio.

—Vamos a hacer un trato.

—¿Un trato? —arqueó una ceja.

Asentí.

—Tú mantienes la rutina de Mía, sin alterar sus clases ni su disciplina. Y yo… te permito ciertas libertades dentro de límites razonables.

Luna ladeó la cabeza, fingiendo pensarlo.

—¿Qué significa ‘libertades razonables’?

—Que puede jugar contigo en su tiempo libre, pero sin alterar su horario de estudio ni sus hábitos.

Ella chasqueó la lengua.

—Demasiado estricto.

—No es negociable.

Luna sonrió con diversión.

—Todo es negociable, jefe.

Fruncí el ceño.

—No me llames así.

—Vale, jefe.

Conté hasta diez otra vez.

—¿Aceptas el trato o no?

Luna fingió pensarlo por un momento y luego se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Pero…

—¿Pero qué? —pregunté con impaciencia.

Ella se puso de pie, acercándose lo suficiente como para que pudiera notar la chispa desafiante en sus ojos.

—No voy a permitir que críes a Mía como si fuera un robot.

—No la estoy criando como un robot.

—Sí, lo haces. La tratas como si fuera una extensión de tu empresa, y eso no está bien.

Apreté los dientes.

—Yo sé lo que es mejor para mi hija.

—¿De verdad? Porque hasta ahora parece que la única que sabe lo que la hace feliz soy yo.

Esas palabras me golpearon más de lo que deberían.

Luna no esperó mi respuesta. Me dio una última mirada triunfal y salió de mi estudio con una sonrisa de satisfacción.

Me quedé allí, mirando la puerta cerrada, con una sensación extraña en el pecho.

Habíamos llegado a un punto medio, sí.

Pero ninguno de los dos estaba realmente satisfecho.

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