El día que conocí a Carlos, no imaginé que todo cambiaría para siempre.Fue una tarde con un solazo del mismo demonio, una de esas en las que el calor del Caribe se siente en cada rincón y el mar parece invitarte a sumergirte en su azul profundo. Estaba en la playa llamada Bocachica con unas amigas y mi hermana menor, disfrutando del sol con la brisa fresca, cuando lo vi por primera vez.Él estaba sentado en las rocas donde las olas chocaban una y otra vez, con una sonrisa que me pareció casi mágica. No sé cómo, pero mi loba rugió al hacer contacto con sus ojos verdes.Nos miramos un par de segundos, y de inmediato, fue como si el mundo a nuestro alrededor desapareciera momentáneamente. Él se puso de pie, vestía solo unos pantalones cortos con la parte superior de su cuerpo al aire mostrando lo hermoso y buen tonificado de su cuerpo y se lanzó al vasto mar, no sin antes dedicarme una sonrisa que me desarmó por completo.—¡Amiga, te sonrío!—chismosea Isamar al darse cuenta de que me qu
Suspiroprofundamente antes de continuar.Los mensajes anteriores eran aún peores. Me mordió los labios y sustituí eso con las uñas. Me mordí las uñas por los nervios por ese estúpido mensaje, pero continúe leyendo.Kenia: "¿Quién es la mujer Omega de la foto con los niños?"Carlos: "Es mi Luna. Pero no te preocupes, ella viaja mucho por trabajo. Soy yo quien está a cargo de los niños, así que las cosas no son como parecen."Kenia: "¿En serio? Pensé que estaba contigo."Carlos: "No, no te preocupes. La relación está rota desde hace tiempo. Ella no me satisface. Ella me descuida mucho. Siempre está escribiendo o viajando. Tú eres lo único que me hace sentir vivo."Sentí como si alguien me hubiera golpeado en el estómago. Mi visión se nubló y el sonido del tic-tac del reloj en la pared se volvió insoportable.¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había permitido que nuestra relación se convirtiera en una mentira tan grande?Las lágrimas caían silenciosamente por mi rostro mientras continuaba
Al día siguiente, después de dejar a Valentina y Diego en la escuela, regresé a casa con un nudo en el estómago. No me sentía nada bien.Sabía que Carlos seguía durmiendo, pero no tenía intención de despertarlo como siempre. No más desayunos servidos con una sonrisa falsa, no más rutina de pretender que todo estaba bien.Mientras preparaba un café para mí misma, lo escuché bajar las escaleras. Llevaba la camisa arrugada y el cabello revuelto, con una expresión de fastidio que me revolvió el estómago.—¿Por qué no me despertaste, maldita sea? —pregunta, con el tono molesto que solía usar cuando algo no salía como esperaba. Se cruza de brazos y añade—: ¿Y mi maldito desayuno? ¿No piensas cocinar hoy, por estar metida en esos malditos libros de mierda?Tomo un sorbo de café, intentando mantener la calma.—No creí que necesitaras que te despertara, Carlos. Parece que tienes energía de sobra para salir por ahí y llevar una doble vida. Seguro puedes prepararte tu propio "maldito" desayuno.
Carlos desliza mis prendas con una lentitud calculada, como si quisiera que cada centímetro de piel que quedaba expuesta fuese un recordatorio de su control sobre mí.No es la primera vez que estamos juntos, pero esta vez es diferente. Hay algo en su mirada, en la forma en que sus manos recorren mi espalda, que me hace sentir atrapada entre el deseo y la incertidumbre.—No te tenses —susurra cerca de mi oído, con su voz ronca y baja.Pero es imposible no hacerlo. Mi respiración es irregular, mi cuerpo está rígido, y aunque quiero relajarme, no puedo evitar que una parte de mí sienta miedo. No es un miedo físico, no tengo temor de que me haga daño, pero sí de lo que significa esto. De lo que puede cambiar entre nosotros después de esta noche.Él toma el bote de Lu ricante de la gaveta y lo vierte en mi culo.—¡Ahh, Carlos...duele!—Shhh...tranquila es normal, es tu primera vez por aquí...Empezó con un dedo, dolió como el mismísimo diablo, luego introdujo dos y luego tres.Él se toma s
Me siento en el sofá, intentando mantener la calma mientras Marta recoge los platos.—¿Sabes, Ana? —dice, entrando de nuevo en la sala—. A veces pienso que tú y Carlos son muy diferentes.—¿Ah, sí? —respondo, sin ocultar mi molestia.—Sí. Él siempre ha sido un hombre ambicioso, trabajador… Y tú, bueno… eres más tranquila y ahora con ese trabajo mediocre disque de escritora.—Tranquila no significa menos y mi trabajo me sostiene y a los niños—digo, mirándola fijamente.Ella sonríe, pero sus ojos no muestran calidez.—Claro que no. Pero Carlos necesita a alguien que lo empuje a ser mejor, no que lo frene. Antes eras más viva, salían más a menudo. Pareces una vieja.Me quedo en silencio, apretando los puños sobre las piernas. ¿Por qué siempre tiene que hacerme sentir como si no fuera suficiente?Cuando Carlos regresa, (dos horas después ) ya es tarde. Entro al auto sin decir una palabra y él arranca sin mirar atrás.—¿Qué tal con mi mamá? —pregunta, como si realmente le importara.—Lo de
Revisé una y otra vez, moviendo la caja, buscando en los rincones. Pero no había nada. Ni un solo billete. Ni un centavo.El aire se me escapó de los pulmones, y sentí cómo el mundo se desmoronaba bajo mis pies. ¡Se había llevado todo! ¡El dinero de los niños! Mi mente se negaba a aceptar lo que estaba viendo. ¿Cómo podía haberme hecho esto, cuando ni siquiera se preocupó en darme un quinto de su dinero para guardarlo?Sin pensarlo dos veces, agarré el teléfono y marqué su número. Mis dedos temblaban tanto que tuve que intentarlo tres veces antes de que la llamada pasara. No contestaba. Cada pitido del otro lado de la línea aumentaba mi desesperación. Estuve dos horas llamando y nada. Cuando finalmente escuché su voz, no me contuve.—¡Carlos! ¡¿Dónde estás?! —grité, sin importarme nada.—Ana… ¿qué pasa ahora, nena? —su voz sonaba molesta, como si yo estuviera exagerando otra vez.—¡No te hagas el tonto! ¡Te llevaste el dinero de la caja fuerte! ¡El de los niños! ¿¡Cómo pudiste!?Hubo
A todo eso, lo que me costó más aceptar fue que Marcos ya no era el hombre atento que había conocido al principio.El tiempo había pasado y ese mismo tiempo que antes pasábamos juntos, esas tardes de charla tranquila o de simplemente mirar una película, se volvieron cada vez más raras. Había algo en él que se había cerrado, algo que yo no sabía cómo abordar. Pasaba horas en su teléfono, y yo seguía haciendo malabares con mis trabajos y la casa.Yo escribía y al mismo tiempo que tenía, revendía cosas por internet, trabajaba en un blog personal, en las redes para promocionar mis novelas y tuve que buscar un trabajo extra como servicio al cliente. Yo llegaba súper agotada, y cuando estaba en casa, a menudo lo encontraba mirando su teléfono o simplemente cansado, sin ganas de hablar.Ya no me preguntaba cómo me sentía. Ya no me hablaba como antes. Todo era "esto debe hacerse", "lo otro necesita atención". Y aunque sentía que las paredes de la casa se iban estrechando, no me atrevía a deci
Hubo un día que tuve muchas ventas digitales de un libro. Aproveche que mi relación con Marcos estaba deteriorándose y compré champaña y prepare una cena espectacular solo para los dos. Envié a los niños a casa de mi madre para así tener el apartamento para nosotrosEl olor a ajo y mantequilla impregna el apartamento mientras termino de dorar los camarones. Las champañas está enfriándose en la nevera y la mesa está impecablemente arreglada con velas encendidas y una suave melodía romántica de fondo.Hoy he vendido muchas copias de mi libro, y me siento muy feliz, aunque podría haber usado ese dinero en algo más, decidí invertirlo en esto, en nosotros. En lo que todavía queda de este matrimonio.Marcos llega tarde esa noche. Escucho la puerta abrirse y sus pasos cansados por el pasillo. Me seco las manos rápidamente en el delantal y salgo a recibirlo.—¿Y esto? —pregunta arqueando una ceja mientras deja las llaves sobre la mesa.—Quise hacer algo especial para nosotros —respondo con un