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Capítulo 40 - La Revelación del Enemigo

El aire estaba impregnado con el olor metálico de la sangre. Emma sintió su corazón latir con furia mientras observaba a Caleb en el suelo, su pecho subiendo y bajando con dificultad. Diego se arrodilló a su lado, presionando la herida con desesperación.  

—¡Aguanta! —le ordenó con voz tensa.  

Pero Emma no podía moverse. Sus ojos estaban fijos en la nueva presencia que había emergido entre la bruma.  

El lobo gris oscuro con cicatrices en el rostro los observaba con una frialdad aterradora. Su mera presencia hacía que el aire se sintiera más pesado, como si la oscuridad lo envolviera todo.  

—No puede ser… —susurró Diego, poniéndose de pie.  

Emma miró a su compañero, notando la tensión en su mandíbula.  

—¿Lo conoces?  

El lobo gris cambió de forma. Su cuerpo se contrajo y estiró hasta que, en cuestión de segundos, un hombre alto y de apariencia imponente quedó de pie ante ellos. Su piel era pálida, sus ojos oscuros como la noche y sus cicatrices lo hacían parecer aún más letal.  

—Por supuesto que me conoce —respondió el hombre con voz grave—. ¿Verdad, Diego?  

El silencio que siguió fue sofocante.  

Emma sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando Diego apretó los puños.  

—Tú estás muerto… —murmuró con incredulidad.  

El hombre sonrió con burla.  

—Lo estuve. Pero alguien me dio una segunda oportunidad.  

Marcus, que aún se tambaleaba después del impacto de la Diosa Luna, levantó la cabeza y observó al recién llegado con cautela.  

—Tú… —dijo, entrecerrando los ojos.  

El desconocido lo miró con desdén.  

—Eres un fracaso, Marcus. Creíste que podías manejar este poder, pero no eres más que un perro rabioso sin control.  

Marcus gruñó, pero incluso él parecía dudar.  

Emma tragó saliva.  

—¿Quién eres? —preguntó, con la voz más firme de lo que se sentía.  

El hombre desvió su mirada hacia ella, y por primera vez, Emma sintió un frío inexplicable apoderarse de su cuerpo.  

—Mi nombre es Sebastián, y yo soy el verdadero heredero de la sangre ancestral.  

Un trueno resonó en el cielo, iluminando la expresión de horror en el rostro de Diego.  

—Esto no es posible —susurró Diego—. Sebastián murió hace años.  

Sebastián dio un paso adelante, y el suelo bajo sus pies pareció vibrar con su energía.  

—No todo lo que muere permanece muerto —susurró con una sonrisa siniestra—. Hay fuerzas más antiguas que la Diosa Luna… y ahora están de mi lado.  

Emma sintió que el aire se volvía espeso. Un aura oscura rodeaba a Sebastián, una energía que jamás había sentido antes. Su piel se erizó cuando, de repente, un aullido de dolor desgarrador resonó en la noche.  

Giró la cabeza y vio a Caleb retorciéndose en el suelo, sus ojos completamente negros.  

—¡Caleb! —gritó Emma, corriendo hacia él.  

Pero cuando lo tocó, un destello de energía oscura la lanzó hacia atrás con brutalidad. Emma cayó al suelo, jadeando, mientras Sebastián soltaba una carcajada baja.  

—El poder de la luna se debilita —anunció—. Pronto, todo lo que conoces será consumido por la oscuridad.  

Diego se colocó frente a Emma, sus ojos brillando con furia.  

—Sobre mi cadáver.  

Sebastián inclinó la cabeza con diversión.  

—Eso se puede arreglar.  

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Sebastián levantó una mano y una ráfaga de energía negra salió disparada hacia Diego. Emma gritó, pero Diego ya había saltado a un lado, esquivando el ataque.  

El suelo donde el impacto cayó se agrietó y ennegreció, como si la tierra misma se hubiera marchitado.  

Emma apretó los dientes. No podían dejar que este ser ganara.  

El destino de la manada dependía de ello.  

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