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Capítulo 43: El Último Conjuro

Emma sintió una corriente eléctrica recorrer su cuerpo. Su poder había despertado por completo.  

Sebastián seguía inmóvil, observándola con el ceño fruncido, tratando de comprender cómo era posible que la energía más antigua y pura estuviera fluyendo a través de ella.  

—Esto no puede ser… —susurró él con incredulidad—. Esta magia pertenece a los Quileute… ¡Pero los erradiqué!  

Emma esbozó una sonrisa feroz.  

—No, Sebastián. No erradicaste nada. Solo sembraste la semilla de tu propia destrucción.  

El aire alrededor de Emma comenzó a vibrar con una intensidad inhumana. Su cabello flotaba, sus pupilas se tornaron completamente doradas y la marca de la Diosa Luna brilló en su piel. Sus manos destellaban con un fulgor azul, la esencia misma de su linaje ancestral.  

Había recuperado el poder que por derecho le pertenecía. 

Sebastián gruñó con furia, lanzándose hacia ella con toda su velocidad, pero Emma no se movió. Cuando él intentó tocarla, su mano se desintegró en cuanto chocó con su escudo de energía.  

—¡¿Qué… qué demonios?! —gritó Sebastián, retirándose rápidamente mientras veía su piel chamuscada regenerarse.  

Emma alzó una mano y, con un simple movimiento, una ráfaga de viento azotó el campo de batalla, lanzando a Sebastián contra las ruinas de un muro antiguo.  

—No tienes idea de con quién estás peleando —murmuró Emma, avanzando con pasos lentos, cada uno marcando el final de su enemigo.  

Sebastián había caído en su trampa.

Pensó que tenía la victoria asegurada, que Emma era solo una loba fuerte con poder inestable. No sabía que Emma había estado reteniendo su fuerza, esperando el momento exacto para demostrarle que él jamás tuvo el control.  

Él se puso de pie con dificultad, jadeando. **Por primera vez en su vida, sentía miedo.**  

Emma cerró los ojos y susurró un antiguo cántico en la lengua de los Quileute. Su cuerpo se envolvió en una explosión de luz, y de pronto, de su espalda emergieron dos alas formadas por energía pura. No eran físicas, sino espirituales, hechas de la esencia misma de la luna.  

Sebastián palideció.  

—Esto es imposible… ¡Ese poder… es divino!  

Emma sonrió con fiereza.  

—Así es, Sebastián.  Esta es la magia que jamás podrás poseer.  

Con un solo movimiento de su mano, el suelo bajo los pies de Sebastián se abrió, como si la misma tierra lo rechazara. Cadenas de energía lunar salieron de la grieta, atrapándolo por las extremidades y alzándolo en el aire.  

—¡No puedes hacer esto! —rugió él, forcejeando, pero su cuerpo estaba completamente paralizado.  

Emma se acercó hasta quedar frente a él, con su mirada incandescente clavada en la suya.  

—Tú destruiste mi pasado, Sebastián… pero no podrás tocar mi futuro.  

Y con esas palabras, la energía en su mano tomó la forma de una lanza luminosa. Sin dudarlo, la hundió en el pecho de Sebastián.  

El último grito del enemigo quedó atrapado en la noche cuando su cuerpo se desvaneció en una tormenta de cenizas.

La batalla había terminado.  

Emma cayó de rodillas, agotada, mientras la luz azul de su cuerpo se disipaba lentamente.  

Entonces, una voz familiar rompió el silencio.  

—Siempre supe que eras especial.  

Emma alzó la mirada y vio a su tía de pie frente a ella. Sus ojos estaban llenos de orgullo… y de tristeza.  

El regreso de la tía de Emma

El corazón de Emma se encogió al verla.  

—Tía…  

La mujer avanzó hasta quedar a su lado y le tendió la mano.  

—Sabía que llegaría el momento en el que descubrirías quién eres realmente. Quería protegerte de todo esto… pero nunca debí negarte tu destino.  

Emma la miró con un nudo en la garganta.  

—¿Por qué me escondiste todo este tiempo?  

Su tía desvió la mirada, sus labios temblando por el peso de su dolor.  

—Porque no podía soportar perderte también.  

Emma sintió su pecho apretarse. Comprendió todo. Su tía no solo la había escondido para protegerla… lo había hecho porque Emma era lo único que le quedaba de su familia.

Y ahora, con Sebastián muerto, ambas estaban finalmente libres.  

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