Corleone observó a Caterine con el ceño ligeramente fruncido. Para alguien que rara vez dejaba de hablar, había estado demasiado callada durante el almuerzo. Ni historias ni bromas, solo un aire pensativo que lo hacía preguntarse si debía preocuparse… o asustarse.—¿Y qué hiciste esta mañana? —preguntó, intentando captar su atención.—¿Qué? —Caterine parpadeó, confusa, como si su mente estuviera en otro lugar.—Ayer mencionaste que tenías algo que hacer hoy.—Oh, sí, cierto… —Asintió ella con la cabeza, pero no añadió nada más.—¿Así que…?—¿Qué cosa?La actitud de Caterine solo avivó la curiosidad de Corleone. Sus ojos evitaban sostener su mirada por mucho tiempo, y sus respuestas eran vagas. Definitivamente, le estaba ocultando algo.Caterine nunca había sido buena para mentir. De hecho, si alguna vez la llevaban presa, probablemente confesaría hasta el más mínimo de sus delitos sin que se lo pidieran.—¿Qué fue lo que hiciste exactamente? —insistió.—Respecto a eso… —Caterine le de
Caterine observó la enorme e imponente casa que se alzaba frente a ella y dejó escapar un silbido de asombro.—Esta sí que es una mansión —comentó.—Campanita, la casa de tus padres es igual de enorme.—Lo sé, pero no tiene ese toque de mansión embrujada en la que probablemente a uno o quizás más durante los sesenta —bromeó.Era consciente de que Corleone estaba algo tenso, aunque actuaba como si nada. Ella, en cambio, se sentía más tranquila. Quizás porque ya se había enfrentado a la madre de su novio en el pasado y sabía qué esperar.—¿Por qué los sesenta?—No lo sé —se encogió de hombros—. Solo se me ocurrió. Me alegra venir vestida para la ocasión.Bajó la mirada y se dio un vistazo. Llevaba un vestido sin mangas y de cuello redondo que se ajustaba delicadamente a su figura hasta la cintura, desde donde caía en suaves pliegues que rozaban justo por debajo de sus rodillas. El tono naranja suave le daba un aire cálido y realzaba su piel, lo había combinado con unos zapatos de tacón b
Corleone miró hacia la puerta. Lo último que había querido era dejar a Caterine a solas con su madre, pero su padre le había pedido que lo acompañara a su despacho para hablar. Había considerado negarse, pero Caterine le había asegurado que estaría bien.Después de verla desenvolverse con tanta naturalidad durante el almuerzo, no dudaba de que podía manejar la situación. Sin embargo, eso no hacía que le preocupara menos que su madre intentara intimidarla.—Debo admitir que ella me sorprendió —comentó su padre de pronto.Corleone giró el rostro hacia él con interés.—Después de lo que tu madre me dijo sobre ella, esperaba que trajeras alguna muchachita sin educación. Incluso después de enterarme de que era la nieta de Vincenzo Sorrentino, no estaba seguro de qué esperar. —Su padre movió su sillón de un lado a otro—. A excepción dl color extraño de su cabello, parece haber recibido una buena educación. Es algo parlanchina, pero también encantadora —comentó con una breve sonrisa.Corleon
Corleone tomó el vaso que Giovanni le ofrecía y le hizo un leve gesto con la cabeza en señal de agradecimiento. Luego, el padre de Caterine se acomodó frente a él, reclinándose en el sofá.—Entonces, ¿qué es lo que necesitas? —preguntó Giovanni.Corleone no pudo evitar esbozar una leve sonrisa. Le gustaba que Giovanni fuera un hombre que no se andaba con rodeos.—Necesito que me ayude a investigar un caso que ocurrió hace algunos años —dijo, yendo directo al grano. Lo último que quería era hacerle perder el tiempo.Giovanni frunció el ceño, pero no dijo nada. Él lo evaluó con la mirada en completo silencio.—Debido a quién es el involucrado, necesito absoluta confidencialidad al respecto —añadió Corleone. Mientras existiera la posibilidad de que su padre no fuera culpable, por muy pequeña que fuera, era mejor manejar aquel tema con cuidado—. Me gustaría mostrarle unos documentos, pero antes necesito su garantía de que todo lo que discutamos se quedará en esta habitación.No conocía a
Caterine estaba recostada sobre él con la mejilla sobre sus brazos cruzados, observando en silencio a Corleone. Su expresión ensimismada y el leve fruncimiento de su ceño le dejaron claro que estaba sumido en sus pensamientos. Estaba segura de que su estado taciturno tenía que con la reunión que tenía al día siguiente con el hombre que le había entregado el dichoso archivo sobre Ennio y, conociéndolo, debía estar evaluando todas las posibilidades, trazando estrategias.En el tiempo que llevaba con él, Caterine había aprendido que Corleone no dejaba nada al azar. Era meticuloso, siempre preparado, y eso lo hacía excepcional en su trabajo. Pero también sabía que su mente rara vez descansaba. Así que ella se aseguraba de que se tomara un momento para sí mismo.Estiró una mano y le alisó el ceño fruncido.—Debes dejar de hacer eso. ¿No sabes que fruncir el ceño causa arrugas? Aunque incluso entonces seguirías siendo demasiado atractivo para tu propio bien.Como era de esperar, sus palabra
Corleone vio a Esaú en el instante en que cruzó la puerta del restaurante. Aunque intentaba disimular, era evidente que el hombre miraba a su alrededor con cautela, girando la cabeza de un lado a otro como si temiera que alguien lo estuviera vigilando. Finalmente, él llegó a su mesa.Corleone lo saludó con un leve gesto de la cabeza antes de señalarle el asiento frente a él. Durante unos segundos, el silencio se instaló entre ambos. Aprovechó para evaluarlo con la mirada, tal y como estaba haciendo él. La noche que Esaú lo había abordado no había tenido oportunidad de verlo bien.Giovanni le había enviado información sobre el hombre la noche anterior. Para el poco tiempo que había tenido, el informe era completo y meticuloso. Cada detalle estaba cuidadosamente registrado, desde su historial laboral hasta sus conexiones más recientes. —¿Estás solo? —preguntó Esaú al fin.Corleone asintió. No tenía sentido decirle al hombre que alguien los vigilaba, eso lo pondría nervioso y tal vez in
—¿Cómo me veo? —preguntó Caterine al salir del baño.Apenas dio un paso fuera cuando un chillido escapó de sus labios. Corleone la había tomado por sorpresa, sujetándola de la cintura y atrayéndola hacia él. Antes de que pudiera reaccionar, él se inclinó y selló sus labios en un beso profundo que le robó el aliento.Caterine no opuso resistencia. Se dejó llevar, rindiéndose de inmediato ante su contacto. Sabía que él estaba nervioso por su encuentro más tarde, aunque nadie más habría podido notarlo. Corleone era un experto en ocultar sus emociones, pero ella lo conocía lo suficiente para darse cuenta. Esa mañana había estado más callado de lo habitual.Si ella podía ayudarlo a calmarse, entonces eso era exactamente lo que haría.—Hermosa, como siempre —murmuró él sobre sus labios.—Ahora tendré que retocarme el brillo labial.—¿Te estás quejando? —preguntó Corleone, arqueando una ceja.—Quizás… —dijo con una sonrisa traviesa—. Por cierto, tú también te ves muy bien.Le echó un vistazo
Corleone se inclinó ligeramente y observó el hoyo a siete metros de distancia. Inspiró con calma, midió el golpe y, tras un suave balanceo, golpeó la pelota con precisión. Siguió su trayectoria con la mirada hasta que esta entró dentro del hoyo.—Buen tiro —lo alabó Bernardo, con una sonrisa de aprobación—. Ennio, había escuchado que tu hijo era un buen juez, pero parece que no es lo único que se le da bien.—Suele ser el mejor en todo lo que hace —respondió su padre.Corleone apenas les dirigió una mirada.A pesar de haber visto a Bernardo y a su hijo, Ovidio, en más de una ocasión, sus interacciones con ellos siempre habían sido superficiales, limitadas a saludos formales y conversaciones sin importancia. Esa debía ser la primera vez que pasaba tanto tiempo con ellos y era agotador tener que escuchar las idioteces que salían de los labios de Ovidio. Nunca había soportado a la gente estúpida como él. Hasta ese día, apenas recordaba su rostro, lo cual no era de extrañar. No era el ti