Edmond.
Éline piensa que no siento cuando se escurre de la cama, es una niña demasiado inteligente, supongo que por eso me tiene a sus pies, es mi princesa, haría lo que fuera por verla feliz. Es la principal razón por la que no la regaño cuando se va de hurtadillas al amanecer, quiere que yo y su nueva madre estemos solos. «Simone Bonnet…», la desconocida que de un momento a otro llegó a nuestras vidas. A veces creo que tomé la decisión a la ligera, que me apresuré sin conocer a la chica, pero soy un hombre de instintos, estos nunca me han fallado. Esa mujer tiene algo que me incita a rondar alrededor de ella, a la espera, no sé de qué.
Las primeras luces matutinas se cuelan por los cristales de la ventana. Hace más de una hora que ella yace abrazada a mí. Una ligera sonrisa se escurre en mis labios; con lo clara que fue respecto a las relaciones íntimas, lo último que imaginé es que disfrutara de mi cercanía. Sé que lo hace, su respiración es lenta, los cabellos castaños descansan sobre mis hombros, y sus labios están a punto de tocar mi pecho. No he querido despertarla, no durmió en toda la noche, supongo que es normal al compartir cama con dos extraños. Eso sí, me imagino que pronto quiera agregar otra cláusula al contrato en la que dormir abrazados está prohibido. Además, el olor que desprende su piel es apetecible, me atrae, lo disfruto. Se remueve un poco, fijo mi atención en su rostro, los párpados se abren lentamente, dejando a la vista sus ojos pardos con ribetes verdosos, «son lindos». Al fijarse en mí, el estado apacible se va transformando en uno de horror. Se separa asustada, la respiración se le agita como si tuviera un ataque de pánico. Arregla su ropa con rapidez, no la entiendo, apenas si se le ven las manos y los tobillos con el pijama que trae. No puedo evitar sentir que me teme, o piensa que puedo llegar a hacerle daño. Tengo la intención de saludarla o preguntarle qué le sucede, pero de un momento a otro sale de la cama prácticamente corriendo. «¿Qué pasa contigo, Simone?» Tomo una ducha de agua fría, me coloco mi traje y voy directo a la cocina a beber café. Escucho par de risas, por lo que me quedo en la puerta observando. La escena es algo insólito en esta casa, ya que no es mi empleada quien prepara el desayuno; sino Simone. De forma grácil y experimentada remueve lo que sea que tiene en la sartén, se ve que lo disfruta, y por el exquisito aroma debe estar delicioso. A Éline le brillan los ojos, está disfrutando de los huevos revueltos y el zumo de naranja, es extraño que no haya querido cereal o algún dulce. En la encimera hay dos platos más, uno para ella y el otro, supongo sea para mí, podría entrar, desayunar juntos para crear un vínculo más cercano con ella, pero no; en el contrato nada le exige que tengamos que ser amigos. Los días pasan y solo cruzo las palabras necesarias con ella. Soy yo quien se asegura que no vuelva a ocurrir otro accidente como el de despertar abrazada a mí, ella también toma medidas; a veces creo que me repudia. Al llegar el sábado apenas tengo tiempo para respirar, el día transcurre en reuniones con mis económicos y accionistas, la demanda de los perfumes que produzco sigue creciendo; la competencia y el mercado exigen mercancía nueva, no puedo dejar que me quiten el trono que tanto sacrificio me ha costado mantener. La noche me toma en la carretera de camino a casa, hoy tampoco podré cenar con mi pequeña, al menos tiene a Simone para que no se sienta sola. «Me odio por no poder darle el tiempo que se merece». Al llegar voy directo al comedor donde deberían estar, sin embargo, el lugar está vacío. Voy a la cocina, encuentro a mi empleada llamando por teléfono, cuelga al verme, en sus ojos se refleja esperanza. —¡Señor, qué bueno que llegó! Justo estaba llamando a su oficina. —¿Qué sucedió, Loraine? —Es la señorita Éline, señor, se ha sentido mal desde esta tarde. Tiene fiebre, y se niega a tomar la medicina. —¿Qué? ¿Pero por qué nadie me había avisado? ¿Está Simone con ella? —No, señor, esa es la razón por la que la niña no quiere tomar nada, quiere a su “mamá”. La señorita Simone dejó la casa después del almuerzo. No sé lo que la cocinera ve en mi semblante, pero debe ser al mismo diablo, ya que agacha la cabeza. Así me siento, encolerizado hasta los huesos ¡Cómo se atreve a irse y dejar a mi hija sola! ¡Lo único que tiene que hacer es cuidarla, para eso le pago! Salgo de la cocina y voy directo a las escaleras cuando siento la puerta cerrarse. Me detengo, escucho pasos acercarse rápidamente, me giro y allí está ella, sofocada con una mano sobre su pecho como si hubiera corrido un kilómetro. No puedo aguantar el subidón de ira y la encaro. —¿Dónde carajos estabas? —ella se sobresalta por mi tono de voz, intenta alejarse de mí pero la agarro del brazo atrayéndola más—. Responde, que no tengo toda la noche. —Pero qué te pasa, suéltame —forcejea, pero lo único que logra es que la pegue más a mí. —Responde, Simone, no estoy bromeando —Fui a visitar a mi abuela al hospital, está al otro extremo de la ciudad. Uno de los autobuses que tomo se averió y tuve que venir andando. No veo cuál es el problema —El problema es que mi hija está enferma, con fiebre y necesitando a su madre —me mira asombrada, su cuerpo baja la tensión que mantenía—. Te contraté para que cuidaras de ella, pero parece que en un solo día hiciste mal el jodido trabajo. No cumpliste tu deber como madre, por ello Éline está enferma. —¡No digas sandeces, Edmond! —me grita y se zafa de mi agarre. Una nueva energía se apodera de ella, un vigor guerrero—. Tengo derecho a salir cuando quiera, no controlo el tránsito, y la enfermedad de la niña no es mi culpa, esta mañana estaba bien —replica con tono fuerte—. ¡Y no vuelvas a sostenerme así que no soy tu juguete! Iré a verla, deberías llamar a un médico. Sube las escaleras corriendo, mi corazón late acelerado, por culpa de ella, solo que no sé si es de enojo o de la sorpresa que me causa su enfrentamiento. El médico llega minutos después, reconoce a Éline y le receta varios medicamentos, tiene una infección estomacal. Simone está con ella en la cama, acaricia su cabello mientras mi hija le sonríe débilmente. —¿Me abrazas? —le susurra y Simone lo hace. Percibo la ternura en su forma de tratarla, su semblante no ha dejado de estar angustiado. La juzgué mal, no tenía que haberla tratado así. La pequeña la adora, no puedo dejar de pensar que el mayor padecimiento de mi hija es su falta de amor materno, y ver que esta mujer puede llenarlo me hace sentir que, por primera vez, tomé una decisión correcta. —Bien, antes de recibir más abrazos, debes tomar la medicina y luego te daré un baño de agua tibia para asustar al monstruo de la fiebre y que se vaya para siempre. Éline asiente, y Simone besa una de sus mejillas antes de cargarla para llevarla al cuarto de baño. No se molesta en cruzar ni una mirada conmigo, supongo que lo merezco por ser un idiota impulsivo. Paso un tiempo en mi despacho, bebo un poco de whisky mientras reviso algunos papeles del trabajo. No aguanto más y voy a buscarla, necesito disculparme. La encuentro en la cocina, está sirviendo sopa en el tazón preferido de mi hija. —¿Qué es haces? —pregunto y ella fija sus ojos en mí. —Éline tiene hambre, así que le preparé sopa. —Ella odia la sopa, echaba los platos al piso. —Esta le gustará —dice rodando los ojos, gesto que me molesta—. Es de pollo con hierbas aromáticas, perfecta para los males de estómago, mi abuela me la preparaba cuando era pequeña. —La niña está enferma, no vas a hacerla sentir peor llevándole esa cosa. —¿Y qué quieres que le lleve? ¿Dulces? ¿Malteadas? —inquiere molesta—. ¡Pues no! No pienso consentir sus caprichos cómo tú. Deberías concentrarte más en educarla correctamente en vez de consentirla en todo. —¡No me digas cómo criar a mi hija, su padre soy yo! —Y yo su madre, ¿o para qué me contrataste? Déjame hacer mi trabajo, y que no se te olvide que ahora Éline tiene a alguien más para cuidar de ella. Con permiso —pasa por mi lado con el mentón alto y los ojos encendidos en furia. «No sé qué hacer con esta mujer» Se suponía que debía disculparme, no discutir otra vez con ella. Me cuesta creer que tendré que vivir con una persona que logra encender mi sangre al punto de nublarme la razón. Mi móvil suena, veo quien llama «Lo había olvidado por completo» Paso las manos por mi rostro y suspiro cansado antes de ir a hacia la puerta principal. Abro, la fragancia dulce con notas especiadas llega a mi nariz. Ella sabe cómo seducirme a base de mis aromas preferidos. —Adelante —me echo a un lado y me regala una amplia sonrisa adornada por sus labios rojos. —No vas a saludarme como es debido —pregunta después de que cierro la puerta. Me acerco y la tomo por la cintura antes de besarla, sus labios saben a fresas, «sí, ella juega bien con lo que me gusta». —¿Te percataste del perfume que uso? —susurra en mi oído—. Es de tu última colección, me encanta, cuando lo llevo me recuerda a ti. Sonrío, estoy a punto de contestarle cuando veo a Simone al pie de las escaleras, estática, observándonos a ambos. La mujer a mi lado sigue el rumbo de mi mirada, sus ojos azules se topan con el objeto de mi distracción. Cruza los brazos y arruga su frente, no sé qué estará pensando, pero si de algo estoy seguro es que a Giséle no le gusta la competencia. —¿Quién es ella, amor? —Es la señorita Bonnet, la madre por contrato de Énile. Simone, ella es Giséle, mi novia. Los ojos se Simone se abren en señal de asombro, sus manos se aferran a la bandeja que sostiene. La mujer junto a mí la repara por completo, una sonrisa torcida se dibuja en sus labios rojos. —Ah, al fin completaste esa idea. Eso es lo que más me gusta de ti, que siempre logras lo que quieres —su mano se posa en mi pecho, comienza a acariciarlo. Simone se remueve incómoda, mira en dirección a la cocina, debe desear huir. —¿Éline se tomó la sopa? —cambio el tema, ella asiente, pero no veo en su rostro rastros de victoria, sino angustia. Sus grandes ojos pardos se conectan a lo míos, un escalofrío me recorre el cuerpo, una sensación extraña que me hace sentir la misma vergüenza que ella está sintiendo en estos momentos al presenciar la manera en la que Giséle se insinúa a mí. Me dan ganas de socorrerla y de echar a mi novia de aquí por mirarla de esa forma, como si no valiera nada. No me entiendo, este tipo de cosas nunca me han interesado, no sé porqué con Simone es diferente, ¿por qué ella?, ¿por qué si a penas la conozco?Capítulo 4.Simone.Sabía que su rostro me era conocido, solo que en las novelas que protagoniza no se ve así; con la malicia adornándole la piel. Edmond Arnaud, el perfumista más reconocido del mundo sale con la actriz más famosa del cine en la actualidad, era de esperarse, el dinero y la belleza se llaman unos a otros. Él nunca estaría con alguien ordinario o de bajos recursos, alguien como yo debe parecerle inmundo e insignificante. Más con el estúpido gesto de asombro que no puedo borrarme de la cara, es iluso creer que un hombre como él iba a estar soltero, «mi novia…» Sus palabras se siguen repitiendo en mi mente, junto a la escena que tuve que presenciar mientras bajaba las escaleras; la forma en que él la besaba, no creí que podría existir tanta pasión en un beso, que alguien de apariencia tan fría pudiera tener ese fuego dentro. El dorado de sus ojos sigue fijo en los míos, siento que la cara me arde, no debí haber violado su privacidad. Ahora mismo quiero salir corriendo ha
Edmond.El resplandor de las luces de disímiles tonos se pasean por su rostro. Los labios se le mueven animados y deja escapar varias sonrisas para los dos hombres que la rodean. No sé porqué dentro de todas las personas que hay en este club mi atención fue directo a ella. ¿Cómo puedo deshacerme de la extraña sensación que me causa si la encuentro en cada lugar? —¿Podrías dejar de ver a la ordinaria de la niñera?La queja de Gísele hace que me gire hacia ella. Sigue molesta por lo de esta mañana, accedí a traerla a este sitio con la intención de que olvidara lo sucedido, pero el hecho de que Simone esté aquí hace que su enojo se acentúe. Me toma del brazo atrayéndome hacia ella con brusquedad. Odio cuando se transforma en una celosa maniática.—No formes una escena, no te conviene, recuerda que hay paparazzis en cualquier parte.—A ti tampoco te conviene que “la madre” de tu hija sea vista como una cualquiera, dejándose seducir por dos hombres, y mira…Vuelvo mi atención a Simone, la
Simone.«…Me perteneces…»Intento borrar esas palabras de mis recuerdos, pero así como el sabor de sus labios me ha sido imposible. Es una sensación completamente contradictoria al insulto que guardo en el pecho. Edmond Arnaud se burló de mí, me devaluó como mujer, y al final terminó besándome a su antojo. No comprendo sus intenciones, tampoco las mías al ceder ante aquel último beso. Tenía que haberme negado, pero algo en el brillo de sus iris dorados manipuló mi ser, mis ganas. La súplica aflojó mis piernas, el aroma desarmó cada sentido que se mantenía renuente a él. ¿Qué he hecho? Me besé con mi jefe, lo odio y me odio, «no debí caer ante él»—Entonces le presté mis lápices de colores y dibujamos toda la tarde.Éline me mira esperando respuesta a la historia que acaba de contar. Apenas si presté atención, llevo estos días abstraída, molesta, evitando todo tipo de contacto con su padre. La pequeña no tiene la culpa, pero la incomodidad que siento afecta mi desempeño. —Me alegra qu
Simone El dorado en sus iris se enciende bajo un fulgor que grita peligro. Puedo sentir el calor que emana su torso, la sensualidad que desprende la piel, y su aroma tan característico, digno del mejor de los perfumes. Sus ojos viajan a mis labios, estoy lista para detener cualquier ataque, aunque mis rodillas se aflojen como amenazan hacerlo. Ambos estamos preparados para defender lo que queremos, y esta vez no pienso dejar que su descaro gane. Se acerca, inclina su rostro hacia mí, estoy a punto de empujarlo cuando su móvil suena. El sonido nos sobresalta. Lo toma y sale de la habitación a pasos rápidos. Me permito respirar, pongo la mano en el pecho para aplacar los latidos acelerados de mi corazón. Escucho el estruendo de su voz afuera, parece que está discutiendo. Al cabo de unos minutos vuelve a entrar, yo sigo estática en el mismo lugar. Pienso decirle que se vaya, pero la actitud que emana al andar no es la del mismo hombre que estuvo aquí hace unos minutos. Me da escalofrío
Simone.Prometí a Edmond que no escaparía, pero Agatha ha estado buscando la forma de convencerme para que conquiste a su hijo. Es ridículo, para ello tendrían que influir muchos factores de los que ambos carecemos. Tendría que haber atracción, gusto, deseo, sentimientos; y sinceramente dudo que él tenga corazón. Por supuesto, nada de esto lo expuse a la señora, tal vez si ella supiera la verdad de nuestra relación no estaría tan convencida de que entre nosotros puede haber algo. No soy mujer para Edmond, me ve como un juguete con el que puede hacer lo que desee; él tampoco es para mí, de hecho no creo que ningún hombre lo sea; yo estoy rota, y por más que lo intento no he logrado repararme; mi mente y el miedo suelen traicionarme cada vez que intento ser feliz.«Tal vez mi destino es quedarme sola»Suspiro, dejo que el aire fresco de los pinos llene mis pulmones y seque las lágrimas que amenazan con salir. Hace rato estoy aquí, a la orilla del bosque que delimita la propiedad. Todos
Simone.Sin más, Edmond lo toma de su chaqueta y levanta el puño para golpearlo. Mi cuerpo se mueve al instante, sosteniéndole el brazo para que no pueda acertar. Jerome se logra zafar de su agarre, por lo que el puñetazo queda en el aire.—¡Basta ya! —le grito—. Si lo tocas nunca te perdonaré. Él se detiene, su mirada dorada, filosa, corta con la mía. Acerca su rostro, su respiración indignada me araña el rostro.—¿Lo estás defendiendo?—¡Sí, lo hago! Intento no que desgracies el cumpleaños de tu madre, y no golpees a tu mejor amigo. ¿Es que no le ves? Solo intentaba ayudarme, nunca dije que aceptaría.—Está bien, defiende a este idiota que lo único que quiere es alejarte de mí; pero ten claro que no lo permitiré —acerca sus labios a mi oreja—. Me perteneces, no lo olvides, Simone.Yo lo empujo, su cercanía me confunde. Tomo a Jerome del brazo y lo llevo conmigo de regreso a la fiesta.Después de la cena todos nos encontramos alrededor de la pista de baile. Éline disfruta la música
Edmond.El vibrar de mis pies descalzos sobre la madera hace eco en los pasillos de la mansión. Deambulo bajo las sombras de la madrugada mientras todos duermen. Mis sienes laten con fuerza, permitiendo que la necesidad de descansar quede en un segundo plano. No es la primera vez que me pasa, he padecido de insomnio desde hace años; sin embargo, es el recuerdo de Simone quien atormenta mi cabeza. Entro al estudio privado de mi padre. La luna llena y las estrellas iluminan el cielo, su luz plateada se cuela por los amplios ventanales de vidrio. La brisa fresca, casi fría, hace bailar las cortinas de seda blanca. El borde la botella de licor roza la boca del vaso que sirvo. Bebo para mantenerme cuerdo, para olvidar su aroma, y las lanzas hirientes que salen de su boca cada vez que me habla, «… Su boca…» El recuerdo dulce de esos labios hace que mi virilidad se estremezca. Nunca había sentido tal reacción ante una mujer, sigo sin comprender qué tiene ella para que me aferre tanto. La sie
Edmond.Los rayos de sol me golpean el rostro, mi cabeza palpita con el dolor que augura la resaca. Sigo en el despacho, me quedé dormido y por lo visto perdí la noción del tiempo. Hoy debemos regresar a casa después del almuerzo. Mi madre tiene costumbre de celebrar su poscumpleaños con una fiesta informal en la piscina. Todos deben estar ahí. Tomo una ducha en mi habitación, dejo que el agua helada se lleve el vapor que guarda mi cuerpo. Los recuerdos de la madrugada vuelven, esa mujer quiere volverme loco; no entiendo su juego; ese en el que caigo cada vez que ella quiere dejándome al borde de la locura; juro que un día se las devolveré todas. Después de beber un café bien cargado con dos aspirinas voy directo a la terraza. La música se escucha estridente contra mis sienes y oídos. Los invitados son pocos, en su mayoría familiares; toman el sol, o disfrutan del agua y las bebidas tropicales que se ofrecen. Ajusto bien mis lentes oscuros, ya que el resplandor es demasiado molesto c