DominicUna sonrisa enigmática curvó sus labios. —¿Acaso tengo otra opción?—No suelo complacer a nadie, pero haré una excepción contigo —dije con tono bajo, enredando un mechón de su cabello entre mis dedos. Ella resopló con ironía. —Oh, qué honor. Me limité a mirarla. Había sido mía toda la noche, y aun así, seguía desafiándome con esa mirada de hielo. —Cualquier cosa que pidas —le aseguré. Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona. —¿En cualquier cosa? —Lo que sea. Ella se rio. Un sonido frío y cortante. —¿Estás seguro? Entonces, déjame irme. Sus ojos verdes brillaron con una chispa de malicia. El aire entre nosotros se volvió más espeso. Sus ojos me desafiaban, esperando ver si tenía el valor de cumplir mi promesa. El aire se espesó. Mis músculos se tensaron como cuerdas a punto de romperse. —Jamás, todo, excepto eso —la agarré de la cintura, arrastrándola contra mí—. Eres mía. Y no te soltaré. Ella no se inmutó. —Entonces, dejar de prometer lo que no
DominicEl líquido caliente empapó mi pantalón, pero la quemadura no era nada comparada con la rabia que bullía dentro de mí como lava negra, espesa y letal, recorriendo mi cuerpo como un incendio incontrolable. Todos en la sala contenían la respiración, esperando mi reacción. Esperando que la destrozara. Y Dios, cómo lo deseaba. Pero no como ellos pensaban. Trina seguía allí de pie, desafiante, con ese collar de “mi sumisa” brillando alrededor de su cuello, una burla viviente a mi autoridad, con la jarra vacía en la mano y la respiración agitada. Su rostro estaba encendido de furia, sus labios entreabiertos temblaban levemente, no de miedo, sino de furia contenida y desafiante, su mirada clavada en mí, sin un atisbo de arrepentimiento.Esa maldita mujer disfrutaba esto. Un silencio sepulcral llenó la sala. Todos los jefes de las mafias observaban con atención, esperando mi reacción. Sabían que no podía dejar pasar este acto de rebeldía sin consecuencias.Mi primer impulso fu
Dominic Sus ojos se entrecerraron, desafiantes a pesar del temblor que recorrió su cuerpo. Sentí cómo se tensaba sobre mi regazo, sus músculos contraídos en anticipación. —Tal vez quiero arder —respondió, su voz apenas audible. Esas palabras encendieron algo primitivo dentro de mí. Con un gruñido, la sujeté con más fuerza, mis dedos dejando marcas en su piel. La deseaba con una intensidad que me asustaba, que amenazaba con consumirme por completo. —Ten cuidado con lo que deseas —advertí, mi voz ronca por el deseo contenido—. Podría concedértelo. Sin darle tiempo a responder, capturé sus labios en un beso feroz y hambriento. Ella gimió contra mi boca, sus manos aferrándose a mi camisa como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta. El mundo a nuestro alrededor se desvaneció. Ya no existían las miradas curiosas, los susurros escandalizados. Solo éramos ella y yo, consumidos por un fuego que amenazaba con reducirlo todo a cenizas. Justo cuando estaba a punto de rendirme al
Advertencia: Es romance oscuro que se caracteriza por tratar temas intensos y sombríos en el contexto de una relación romántica. Aquí son malos los mafiosos, no se arrastran ante la mujer y tienen pocos gestos romántico. Demuestran su amor a lo bruto. Si no les gusta este tipo de historia por favor vayan a leer otra de su agrado. Antecedentes La mafia roja, o la Bratvá, tiene sus raíces en las antiguas organizaciones criminales de Rusia que se expandieron hacia América durante el colapso de la Unión Soviética. A lo largo de los años, han consolidado su poder mediante alianzas estratégicas y una reputación temida por su brutalidad. La historia del grupo está marcada por sangrientos enfrentamientos con familias rivales y un legado de venganza que ha moldeado su cultura interna. Vor (El Padrino o Jefe): Máximo líder del grupo criminal, toma las decisiones y supervisa todas las operaciones. Pakhan: Miembros de alto rango que eligen al Vor. Élite criminal. Sovietnik (Consejero o D
Dominic Luego de aterrizar ese mismo día en la ciudad de Nueva York, el cambio para mi es radical, de la tranquilidad de mi mansión en Rusia, a la vibrante marea de luz y color de un desfile de moda en Nueva York.La primera fila es un escenario propio, donde cada gesto es observado, cada expresión analizada. Pero nadie puede leerme. Mi rostro es una máscara de serenidad inescrutable, un contraste gritante a la oscuridad que dejé tras las puertas de mi fortaleza ancestral.Sentado allí, rodeado de la elite, las cámaras y las sonrisas fabricadas, puedo sentir cómo se diluye cualquier vestigio de duda. El ruido, el bullicio, la superficialidad del glamour... Nada toca la esencia de lo que soy. Soy un depredador vestido de etiqueta, un lobo entre ovejas, y sin importar cuánto brille el mundo a mi alrededor, mi naturaleza oscura no se ve afectada."Adaptabilidad," pienso, mientras mis ojos recorren la pasarela. Esta habilidad para camuflarme entre las facetas de la sociedad es tanto mi a
Trina QuinteroEl último paso resonó como un eco en la pasarela, y con él, el tumulto de aplausos que marcaba el final de mi desempeño. La adrenalina aún latía por mis venas como una melodía frenética, mientras las luces me cegaban y los flashes capturaban cada instante fugaz de gloria. De pronto, alguien se acercó y me entregó un ramo de rosas; lo sujeté con fuerza. Las flores eran hermosas, de un rojo tan profundo que parecía beber la luz a su alrededor.Al leer la tarjeta, sentí cómo una leve corriente eléctrica recorrió mi piel."Me recordaste lo que es la belleza en un mundo oscuro. Dominic Ivankov."—Dominic Ivankov, —murmuré para mí, dejando que el nombre se repitiera en mi mente. Mi corazón, ya acelerado, saltó un compás.Nerviosa, dejé atrás el fulgor y comencé a caminar hacia el caos de bastidores, donde cada sombra parecía susurrar su nombre.Había algo en ese nombre que se sentía vagamente familiar, como si lo hubiese escuchado antes en un contexto que no lograba recordar.
Al escuchar sus palabras, sentí como si el aire se hubiera escapado de mis pulmones. Las palabras de Dante resonaban en mi cabeza, mezclándose con recuerdos borrosos de un niño de ojos amables y sonrisa reconfortante.Me dejé caer en la silla, sintiendo que el mundo giraba a mi alrededor. Las imágenes de aquel día, enterradas en lo más profundo de mi memoria, comenzaron a surgir como fantasmas del pasado.—No puede ser —murmuré, cerrando los ojos con fuerza—. Él me salvó... y yo... yo ni siquiera...—No es tu culpa, Trina —dijo Izan, su voz suave pero firme—. Eras solo una niña.Izan se acercó, arrodillándose frente a mí. Sus ojos verdes, tan parecidos a los míos, estaban llenos de preocupación.—Lo siento, hermanita. No queríamos que cargaras con ese peso.Asentí mecánicamente, incapaz de procesar completamente la información. Mi mente vagaba entre el shock de la noticia, sentía mi corazón adolorido, como si alguien le hubiese asestado una gran herida. Pese a ello, me armé de valor,
Dominic King.La gala benéfica era todo lo que había esperado: lujo excesivo, conversaciones triviales y la fachada cuidadosamente construida de personas que jugaban a ser altruistas mientras escondían sus verdaderos intereses. Me ajusté el moño del smoking, sintiendo el peso del Rolex en mi muñeca. Cada detalle de mi apariencia había sido cuidadosamente calculado para proyectar poder y sofisticación. Era una máscara perfecta para ocultar al depredador que acechaba debajo.Mis ojos recorrieron la sala, evaluando a cada persona presente. Políticos, celebridades, magnates... todos ellos peones en un tablero mucho más grande. Pero solo había una pieza que realmente me interesaba esta noche.Caminé entre la multitud, mi mirada evaluando cada movimiento, cada sonrisa, aunque solo la buscaba a ella.Trina Quintero Armone. Su nombre era un eco constante en mi mente, una melodía que oscilaba entre la obsesión y el desprecio. Me aseguré de que estuviera invitada, es que me encargué de que le