ElizavetaAsentí nerviosa. Él me soltó casi haciéndome caer y sin emitir ninguna otra palabra, comencé a descender por la escalera oxidada, adentrándome en la oscuridad que parecía querer tragarme entera.—Maldit4 sea —murmuró Dante, claramente impresionado a pesar de sí mismo.—Vamos —dijo Izan, su voz urgente—. No sabemos cuánto tiempo tenemos antes de que nos descubran.Entramos al túnel, que era estrecho, oscuro. Olía a tierra húmeda y moho. El aire estaba frío y el suelo estaba cubierto de polvo y escombros. Avanzamos lo más rápido que pudimos.Cada paso que dábamos resonaba en las paredes de piedra, como si el propio lugar nos advirtiera de que no pertenecíamos allí. Yo iba al frente, con Dante pisándome los talones e Izan cerrando la fila. La tensión era palpable, como una cuerda a punto de romperse. Sabía que si algo salía mal, no habría vuelta atrás.—¿Cuánto falta? —gruñó Dante, su voz baja, pero llena de impaciencia.—Falta un poco —respondí, tratando de mantener la calma—.
TrinaEl frío del suelo de concreto se filtraba a través de mi ropa rasgada, pegándose a mi piel como una segunda capa de miseria. Llevaba tres días encerrada en aquella celda, tres días en los que el tiempo se había vuelto una tortura lenta y agonizante. El olor a humedad y podredumbre era constante, mezclado con el hedor de mi propio sudor y la sangre seca que se había quedado pegada a mis heridas. Cada respiración era un recordatorio de que estaba viva, aunque a veces me preguntaba si eso era una bendición o una maldición.Los guardias no me trataban como a un ser humano. Me lanzaban la comida al suelo, como si fuera un animal, y se reían cuando me veían arrastrarme para recoger los trozos de pan duro y los restos de agua sucia que dejaban caer. Para bañarme, simplemente arrojaban cubos de agua fría a través de los barrotes, riéndose mientras yo me estremecía bajo el chorro helado. No me daban suficiente para comer, apenas lo necesario para mantenerme con vida, pero no para mant
Trina—Nadie te tocará de nuevo —siseó, su voz, un susurro cargado de promesas oscuras—. Lo juro.Pero yo no quería sus juramentos, no los creía, tampoco deseaba su protección. Lo único que quería era venganza. Vengarme de él por todo lo que me había hecho, por todo lo que me había quitado. Y Dominic, aunque no lo sabía, acababa de darme la herramienta para conseguirlo.—No necesito que me protejas —susurré, mi voz ronca, pero firme—. Ahora solo necesito que te apartes de mí camino.Dominic no respondió de inmediato. Sus ojos oscurecieron, clavándose en los míos con rabia. Finalmente, asintió, un gesto casi imperceptible.—No voy a suplicarte, Trina, no ha nacido la primera persona a quien yo me le arrodille y no voy a empezar contigo. Más bien agradece que te salvé de esos hombres, porque de lo contrario habrían abusado de ti —murmuró malhumorado.—¿Es en serio, Dominic? Agradecerte a ti es como si un pájaro le agradeciera a quien lo enjauló. Así que no vengas a darte de héroe para m
Caminé por el pasillo con el corazón latiendo a toda velocidad, mis pasos resonando en el silencio opresivo de la mansión. Lo que acababa de ver me había dejado con una sensación extraña, una mezcla de rabia, incomodidad y algo más que no quería reconocer. Las imágenes de Dominic con esas mujeres se repetían en mi mente, como una película que no podía detener. Los gemidos, los cuerpos entrelazados, la crudeza de la escena... todo se mezclaba en mi cabeza, creando un caos que no sabía cómo manejar.Cerré los ojos por un momento, apoyándome contra la pared fría. Por un instante, me imaginé a mí misma en el lugar de esas mujeres, sintiendo las manos de Dominic en mi piel, su respiración caliente en mi cuello. La idea me sacudió como un golpe, haciéndome abrir los ojos de golpe y negar con fuerza.—Estás loca, Trina —murmuré para mí misma, apretando los puños—. Nunca... nunca estarás con ese idiota.Me dije tratando de convencerme a mí misma.Pero la imagen con él persistía en mi cabeza,
DominicMe quedé en la habitación, fumando en silencio mientras miraba la ciudad a través de la ventana. La escena que Trina había presenciado seguía dando vueltas en mi mente, como un eco que no podía silenciar. No debería importarme. Por supuesto que no debería importarme lo que ella pensara o sintiera. Pero lo hacía. M4ldita sea.Apreté el cigarrillo entre mis dedos, sintiendo cómo el calor quemaba mi piel. No podía permitirme distraerme. Trina era solo una pieza de mi venganza, a quien debía doblegar como fuera. Sin embargo, había algo en ella, algo que me atraía de una manera que no podía explicar.Cerré los ojos, tratando de concentrarme en el plan. Tenía que quebrarla, tenía que hacerla entender quién era el verdadero dueño de este infierno. Pero no iba a ser fácil. No con ella.Con un suspiro, apagué el cigarrillo y me alejé de la ventana. ¿Qué estaría buscando ella en esta habitación? Me sonreí al imaginar lo que estaría pensando, después de todo era solo una niña mimada, q
TrinaEl beso de Dominic era como una tormenta, arrasándolo todo a su paso. Sus labios, duros y exigentes, me obligaban a responder, a rendirme a una fuerza que no podía controlar. Mis labios ardían, la furia y el deseo chocaban como dos titanes dentro de mi pecho. Dominic besaba como si estuviera reclamando algo que ya le pertenecía, como si el universo mismo lo hubiera convencido de que yo era suya.Y durante un segundo, m4ldita sea, casi lo creí.El calor de su cuerpo me envolvía, su mano firme en mi cintura, la otra sujetándome la nuca con la fuerza de un amo que no aceptaba desafíos. Su lengua rozó la mía con una agresividad que me hizo jadear, y en ese instante, sentí cómo mi voluntad vacilaba.Incluso, por un momento, me dejé llevar. Mi cuerpo, traicionero, se inclinó hacia él, mis manos aferrándose a su camisa como si fuera la única ancla en medio de un mar embravecido. Sentí su mano deslizarse hacia mi trasero, apretándolo con firmeza, acercándome más a él. Cada movimiento
TrinaMe quedé sentada en la cama, con la vista clavada en la puerta rota, sintiendo una mezcla de rabia e incertidumbre. Sabía que había jugado con fuego, que mis palabras habían sido un desafío directo, pero no me arrepentía.No le iba a dar el poder de doblegarme.Aun así, el miedo se instaló en mi pecho como una sombra implacable.Sus últimas palabras resonaban en mi cabeza como un eco perverso. "Qué conste que tú lo pediste."No sabía qué significaba, pero cada fibra de mi ser me decía que no era nada bueno.Esa noche no dormí.No podía.No solo porque su amenaza seguía clavada en mi mente como una espina envenenada, sino porque la puerta destrozada era un recordatorio constante de lo vulnerable que estaba aquí. Cualquiera podía entrar. Cualquiera podía hacerme lo que quisiera.Me senté en la cama, con las rodillas dobladas contra el pecho y los brazos cruzados sobre ellas, mirando la puerta con los ojos abiertos de par en par.Mi orgullo me impedía admitirlo, pero estaba asustad
TrinaDominic recorrió mi rostro como buscando algo, yo no le bajé la mirada, lo observé de manera retadora.Por un momento, pareció dudar, como si no supiera qué hacer conmigo. Pero entonces, esa duda se desvaneció, reemplazada por una determinación feroz.—Vas a aprender, Trina —dijo, su voz baja, pero llena de promesas oscuras—. Vas a aprender quién manda aquí, ya que no lo quisiste hacer por las buenas, lo harás por las malas. Vas a terminar suplicándome piedad.—Ya veremos, Dominic —respondí, mi voz llena de desafío—. Ya veremos quién termina aprendiendo de quién.Él me miraba como si esperara algo.Como si estuviera esperando que me rindiera.Sonrió, con diversión.Y supe en ese instante que él pensaba que iba a suplicarle.Que iba a arrodillarme frente a él como esas mujeres.Que iba a rogarle.La rabia explotó en mi pecho como dinamita.Pero estaba equivocado. No iba a darle ese placer. Nunca.Así que me sonreí con malicia a carcajadas, la risa se me escapó de los labios antes