Capítulo 40. La persecución.

Elizaveta

Asentí nerviosa. Él me soltó casi haciéndome caer y sin emitir ninguna otra palabra, comencé a descender por la escalera oxidada, adentrándome en la oscuridad que parecía querer tragarme entera.

—Maldit4 sea —murmuró Dante, claramente impresionado a pesar de sí mismo.

—Vamos —dijo Izan, su voz urgente—. No sabemos cuánto tiempo tenemos antes de que nos descubran.

Entramos al túnel, que era estrecho, oscuro. Olía a tierra húmeda y moho. El aire estaba frío y el suelo estaba cubierto de polvo y escombros. Avanzamos lo más rápido que pudimos.

Cada paso que dábamos resonaba en las paredes de piedra, como si el propio lugar nos advirtiera de que no pertenecíamos allí. Yo iba al frente, con Dante pisándome los talones e Izan cerrando la fila. La tensión era palpable, como una cuerda a punto de romperse. Sabía que si algo salía mal, no habría vuelta atrás.

—¿Cuánto falta? —gruñó Dante, su voz baja, pero llena de impaciencia.

—Falta un poco —respondí, tratando de mantener la calma—.
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