TrinaMe quedé sentada en la cama, con la vista clavada en la puerta rota, sintiendo una mezcla de rabia e incertidumbre. Sabía que había jugado con fuego, que mis palabras habían sido un desafío directo, pero no me arrepentía.No le iba a dar el poder de doblegarme.Aun así, el miedo se instaló en mi pecho como una sombra implacable.Sus últimas palabras resonaban en mi cabeza como un eco perverso. "Qué conste que tú lo pediste."No sabía qué significaba, pero cada fibra de mi ser me decía que no era nada bueno.Esa noche no dormí.No podía.No solo porque su amenaza seguía clavada en mi mente como una espina envenenada, sino porque la puerta destrozada era un recordatorio constante de lo vulnerable que estaba aquí. Cualquiera podía entrar. Cualquiera podía hacerme lo que quisiera.Me senté en la cama, con las rodillas dobladas contra el pecho y los brazos cruzados sobre ellas, mirando la puerta con los ojos abiertos de par en par.Mi orgullo me impedía admitirlo, pero estaba asustad
TrinaDominic recorrió mi rostro como buscando algo, yo no le bajé la mirada, lo observé de manera retadora.Por un momento, pareció dudar, como si no supiera qué hacer conmigo. Pero entonces, esa duda se desvaneció, reemplazada por una determinación feroz.—Vas a aprender, Trina —dijo, su voz baja, pero llena de promesas oscuras—. Vas a aprender quién manda aquí, ya que no lo quisiste hacer por las buenas, lo harás por las malas. Vas a terminar suplicándome piedad.—Ya veremos, Dominic —respondí, mi voz llena de desafío—. Ya veremos quién termina aprendiendo de quién.Él me miraba como si esperara algo.Como si estuviera esperando que me rindiera.Sonrió, con diversión.Y supe en ese instante que él pensaba que iba a suplicarle.Que iba a arrodillarme frente a él como esas mujeres.Que iba a rogarle.La rabia explotó en mi pecho como dinamita.Pero estaba equivocado. No iba a darle ese placer. Nunca.Así que me sonreí con malicia a carcajadas, la risa se me escapó de los labios antes
TrinaEstaba anonadada con todo lo que estaba pasando; en su expresión no solo brillaba la furia, sino también un atisbo de diversión.Él estaba disfrutando esto.Se levantó de su asiento con la elegancia letal de un depredador acechando a su presa.Las sumisas a su alrededor se hicieron a un lado, bajando la mirada como si no quisieran ser testigos de lo que venía.Mis piernas se sintieron de repente débiles. No por miedo, sino por la intensidad de la mirada que me taladraba desde el otro lado de la habitación.Dominic descendió los escalones con calma, sin apartar sus ojos de mí.Pasó junto a los cadáveres sin siquiera pestañear, como si fueran nada más que muebles rotos.Yo, en cambio, no podía apartar la mirada de los cuerpos.La sangre se extendía sobre el suelo como un río oscuro, brillante bajo las luces del lugar.El rubio con el cuchillo en el ojo aún se movía levemente, espasmos involuntarios recorriendo su cuerpo mientras la vida se le escapaba en un último suspiro.—¿No ib
TrinaLa oscuridad era mi única compañera. La venda sobre mis ojos me mantenía sumergida en un mundo sin forma, donde cada sonido, cada roce, se convertía en una amenaza. Podía olerlo. Estaba segura de que era Dominic, aunque se negara a hablar. Su aroma a cuero y colonia cara se mezclaba con el aire, envolviéndome en una nube que no podía evitar inhalar. Era un olor que ya asociaba con el peligro, con la dominación, con él. Pero se negaba a emitir una palabra, aunque no había necesidad. Su presencia era suficiente para hacerme sentir vulnerable, expuesta.Escuché el crujido del colchón cuando se recostó a mi lado. Enseguida sentí su calor cubriendo mi cuerpo. No me dio tiempo a reaccionar cuando sujetó mis manos y las ató con unas esposas a la cabecera de la cama.No pude evitar tensarme, y un ligero temor se abrió paso en mi interior. Intenté moverme, tratando de liberarme, pero las esposas no cedieron. El frío del metal se clavó en mis muñecas, recordándome que no tenía escapator
DominicMierda. Mierda. Mierda.La palabra resonaba en mi cabeza como un eco, pero no podía detenerme. No quería detenerme. La sensación de su cuerpo alrededor del mío era demasiado perfecta, demasiado intensa. La estrechez de su interior, esa barrera que acababa de romper, confirmó lo que ya sabía desde el principio, Trina era virgen. Y ahora, era mía.Gruñí, un sonido bajo y gutural que escapó de mi garganta sin permiso. El placer que sentía era casi doloroso, como si cada embestida me estuviera desgarrando por dentro. Pero no me importaba. Nada importaba excepto ella, excepto este momento, excepto la forma en que su cuerpo se ajustaba al mío como si hubiera sido hecho para mí.A pesar de mi tamaño y que era su primera vez, solo se quejó cuando entré, pero luego fue como si encajara perfectamente conmigo. Cuando las mujeres con las que yacía se quejaban del dolor que le producía cuando entraba en ellas.—Mía —murmuré contra su cuello, mis labios rozando su piel mientras mis caderas
Elizaveta. El frío del bosque se clavaba en mis huesos, pero no era nada comparado con el hielo que Dante dejaba caer sobre mí con cada mirada, cada palabra. Corríamos entre los árboles, nuestras pisadas, aplastando hojas secas y ramas caídas. El sonido de nuestros pasos resonaba en la noche, mezclándose con el latido frenético de mi corazón. No sabía si estábamos huyendo de algo o hacia algo, pero una cosa era clara, Dante no confiaba en mí. Sus ojos ardían con una furia contenida cada vez que me veía, haciéndome temblar por dentro. No importaba lo que hiciera, lo que intentara… para él, siempre sería una amenaza, una traidora, una maldit4 Petrov.Corríamos entre los árboles, la maleza, desgarrando nuestra piel, las ramas, golpeándonos como látigos. La adrenalina me impulsaba a seguir adelante, pero cada paso me recordaba que mi presencia no era bienvenida.Cuando nos detuvimos un momento para recuperar el aliento, Dante no tardó en lanzarse sobre mí.Su mano dura y áspera se ce
Elizaveta. El dolor en mi mejilla ardía como fuego, pero no era nada comparado con el dolor en mi corazón. Dante me miraba con ojos llenos de odio, en ese momento sus manos se apretaron sobre mis hombros con tanta fuerza que creí que me los destrozaría. Las lágrimas nublaban mi visión, pero no podía apartar la mirada de él. —No te estoy traicionando —susurré, mi voz quebrada—. Solo quería… quería asegurarme de estar a salvo. —¿En serio? ¿Querías estar a salvo? —gritó, sacudiéndome—. ¿Llamando a quién? A tu hermana ¡Eres una mentirosa, Elizaveta! ¡Una maldita Petrov! Sus palabras me atravesaron como cuchillos. Sabía que no confiaba en mí, pero ver tanto odio en sus ojos me destrozó. —No soy como ellos —dije, luchando por contener el llanto—. Nunca lo he sido. No los estaba traicionando yo…Dante no me dejó hablar.—Ni una palabra más, porque no creeré nada que salga de tu mentirosa boca —espetó mirándome con rabia. Con su respiración agitada, sus ojos brillando con una furia q
Trina.Me desperté con el calor de su cuerpo pegado al mío. Mi respiración se detuvo por un instante, mi cuerpo quedó inmóvil, mientras la calidez de la piel masculina envolvía la mía.Era Dominic.Giré apenas la cabeza y lo vi. Dormía profundamente, su brazo rodeándome como si temiera que me fuera a escapar. Por un momento, me quedé quieta, observándolo. Así, en la quietud del sueño, parecía vulnerable. Nada que ver con el hombre cruel que había visto matar con tanta facilidad como respirar. No tenía la arrogancia ni la crueldad en su rostro ahora. Sin el ceño fruncido, sin la frialdad helada en sus ojos, parecía… asequible. Casi inocente.Casi.Observé cada línea de su rostro con una extraña sensación en el pecho. Mi mente retrocedió en el tiempo, recordando a ese jovencito que una vez me salvó. Aquel pequeño héroe que me había protegido cuando nadie más lo hizo. Aquel jovencito que me dio la mano y me sacó de aquel lugar cuando yo creía que iba a morir.¿Dónde estaba ese chiquil