Capítulo 2

Con el alma herida y temblando, salgo del apartamento y pido un taxi para dirigirme a mi casa. No dejo de llorar en el trayecto a casa. El taxista amablemente me ofrece servilletas y eso hace que llore más.

Al llegar a casa abatida, me dejó caer sobre la cama y lloro desconsolada, siento náuseas y corro al baño, pero no logro vomitar. Mis ojos están hinchados de tanto llorar. Tomo mi teléfono para llamar a mi madre, pero ni siquiera sé cómo hacerlo. ¿Cómo darle otra mala noticia? No quiero preocuparla mas de lo que ya debe estar con su propia vida.

El fondo de pantalla de mi celular es una foto con ángel y rápido la cambio. Entro a mi galería. Hay cientos de fotos de nosotros dos, y la sola idea de borrar tantos lindos recuerdos con él, rompe mi alma. Pero ya no no pueden seguir ahí, nunca volveré con él; me traicionó, y quién sabe desde cuándo lo hacía. Abro mi computadora, elimino todas las fotos, archivos y videos. Luego recojo todos los regalos que me había dado y los meto en una bolsa, junto a algunas cosas suyas. Se que todo lo hago por impulso, pero estoy tan herida, como para pensar con claridad.

La alarma suena, y con pesadez me levanto. No sé a qué hora me dormí, pero debo ir a trabajar. Me ducho, dejando que el agua fría empape mi cabello y me ayude a despertar. No quiero ir a la oficina; lo que realmente deseo es quedarme en casa, comer helado y ver una película triste para llorar más, para calmar este sentimiento de dolor.

Me detengo frente al espejo, mis ojos están muy hinchados. Busco pepino congelado para tratar de disminuir la hinchazón, pero es en vano. Me maquillo un poco, mi cabello es ondulado y así que toma tiempo y hoy no era el día de dedicárselo, pero tampoco podía ir a trabajar hecha un asco como me sentía.

Pantalones finos holgados, zapatos de pico con tacón no muy alto y una camisa con el logo de la empresa y un blazer. Hacía frío, creo que más que todos los días anteriores.

—Destruida, pero no acabada... No tan acabada—murmuro para mí misma.

De repente mi teléfono suena con un mensaje de texto.

«Tenemos que hablar»,

Es ángel, sonrío con amargura. anoche ni siquiera se molestó en llamarme para saber si había llegado bien...o si no había pensando en hacer una locura despues de verlo con otra.

—maldito hijo de pu...— me detengo.

Sin pensarlo dos veces bloqueo su número, no quiero saber nada de él. Salgo de casa y tomo un taxi rumbo al trabajo. No tenía hambre, mis emociones me hacían un hueco en el estómago, así que únicamente compro un café cargado antes de ir directo a mi escritorio.

—¿Estás bien, Georgiana?—me pregunta mi compañera de oficina.

—Sí— respondo sin ganas.

—Mañana viene el hijo del dueño, Sandro Volkov, así que hay que estar preparadas. Dicen que es una persona muy exigente y que da miedo con solo verlo. Se rumorea que tomará el cargo de director general porque descubrieron que el antiguo director estaba manipulando los ingresos y las gráficas de ventas— espeta en voz baja.

—¿Y tú cómo sabes todo eso? ¿Chisme de pasillo?— ella me mira achicando los ojos y abre un poco la boca haciéndose la ofendida.

—Es lo que se dice... aunque no han confirmado, anda aún—

—Nuestro departamento no tiene nada que ver con la logística de la empresa. Mejor concéntrate en tu trabajo y deja los rumores a un lado. Sea verdad o no, no nos afecta— sé que soné dura, pero hoy no tengo fuerzas para socializar.

—¡Qué amargada estás hoy!— dice con fastidio antes de alejarse. Yo solo suspiro y me sumerjo en la montaña de papeles que debo ingresar en el sistema.

El trabajo acaba, pero hago horas extras. Ya es tarde, son las nueve de la noche y el dolor me amarga nuevamente al recordar de repente, sintiendo una punzada en mi corazón y en mi estómago.

—Oye, Georgina, vete a casa—, me dice el guardia de seguridad.

Recojo mis cosas y salgo del edificio, tomó un taxi.

—¿A dónde se dirige, señorita?—me preguntó el conductor.

Dudé un momento antes de responder.

—lléveme a un bar— sí, eso.

No sé si es la mejor decisión, pero necesito un trago para anestesiar el dolor.

El taxi me deja en la entrada de un bar elegante, iluminado con luces suaves, dándole ese toque misterioso. Entro, un poco nerviosa, y me dirijo a la barra.

—¿Qué desea, señorita?— me pregunta el bartender con amabilidad.

Mientras observo lo lujoso y acogedor que es el lugar, con aire misterioso.

—Dame un trago de whisky a la roca— le digo con firmeza, decidida.

El bartender asiente y prepara mi trago. Me quito el blazer, dentro estaba cálido y paso la mano por mi cabello acomodándolo.

—Que lo disfrute— asentí con una sonrisa para no verme descortés.

Me doy un trago sin pensarlo mucho, pero es aterrador y quema mi garganta. Era la primera vez que tomaba, el sabor tan amargo no me agrado e hice una mueca involuntaria queriendo escupir el resto. Sentía mi lengua adormecida.

—Agua, por favor— digo, tratando de aliviar la sensación de ardor en mi garganta y paso la lengua por mis labios.

«Esto no es lo mío», murmuro.

Pido la cuenta, pero antes de poder pagar alguien se sienta a mi lado. Es un hombre alto de aspecto imponente y me habla con mucha confianza.

—Si no tienes experiencia bebiendo, deberías empezar con algo más suave, como alguna mezcla que te interese. Tomar whisky a la roca, si nunca has tomado, solo te hará creer que el alcohol es malo, ¿no crees?— dice con voz profunda y firme, dando un sorbo a su whisky.

—El whisky a la roca no es para principiantes—

Lo miró con cautela. Tiene tatuajes en el cuello y usa guantes de cuero. Sus ojos son de un verde olivo intenso, lleva varios pendientes en sus orejas, unas pequeñas argollas de color plata y el cabello liso muy negro, con un estilo mullet. Su cara es atractiva, pero tiene un aire intimidante con una mezcla de egocentrismo. Con su traje negro impecable parece el típico villano de las novelas de mafia.

—Trabajas para la compañía Mattresses sweet dream... qué interesante— murmura con media sonrisa y recuesta su cabeza de la palma de su mano, mirándome fijamente.

Frunzo el ceño.

—Sí... ya gracias por el consejo, pero ya me iba—

—¿Te incomodé? Lo siento, fui un atrevido al dirigirme a ti como si nos conociéramos. Permítame presentarme. Un gusto, mi nombre es Leo—

Curiosamente, no mencionó su apellido.

—Georgina— respondo estrechándole la mano.

Para mí sorpresa, en lugar de soltarla de inmediato, la lleva a sus labios y deposita un beso suave sobre mi piel. Su mirada es tan intensa que me hace retirarla rápidamente.

—Tienes un nombre precioso, ¿te puedo invitar a un trago? Tranquila, no te haré nada. Me estás viendo como si fuera a secuestrarte— dice con una lave sonrisa.

Su voz es perfecta, sin titubeos. Irradia confianza.

Dudo un instante, pero finalmente asiento.

—bueno... esta bien—

Poco a poco, la conversación fluye. Leo es un buen conversador y tiene un encanto natural. Me cuenta que es ruso, que dirige una empresa y que está en el país por negocios. Me siento extrañamente cómoda con él.

—¿Y que haces sola aquí? ¿No tienes pareja?— preguntó con curiosidad.

Bajo la cabeza y, se me deslizan las lágrimas por mis mejillas.

—Lo siento, no debí preguntarte eso— se disculpa con sinceridad y me ofrece su pañuelo.

—No te preocupes... posiblemente nunca más nos volveremos a ver, así que ¿qué más da si me desahogo?—

Le cuento todo lo que pasó con Ángel, sonriendo con amargura mientras lo hago. Leo me escucha atentamente, sin interrumpirme.

—Es un estúpido. Si hubieses sido mía, te habría esperado toda la vida— dice con firmeza.

volví mis labios una línea recta con dudas.

—Mi mamá me ha inculcado valores tradicionales: «no estés con ningún hombre hasta tu matrimonio, así te verás más interesante», ¿y de qué me sirvió?—

Leo sonríe levemente.

—Tu mamá hizo un excelente trabajo, Georgiana.

¿Por que me dice eso? ¿Por que este hombre me mira así?

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