Salgo del baño con su camiseta puesta. Él está sentado en la cama, tecleando algo en su teléfono de último modelo. Cuando me ve, deja el dispositivo a un lado y da unas palmadas sobre el colchón, invitándome a recostarme junto a él. Pero no lo hago. Me siento en el borde, nerviosa.
—Creo que no debería...— No me deja terminar. Su mano firme envuelve mi brazo y en un instante me jala hacia su cuerpo. Me envuelve entre sus piernas, sus brazos. Siento su aliento cálido en mi cuello cuando inhala y exhala con lentitud, como si estuviera drogandose con mi olor. Mi cabello se derrama sobre su pecho. —No te preocupes por nada —susurra en mi oído. —¿Quieres un poco de alcohol? Para que te relajes... Si no quieres, no te obligaré. Haremos las cosas como desees— —Sí, quiero un poco de alcohol— ¿Que más podía perder? Ya no había boda, ni compromiso, ni promesas vacías. Sé que no volveré a ver a este hombre. Tal vez siente lástima por lo patética que me veía en ese bar. Se levanta, va por el whisky y me lo entrega. Me lo bebo de un solo trago. El líquido arde en mi garganta y no evito la mueca, un poco se desliza por mis labios. —Se ha derramado un poco... Déjame limpiar— Su pulgar recorre la comisura de mi boca con suavidad. Su mirada se cruza con la mía. Un escalofrío me recorre la piel. Me besa, lento y profundo. Su lengua busca la mía y siento el tirón cuando la succiona suave. Siento su mano deslizarse por el borde de la camiseta hasta levantarla por encima de mi cabeza. Avergonzada intento cubrir mis pechos. Son pequeños y me incomoda que me vea, ningún hombre me había visto desnuda. —Deja las manos a un lado, estorban mi trabajo—susurra con una sonrisa pícara. —Me avergüenza que me veas desnuda— besa mi nariz. —Todo lo que te haré conlleva que estés completamente desnuda, déjate llevar... disfruta— Sus labios recorren mis mejillas, bajan por mi cuello hasta detenerse en mi clavícula. Atrapa mis muñecas y las sujeta sobre la cama, fijándome en esa posición. Su boca se desliza hasta mis pezones, endurecidos por los toques sutiles. Su lengua los acaricia antes de succionarlos con firmeza. Su otra mano aprieta mi cintura y siento la dureza de su erección a través de la tela del bóxer. Un jadeo escapa de mis labios. La sensación en mi pezones era demasiado abrumadora, no sabía que podía ser así... tan delicioso. Me suelta las manos y aprovecho el instante para tratar de cerrar las piernas cuando sus dedos intentan colarse entre ellas. Me aferro a la sábana, con la respiración entrecortada. —¡No puedo...!— siento la punzada en mi vientre bajo. Intento sentarme, pero me sostiene con firmeza y me desliza hacia abajo, dejándome en una posición en la que tiene la mejor vista de mí. Un gemido de vergüenza se ahoga en mi garganta. Quiero desaparecer. —¿Todo esto es lo que voy a comer? —alardea con una sonrisa ladeada ¿se sentía orgulloso? Agarro la almohada más cercana y la presiono contra mi cara. quiero morirrrrrrrr. —¡Cállate!— mi cara debe estar como un tomate. Pero él me la arrebata y me atrapa por la nuca, reclamando mis labios en un beso hambriento. Su lengua se entrelaza con la mía mientras sus manos recorren mi cuerpo como si estuviese tomando las medidas de cada lugar. Me pierdo en la sensación de su boca bajando por mi vientre, mordisqueando mi piel hasta llegar a mi ombligo. Mi espalda se arquea cuando sus labios rozan una parte delicada. Su lengua comienza a jugar con mi punto de placer y cada succión arranca de mi garganta un gemido más fuerte que el anterior. ¿Que era esa sensación? No tenía idea de que él sexo era así. —¡Agh! ¡Por favor! ¡Sí!— No sé qué carajos estoy diciendo, pero ya no me importa. Un calor abrasador me envuelve, expandiéndose desde mi vientre bajo. Mi cuerpo se tensa, las piernas se me abren aún más y él aprovecha para sostenerme de las caderas, elevándome un poco para tener un mejor acceso. —¡Qué rico! —grito sin vergüenza. La cama es amplia, él sostiene mis dos piernas hacia arriba y abro un poco los ojos, estaba sumergido entre mis piernas, su ancha espalda se veía mejor desde mi posición. Movía la cabeza con deleite, como si estuviera comiendo el mejor manjar de todos. Me gustaba como su cabello caía y al levantar un poquito la cabeza, nuestros ojos se encontraron. Pero esa mirada oscura fue tan seductora ¿Cómo podía mirarme de esa manera mientras me comía de esa forma tan vulgar?. ¿Por qué no aparté la mirada? no lo sé, en cambio la succión fue con más firmeza. Mi cuerpo entero tiembla. Mis ojos se desenfocan por un instante mientras me pierdo echando la cabeza hacia atrás explotado en un placer que me hizo gritar. Mi cuerpo tiembla unos segundos, abrumado por la sensibilidad, y él no se aparta hasta que, jadeante, llevo las manos a su cabeza y lo empujo suavemente. Siento la humedad entre mis piernas y él lo disfruta jugando con sus dedos ahí. Sube buscando mi boca y me mete la lengua dentro, se aparta un segundo y me susurra. —¿Te das cuenta lo rica que sabes? Lo tragué todo, todos tus fluidos— roza nuestras narices con desesperación y me vuelve a besar hambriento. Ya no puedo pensar, necesito a este hombre esta noche. —Más que lista para mí—susurra contra mi boca. Se levanta de la cama sin apartar sus ojos de los míos. Mi mente está en otro mundo, apenas puedo procesar lo que pasa cuando se baja el bóxer y me deja verlo desnudo. Se acaricia suavemente, disfrutando de ver mis piernas separadas esperando por él. Se posiciona sobre mí, sus ojos buscan los míos, y sus manos toman mi rostro con ternura. —Abrázame —me pide con un tono profundo —Voy a entrar... Podría doler un poco— su advertencia me eriza la piel. ¿Cuantas experiencias habrá tenido este hombre desconocido al que me le estoy entregando? Las contradicciones vuelven a mi cabeza en este punto sin retorno. Toma su miembro con la mano y lo desliza por mis pliegues antes de presionarlo contra mi entrada. Mi corazón late con fuerza ¿En serio iba a hacer esto? Nuevamente me cuestiono. —No tengas miedo —su voz se suaviza. Creo ha notado que estoy demasiado tensa. —No voy a hacerte daño, ni nada que no vayas a disfrutar— Cuando finalmente me penetra, me arqueo bajo su cuerpo, aferrándome a sus hombros. Me quedo sin aire. Es una sensación dolorosa, abrumadora. Me estremezco. Se queda quieto, esperando que me acostumbre. Sus labios besan mi cuello, mi mandíbula, mi boca. —Dime si quieres que me detenga— hay sudor en mi frente, y él lo limpia con su mano. —No... Sigue— mascullo aguantando el dolor. Él sonríe y se empieza a moverse. Lento al principio, con movimientos suaves y profundos. El dolor se convierte en placer poco a poco. Mis piernas se enredan en su cintura y lo atraigo más hacia mí, necesitando sentirlo más profundo, más intenso. —¡Ugh! ¡Más despacio!— por momentos punzadas de dolor me atacan. Me acuna entre sus brazos y murmura contra mi oído: —Qué honor es ser tu primer hombre, Georgina— Acelerada las embestidas y gime jadeante de placer. Me aprieta y su cuerpo me deja claro que no está soportando mucho. Con la voz pastosa le hablo. —No te corras dentro de mí...Estoy ¡Ahhh!.Me hundo bien profundo, provocándole un grito placentero mientras mi semen la llena por completo. La aprieto con fuerza, soltando un gemido de puro placer al derramarme dentro de ella, con una única intención clavada en mi mente. Mi cuerpo reposa sobre el suyo, ambos agotados, empapados en sudor y jadeando en la oscuridad de la habitación. El sueño nos atrapa sin poder resistir. A la mañana siguiente, despierto temprano. Tengo una reunión importante. Me ducho rápido, me visto con elegancia y preparo el desayuno. Antes de marcharme, dejo una pastilla para la resaca y una nota junto al desayuno. Le explico que tuve que irme temprano por trabajo y que preferí no despertarla porque se veía demasiado cómoda en mi cama. ** Me despierto con una sensación de resaca brutal, mi cabeza late como si me estuvieran golpeando por dentro. Me estiro, disfrutando la suavidad de las sábanas, hasta que la realidad me golpea: no estoy en mi casa. Me siento de golpe y el dolor en mi cabeza se intensifi
Sandro no deja de hacerme preguntas durante toda la reunión, como si disfrutara verme incómoda. Todos comienzan a murmurar al terminar la reunión, convencidos de que su interrogatorio es un castigo por haber llegado tarde y derramado el café. —Vamos a almorzar —me dice Liliana al terminar la reunión. Las paredes de la oficina son de cristal, permitiéndonos ver a todos los que pasan. Justamente saliendo de la sala de juntas estaba él. Me hierve la sangre al recordarlo. Me engañó para acostarse conmigo. Soy una completa imbécil. —Ese hombre da miedo, ¿viste que era cierto lo que te dije sobre él? —insiste Liliana. Trato de ignorarla mientras me enfoco en la pantalla del computador. —Ya deja de trabajar y vamos a comer, muero de hambre— —No traje almuerzo y tengo demasiado trabajo. Iré más tarde— —¿Te vas a quedar sin comer?— —No, hay una cafetería cerca. Iré cuando termine— —Pues vale— Liliana se marcha y yo suelto un suspiro, echando la cabeza hacia atrás. Con tanto en la cab
—¿Cuáles crees que serían mis intenciones?— Me mira a los ojos por un momento antes de desviar la vista hacia una mesa donde hay un pequeño alboroto. —Sigo esperando tu respuesta, Georgina.— —Yo le hice una pregunta primero. ¿Por qué siempre contesta con otra?— Me llevo el té a los labios justo cuando mi teléfono vibra con una notificación del banco. «Su retiro ha sido exitoso.» Al ver el mensaje, abro la aplicación. Mi cuenta está en cero. Trago en seco y trato de disimular el temblor en mis manos, pero el enojo me sube por las venas como fuego. Aun así, no logro contener las lágrimas frente a él. —¿Georgina?— Me levanto rápidamente, limpiándome los ojos sin responder. —Tengo que irme.— Tomo mi cartera y chaqueta y salgo sin mirar atrás. Me siento en una banqueta a esperar el bus, con la mente dando vueltas. Dos años de noviazgo tirados a la basura. Mi vida entera estaba entrelazada con la de ese hombre. Teníamos planes, hasta el lugar de la boda elegido. Incluso habíamos
7:30 p.m. Un vuelo en primera clase cancelado. Qué estupidez.—¿Señor, desea algo de tomar? —pregunta mi seguridad.—Agua, está bien.—Apoyo la cabeza contra el metal frío del asiento, observando sin interés el panorama. Pero entonces la veo.Es hermosa.Cabello negro, abundante, con ondas suaves. No es ni muy alta ni muy baja, diría que mide alrededor de 1.70. Su cuerpo es esbelto, con curvas sutiles, elegantes. Su piel... morena, pero no del todo oscura. Es como café con leche, como dulce de leche. Sí, es una descripción estúpida, pero efectiva.Parece estar perdida. Mira en todas direcciones, buscando algo. Lleva una maleta y unos auriculares colgados del cuello. Y entonces, camina hacia mí.—Hola, disculpa, ¿has estado aquí antes? —Su sonrisa es radiante, y sus dientes, perfectos.Parpadeo, distraído por lo que veo.—Mmm... sí. ¿Qué necesitas? —Enderezo mi postura en el asiento.—Es que me perdí y no sé dónde queda este lugar—me muestra un papel.La tengo demasiado cerca. Lo sufic
Al final termino aceptando la propuesta de mi padre. No porque tenga interés real en la empresa. Todo lo hace por ella. Me alojé en un penthouse no muy lejos de la empresa. La ubicación era perfecta. Antes de presentarme a trabajar, me tomé unos días. No eran vacaciones. Era para verla. Desde mi coche la observaba llegar a su apartamento. No era un mal lugar, pero tampoco el mejor. Georgina merecía más y yo podía dárselo. Terminaba tarde de trabajar, haciendo horas extras, juntando dinero para casarse con ese idiota que la engañaba. Qué patético. Después de días viéndola llegar siempre a la misma hora, algo cambió. Esa noche no apareció a la hora habitual. Esperé. Hice algunas llamadas y me enteré de que había salido más temprano. Aun así, no me fui. No podía irme sin verla. Pasaron las horas. Y de sólo imaginarme que había una posibilidad de que ella estuviera entre los brazos de él, haciendo el amor me provocaba un malestar. Cuando finalmente decidí rendirme, apareció.
~Recuerdas que hoy es la cena?~ Liliana me escribe por mensaje, recordándome la cena con los compañeros de trabajo en un restaurante. Lo había olvidado por completo. ~No tengo mucho ánimo...~ ~No seas aguafiestas, a las 8:30 pm espero verte ahí.~ Suspiro mientras termino de guardar la ropa que lavé. No sé si tengo ganas de ir. Con el corazón hecho trizas y la cabeza llena de pensamientos desordenados, lo último que quiero es socializar. Pero, después de unos minutos de pelear conmigo misma, termino cediendo y empiezo a arreglarme. Nada me gusta. Nada me queda bien. No me siento cómoda con nada. —Esta soy yo, no puedo deprimirme por alguien que me mintió tanto como pudo— Me digo en voz baja, tratando de convencerme. Alzo el rostro con determinación, pero mis ojos se humedecen inevitablemente. —No, no puedo— lloro un poco para después maquillarme y vestirme. Al llegar al restaurante, noto que todos están reunidos ya. No puedo evitar sentirme incómoda cuando las miradas se clava
Solté un grito hasta que vi quién era y cómo reía. Mis ojos seguían abiertos de par en par por el susto y me recosté en el asiento, tratando de recuperar el aliento. —Lo siento, Georgina, no quise asustarte de esa forma— me habló despreocupado. —Usted es un descarado, director—. Mi tono fue seco, afilado. Él me miró con seriedad, sin perder la compostura. —¿Por qué me insultas?—arqueó una ceja. —Espero que este vehículo se dirija a mi casa—. Mi voz seguía siendo cortante. —Pero... ¿qué sucede? Quedamos en un acuerdo en el baño y aprovechaste verme entretenido para escapar. Eso no se vale—. —Tampoco se vale que seas igual que mi ex prometido y quieras crucificarlo cuando eres igual a él. Un sinvergüenza— Vi la confusión en su rostro. Se quedó en silencio por unos segundos antes de hablarle al chofer. —Dirígete a la casa de la señorita—ordenó, y no dijo nada más. Yo tampoco. Cuando llegamos, ni siquiera me despedí. Estrellé la puerta del coche y me alejé con la sangre hirviendo
En su cama, en su habitación, las gotas de sudor resbalan por mi piel. Mis jadeos se mezclan con el sonido de su cuerpo chocando contra el mío, una y otra vez. Es una sensación nueva, intensa, sin dolor. Me embriaga su aroma y la forma en que me toma. Su boca recorre mi piel, su lengua fría atrapa mis pezones, arrancándome gemidos sin control. Algo que nunca hice con Ángel... lo estoy haciendo con mi jefe.—Shhh...— su aliento caliente choca contra mis labios—¿Te gusta tanto como a mí, Georgina?—Su voz ronca en susurros me hace estremecer.Sus embestidas son profundas, como si ya conociera cuáles son mis debilidades. Mis manos exploran la dureza de su espalda.—¡Ah...!— gimo en sus labios antes de que descienda por mi vientre, dejando un rastro de besos humedecidos.Mi cuerpo reacciona solo, mis piernas tiemblan. Me aferro a su cabello, temblando cuando succiona al punto que no resisto más y me corro toda en su boca sin callar mis gritos de placer.No sé cuánto tiempo llevamos en l