—¿Cuáles crees que serían mis intenciones?—
Me mira a los ojos por un momento antes de desviar la vista hacia una mesa donde hay un pequeño alboroto. —Sigo esperando tu respuesta, Georgina.— —Yo le hice una pregunta primero. ¿Por qué siempre contesta con otra?— Me llevo el té a los labios justo cuando mi teléfono vibra con una notificación del banco. «Su retiro ha sido exitoso.» Al ver el mensaje, abro la aplicación. Mi cuenta está en cero. Trago en seco y trato de disimular el temblor en mis manos, pero el enojo me sube por las venas como fuego. Aun así, no logro contener las lágrimas frente a él. —¿Georgina?— Me levanto rápidamente, limpiándome los ojos sin responder. —Tengo que irme.— Tomo mi cartera y chaqueta y salgo sin mirar atrás. Me siento en una banqueta a esperar el bus, con la mente dando vueltas. Dos años de noviazgo tirados a la basura. Mi vida entera estaba entrelazada con la de ese hombre. Teníamos planes, hasta el lugar de la boda elegido. Incluso habíamos visto un apartamento: dos habitaciones, una para nosotros y otra para el hijo que algún día vendría. Respiro hondo, pero el pecho me pesa demasiado. Mi mamá me llama, pero no puedo hablar. No quiero. Y ahora tampoco puedo volver con Ángel... ni siquiera soy virgen. ¿Por que pienso en eso? No volvería con él, ni siendo monja. Sandro Volkov. Hijo del dueño de Sweet Dream Mattresses y director de la empresa por los recientes desfalcos y la caída de las ganancias. Él fue mi primer hombre. Y el primero que besé de verdad. Qué ironía. No me acosté con mi novio en dos años, pero sí con un desconocido en tres horas. Sacudo la cabeza y me obligo a reaccionar. Regreso a la oficina y me entierro en la montaña de papeles para mantenerme ocupada. Por suerte, Sandro no volvió hoy, así que el ambiente se siente más ligero. Después de dos horas extras para recuperar el tiempo perdido por la mañana, salgo de la empresa y tomo el bus de regreso a casa. El trayecto es tranquilo, pero en cuanto llego, dejo caer mi bolso y me meto directo a la ducha. Cuando salgo envuelta en una toalla, me quedo un largo rato frente al espejo. —¿Esta es la vida real?— las lágrimas vuelven a deslizarse. Un mensaje de mi mamá entra. "Llámame cuando puedas. Espero que todo esté bien." Nada está bien. Lloro en silencio, sin fuerzas para más. Preparo algo de comer, aunque me cuesta tragar. No haber probado bocado en todo el día me pasó factura. Mi apartamento es pequeño, acogedor. Tengo lo necesario para vivir. Algunas flores decoran el lugar, pero ya se están marchitando. Absorbiendo mi mala suerte, tal vez. Mi teléfono suena. Un número que ya había visto antes. —¿Sí?— —Georgina, ¿estás bien?— Sandro. —Estoy bien. ¿Necesita algo, señor? ¿Por qué me llama fuera del horario laboral?— —¿En serio, Georgina? Te fuiste sin comer, sin despedirte... ni siquiera me avisaste que llegaste bien. Agrégame a tus contactos. Soy tu jefe, deberías tenerme registrado.— —Entendido. Me voy a dormir. Que pase buenas noches.— Cuelgo sin darle tiempo de responder. Mi estómago se contrae. Ese hombre es extraño... pero guapo. Y rico. ¿Por qué es tan insistente? No puedo dormir. Toda la noche sueño con la infidelidad de Ángel. Lo llamé después de que vació mi cuenta, pero no contestó. A la mañana siguiente, preparo mi desayuno y mi almuerzo. Me ducho, me maquillo con discreción y elijo una camisa con pantalones holgados y zapatos cómodos. Me veo bien. No quiero que nadie se entere de lo que pasó. No después de haber alardeado tanto sobre mi "hombre perfecto". Llego a la oficina y voy directo a mi escritorio, pero me llaman. —Señorita Georgina, el director quiere verla.— Maldita sea. No puedo negarme. Es su empresa. Entro en su oficina convencida de que va a molestarme, pero en su lugar me muestra un error en el sistema. Un fallo en los nombres que arruinó toda una producción de colchones. Definitivamente, esta no es mi semana. Los rumores corren rápido. Lo sé porque Liliana me lo cuenta y porque siento las miradas a mis espaldas. Hoy saldré temprano. Necesito relajarme antes de perder la cabeza. —¿Vas a ver a tu novio esta noche?— pregunta Liliana mientras recoge su bolso —Es bueno que tengan una cita, lo descuidas mucho y el hombre donde le dan de comer come, que conste que no te quiero asustar, pero x.— me guiña un ojo. Sonríe y se va. Yo me quedo en mi escritorio, limpiándome las lágrimas antes de salir. Subo al ascensor y me recuesto contra la pared. Ni siquiera miro quién entra hasta que ese aroma inconfundible me envuelve. Sandro. Nuestros ojos se encuentran y desvío la mirada. Él sonríe. Cuando las puertas se abren, salimos juntos. —¿Intentas caminar o correr?. Hazlo como te plazca de igual modo te llevare a casa.— —No se ve bien que el director de la empresa lleve a su empleada a casa.— —Solo soy el director, el dueño es mi padre.— —Es lo mismo, señor Volkov.— Escucho su risa burlona y antes de que pueda abrir la puerta se detiene detrás de mí. —subes al coche o te beso en medio de la calle, tú decides.7:30 p.m. Un vuelo en primera clase cancelado. Qué estupidez.—¿Señor, desea algo de tomar? —pregunta mi seguridad.—Agua, está bien.—Apoyo la cabeza contra el metal frío del asiento, observando sin interés el panorama. Pero entonces la veo.Es hermosa.Cabello negro, abundante, con ondas suaves. No es ni muy alta ni muy baja, diría que mide alrededor de 1.70. Su cuerpo es esbelto, con curvas sutiles, elegantes. Su piel... morena, pero no del todo oscura. Es como café con leche, como dulce de leche. Sí, es una descripción estúpida, pero efectiva.Parece estar perdida. Mira en todas direcciones, buscando algo. Lleva una maleta y unos auriculares colgados del cuello. Y entonces, camina hacia mí.—Hola, disculpa, ¿has estado aquí antes? —Su sonrisa es radiante, y sus dientes, perfectos.Parpadeo, distraído por lo que veo.—Mmm... sí. ¿Qué necesitas? —Enderezo mi postura en el asiento.—Es que me perdí y no sé dónde queda este lugar—me muestra un papel.La tengo demasiado cerca. Lo sufic
Al final termino aceptando la propuesta de mi padre. No porque tenga interés real en la empresa. Todo lo hace por ella. Me alojé en un penthouse no muy lejos de la empresa. La ubicación era perfecta. Antes de presentarme a trabajar, me tomé unos días. No eran vacaciones. Era para verla. Desde mi coche la observaba llegar a su apartamento. No era un mal lugar, pero tampoco el mejor. Georgina merecía más y yo podía dárselo. Terminaba tarde de trabajar, haciendo horas extras, juntando dinero para casarse con ese idiota que la engañaba. Qué patético. Después de días viéndola llegar siempre a la misma hora, algo cambió. Esa noche no apareció a la hora habitual. Esperé. Hice algunas llamadas y me enteré de que había salido más temprano. Aun así, no me fui. No podía irme sin verla. Pasaron las horas. Y de sólo imaginarme que había una posibilidad de que ella estuviera entre los brazos de él, haciendo el amor me provocaba un malestar. Cuando finalmente decidí rendirme, apareció.
~Recuerdas que hoy es la cena?~ Liliana me escribe por mensaje, recordándome la cena con los compañeros de trabajo en un restaurante. Lo había olvidado por completo. ~No tengo mucho ánimo...~ ~No seas aguafiestas, a las 8:30 pm espero verte ahí.~ Suspiro mientras termino de guardar la ropa que lavé. No sé si tengo ganas de ir. Con el corazón hecho trizas y la cabeza llena de pensamientos desordenados, lo último que quiero es socializar. Pero, después de unos minutos de pelear conmigo misma, termino cediendo y empiezo a arreglarme. Nada me gusta. Nada me queda bien. No me siento cómoda con nada. —Esta soy yo, no puedo deprimirme por alguien que me mintió tanto como pudo— Me digo en voz baja, tratando de convencerme. Alzo el rostro con determinación, pero mis ojos se humedecen inevitablemente. —No, no puedo— lloro un poco para después maquillarme y vestirme. Al llegar al restaurante, noto que todos están reunidos ya. No puedo evitar sentirme incómoda cuando las miradas se clava
Solté un grito hasta que vi quién era y cómo reía. Mis ojos seguían abiertos de par en par por el susto y me recosté en el asiento, tratando de recuperar el aliento. —Lo siento, Georgina, no quise asustarte de esa forma— me habló despreocupado. —Usted es un descarado, director—. Mi tono fue seco, afilado. Él me miró con seriedad, sin perder la compostura. —¿Por qué me insultas?—arqueó una ceja. —Espero que este vehículo se dirija a mi casa—. Mi voz seguía siendo cortante. —Pero... ¿qué sucede? Quedamos en un acuerdo en el baño y aprovechaste verme entretenido para escapar. Eso no se vale—. —Tampoco se vale que seas igual que mi ex prometido y quieras crucificarlo cuando eres igual a él. Un sinvergüenza— Vi la confusión en su rostro. Se quedó en silencio por unos segundos antes de hablarle al chofer. —Dirígete a la casa de la señorita—ordenó, y no dijo nada más. Yo tampoco. Cuando llegamos, ni siquiera me despedí. Estrellé la puerta del coche y me alejé con la sangre hirviendo
En su cama, en su habitación, las gotas de sudor resbalan por mi piel. Mis jadeos se mezclan con el sonido de su cuerpo chocando contra el mío, una y otra vez. Es una sensación nueva, intensa, sin dolor. Me embriaga su aroma y la forma en que me toma. Su boca recorre mi piel, su lengua fría atrapa mis pezones, arrancándome gemidos sin control. Algo que nunca hice con Ángel... lo estoy haciendo con mi jefe.—Shhh...— su aliento caliente choca contra mis labios—¿Te gusta tanto como a mí, Georgina?—Su voz ronca en susurros me hace estremecer.Sus embestidas son profundas, como si ya conociera cuáles son mis debilidades. Mis manos exploran la dureza de su espalda.—¡Ah...!— gimo en sus labios antes de que descienda por mi vientre, dejando un rastro de besos humedecidos.Mi cuerpo reacciona solo, mis piernas tiemblan. Me aferro a su cabello, temblando cuando succiona al punto que no resisto más y me corro toda en su boca sin callar mis gritos de placer.No sé cuánto tiempo llevamos en l
Llego a casa y miro la caja sin atreverme a abrirla. El miedo me invade, siento que si esas dos líneas se vuelven rojas, todo cambiará. Respiro hondo, tratando de convencerme de que exagero la situación. —No estoy embarazada... Seguro es mi cabeza jugándome una mala pasada. Además, mi calendario aún no ha notificado nada sobre mi periodo y siempre lo hace, esta no será la excepción— Dejo la prueba sobre la cama y voy a la cocina por un vaso de agua. Noto que hace falta hacer compras, así que aprovecho que aún no oscurece para salir. Cuando abro la puerta, mi corazón da un brinco: Ángel está ahí, a punto de tocar el timbre. —Hola, Georgina... ¿Podemos hablar? — lo fulmino con la mirada. —Voy a salir, ahora no puedo hablar— intento cerrar la puerta y me lo impide. —Por favor, solo cinco minutos. No quiero molestarte— Dudo un instante, pero al final cedo. —Cinco minutos. Te lo advierto— lo señalo con el dedo. Camino detrás de él hasta el sofá. Está bien vestido, parece que viene
No dormí nada esperando que amaneciera, lloré toda la noche mirando esas dos líneas rojas, muy rojas. Mi alma gritaba que eso no podía estar pasándome. De camino al hospital, luego de mentir en mi trabajo para faltar ese día, voy a punto de colapsar en el coche. Me quedo en la entrada del hospital y camino nerviosa. Me registran y me indican dónde esperar. Pasado un tiempo, me toca entrar. El doctor es amable conmigo y me dice que no llore, que todo estará bien. Me quedo a esperar el resultado y me lo entregan sellado. Les dije que prefería leerlo en casa, y así lo hice. Me fui a casa, esta vez peor que cómo llegué. Al llegar a mi hogar, me siento en el sofá, suspiro sabiendo que todo puede cambiar para bien o mal sea cual sea el resultado y llenándome de la valentía que no tenía, abro el sobre. "Aurora Acosta, tiene cinco semanas de embarazo. Favor pasar a hacerse un eco en tres semanas si desea." Mi corazón empezó a latir frenéticamente y corrí al basurero a vomitar. Lloré, ll
—¿Se le ofrece algo, Director?— pregunté, pero él entró sin esperar que le de el permiso de pasar. Cerré la puerta y me giré, disimulando lo mal que me sentía. Su mirada era sombría. —¿Estás enferma?— preguntó sin rodeos. —¿Está aquí por eso? Pudo preguntarme por mensaje de texto— —Respóndeme lo que te pregunté—. Su tono fue seco. Me lastimaba. —No estoy enferma, y hágame el favor de bajarme el tono. Soy su empleada, pero esta es mi casa, no su empresa— Alzó una ceja. —Discúlpeme por el tono tan alto, tiene razón— Su voz bajó un poco, pero su actitud despectiva no cambió —Fuiste al médico, pero no dijiste que te sucede— —Solo estaba resfriada, señor. No se moleste, ha pasado mucho tiempo desde eso. ¿A qué viene ahora?— Su mirada me acusaba. —Por eso te pregunto: ha pasado mucho y te ves decaída. No estás rindiendo como antes. ¿Algo que no sepamos?— —¿Le preocupa que no esté haciendo horas extras ni rindiendo igual?— —No, eso no me preocupa. Me preocupa que mis empleados es