39. LA ANCIANA

CLARIS:

El auto devoraba kilómetros del camino mojado. El olor a tierra húmeda se colaba por las ventanillas entreabiertas, mezclándose con el aroma a miedo que emanaba de nuestros cuerpos. La lluvia, que había comenzado como una suave llovizna, ahora golpeaba con fuerza el parabrisas, creando un telón de agua que dificultaba la visión.

Mis nudillos estaban blancos de la fuerza con la que aferraba el volante. En el asiento del copiloto, la anciana permanecía serena, como si nuestra huida desesperada fuera un simple paseo. Había algo en su rostro surcado de arrugas que me resultaba extrañamente familiar.

—Gira a la izquierda en el próximo cruce, pequeña —me indicó, señalando una entrada que me alejaba del destino al que quería ir, la gran ciudad. Como si leyera mis pensamientos, me explicó—: Ellos esperarán que tomes la autopista.
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