El frío de la cama me despertó sobresaltada, buscando a mi alfa entre las sombras vacías de la habitación. La oscuridad pesaba más de lo debido, y cada segundo que pasaba sin encontrarlo se convertía en una punzada aguda en el pecho. ¿A dónde había ido a esta hora? Cerré los ojos con fuerza, tratando de concentrarme, enfocándome en rastrear su energía, en sentir siquiera un indicio de su presencia en el baño, en la habitación de los gemelos o tal vez en algún rincón de la casa. Pero no había nada. Vacío. Silencio.
Me senté de golpe, sintiendo cómo el frío se aferraba a mi espalda. El espacio parecía más inmenso y desolado que nunca. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no sentía el vínculo que siempre nos conectaba? —LúmiCLARIS:Subí las escaleras despacio, sintiendo cómo cada escalón mordía la fragilidad de mi ánimo. Esa sensación de exclusión seguía apretándome el pecho, un peso frío y solitario; como si el mundo al que pertenecía de pronto me hubiera dado la espalda. A cada paso, el miedo se retorcía en mi interior, creciendo, susurrándome verdades incómodas que prefería ignorar. Estaba adentrándome en un lugar desconocido, donde las sombras tenían más ojos que secretos. Entonces, Lúmina me sacó de aquel vacío interno. —Atenea ha despertado —dijo de repente, su asombro vibrando en mi mente, lleno de una emoción contenida que apenas lograba comprender—. ¡Ha vuelto! Me detuve en seco, clavada en medio de las escaleras, con el corazón latiéndome con fuerza, tanto por la noticia co
CLARIS:Miré a mis hijos. Allí estaban, aún dormidos, ajenos a todo, pero su respiración entrecortada y el brillo residual en sus cuerpos me hablaban de una batalla que ni siquiera ellos parecían comprender. —No fuimos atacados —Farel se había puesto de pie, tambaleante, pero con esa dignidad que siempre lo sostenía—. Los pequeños, les pasa lo mismo que a ti cuando eras niño. El poder carmesí se adueña de ellos; les domina, los arrastra. Les hace hacer cosas dormidos, cosas que están fuera de su control. Había algo en lo que decía que no podía ignorar: una certeza amarga, mezclada con la impotencia de quien sabe que su época de fuerza ha quedado atrás. —Pude detenerlos —continuó, moviendo los hombros como si quisiera aliviar la presión que empezaba a devorarlo—. Pero fue m&a
KIERAN: Me quedé observándola, esa presencia que no era Elena, pero que, a la vez, parecía ser ella en todo lo que proyectaba. Atenea era imponente, una loba que inspiraba respeto; algo en su energía hacía que incluso mi instinto alfa se mantuviera alerta. Nadie había dado la voz de alarma, lo que hacía que sus palabras resonaran con un peso mayor. Rafe nunca ha sido uno para dormir despreocupado, y, aún así, el territorio parecía estar en calma hasta ese momento. Sin perder tiempo, lo llamé, pero el aire cargado de peligro me obligaba a observar cada detalle. Mientras me aseguraba de contactar a Rafe, le entregué mis cachorros a Farel, que los tomó y se los llevó de inmediato. Justo antes de llegar al segundo piso, notó la puerta de su habitación destrozada. Pude verlo tensarse y, sin pensarlo dos veces, desvió su camino con los pequeños hacia la suya propia. El tiempo parecía acelerar, porque, apenas colgué, la figura de Rafe entró como un ciclón en la residencia, seguido de o
CLARIS:Estaba asustada, muy asustada con todo lo que escuchaba. La humana en mí, la parte frágil que a veces olvidaba que era una loba poderosa, apretaba los papiros entre mis manos con fuerza, hasta que los nudillos se tornaron blancos. Mis piernas, tensas como si estuvieran preparadas para correr, se negaban a moverse, pero todo mi cuerpo respondía a una vulnerabilidad que no quería admitir. Mi mente me gritaba que era suficiente, que debía dejar los papiros y actuar, pero las emociones humanas en mí mantenían un férreo control, pegándome allí, inmóvil. Entonces, lo escuché. Un ronroneo bajo y suave, la vibración de una presencia familiar. Clara, mi hermana, en su forma de lobuna, se acercó. Sentí el calor de su cuerpo cerca del mío, su pelaje como un ancla en medio del torbellino de sensaciones que me atacaban. La loba que era ella me recordaba quién era yo. Por instinto, como quien busca un refugio cuando la tormenta arrecia, permití que mi forma se deshiciera. Lúmina, mi loba,
ALFA KIERAN THERON:El olor me golpeó como una descarga eléctrica, enviando escalofríos por mi columna vertebral. Mi piel se erizó al reconocerlo: era mi propia esencia, pero más dulce, más intensa, entrelazada con algo más que no podía identificar. Imposible. Esto solo ocurría cuando... ¡No! Después de cientos de años esperando, ¿por qué ahora? Mis músculos se tensaron por instinto y, antes de poder procesarlo conscientemente, ya estaba corriendo. El aroma me guió más allá de los límites de la manada, hacia una vieja casa de piedra y madera en las afueras del pueblo. El edificio, rodeado de pinos centenarios, había sido ocupado recientemente por tres humanas. Podía oler sus esencias entremezcladas con el aroma a pintura fresca y cajas de cartón. Mi lobo Atka se agitaba en mi interior, desesperado por irrumpir en la casa, pero tres siglos de control me mantuvieron anclado al suelo. No podía simplemente entrar y asustar a los humanos. ¿Cómo era posible que mi esencia estuviera allí?
CLARIS: Las náuseas me asaltaron de nuevo mientras organizaba los documentos en mi escritorio. Era la tercera vez en la mañana y ya no podía disimular. Corrí hacia el baño, sintiendo la penetrante mirada de mi jefe siguiendo cada uno de mis movimientos. Al pasar junto a él, pude ver cómo arrugaba su nariz con ese gesto de disgusto que tanto lo caracterizaba.Después de tres meses trabajando en este pueblo perdido, conocía bien esa expresión. El señor Kieran Thorne, un hombre huraño de rutinas y cualquier alteración lo perturbaba visiblemente.—Necesito salir temprano hoy —anuncié cuando regresé, limpiándome discretamente el sudor de mi frente—. Tengo una cita médica. Él apenas levantó la vista de sus papeles, pero pude notar cómo sus hombros se tensaban. Después de un silencio que pareció eterno, asintió secamente. Caminé presurosa mirando mi reloj con miedo de demorarme demasiado. Mientras esperaba, suspiré pensando en que no era tiempo para enfermarme ahora. Mi madre y mi pobre h
KIERAN THORNE:Observé cómo mi asistente tomaba sus cosas y se alejaba rumbo a su vieja camioneta. La contemplé desde mi ventana, admirando su extraordinaria belleza y el aura de vitalidad que emanaba. Mi lobo Atka gruñía en mi interior, todavía sin querer aceptar que esa humana hubiera rechazado nuestro ofrecimiento de llevarla a su casa. Soy el Alfa, nadie me rechaza jamás. Pero había algo en ella que me inquietaba. Mientras su destartalado vehículo se alejaba, hice una nota mental: debía proporcionarle un auto mejor y más seguro.El sonido de la puerta interrumpió mis pensamientos. Me giré después de dar una última mirada a la camioneta que desaparecía en la distancia.—Mi Alfa, tu primo Gael está afuera, bastante alterado —informó Fenris, mi Beta, con expresión preocupada—. Me pidió estar presente en lo que describe como una reunión de la más alta importancia y confidencialidad. ¿Tienes idea de qué se trata?—Hazlo pasar y cierra la puerta —respondí, dejándome caer en el sillón tr
CLARIS:Salí de la oficina casi corriendo, no sé. Había algo en la mirada de mi jefe que me hizo temer. Ahora entendía porque nadie quería trabajar con él y como muchas mujeres antes de mí habían renunciado a ese puesto. Kieran Thorne era, sin duda, un hombre extraordinariamente atractivo, el tipo de ejemplar que raramente se encuentra en la vida. Alto, probablemente rozando el metro noventa, con un físico que parecía esculpido por los dioses: hombros anchos, cintura estrecha y músculos definidos que se marcaban incluso bajo sus impecables trajes de diseñador. Su rostro lo enmarcaba una mandíbula fuerte y definida, labios carnosos que rara vez sonreían, y una nariz recta que le daba un aire aristocrático. El cabello negro que llebaba siempre perfectamente peinado hacia atrás, dejaba al descubierto una frente amplia y unas cejas expresivas que acentuaban la intensidad de su mirada. Pero eran sus ojos los que verdaderamente me perturbaban. De un gris acerado que parecía cambiar de to