CLARA:No entendía por qué Fenris estaba tan molesto conmigo. Mi vida siempre había sido limitada, inevitablemente encadenada a una fragilidad que no podía controlar ni evitar. Todo este tiempo había sobrevivido viviendo a través de Claris. Ella era la fuerte, la sana. La que salía, estudiaba, trabajaba y exploraba el mundo mientras yo aguardaba entre paredes grises, sintiendo cada emoción que ella me regalaba. Claris era mi ventana a una vida que nunca fue realmente mía. Y ahora, todo había cambiado. Pero ese cambio, que debería ser liberador, me tenía perdida, desorientada. Por fin podía existir más allá de las emociones que me prestaban y, sin embargo, no sabía cómo hacerlo. La casa de Fenris, tan imponente como acogedora, parecía más un lugar prestado que un hogar. Sus emociones, tan constantes y solemnes, eran difíc
KIERAN: Había caído en un sueño pesado, abrazado a Claris mientras su aroma envolvía mis sentidos como un ancla a la realidad que compartíamos. Su sugerencia seguía resonando en mi mente: los objetos de mis padres, aquel cúmulo de recuerdos que había rescatado y mantenido bajo llave. Nunca había encontrado la fuerza para enfrentarlos, nunca había tenido el valor de abrir esa caja que contenía fragmentos de una vida que siempre había querido proteger. Pero ahora, mientras los recuerdos se deslizaban en mi subconsciente, entendí que no tenía elección. Era como si mi memoria me arrastrara hacia atrás, hacia esos días en la manada que me vio nacer. Las imágenes eran vívidas, casi palpables. Me vi a mí mismo, un pequeño lobo imprudente trotando por los pasillos del palacio. Mi madre, alta y majestuosa, con su mirada siempre adornada de dulzura y autoridad, me observaba con esa paciencia infinita que parecía grabada en su figura. —Kieran, hijo, te he dicho que no entres con las pat
VORN: Las palabras de Vikra persistían como un eco implacable, cada sílaba golpeando mi pecho como el peso de una marea incontenible. Intenté ignorarlas, pero su verdad se insertaba en mis pensamientos con la fuerza de una tormenta. No podía apartarme de las imágenes fugaces que comenzaban a inundar mi mente: Elena. Su rostro, esa mezcla de suavidad y determinación que me había cautivado desde el primer momento. Su olor, que siempre despertaba en mí algo tan visceral como incomprensible, algo que me había negado a aceptar durante demasiado tiempo. Había creído tener claro lo que ella significaba en mi vida, incluso cuando mi orgullo y la responsabilidad de proteger la manada me llevaron a mantenerme distante. Pensé que alejarme era lo correcto, que negarla era el camino más seguro para todos nosotros. Ahora, esos pensamientos se desmoronaban como un castillo de arena arrasado por las olas. Era tan obvio, tan brutalmente claro: Elena, la humana que había rechazado en silencio, era
ELENA: Dejé a Rafe profundamente dormido; su respiración pesada llenaba la habitación con una paz que no podía permitirme. Su rostro, relajado y ajeno a la tormenta que se desataba en mi interior, me recordaba lo que estaba en juego. Deslicé mis pies descalzos por el suelo frío, evitando cualquier sonido que pudiera alertarlo de mi partida. Él no debía involucrarse. Esto era mío, un error que yo había cometido y que debía corregir sola. Había desafiado las leyes sagradas de la Diosa Luna, poniendo en peligro no solo mi misión, sino algo mucho más grande. El poder carmesí del Alfa Theron estaba creciendo como un fuego imparable que amenazaba con consumir todo a su paso. Y aunque no podía recordar con claridad lo que Clara y Claris debían hacer —lo que nosotras tres juntas podíamos conseguir—, algo en mi p
CLARIS:El frío de la cama me despertó sobresaltada, buscando a mi alfa entre las sombras vacías de la habitación. La oscuridad pesaba más de lo debido, y cada segundo que pasaba sin encontrarlo se convertía en una punzada aguda en el pecho. ¿A dónde había ido a esta hora? Cerré los ojos con fuerza, tratando de concentrarme, enfocándome en rastrear su energía, en sentir siquiera un indicio de su presencia en el baño, en la habitación de los gemelos o tal vez en algún rincón de la casa. Pero no había nada. Vacío. Silencio. Me senté de golpe, sintiendo cómo el frío se aferraba a mi espalda. El espacio parecía más inmenso y desolado que nunca. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no sentía el vínculo que siempre nos conectaba? —Lúmi
CLARIS:Subí las escaleras despacio, sintiendo cómo cada escalón mordía la fragilidad de mi ánimo. Esa sensación de exclusión seguía apretándome el pecho, un peso frío y solitario; como si el mundo al que pertenecía de pronto me hubiera dado la espalda. A cada paso, el miedo se retorcía en mi interior, creciendo, susurrándome verdades incómodas que prefería ignorar. Estaba adentrándome en un lugar desconocido, donde las sombras tenían más ojos que secretos. Entonces, Lúmina me sacó de aquel vacío interno. —Atenea ha despertado —dijo de repente, su asombro vibrando en mi mente, lleno de una emoción contenida que apenas lograba comprender—. ¡Ha vuelto! Me detuve en seco, clavada en medio de las escaleras, con el corazón latiéndome con fuerza, tanto por la noticia co
CLARIS:Miré a mis hijos. Allí estaban, aún dormidos, ajenos a todo, pero su respiración entrecortada y el brillo residual en sus cuerpos me hablaban de una batalla que ni siquiera ellos parecían comprender. —No fuimos atacados —Farel se había puesto de pie, tambaleante, pero con esa dignidad que siempre lo sostenía—. Los pequeños, les pasa lo mismo que a ti cuando eras niño. El poder carmesí se adueña de ellos; les domina, los arrastra. Les hace hacer cosas dormidos, cosas que están fuera de su control. Había algo en lo que decía que no podía ignorar: una certeza amarga, mezclada con la impotencia de quien sabe que su época de fuerza ha quedado atrás. —Pude detenerlos —continuó, moviendo los hombros como si quisiera aliviar la presión que empezaba a devorarlo—. Pero fue m&a
KIERAN: Me quedé observándola, esa presencia que no era Elena, pero que, a la vez, parecía ser ella en todo lo que proyectaba. Atenea era imponente, una loba que inspiraba respeto; algo en su energía hacía que incluso mi instinto alfa se mantuviera alerta. Nadie había dado la voz de alarma, lo que hacía que sus palabras resonaran con un peso mayor. Rafe nunca ha sido uno para dormir despreocupado, y, aún así, el territorio parecía estar en calma hasta ese momento. Sin perder tiempo, lo llamé, pero el aire cargado de peligro me obligaba a observar cada detalle. Mientras me aseguraba de contactar a Rafe, le entregué mis cachorros a Farel, que los tomó y se los llevó de inmediato. Justo antes de llegar al segundo piso, notó la puerta de su habitación destrozada. Pude verlo tensarse y, sin pensarlo dos veces, desvió su camino con los pequeños hacia la suya propia. El tiempo parecía acelerar, porque, apenas colgué, la figura de Rafe entró como un ciclón en la residencia, seguido de o