212. LA PREMOCINIÓN

CLARIS:

 Quería hablar, quería gritar cada palabra que reflejaba el horror que se desdoblaba frente a mis ojos. Pero no podía. Era como si mi mente hubiera quedado atrapada en aquella premonición, no solo observando, sino siendo parte de ella, incapaz de cambiar siquiera el más mínimo detalle. Todo estaba teñido por un aire oscuro y espeso, un halo de desesperación que me envolvía sin clemencia.  

 El bosque, normalmente un santuario de vida y poder, ahora parecía un escenario desgarrador de pesadillas. Lo reconocí, mis pies habían tocado esas tierras innumerables veces, pero ahora todo lo que alguna vez representó calma y equilibrio estaba reducido a cenizas. Las llamas se alzaban altivas entre los árboles, devorando su majestuosidad con una furia insaciable. 

 El aire era denso, saturado de humo y una calidez opresiva que se adherí
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