39. Partiendo a lo desconocido

Pon Narrador

En las celdas oscuras de Imperion, donde solo los rayos de luz pasan por un pequeño orificio en lo alto de la pared, se encuentra Gaila. Cadenas ancladas a las paredes se extienden hasta llegar a los grilletes de sus manos.

Su vestido rasgado y manchado por su sangre cubre su cuerpo lastimado, lleno de moretones.

Por los pasillos de las celdas, pasos confiados se acercan a ella, haciendo resonar las llaves con un constante tintineo.

Gaila, con la cabeza apoyada entre los brazos que se sostienen a las rodillas, mira entre ese pequeño espacio las pulidas botas de cuero que se detienen frente a su celda.

No tiene que alzar la vista para saber quién es; lo reconoce más que bien por su olor.

—Levanta la cabeza y mírame, Gaila.

Nada. La mujer frente a él mostró la misma indiferencia de siempre. ¿Por qué debería prestarle total atención después de haberla torturado y golpeado?

Introdujo la llave en la cerradura, abriendo la puerta y llegando a ella a grandes pasos para o
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