La mesa del comedor estaba más callada de lo normal. La familia Volkov solía desayunar en un ambiente rígido, pero ese día la tensión era diferente, más densa, más opresiva. Leonard comía en silencio, con el ceño fruncido, mientras que Anya removía su café con la cucharilla con una calma que parecía estudiada. No estaba de mal humor, no lanzaba miradas de desprecio ni respondía con sarcasmos… y eso la hacía aún más peligrosa. El padre de ambos los miró, con su expresión fría y calculadora. —Anya, ¿quién te llevará a la universidad hoy? Ella alzó la vista, como si acabara de recordar que tenía clases. —Pediré a uno de los guardias que me lleve. —No —cortó su padre, con tono firme—. Leonard lo hará. Él levantó la cabeza, sorprendido, y Anya finalmente mostró una reacción: una sonrisa sarcástica que apenas duró un segundo. Leonard carraspeó y asintió con rigidez. —Sí, señor. Su padre le dedicó una última mirada antes de seguir desayunando, sin saber que acababa de lanzar a los d
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