CAPÍTULO 26.

La Luna Roja continuaba brillando con intensidad, tiñendo el cielo de un rojo profundo mientras el último eco de los aullidos se desvanecía entre los árboles. Kael, aún en su forma de lobo, se mantenía erguido y dominante en el centro del círculo sagrado. Su pecho ardía con el peso de la nueva marca, un recordatorio tangible de su poder y responsabilidad.

A su alrededor, los lobos comenzaban a dispersarse, volviendo lentamente a las sombras del bosque. La ceremonia estaba llegando a su fin, pero Kael no se movió. Un malestar extraño se agitaba en su interior, una punzada aguda que atravesó su pecho como una garra invisible. Al principio, lo ignoró, atribuyéndolo al cansancio de la transformación. Pero entonces, un segundo latigazo lo golpeó con más fuerza, arrancándole un gruñido bajo y gutural.

Su respiración se volvió pesada. Algo no estaba bien. En lo más profundo de su ser, allí donde la bestia y el hombre se fundían, una certeza helada lo atravesó: Lina. Algo le pasaba a Lina.

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