—La Luna Roja te observa, Kael —Selthia, una anciana de cabellos plateados, la guardiana de las tradiciones, se adelantó con un cuenco de piedra entre las manos. Dentro, un líquido oscuro parecía palpitar al ritmo de sus corazones—. Hoy reafirmas tu liderazgo, tu vínculo con la manada y con la bestia que llevas dentro. ¿Estás preparado para llevar la Marca?Kael no titubeó.—Lo estoy.La anciana introdujo los dedos en el cuenco y trazó un símbolo antiguo sobre su pecho, justo sobre su corazón. El líquido ardía como fuego, pero Kael no se movió.—Por la sangre de los antiguos, por el poder de la Luna Roja, reclama tu lugar.Un destello rojizo estalló sobre su piel. El símbolo brilló con una luz incandescente mientras las venas de Kael parecían encenderse como brasas vivas. Su respiración se agitó, y un gruñido profundo escapó de su garganta.—Acepto mi destino —rugó Kael, su voz resonando con el eco de algo más antiguo y salvaje.La luz se fundió en su piel, dejando una marca oscura, u
La Luna Roja continuaba brillando con intensidad, tiñendo el cielo de un rojo profundo mientras el último eco de los aullidos se desvanecía entre los árboles. Kael, aún en su forma de lobo, se mantenía erguido y dominante en el centro del círculo sagrado. Su pecho ardía con el peso de la nueva marca, un recordatorio tangible de su poder y responsabilidad.A su alrededor, los lobos comenzaban a dispersarse, volviendo lentamente a las sombras del bosque. La ceremonia estaba llegando a su fin, pero Kael no se movió. Un malestar extraño se agitaba en su interior, una punzada aguda que atravesó su pecho como una garra invisible. Al principio, lo ignoró, atribuyéndolo al cansancio de la transformación. Pero entonces, un segundo latigazo lo golpeó con más fuerza, arrancándole un gruñido bajo y gutural.Su respiración se volvió pesada. Algo no estaba bien. En lo más profundo de su ser, allí donde la bestia y el hombre se fundían, una certeza helada lo atravesó: Lina. Algo le pasaba a Lina.Un
Con manos temblorosas, Lina se apresuró a agarrar una manta que estaba al pie de la cama y se cubrió el cuerpo, buscando desesperadamente protegerse de la vulnerabilidad que sentía. Sus ojos estaban fijos en Kael, pero lo que vio la dejó sin aliento.Kael era una bestia. Sus garras afiladas destellaban con cada movimiento, y sus colmillos, expuestos por un gruñido feroz, lo hacían parecer un depredador implacable. Pero lo que más la estremeció fueron sus ojos: un brillo rojo, intenso y furioso, que parecía arder con un fuego incontrolable.Un escalofrío le recorrió la espalda al comprender que no sabía realmente quién o qué era Kael.Dorian se recuperó rápido, su mirada oscura chispeaba de odio. Lanzó un zarpazo que cortó el rostro de Kael, abriendo una herida que sangró al instante. Kael gruñó, pero no retrocedió. Contraatacó con una fuerza brutal, hundiendo sus garras en el costado de Dorian y arrancando carne.Los dos lobos chocaron una y otra vez, sus cuerpos desgarrándose en un f
El rugido del viento se mezclaba con el sonido de las pisadas furiosas de Kael. Su cuerpo, transformado en una bestia colosal de pelaje oscuro, avanzaba con desesperación a través del bosque. En sus fauces, con la delicadeza de quien sostiene lo más preciado, llevaba el cuerpo inerte de Lina.La sangre de ella impregnaba su hocico, un aroma que le quemaba los sentidos y alimentaba su furia. El tajo que Nyssa le había provocado no solo amenazaba con arrebatarle la vida a Lina, sino que también lo estaba consumiendo a él. No podía perderla. No ahora. No después de todo.Su mente era un torbellino de pensamientos. Llevarla al hospital humano no era una opción. No había tiempo.Un gruñido bajo surgió de su garganta mientras corría más rápido, ignorando el ardor en sus propios músculos heridos. Solo un lugar podía salvarla: la reserva de Valragh. Y solo una persona podía devolverle la vida: la hechicera.Cuando cruzó el límite de la reserva, un grupo de lobos salió al paso. Los reconocía.
Arthur estaba de pie junto a la ventana. Su cuerpo ya no mostraba rastros del dolor que lo había retenido varios días en el hospital. —Ya quiero irme de aquí, quiero regresar a mi hotel —decía a una enfermera que ajustaba las sábanas de la cama.—Tenga paciencia don Arthur, ya pronto le darán el alta.Un leve crujido de la puerta lo sacó de sus pensamientos.Cuando se volvió, la vio.Clara.Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Arthur sintió que el aire se le atascaba en la garganta. Hacía tanto que no la veía, tanto que había soñado con ese momento que ahora no sabía si era real.—Clara... —su voz se quebró levemente mientras se acercaba a ella, con el corazón latiendo con fuerza—. Has vuelto.Clara esbozó una sonrisa tímida, pero en sus ojos brillaba algo más profundo: culpa, dolor, algo que Arthur no podía descifrar del todo.—Nunca me fui del todo —susurró, permitiendo que él se acercara un poco más—. Lo siento, Arthur. No poder verte... me dolió más de lo que imaginas.A
La habitación estaba en silencio, salvo por el suave susurro del viento que se colaba entre las rendijas de la ventana. Lina, con el rostro pálido y las manos temblorosas, se despertó lentamente. La confusión la envolvía como una niebla espesa, tratando de comprender lo que estaba pasando. No recordaba nada. Ni cómo había llegado aquí, ni qué le había sucedido. Solo sabía que estaba en un lugar extraño, con paredes cálidas y acogedoras, pero vacías de recuerdos.—¿Dónde estoy? —susurró, mirando a su alrededor. Sus ojos vagaron por la habitación hasta que se posaron en Selene, que la observaba con una sonrisa suave.Selene se acercó, sentándose en el borde de la cama. Su expresión era tranquila, pero algo en su mirada delataba la preocupación que sentía.—Tranquila, Lina. Estás a salvo. Estás en casa de Kael. —Selene acarició suavemente la mano de Lina—. Soy Selene. No me conoces aún, pero soy la madre de Kael.Lina parpadeó varias veces, como si intentara recordar. Algo, alguna chispa
Elior, frustrado por no encontrar a Lina en el hospital, decide rastrearla. Se movía con precisión, sorteando la espesura del bosque, con las manos crispadas de furia contenida. No debía haber tardado tanto. Si no hubiera jugado con los guardias, si no los hubiera matado...—Maldita sea —murmuró, golpeando el tronco de un árbol cercano. —No puede estar lejos.Cuando llegó a la casa del líder de Valragh, se detuvo en seco. Desde las sombras, sus ojos agudos captaron el movimiento. Tres lobos, imponentes y alertas, patrullaban el perímetro. Sus cuerpos musculosos parecían una amenaza silenciosa, listos para atacar a la menor provocación.—Por supuesto que estaría protegida —susurró entre dientes, frustrado.Uno de los lobos levantó la cabeza, olfateando el aire. Elior retrocedió un paso, ocultando su presencia. No podía arriesgarse a una confrontación directa. No ahora.—Si piensas que esto ha terminado, Kael... te equivocas.Con un último vistazo a la casa, se dio la vuelta y desapar
Habían transcurrido dos días desde el brutal ataque en el hospital de Luzbria.El sargento Smith se detuvo frente a los cadáveres, sus ojos recorrían cada detalle con precisión, como un hombre acostumbrado a encontrar respuestas en las huellas del crimen. La morgue, fría y silenciosa, apenas interrumpida por el tenue resplandor de las lámparas, era el escenario de una tragedia que se desmoronaba bajo su mirada. Los cuerpos de los guardias del hospital estaban destrozados, su mutilación más allá de lo que cualquier ser humano podría haber imaginado.La expresión de Smith era seria, ajena al escalofrío que podría haber recorrido a otros en su lugar. Había visto muerte, pero lo que yacía frente a él era diferente, algo salvaje, incontrolable. Había llegado a Luzbria con una misión clara: encontrar respuestas, y lo había hecho a petición directa. La noticia había llegado a oídos de sus superiores, y al instante supo que este caso era más que un simple asesinato."Es un caso especial", le