—Gabriela… —murmuró, acercándose a ella con cautela y voz temblorosa.Apenas en ese momento, Gabriela pareció advertir su presencia. Volteó ligeramente el rostro:—¿Ya comprobaron la veracidad del video?Las manos de Carmen temblaron un poco. Asintió en silencio.—Dime, ¿no crees que fue justa mi decisión de matarlo? —soltó Gabriela con una media sonrisa carente de brillo.Su palidez era notoria, y esa risa parecía teñida de una tristeza infinita.—¡Fue Eliseo quien lo corrompió! —se apresuró Carmen a justificarse—. Desde pequeño lo empujó a todo tipo de crueldades. ¡No te imaginas las vejaciones y el tormento mental a que lo sometió…!Gabriela soltó un leve bufido. Nada más. Desvió la vista con intención de no prolongar la conversación.Pero, en realidad, la señora Rojo no había venido a convencerla de nada.—¿Podrías… contarme algo de Emiliano? —preguntó Carmen con la voz temblorosa, sentándose frente a Gabriela con los ojos anegados en llanto—. Me contaron que unos pescadores de tu
Carmen esquivó la mirada, evitando confirmar nada.—Las fiebres y pesadillas duraron casi medio año. Hasta que, quizás sintiéndose al fin un poco seguro, dejó de tenerlas con tanta frecuencia, y tampoco se enfermaba tanto durante la noche. De ahí en adelante se mostró muy sano, aunque crecía poco —Gabriela evocó ese recuerdo, y la dureza de su expresión se suavizó—. Colomba temía que fuera algo más grave y pensaba llevarlo a un hospital grande. Sin embargo, justo en ese verano pegó un estirón increíble, como un cohete.Se generó una fugaz calidez en la mirada de Gabriela. En aquel tiempo, la inapetencia la aquejaba con frecuencia y, cuando se aburría de la comida, Emiliano terminaba devorándola. Así fue como, en apenas un verano, pasó de ser el más pequeño del grupo a convertirse en el más alto.La isla era diminuta, y hasta hacía poco había tenido una escuelita de tres aulas, pero luego también cerró. El orfanato enseñaba lo básico, y si los chicos querían seguir estudiando, tenían qu
Fue una auténtica sorpresa para Gabriela.Sentía un zumbido en los oídos, como cada vez que se ponía nerviosa.Y en su mente juvenil, con un sinfín de ideas a la deriva, se le vino a la cabeza la expresión «marido de crianza».Quizás porque, al fin y al cabo, primero llegó ella a casa de Colomba, y luego acogieron a Emiliano. ¿Podría considerarlo, medio en broma, su «marido de crianza»? Esa ocurrencia la hizo sonreír con un sonrojo que le ardía en las mejillas.La fiesta en la mesa transcurría en un ambiente bullicioso. Gabriela, sin embargo, se movía como en un ensueño; todo lo que Emiliano le acercaba, ella lo tomaba casi de forma automática. No fue hasta que el encuentro terminó, cuando la gente comenzó a dispersarse y se quedaron solos, que percibió un cambio en la atmósfera.Emiliano y ella caminaron unos pasos juntos, en silencio. De pronto, él pareció incapaz de aguantar más esa tensión y se detuvo. Ella hizo lo mismo. Bajo la luz amarillenta de un farol, Emiliano parecía irradi
Gabriela recordaba esa escena con una nostalgia tan dulce que, tras descubrir el verdadero origen de Emiliano, se convertía en un tormento: aquella felicidad se teñía de una profunda agonía.Él deseaba la unión inquebrantable, pues ya había perdido toda esa infancia que un día tuvo en Midred. Sin embargo, al final, entre ellos también se interpuso la muerte.Gabriela se sacudió de aquel recuerdo.—Antes me preguntaste por qué quería divorciarme de Álvaro si se veía físicamente igual a Emiliano —comentó Gabriela, con la mirada endurecida—. ¿Sabes? Emiliano era amable, valiente, generoso, todo lo contrario de Álvaro, al menos mil veces mejor. Una vez que comprendí que me estaba engañando yo sola —creyendo que Álvaro era «él»— ya no quise quedarme ni un segundo más.—Entiendo… —Carmen bajó la cabeza con un gesto de total abatimiento.Oliver suspiró: —Cristóbal llegó a la ciudad.Gabriela frunció el ceño: —¿A qué vino?—Vino con Santiago. —Oliver fue directo—. Santiago ofreció un proyecto
—¿Cómo…? —Cristóbal no pudo ocultar su sorpresa. Le impresionaba la rapidez con que Gabriela había descubierto que él era el enigmático Sr. Z.—Casualmente observé que Laura te conocía, y recordé aquel video del derrumbe en la obra, con un ángulo tan privilegiado que solo podría provenir de alguien cercano a Álvaro… Pero no estaba del todo segura, así que puse a prueba a Laura —explicó Gabriela, con voz tranquila y un cariz casi distante.Al escucharla, esa serenidad tan fuera de lugar le generó a Cristóbal una inquietud todavía más profunda.—Lo siento —musitó Cristóbal—. Quise ayudarte desde el principio, pero temía que consideraras que nuestra relación es demasiado corta y que me estaba entrometiendo de forma excesiva. Cuando obtuve ese video, pensé que te serviría como herramienta de negociación frente a Álvaro, sin imaginar… que al final lo entregarías directamente a mi hermana.—Más bien debería avergonzarme yo —replicó Gabriela, con una ligera mueca de burla hacia sí misma—. Cre
—Necesito que me hagas una promesa.—Solo dime y estoy dispuesto a todo, aunque sea atravesar fuego.—No es para tanto —Gabriela esbozó una sonrisa amarga—. Quiero que, si Álvaro despierta y decide vengarse de mí, te retires sin dudarlo de esta batalla, para protegerte a ti mismo y a tu familia.Cristóbal guardó silencio.—Cris, ya te he involucrado demasiado —prosiguió Gabriela con un matiz solemne—. Tal vez no te importe tu propio futuro, pero no puedes ignorar el de tu padre, tus hermanos y hermanas. Hacerlo solo por mí no vale la pena; terminarías arrastrando también a tu familia.—Lo entiendo —dijo él en voz baja.—No basta con que lo entiendas; necesito tu compromiso —insistió Gabriela, suavizando un poco la entonación.Cristóbal suspiró: —De acuerdo… lo prometo.—¡Promesa de palabra!—Sí, lo prometo.Tras la llamada, Gabriela se lo comunicó a Oliver: su decisión de marcharse con Cristóbal si fuera necesario. Pero Kian, que custodiaba la habitación, no pensaba ceder tan fácilment
Todo se fundía en un larguísimo sueño retorcido.Veía a su padre, y a un segundo «yo» junto a él, sin poder oír con claridad las palabras. Se sentía sumergido bajo el agua, atrapado entre el pánico y el asco, pidiendo a gritos en su interior que regresara su madre.En otra secuencia, su padre lo retornaba al sótano en una noche incierta, golpeándolo con fusta y bastón sin compasión. Él no entendía qué había hecho mal. Y, como si se superpusieran, también aparecía la escena de Álvaro ya más adulto, atado a una silla, con grilletes fríos en las muñecas y tobillos. Un dolor punzante le desgarraba cada fibra del cuerpo, fusionando el tormento que sentía de niño con los vejámenes de su juventud.Era un terror sofocante que no paraba de envolverlo.Mientras tanto, en la realidad, su cuerpo continuaba en el quirófano y la fiebre no dejaba de azotarlo; el dolor físico se traducía en su mente como la invitación a rendirse. Su propio organismo le gritaba que todo terminaría si cedía… y entonces
Justo en ese instante, Álvaro abrió los ojos en el mundo real.—Señor Álvaro, ¿está despierto? —exclamó la enfermera asignada a su cuidado, quien de inmediato dio la voz de alarma.En cuestión de minutos, los primeros en llegar a su cama fueron Carmen y Oliver, con lágrimas en los ojos.—Alvi, cariño, todo está bien. La cirugía fue un éxito; perdiste demasiada sangre, pero con reposo vas a recuperarte. No te angusties, tu abuelo y yo estamos aquí —le consoló Carmen, conmovida.Álvaro respiraba con gran dificultad, pero dirigió la mirada hacia ella y murmuró con esfuerzo:—Ga… bri… e… la.Al oír el nombre de Gabriela, a Carmen se le encogió el corazón y sus lágrimas volvieron a brotar.—Ella quiso matarte, ¿por qué sigues preocupándote tanto por ella? —soltó con voz quebrada.Oliver dejó escapar un suspiro. Ante la inquietud de Álvaro, se apresuró a añadir:—Ella está bien, ni un rasguño en su cuerpo —aseguró con un tono que buscaba tranquilizarlo.Solo entonces Álvaro pareció relajarse