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Capítulo 3: El juego

Joaquín 

Caminaba por el edificio con la mente en piloto automático. 

Después de más de 12 horas de vuelo y apenas un par de horas de sueño, mis pies me guiaban más por costumbre que por voluntad. 

Mi objetivo: llegar a la oficina de Felipe, discutir los problemas de la sucursal y empezar a ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo aquí. 

Claro, no había necesidad de hacer un escándalo. Solo quería pasar desapercibido por ahora, observar, entender qué estaba fallando antes de tomar cartas en el asunto.

Me dirigí hacia el pasillo cuando, de repente, todo cambió en un segundo.

Me golpeé con alguien de lleno. Sentí el impacto primero en el pecho, como un choque que me sacó de mi ensimismamiento. 

Los papeles volaron, hojas desparramadas por el suelo como una explosión de caos. Miré hacia abajo, a la persona contra la que había chocado. Una chica, agachada ya, recogiendo lo que había soltado.

—¡Dios! Lo siento mucho —dijo rápidamente, su voz era suave pero nerviosa. 

Se inclinó para recoger los papeles y, durante unos segundos, me quedé allí, inmóvil, mirando cómo sus manos se movían con prisa, recogiendo todo del suelo.

Mis pies se quedaron clavados en el suelo. 

No era una reacción habitual en mí; por lo general, estaría ya de camino a otra cosa, sin prestar atención. 

Pero algo en ella me detuvo. No era solo el hecho de que me había chocado conmigo; a esas alturas, eso ya no importaba, algo en sus movimientos que me llamó la atención. 

Su cabello caía suelto sobre sus hombros, y cuando levantó la mirada por un momento, sus ojos se encontraron con los míos, oscuros, expresivos.

No me moví ni dije nada, a pesar de que algo en mi interior me empujaba a hacerlo. Solo la observé por unos segundos más, tomando cada detalle, aunque sabía que debía seguir mi camino. 

Mis manos permanecieron en los bolsillos, el cuerpo rígido, manteniendo esa fachada que ya me había vuelto costumbre.

Se levantó con los papeles apretados contra su pecho y me lanzó una mirada que, al principio, parecía algo avergonzada, pero luego noté el cambio. De vergüenza, pasó a una especie de... enojo.

—Oh, ya veo... —dijo, sus ojos brillando de ironía. —El señor fuerte y silencioso, ¿eh? Bueno, un "perdón" habría sido suficiente, pero supongo que para algunos es pedir mucho.

Me quedé quieto. ¿Qué? 

Esa no me la esperaba. Y, aunque en otro momento habría soltado un comentario cortante o simplemente ignorado a la persona, su reacción me arrancó una pequeña sonrisa, aunque ella no la viera. 

Algo en su respuesta me descolocó de una manera que no esperaba. Parecía tener carácter, eso estaba claro.

Pero no dije nada. Tal vez porque no sabía qué decir o porque, en ese momento, me di cuenta de que no quería complicar las cosas. 

Tenía un propósito aquí, y quedarme demasiado tiempo observando a alguien que ni siquiera conocía no estaba en mis planes.

Así que, con un gesto casi imperceptible, asentí. Algo que podría haber sido un "perdón" en otro idioma, pero sin pronunciarlo. Noté su sorpresa, y cómo su ceja se arqueaba con algo de incredulidad mientras yo, simplemente, me di la vuelta y seguí mi camino.

Sentí sus ojos en mi espalda mientras caminaba hacia la oficina de Felipe. Cada paso que daba, sin embargo, me parecía más pesado de lo normal. 

Había algo en la forma en que me habló, en esa mezcla de nerviosismo y sarcasmo, que me dejó pensando. No era común que alguien me hablara así. Y eso me gustó. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me había hablado sin importarle quién era, aunque claramente ella no lo sabía. 

Llegué a la oficina de Felipe, empujando la puerta con más fuerza de la necesaria. Lo encontré sentado, con los pies en el escritorio, despreocupado como siempre.

—¡Joaquín! —dijo con esa sonrisa amplia, como si no tuviera una preocupación en la vida. No parecía haber notado el desastre que yo había presenciado en los informes. —¿Qué tal el viaje?

Lo miré, todavía con el eco de esa voz femenina y ese toque de ironía en mi cabeza, pero lo oculté bajo la misma máscara de siempre.

—Largo —respondí, quitándome la chaqueta y dejándola sobre una silla. —Y me parece que esto va a ser más largo de lo que pensaba.

Me miró con una mezcla de curiosidad y diversión, probablemente esperando algún comentario sarcástico de mi parte, pero en mi mente seguía girando esa imagen de la chica del pasillo, su ceja levantada, los papeles en el suelo, y ese tono desafiante que, por alguna razón, no pude ignorar.

Pero me obligué a concentrarme. Había venido aquí por un motivo, y lo demás tendría que esperar.

—¿Por dónde empezamos? —le pregunté, mientras tomaba asiento frente a él. 

Pero, incluso mientras hablaba, una parte de mí seguía regresando a ese choque fortuito, a esos segundos de confusión que, por alguna razón, me dejaron más curioso de lo que quería admitir.

Mi amigo estaba sentado en su silla, con los pies aún sobre el escritorio y las manos cruzadas detrás de la cabeza, irradiaba despreocupación. 

Yo, en cambio, ya empezaba a sentir cómo la paciencia me flaqueaba. El viaje largo, el cansancio acumulado y, para colmo, el choque con aquella chica que no me había dejado de rondar la cabeza, todo me tenía en un estado que no admitía bromas. 

Pero claro, eso a Felipe no le importaba.

Me miraba con esa sonrisa traviesa que siempre anticipaba algún tipo de estupidez. Ya lo conocía demasiado bien.

—Vamos, Joaquín, sígueme —dijo de repente, levantándose de la silla con un resorte de energía que parecía inagotable en él. Me hizo un gesto para que lo siguiera mientras salía de su despacho sin más explicaciones.

—¿Qué demonios tienes en mente? —le pregunté, con el ceño fruncido y una sospecha creciente en la boca del estómago. 

Sabía que cuando él tenía esa expresión, no podía significar nada bueno.

—Confía en mí, esto va a ser divertido —respondió, sin volverse a mirarme, mientras me guiaba por el pasillo hasta la oficina abierta.

"¿Divertido para quién?", pensé.

Aunque la verdad, no estaba de humor para sus bromas. Había venido aquí a solucionar un desastre, no a participar en las payasadas de mi mejor amigo.

Al llegar al área común, lo vi detenerse de golpe. Frente a nosotros, un par de empleados, cada uno concentrado en sus computadoras, hablando en susurros o tecleando sin parar.

Y ahí estaba ella, la chica del pasillo, sentada en su escritorio al fondo. Estaba inclinada sobre unos papeles, completamente ajena a lo que Felipe estaba a punto de hacer. Sentí un nudo en el estómago. 

Claro, ella también estaba en esta oficina. 

Perfecto. Justo lo que necesito.

Felipe se aclaró la garganta y, sin previo aviso, se paró en medio de la sala, llamando la atención de todos. Noté cómo las cabezas se giraban hacia él, y sentí una ola de incomodidad subiendo por mi cuerpo. 

"No puede ser...", pensé, pero claro, con Felipe, todo podía ser.

—¡Atención todos! —dijo con ese tono jovial suyo, levantando una mano como si estuviera haciendo un anuncio importante. —Quiero presentarles al nuevo empleado que se nos une hoy. Este es... —Felipe hizo una pausa dramática, volviéndose hacia mí con una sonrisa que me dio ganas de estrangularlo —Joaquín, nuestro nuevo pasante.

Sentí cómo la sangre se me subía a la cabeza y mis músculos se tensaban de inmediato. ¿Pasante? ¿Qué demonios estaba diciendo este tarado?

Antes de que pudiera abrir la boca para corregirlo; porque, claramente, no iba a dejar que eso pasara sin más, escuché una risa. Al principio fue suave, pero luego se hizo más fuerte. 

Levanté la vista y la vi. Ella. La chica del pasillo, con una sonrisa entre burlona y divertida, mirándome directamente.

—Bueno, primero enséñale buenos modales —dijo, con un toque de sarcasmo que, para mi desgracia, hizo eco en toda la oficina.

Felipe soltó una carcajada estruendosa, como si la frase le hubiera parecido la cosa más graciosa del mundo. Y, como era de esperar, los demás empleados se sumaron a la risa, creando una especie de coro que me hizo sentir como si estuviera en medio de una escena de esas comedias de oficina que odio.

—¡Me gusta esta chica! —exclamó Felipe, dándome una palmada en la espalda como si estuviéramos en algún tipo de broma interna.

Me quedé allí, completamente inmóvil, mirando a Felipe y luego a ella, sin saber si lanzarle una mirada asesina a él o a ella. 

Sentí cómo mi mandíbula se tensaba mientras trataba de mantener la compostura. 

Mi instinto inicial fue dejar que todos supieran quién era realmente, acabar con esa broma de inmediato y poner orden, pero... algo me detuvo. La risa de ella, su sonrisa burlona... de alguna manera, me desarmó por completo.

Felipe seguía riendo, y los empleados miraban, divertidos. 

Me costaba creerlo. Yo, Joaquín Salinas, CEO de una empresa multinacional, estaba siendo presentado como pasante. Y no solo eso, estaba siendo ridiculizado, y por alguna razón, no podía encontrar la forma de responder sin parecer un imbécil.

—¿No es muy mayor para ser pasante? —musitó alguien más desde el fondo de la sala, lo que provocó una nueva ronda de risas.

Felipe me miró con esa sonrisa cómplice que siempre tenía cuando conseguía meterse en problemas... o meterme a mí en problemas.

—Ya verás, será divertido —me susurró. —Solo sigue el juego.

Quería decirle que se fuera al diablo, que no estaba en el humor para sus tonterías, pero la situación me superaba. 

La miré de nuevo. Ella seguía sonriendo, cruzada de brazos, con los papeles ya organizados sobre el escritorio, observándome con una mezcla de curiosidad y diversión. 

Sentí un calor que no esperaba, como una punzada en el estómago que no tenía nada que ver con la vergüenza.

—Muy bien... —logré murmurar entre dientes, intentando ocultar mi frustración mientras la miraba. —Vamos a ver cuánto tiempo dura este "juego".

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