Joaquín
Caminaba por el edificio con la mente en piloto automático.
Después de más de 12 horas de vuelo y apenas un par de horas de sueño, mis pies me guiaban más por costumbre que por voluntad.
Mi objetivo: llegar a la oficina de Felipe, discutir los problemas de la sucursal y empezar a ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo aquí.
Claro, no había necesidad de hacer un escándalo. Solo quería pasar desapercibido por ahora, observar, entender qué estaba fallando antes de tomar cartas en el asunto.
Me dirigí hacia el pasillo cuando, de repente, todo cambió en un segundo.
Me golpeé con alguien de lleno. Sentí el impacto primero en el pecho, como un choque que me sacó de mi ensimismamiento.
Los papeles volaron, hojas desparramadas por el suelo como una explosión de caos. Miré hacia abajo, a la persona contra la que había chocado. Una chica, agachada ya, recogiendo lo que había soltado.
—¡Dios! Lo siento mucho —dijo rápidamente, su voz era suave pero nerviosa.
Se inclinó para recoger los papeles y, durante unos segundos, me quedé allí, inmóvil, mirando cómo sus manos se movían con prisa, recogiendo todo del suelo.
Mis pies se quedaron clavados en el suelo.
No era una reacción habitual en mí; por lo general, estaría ya de camino a otra cosa, sin prestar atención.
Pero algo en ella me detuvo. No era solo el hecho de que me había chocado conmigo; a esas alturas, eso ya no importaba, algo en sus movimientos que me llamó la atención.
Su cabello caía suelto sobre sus hombros, y cuando levantó la mirada por un momento, sus ojos se encontraron con los míos, oscuros, expresivos.
No me moví ni dije nada, a pesar de que algo en mi interior me empujaba a hacerlo. Solo la observé por unos segundos más, tomando cada detalle, aunque sabía que debía seguir mi camino.
Mis manos permanecieron en los bolsillos, el cuerpo rígido, manteniendo esa fachada que ya me había vuelto costumbre.
Se levantó con los papeles apretados contra su pecho y me lanzó una mirada que, al principio, parecía algo avergonzada, pero luego noté el cambio. De vergüenza, pasó a una especie de... enojo.
—Oh, ya veo... —dijo, sus ojos brillando de ironía. —El señor fuerte y silencioso, ¿eh? Bueno, un "perdón" habría sido suficiente, pero supongo que para algunos es pedir mucho.
Me quedé quieto. ¿Qué?
Esa no me la esperaba. Y, aunque en otro momento habría soltado un comentario cortante o simplemente ignorado a la persona, su reacción me arrancó una pequeña sonrisa, aunque ella no la viera.
Algo en su respuesta me descolocó de una manera que no esperaba. Parecía tener carácter, eso estaba claro.
Pero no dije nada. Tal vez porque no sabía qué decir o porque, en ese momento, me di cuenta de que no quería complicar las cosas.
Tenía un propósito aquí, y quedarme demasiado tiempo observando a alguien que ni siquiera conocía no estaba en mis planes.
Así que, con un gesto casi imperceptible, asentí. Algo que podría haber sido un "perdón" en otro idioma, pero sin pronunciarlo. Noté su sorpresa, y cómo su ceja se arqueaba con algo de incredulidad mientras yo, simplemente, me di la vuelta y seguí mi camino.
Sentí sus ojos en mi espalda mientras caminaba hacia la oficina de Felipe. Cada paso que daba, sin embargo, me parecía más pesado de lo normal.
Había algo en la forma en que me habló, en esa mezcla de nerviosismo y sarcasmo, que me dejó pensando. No era común que alguien me hablara así. Y eso me gustó. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me había hablado sin importarle quién era, aunque claramente ella no lo sabía.
Llegué a la oficina de Felipe, empujando la puerta con más fuerza de la necesaria. Lo encontré sentado, con los pies en el escritorio, despreocupado como siempre.
—¡Joaquín! —dijo con esa sonrisa amplia, como si no tuviera una preocupación en la vida. No parecía haber notado el desastre que yo había presenciado en los informes. —¿Qué tal el viaje?
Lo miré, todavía con el eco de esa voz femenina y ese toque de ironía en mi cabeza, pero lo oculté bajo la misma máscara de siempre.
—Largo —respondí, quitándome la chaqueta y dejándola sobre una silla. —Y me parece que esto va a ser más largo de lo que pensaba.
Me miró con una mezcla de curiosidad y diversión, probablemente esperando algún comentario sarcástico de mi parte, pero en mi mente seguía girando esa imagen de la chica del pasillo, su ceja levantada, los papeles en el suelo, y ese tono desafiante que, por alguna razón, no pude ignorar.
Pero me obligué a concentrarme. Había venido aquí por un motivo, y lo demás tendría que esperar.
—¿Por dónde empezamos? —le pregunté, mientras tomaba asiento frente a él.
Pero, incluso mientras hablaba, una parte de mí seguía regresando a ese choque fortuito, a esos segundos de confusión que, por alguna razón, me dejaron más curioso de lo que quería admitir.
Mi amigo estaba sentado en su silla, con los pies aún sobre el escritorio y las manos cruzadas detrás de la cabeza, irradiaba despreocupación.
Yo, en cambio, ya empezaba a sentir cómo la paciencia me flaqueaba. El viaje largo, el cansancio acumulado y, para colmo, el choque con aquella chica que no me había dejado de rondar la cabeza, todo me tenía en un estado que no admitía bromas.
Pero claro, eso a Felipe no le importaba.
Me miraba con esa sonrisa traviesa que siempre anticipaba algún tipo de estupidez. Ya lo conocía demasiado bien.
—Vamos, Joaquín, sígueme —dijo de repente, levantándose de la silla con un resorte de energía que parecía inagotable en él. Me hizo un gesto para que lo siguiera mientras salía de su despacho sin más explicaciones.
—¿Qué demonios tienes en mente? —le pregunté, con el ceño fruncido y una sospecha creciente en la boca del estómago.
Sabía que cuando él tenía esa expresión, no podía significar nada bueno.
—Confía en mí, esto va a ser divertido —respondió, sin volverse a mirarme, mientras me guiaba por el pasillo hasta la oficina abierta.
"¿Divertido para quién?", pensé.
Aunque la verdad, no estaba de humor para sus bromas. Había venido aquí a solucionar un desastre, no a participar en las payasadas de mi mejor amigo.
Al llegar al área común, lo vi detenerse de golpe. Frente a nosotros, un par de empleados, cada uno concentrado en sus computadoras, hablando en susurros o tecleando sin parar.
Y ahí estaba ella, la chica del pasillo, sentada en su escritorio al fondo. Estaba inclinada sobre unos papeles, completamente ajena a lo que Felipe estaba a punto de hacer. Sentí un nudo en el estómago.
Claro, ella también estaba en esta oficina.
Perfecto. Justo lo que necesito.
Felipe se aclaró la garganta y, sin previo aviso, se paró en medio de la sala, llamando la atención de todos. Noté cómo las cabezas se giraban hacia él, y sentí una ola de incomodidad subiendo por mi cuerpo.
"No puede ser...", pensé, pero claro, con Felipe, todo podía ser.
—¡Atención todos! —dijo con ese tono jovial suyo, levantando una mano como si estuviera haciendo un anuncio importante. —Quiero presentarles al nuevo empleado que se nos une hoy. Este es... —Felipe hizo una pausa dramática, volviéndose hacia mí con una sonrisa que me dio ganas de estrangularlo —Joaquín, nuestro nuevo pasante.
Sentí cómo la sangre se me subía a la cabeza y mis músculos se tensaban de inmediato. ¿Pasante? ¿Qué demonios estaba diciendo este tarado?
Antes de que pudiera abrir la boca para corregirlo; porque, claramente, no iba a dejar que eso pasara sin más, escuché una risa. Al principio fue suave, pero luego se hizo más fuerte.
Levanté la vista y la vi. Ella. La chica del pasillo, con una sonrisa entre burlona y divertida, mirándome directamente.
—Bueno, primero enséñale buenos modales —dijo, con un toque de sarcasmo que, para mi desgracia, hizo eco en toda la oficina.
Felipe soltó una carcajada estruendosa, como si la frase le hubiera parecido la cosa más graciosa del mundo. Y, como era de esperar, los demás empleados se sumaron a la risa, creando una especie de coro que me hizo sentir como si estuviera en medio de una escena de esas comedias de oficina que odio.
—¡Me gusta esta chica! —exclamó Felipe, dándome una palmada en la espalda como si estuviéramos en algún tipo de broma interna.
Me quedé allí, completamente inmóvil, mirando a Felipe y luego a ella, sin saber si lanzarle una mirada asesina a él o a ella.
Sentí cómo mi mandíbula se tensaba mientras trataba de mantener la compostura.
Mi instinto inicial fue dejar que todos supieran quién era realmente, acabar con esa broma de inmediato y poner orden, pero... algo me detuvo. La risa de ella, su sonrisa burlona... de alguna manera, me desarmó por completo.
Felipe seguía riendo, y los empleados miraban, divertidos.
Me costaba creerlo. Yo, Joaquín Salinas, CEO de una empresa multinacional, estaba siendo presentado como pasante. Y no solo eso, estaba siendo ridiculizado, y por alguna razón, no podía encontrar la forma de responder sin parecer un imbécil.
—¿No es muy mayor para ser pasante? —musitó alguien más desde el fondo de la sala, lo que provocó una nueva ronda de risas.
Felipe me miró con esa sonrisa cómplice que siempre tenía cuando conseguía meterse en problemas... o meterme a mí en problemas.
—Ya verás, será divertido —me susurró. —Solo sigue el juego.
Quería decirle que se fuera al diablo, que no estaba en el humor para sus tonterías, pero la situación me superaba.
La miré de nuevo. Ella seguía sonriendo, cruzada de brazos, con los papeles ya organizados sobre el escritorio, observándome con una mezcla de curiosidad y diversión.
Sentí un calor que no esperaba, como una punzada en el estómago que no tenía nada que ver con la vergüenza.
—Muy bien... —logré murmurar entre dientes, intentando ocultar mi frustración mientras la miraba. —Vamos a ver cuánto tiempo dura este "juego".
Camila Estaba sentada en mi escritorio, fingiendo estar concentrada en los papeles frente a mí, pero la verdad es que no podía dejar de pensar en lo que había pasado esa mañana. Aún podía sentir el ligero cosquilleo de haberme topado con Joaquín, el nuevo pasante que Felipe había presentado con tanto entusiasmo. Algo en su mirada fría y en la manera en que me había ignorado desde el principio me irritaba, pero al mismo tiempo, no podía sacarlo de mi cabeza. Era raro, y me incomodaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.Suspiré, moviéndome en la silla para intentar enfocarme en lo que realmente tenía que hacer. Pero justo en ese momento, escuché la risa inconfundible de Felipe en el fondo del área común. "Otra vez...", pensé, con una mezcla de cariño y cansancio. Felipe era ese tipo de jefe al que podías odiar y querer al mismo tiempo, siempre echando relajo, pero también con una intuición que pocas veces fallaba.Me giré un poco para verlo hablando con Ramiro, y ya se me emp
Joaquín Entré en la oficina de Felipe con los papeles aún en la mano y la sangre hirviendo. No sabía si era por las malditas copias que me había pedido Camila, o por cómo todos en la oficina parecían tomarme por un idiota. Pero lo que sí sabía es que no podía aguantar más. Apenas crucé la puerta, la cerré de golpe, y sentí cómo el ruido reverberaba por la habitación.Él estaba tan tranquilo como si el mundo a su alrededor no existiera. Estaba sentado en su silla, con los pies cruzados sobre el escritorio y una sonrisa ligera en los labios, mirando su teléfono, totalmente ajeno al hecho de que yo estaba a punto de explotar.—¡¿En qué demonios estabas pensando?! —le grité, lanzando los papeles sobre su escritorio. —¡Soy el CEO de esta empresa, no un maldito pasante!Felipe ni siquiera se inmutó. Ni un parpadeo. Bajó el teléfono lentamente y me miró con esa calma que siempre parecía sacarme de quicio, como si lo que acababa de decir no le importara en lo más mínimo.—Relájate, Joaquín
CamilaEstaba guardando mis cosas en el bolso, lista para salir de la oficina lo más rápido posible.El día había sido largo, entre el trabajo y ese pasante, Joaquín, que seguía rondando por mi cabeza más de lo que quería admitir. Pero no tenía tiempo para pensar en eso.Amy y Nathan me esperaban en casa, y después del desastre del desayuno, al menos quería arreglarles la cena.Justo cuando estaba a punto de salir, sentí una presencia incómoda detrás de mí; Ramiro. Mi estómago se revolvió automáticamente.Me giré, encontrándolo con su típica sonrisa de medio lado, esa que siempre me daba escalofríos. El tipo no conocía los límites, y yo ya estaba cansada de sus constantes insinuaciones.—Camila —dijo, su voz impregnada de esa falsa amabilidad que usaba cuando quería algo, —vamos a tomarnos unos tragos con los muchachos. ¿Por qué no te unes? Te haría bien relajarte un poco.Lo miré, negando con la cabeza casi de inmediato. Ni en sueños. La idea de compartir una mesa con Ramiro, de tene
JoaquínMe desperté temprano en el nuevo apartamento.El espacio aún se sentía ajeno, con sus paredes vacías y los muebles fríos, como si todo lo que había traído conmigo no fuera suficiente para llenar el vacío que sentía.Miré el reloj y me obligué a levantarme de la cama. La noche anterior había sido un verdadero desastre.Felipe me había convencido de salir a tomar algo con los empleados, asegurándome que sería una buena oportunidad para “conocer a la gente.""Relájate un poco, Joaquín, vístete más casual", me había dicho.Y lo hice.Me puse algo menos formal, una camisa y jeans, nada que gritara "CEO". Me sentía fuera de lugar en mi propia ropa, pero intenté seguirle el juego.Sin embargo, nada salió como esperaba.Ramiro no paraba de coquetear con las compañeras, lanzando sus comentarios asquerosos sin ninguna vergüenza, y lo peor era que varias de ellas parecían estar acostumbradas a esa actitud, riéndose como si fuera normal.Me incomodaba.Y para colmo, algunas de ellas tambi
JoaquínMe levanté temprano, mucho antes de que el sol saliera, y caminé hacia la oficina con una sola cosa en mente: descubrir quién estaba saboteando a la empresa desde dentro.El día anterior había sido un desastre, con Felipe riéndose en mi cara cuando le mencioné que varios empleados llegaban tarde y otros parecían más interesados en charlar que en trabajar."Esa es tu misión, pasante, descubre al traidor", me había dicho, con esa sonrisa molesta que me dejaba con ganas de golpear la mesa cada vez que hablaba con él.Y así, había decidido tomarme el asunto en serio.Muy en serio.Entré a la oficina a las 7:30 en punto, antes que nadie, y me acomodé en un escondite improvisado.Pero ese día, no iba a ser un simple pasante.Ese día era un espía encubierto.Sacudí el polvo de una vieja libreta que había encontrado en el cajón y un bolígrafo que había robado del escritorio de Ramiro (por alguna razón, me daba satisfacción haberle robado algo, aunque fuera una tontería).Hoy comenzaba
Joaquín11:30 am.El equipo de ventas estaba reunido en una esquina de la oficina, hablando en susurros.Eso, por supuesto, me puso en alerta inmediata. Me incliné sobre mi escritorio, apuntando mi oreja en su dirección, tratando de captar algo.—...y entonces, le dije que no podía hacer eso, que el jefe lo notaría… —susurró uno de ellos.¡El jefe lo notaría! Eso sonaba como algo sospechoso. Estaban ocultando algo, definitivamente.Anoté en la libreta:Equipo de ventas - conspiración. Hablan en códigos. Posible alianza para el sabotaje.Mientras seguía escribiendo, Ramiro pasó por mi lado con su habitual arrogancia. Se inclinó hacia mí y susurró:—Espero que estés tomando notas importantes, pasante.Ramiro siempre tenía que dejar su comentario. Le devolví una sonrisa falsa, pero en mi mente lo anoté también.Ramiro - potencial instigador. Cree que todo es una broma. El traidor actúa con despreocupación.12:00 pm.Se acercaba la hora del almuerzo. Observé cómo los empleados se levantab
JoaquínHabía pasado semanas siguiendo a mis empleados hasta que puse el ojo en Laura.Al principio, parecía la candidata perfecta para mi "investigación".Siempre distraída, con la cabeza en otro mundo. No importaba si estábamos en plena reunión o si había algo importante que hacer,Ella siempre parecía más interesada en su teléfono que en cualquier otra cosa. Así que la había puesto en la lista de sospechosos casi sin pensarlo.Hoy la observaba desde mi escritorio, los ojos atentos a cada uno de sus movimientos, aunque, francamente, no hacía nada que pareciera remotamente interesante.Estaba en su escritorio, con los ojos fijos en el móvil como siempre. Cada tanto, soltaba una risita baja, y su dedo índice se deslizaba por la pantalla de arriba a abajo. Redes sociales, probablemente.Abrí la libreta en mi regazo, tratando de no ser obvio mientras anotaba.Laura: distraída. Risas sospechosas. Puede estar pasando información... o viendo memes.Me recosté en mi silla, sin saber si reír
JoaquínFelipe no era del tipo que se aparecía antes de las nueve, por eso llegué temprano para asegurarme de estar listo para cuando llegara.Lo que pasaba entre él y Laura me tenía inquieto. Quizás su relación no era solo un romance escondido en la oficina. Tal vez había más detrás de esa fachada de jefe simpático.Vi entrar a Laura más tarde esa mañana, su andar relajado, sin preocuparse de nada. No había indicios de lo que había pasado la noche anterior. Ella simplemente seguía con su vida como si todo estuviera en orden.A las nueve en punto, Felipe apareció, sonriendo y saludando a todos como si fuera el alma de la oficina.Lo observé de cerca, cada movimiento, cada gesto. No dejaba ver nada.Me acerqué a la máquina de café y lo vi servirse uno. Era mi oportunidad.—¿Cómo estuvo tu noche? —le pregunté, fingiendo desinterés mientras me servía mi propio café.Felipe soltó una risa ligera, esa risa que siempre parecía que estaba de buen humor, y me dio una palmada en la espalda.—T