JoaquínHabía pasado semanas siguiendo a mis empleados hasta que puse el ojo en Laura.Al principio, parecía la candidata perfecta para mi "investigación".Siempre distraída, con la cabeza en otro mundo. No importaba si estábamos en plena reunión o si había algo importante que hacer,Ella siempre parecía más interesada en su teléfono que en cualquier otra cosa. Así que la había puesto en la lista de sospechosos casi sin pensarlo.Hoy la observaba desde mi escritorio, los ojos atentos a cada uno de sus movimientos, aunque, francamente, no hacía nada que pareciera remotamente interesante.Estaba en su escritorio, con los ojos fijos en el móvil como siempre. Cada tanto, soltaba una risita baja, y su dedo índice se deslizaba por la pantalla de arriba a abajo. Redes sociales, probablemente.Abrí la libreta en mi regazo, tratando de no ser obvio mientras anotaba.Laura: distraída. Risas sospechosas. Puede estar pasando información... o viendo memes.Me recosté en mi silla, sin saber si reír
JoaquínFelipe no era del tipo que se aparecía antes de las nueve, por eso llegué temprano para asegurarme de estar listo para cuando llegara.Lo que pasaba entre él y Laura me tenía inquieto. Quizás su relación no era solo un romance escondido en la oficina. Tal vez había más detrás de esa fachada de jefe simpático.Vi entrar a Laura más tarde esa mañana, su andar relajado, sin preocuparse de nada. No había indicios de lo que había pasado la noche anterior. Ella simplemente seguía con su vida como si todo estuviera en orden.A las nueve en punto, Felipe apareció, sonriendo y saludando a todos como si fuera el alma de la oficina.Lo observé de cerca, cada movimiento, cada gesto. No dejaba ver nada.Me acerqué a la máquina de café y lo vi servirse uno. Era mi oportunidad.—¿Cómo estuvo tu noche? —le pregunté, fingiendo desinterés mientras me servía mi propio café.Felipe soltó una risa ligera, esa risa que siempre parecía que estaba de buen humor, y me dio una palmada en la espalda.—T
JoaquínMi corazón latía más rápido de lo que debería, y lo supe en ese momento: estaba celoso.Los celos me habían empujado a hablar sin pensar, y ahora me encontraba enfrentando a Felipe por algo que ni siquiera tenía claro.—Ya sabes a qué me refiero —continué, sin poder detenerme. —Laura, Claudia... —Hice una pausa, observando cómo su expresión se endurecía. —No pienso llamarla para que tú sigas jugando.Felipe se levantó de su silla, inclinándose hacia el escritorio con las manos apoyadas sobre él. Sus ojos me miraron de una manera que nunca había visto antes, como si la parte divertida y bromista de él se hubiera apagado de golpe.—¿Qué crees que estás insinuando, Joaquín? —preguntó, con una calma forzada que me hizo sentir que estaba tocando un límite.—Estoy insinuando que no pienso dejar que metas a Camila en lo mismo que has estado haciendo con las demás —solté, las palabras saliendo con más fuerza de entre mis dientes apretados. No podía parar ahora.Hubo un segundo de sile
Joaquín¿Ella?Sabía que se refería a Camila.Mi corazón latió con fuerza en mi pecho.Ramiro estaba planeando algo. No solo se trataba de su resentimiento o de que nadie en la oficina le prestara atención. Camila estaba involucrada en lo que fuera que estuviera tramando.Y lo peor era que Felipe, con su despreocupada actitud, no lo había visto venir. O tal vez no le importaba.Me quedé en mi lugar, escuchando con más atención mientras Ramiro continuaba hablando por el móvil, su tono lleno de frustración.Algo estaba claro: Ramiro no era solo un seductor fastidioso. Ramiro tenía un plan. Y ahora Camila estaba en el centro de ese plan, de una manera que yo no alcanzaba a comprender del todo.Tenía que averiguar qué era y detenerlo antes de que se le ocurriera hacer algo.Apreté la libreta en mi mano. La misión había cambiado.A partir de ese momento, Ramiro era mi nuevo objetivo.Seguí a Ramiro durante todo el día.Me aseguré de mantenerme lo más lejos posible para que no me viera, per
JoaquínArranqué el coche, maldiciendo mi suerte mientras me dirigía a la oficina siguiendo sus pasos.No quería perderlo. Aunque no había sacado nada útil de la noche anterior, todavía tenía la esperanza de que algo surgiría más adelante en el día.Mantuve una distancia prudente mientras lo seguía hasta la oficina, Ramiro no parecía estar preocupado en lo más mínimo, iba caminando con su andar arrogante, saludaba a uno que otro vecino, hasta llegar a la parada de autobús.Cuando llegué al estacionamiento de la oficina, detuve la mirada frente al espejo retrovisor y me observé.El reflejo no me devolvía nada bueno: ojos enrojecidos, la camisa arrugada, una barba de un día demasiado crecida. Parecía más un vagabundo que un profesional. Estaba hecho un desastre.—Fantástico, Joaquín, —me dije a mí mismo mientras apagaba el motor y salí del auto.Todo este maldito esfuerzo y nada. Ramiro ya había entrado al edificio, y yo solo podía seguirlo, esperando que la noche de espía fallido no me
Joaquín Sentado en mi oficina, apenas prestaba atención a la luz que entraba por las ventanas. La brillante tarde española era solo un telón de fondo, algo insignificante comparado con el cúmulo de problemas que tenía frente a mí. Los informes de las sucursales parecían interminables, un desfile de números y excusas, pero había algo en particular que me estaba irritando más de lo normal. Me detuve en la página dedicada a la oficina de Latinoamérica, y lo que vi no me gustó nada.Las ventas estaban cayendo en picada, las quejas de los clientes aumentaban y las encuestas internas mostraban una baja satisfacción general del personal. Un desajuste tras otro, y lo más preocupante era que nadie había levantado la mano para advertirlo. "Incompetentes", pensé, con una punzada de irritación. Respiré hondo, agarré el teléfono y marqué a Felipe, mi mejor amigo, el tipo que estaba supuestamente a cargo de supervisar las sucursales de esa región. Mientras sonaba el teléfono, ya sabía que su
CamilaMe desperté de golpe, sobresaltada por el sonido del despertador que llevaba minutos ignorando. El cansancio me pesaba en los párpados y los músculos me dolían, como si no hubiera dormido en absoluto. Miré el reloj en la mesita de noche y el corazón se me aceleró: las siete y cincuenta."¡Mierda!", pensé, mientras saltaba de la cama, casi tropezando con las sábanas enredadas en mis pies.Los niños llegarían tarde a la escuela, y yo, por supuesto, llegaría tarde al trabajo.—¡Nathan! ¡Amy! —grité mientras me ponía una camiseta cualquiera y unos pantalones de jean. No tenía tiempo para nada, excepto para correr. Y ellos tampoco.Salí del cuarto y corrí al de Nathan. Lo encontré aún en la cama, enredado entre las sábanas como un pequeño bulto. Los libros de su proyecto de ciencias estaban desparramados por el escritorio, las hojas manchadas de tinta y dibujos torpes que habíamos terminado juntos hasta bien entrada la madrugada. Me acerqué y lo sacudí con suavidad en el hombro.
Joaquín Caminaba por el edificio con la mente en piloto automático. Después de más de 12 horas de vuelo y apenas un par de horas de sueño, mis pies me guiaban más por costumbre que por voluntad. Mi objetivo: llegar a la oficina de Felipe, discutir los problemas de la sucursal y empezar a ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo aquí. Claro, no había necesidad de hacer un escándalo. Solo quería pasar desapercibido por ahora, observar, entender qué estaba fallando antes de tomar cartas en el asunto.Me dirigí hacia el pasillo cuando, de repente, todo cambió en un segundo.Me golpeé con alguien de lleno. Sentí el impacto primero en el pecho, como un choque que me sacó de mi ensimismamiento. Los papeles volaron, hojas desparramadas por el suelo como una explosión de caos. Miré hacia abajo, a la persona contra la que había chocado. Una chica, agachada ya, recogiendo lo que había soltado.—¡Dios! Lo siento mucho —dijo rápidamente, su voz era suave pero nerviosa. Se inclinó pa