Joaquín
Me levanté temprano, mucho antes de que el sol saliera, y caminé hacia la oficina con una sola cosa en mente: descubrir quién estaba saboteando a la empresa desde dentro.
El día anterior había sido un desastre, con Felipe riéndose en mi cara cuando le mencioné que varios empleados llegaban tarde y otros parecían más interesados en charlar que en trabajar.
"Esa es tu misión, pasante, descubre al traidor", me había dicho, con esa sonrisa molesta que me dejaba con ganas de golpear la mesa cada vez que hablaba con él.
Y así, había decidido tomarme el asunto en serio.
Muy en serio.
Entré a la oficina a las 7:30 en punto, antes que nadie, y me acomodé en un escondite improvisado.
Pero ese día, no iba a ser un simple pasante.
Ese día era un espía encubierto.
Sacudí el polvo de una vieja libreta que había encontrado en el cajón y un bolígrafo que había robado del escritorio de Ramiro (por alguna razón, me daba satisfacción haberle robado algo, aunque fuera una tontería).
Hoy comenzaba la misión.
Me quedé cerca de la puerta, lo suficientemente lejos para no ser obvio, pero con una vista perfecta de la entrada. Saqué la libreta, abrí la tapa y escribí en la primera página, subrayando el título varias veces para darle más dramatismo:
"Operación Traidor."
Y así, esperé.
8:00 am.
Los primeros empleados comenzaron a llegar. Laura, del equipo de contabilidad, fue la primera en aparecer, con una taza de café en la mano y la cara de alguien que no había dormido bien. Me incliné sobre la libreta y anoté:
Laura - a tiempo. Bebiendo café como si no hubiera dormido. Sospechoso.
8:15 am.
Un pequeño grupo de empleados de ventas llegó juntos, riéndose y comentando algo sobre la noche anterior.
Anoté:
Grupo de ventas - potenciales saboteadores. Risas sospechosas.
Empezaba a notar que, si bien la mayoría llegaba a tiempo, muchos de ellos parecían demasiado relajados. Como si esto fuera un club social, no una oficina.
8:30 am.
Ya había pasado media hora desde la hora oficial de entrada, y mi atención estaba al máximo. Mis ojos volaban de un lado al otro, buscando cualquier señal de mal comportamiento. Fue entonces cuando llegó Ramiro, con esa sonrisa arrogante de siempre, saludando a todo el mundo como si él fuera el jefe de la oficina.
—¿Qué tal, pasante? —me dijo con una palmadita en la espalda que, si fuera más fuerte, me habría tirado de la silla.
Lo vi pasar hacia su escritorio, donde se acomodó con una facilidad pasmosa. Anoté rápidamente:
Ramiro - a tiempo, pero con exceso de confianza. Posible traidor.
8:45 am.
Ya empezaba a notar un patrón. La mayoría de los empleados llegaban a tiempo, o al menos lo intentaban, pero algunos tenían esa energía de "estoy aquí solo porque me pagan". Y justo cuando estaba a punto de cerrar la libreta para enfocarme en otra cosa, la puerta se abrió, y vi a Camila entrar.
Miré el reloj.
Cuarenta y cinco minutos tarde.
Me enderecé en mi silla, mirando cómo Camila se deslizaba hacia su escritorio con la misma actitud tranquila y despreocupada que había visto el primer día.
Ni siquiera parecía apurada, como si llegar tarde fuera algo perfectamente normal para ella. Eso, definitivamente, era un problema.
Saqué la libreta de nuevo y anoté con una letra grande y clara:
Camila - SIEMPRE TARDE. Posible espía… ¿O simplemente mala para los horarios?
Estaba tan concentrado en lo que escribía que no me di cuenta de que Felipe había aparecido detrás de mí.
—¿Qué haces? —me preguntó, su voz demasiado cerca de mi oído.
Di un salto en la silla, tratando de disimular la libreta, pero ya era demasiado tarde. Felipe había visto todo.
—¿Es una lista de empleados? —preguntó, claramente divertido.
Cerré la libreta de golpe y la metí en el cajón más cercano.
—Es... un seguimiento —respondí, intentando sonar profesional. —Estoy... observando. Vigilando quién podría estar... saboteando la empresa.
Felipe se echó a reír, una carcajada tan fuerte que varias personas en la oficina levantaron la vista. Me sentí como un idiota, pero no iba a retroceder. Esto era serio. O al menos lo era para mí.
—Vigilando, claro... —dijo, dándome una palmada en el hombro. —Bueno, pasante, suerte con eso.
Lo miré con el ceño fruncido mientras se alejaba riendo.
"Sí, claro, Felipe, ríete todo lo que quieras." Pero si nadie más se estaba encargando de descubrir quién estaba traicionando a la empresa, lo haría yo.
Volví a abrir la libreta, decidido.
Camila seguía siendo la más sospechosa, sobre todo porque no había mostrado ninguna preocupación por llegar tarde dos días seguidos. Y ahora que la observaba con más atención, me di cuenta de que no solo llegaba tarde, sino que también parecía demasiado relajada, como si no tuviera nada de qué preocuparse. Eso me intrigaba.
9:00 am.
El día seguía, y mi libreta ya estaba llena de pequeños detalles. Nadie era inocente en mi lista. Estaba claro que algo raro pasaba en esta oficina, y yo iba a descubrir qué era.
Mientras tanto, observaba de reojo a Camila, anotando cada pequeño detalle. Y aunque no quería admitirlo, había algo en ella que no encajaba con el resto. Y no solo por sus llegadas tarde.
Operación Traidor seguía en marcha, y aunque Felipe se había reído de mi "investigación", yo no pensaba tomarlo a la ligera. Después de todo, alguien estaba saboteando la empresa, y si nadie más lo veía, era mi deber descubrir quién.
Mi enfoque volvió a Camila. Era la única que había llegado tarde ese día. Eso la hacía, sin lugar a dudas, la principal sospechosa. Además, me inquietaba su habilidad para actuar como si nada le afectara. Mientras los demás corrían de un lado a otro, ella se movía por la oficina con esa calma suya, como si estuviera en su propio mundo.
10:15 am.
Camila estaba sentada en su escritorio, concentrada, o al menos eso parecía. La observé de reojo mientras ella revisaba unos papeles. No había hecho comentarios sobre su llegada tardía, y nadie parecía mencionarlo, lo que solo aumentaba mis sospechas.
Camila - Increíblemente tranquila después de llegar tarde. Posible agente doble.
Anoté en la libreta, convencido de que estaba en algo.
De repente, vi algo. Camila abrió el cajón de su escritorio, sacó algo pequeño y lo puso rápidamente en su bolso. ¿Contrabando?
Me incliné hacia adelante, intentando ver mejor.
¡Era una manzana! Solté el aire que había estado conteniendo.
Camila - Contrabando de comida. Muy sospechoso.
—¿Qué haces, Joaquín? —dijo una voz a mi lado. Laura de contabilidad estaba parada frente a mí, con una carpeta en la mano. Me sobresalté, cerrando la libreta de golpe.
—Nada —dije, demasiado rápido.
Laura frunció el ceño, desconcertada por mi comportamiento.
—¿Estás anotando cosas? —preguntó, mirando hacia la libreta como si intentara ver a través de la tapa.
Me incliné hacia atrás, tratando de sonar despreocupado.
—Solo... notas para el trabajo —respondí, con una sonrisa que ni yo me creí.
Ella me miró por un momento más, sin entender qué estaba pasando, y luego encogió los hombros y se fue.
"Eso estuvo cerca." No podía permitir que los empleados descubrieran mi misión.
Necesitaba ser más discreto.
Abrí la libreta con cuidado, mirando alrededor para asegurarme de que nadie estuviera cerca, y anoté en letras pequeñas y rápidas:
"Comprar equipo de espía. Buscar cámaras ocultas, micrófonos pequeños y bolígrafos con grabadora."
Me detuve un segundo y volví a subrayar la palabra "discreto" varias veces, porque obviamente, esto ya estaba tomando otro nivel.
Si alguien llegaba a descubrirme, la operación sería un fracaso. Felipe se reiría de mí, y Camila seguramente haría algún comentario irritante, algo como "te dije que el pasante era raro".
Volví a cerrar la libreta con un golpe suave, satisfecho con mi plan. Esto ya no era un simple trabajo.
Esto era una misión de infiltración de alto riesgo.
Y si iba a hacerlo bien, necesitaría las herramientas adecuadas. Tal vez una de esas gafas con cámaras espía... ¿y si también agregaba un reloj con láser?
Sí, un verdadero espía necesitaba el mejor equipo.
—Ya verás, Felipe, seré el mejor pasante-espía que has visto —murmuré para mí mismo, con una sonrisa de satisfacción.
Joaquín11:30 am.El equipo de ventas estaba reunido en una esquina de la oficina, hablando en susurros.Eso, por supuesto, me puso en alerta inmediata. Me incliné sobre mi escritorio, apuntando mi oreja en su dirección, tratando de captar algo.—...y entonces, le dije que no podía hacer eso, que el jefe lo notaría… —susurró uno de ellos.¡El jefe lo notaría! Eso sonaba como algo sospechoso. Estaban ocultando algo, definitivamente.Anoté en la libreta:Equipo de ventas - conspiración. Hablan en códigos. Posible alianza para el sabotaje.Mientras seguía escribiendo, Ramiro pasó por mi lado con su habitual arrogancia. Se inclinó hacia mí y susurró:—Espero que estés tomando notas importantes, pasante.Ramiro siempre tenía que dejar su comentario. Le devolví una sonrisa falsa, pero en mi mente lo anoté también.Ramiro - potencial instigador. Cree que todo es una broma. El traidor actúa con despreocupación.12:00 pm.Se acercaba la hora del almuerzo. Observé cómo los empleados se levantab
JoaquínHabía pasado semanas siguiendo a mis empleados hasta que puse el ojo en Laura.Al principio, parecía la candidata perfecta para mi "investigación".Siempre distraída, con la cabeza en otro mundo. No importaba si estábamos en plena reunión o si había algo importante que hacer,Ella siempre parecía más interesada en su teléfono que en cualquier otra cosa. Así que la había puesto en la lista de sospechosos casi sin pensarlo.Hoy la observaba desde mi escritorio, los ojos atentos a cada uno de sus movimientos, aunque, francamente, no hacía nada que pareciera remotamente interesante.Estaba en su escritorio, con los ojos fijos en el móvil como siempre. Cada tanto, soltaba una risita baja, y su dedo índice se deslizaba por la pantalla de arriba a abajo. Redes sociales, probablemente.Abrí la libreta en mi regazo, tratando de no ser obvio mientras anotaba.Laura: distraída. Risas sospechosas. Puede estar pasando información... o viendo memes.Me recosté en mi silla, sin saber si reír
JoaquínFelipe no era del tipo que se aparecía antes de las nueve, por eso llegué temprano para asegurarme de estar listo para cuando llegara.Lo que pasaba entre él y Laura me tenía inquieto. Quizás su relación no era solo un romance escondido en la oficina. Tal vez había más detrás de esa fachada de jefe simpático.Vi entrar a Laura más tarde esa mañana, su andar relajado, sin preocuparse de nada. No había indicios de lo que había pasado la noche anterior. Ella simplemente seguía con su vida como si todo estuviera en orden.A las nueve en punto, Felipe apareció, sonriendo y saludando a todos como si fuera el alma de la oficina.Lo observé de cerca, cada movimiento, cada gesto. No dejaba ver nada.Me acerqué a la máquina de café y lo vi servirse uno. Era mi oportunidad.—¿Cómo estuvo tu noche? —le pregunté, fingiendo desinterés mientras me servía mi propio café.Felipe soltó una risa ligera, esa risa que siempre parecía que estaba de buen humor, y me dio una palmada en la espalda.—T
JoaquínMi corazón latía más rápido de lo que debería, y lo supe en ese momento: estaba celoso.Los celos me habían empujado a hablar sin pensar, y ahora me encontraba enfrentando a Felipe por algo que ni siquiera tenía claro.—Ya sabes a qué me refiero —continué, sin poder detenerme. —Laura, Claudia... —Hice una pausa, observando cómo su expresión se endurecía. —No pienso llamarla para que tú sigas jugando.Felipe se levantó de su silla, inclinándose hacia el escritorio con las manos apoyadas sobre él. Sus ojos me miraron de una manera que nunca había visto antes, como si la parte divertida y bromista de él se hubiera apagado de golpe.—¿Qué crees que estás insinuando, Joaquín? —preguntó, con una calma forzada que me hizo sentir que estaba tocando un límite.—Estoy insinuando que no pienso dejar que metas a Camila en lo mismo que has estado haciendo con las demás —solté, las palabras saliendo con más fuerza de entre mis dientes apretados. No podía parar ahora.Hubo un segundo de sile
Joaquín¿Ella?Sabía que se refería a Camila.Mi corazón latió con fuerza en mi pecho.Ramiro estaba planeando algo. No solo se trataba de su resentimiento o de que nadie en la oficina le prestara atención. Camila estaba involucrada en lo que fuera que estuviera tramando.Y lo peor era que Felipe, con su despreocupada actitud, no lo había visto venir. O tal vez no le importaba.Me quedé en mi lugar, escuchando con más atención mientras Ramiro continuaba hablando por el móvil, su tono lleno de frustración.Algo estaba claro: Ramiro no era solo un seductor fastidioso. Ramiro tenía un plan. Y ahora Camila estaba en el centro de ese plan, de una manera que yo no alcanzaba a comprender del todo.Tenía que averiguar qué era y detenerlo antes de que se le ocurriera hacer algo.Apreté la libreta en mi mano. La misión había cambiado.A partir de ese momento, Ramiro era mi nuevo objetivo.Seguí a Ramiro durante todo el día.Me aseguré de mantenerme lo más lejos posible para que no me viera, per
JoaquínArranqué el coche, maldiciendo mi suerte mientras me dirigía a la oficina siguiendo sus pasos.No quería perderlo. Aunque no había sacado nada útil de la noche anterior, todavía tenía la esperanza de que algo surgiría más adelante en el día.Mantuve una distancia prudente mientras lo seguía hasta la oficina, Ramiro no parecía estar preocupado en lo más mínimo, iba caminando con su andar arrogante, saludaba a uno que otro vecino, hasta llegar a la parada de autobús.Cuando llegué al estacionamiento de la oficina, detuve la mirada frente al espejo retrovisor y me observé.El reflejo no me devolvía nada bueno: ojos enrojecidos, la camisa arrugada, una barba de un día demasiado crecida. Parecía más un vagabundo que un profesional. Estaba hecho un desastre.—Fantástico, Joaquín, —me dije a mí mismo mientras apagaba el motor y salí del auto.Todo este maldito esfuerzo y nada. Ramiro ya había entrado al edificio, y yo solo podía seguirlo, esperando que la noche de espía fallido no me
Joaquín Sentado en mi oficina, apenas prestaba atención a la luz que entraba por las ventanas. La brillante tarde española era solo un telón de fondo, algo insignificante comparado con el cúmulo de problemas que tenía frente a mí. Los informes de las sucursales parecían interminables, un desfile de números y excusas, pero había algo en particular que me estaba irritando más de lo normal. Me detuve en la página dedicada a la oficina de Latinoamérica, y lo que vi no me gustó nada.Las ventas estaban cayendo en picada, las quejas de los clientes aumentaban y las encuestas internas mostraban una baja satisfacción general del personal. Un desajuste tras otro, y lo más preocupante era que nadie había levantado la mano para advertirlo. "Incompetentes", pensé, con una punzada de irritación. Respiré hondo, agarré el teléfono y marqué a Felipe, mi mejor amigo, el tipo que estaba supuestamente a cargo de supervisar las sucursales de esa región. Mientras sonaba el teléfono, ya sabía que su
CamilaMe desperté de golpe, sobresaltada por el sonido del despertador que llevaba minutos ignorando. El cansancio me pesaba en los párpados y los músculos me dolían, como si no hubiera dormido en absoluto. Miré el reloj en la mesita de noche y el corazón se me aceleró: las siete y cincuenta."¡Mierda!", pensé, mientras saltaba de la cama, casi tropezando con las sábanas enredadas en mis pies.Los niños llegarían tarde a la escuela, y yo, por supuesto, llegaría tarde al trabajo.—¡Nathan! ¡Amy! —grité mientras me ponía una camiseta cualquiera y unos pantalones de jean. No tenía tiempo para nada, excepto para correr. Y ellos tampoco.Salí del cuarto y corrí al de Nathan. Lo encontré aún en la cama, enredado entre las sábanas como un pequeño bulto. Los libros de su proyecto de ciencias estaban desparramados por el escritorio, las hojas manchadas de tinta y dibujos torpes que habíamos terminado juntos hasta bien entrada la madrugada. Me acerqué y lo sacudí con suavidad en el hombro.