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Capítulo 7: De pasante a detective

Joaquín

Me desperté temprano en el nuevo apartamento.

El espacio aún se sentía ajeno, con sus paredes vacías y los muebles fríos, como si todo lo que había traído conmigo no fuera suficiente para llenar el vacío que sentía.

Miré el reloj y me obligué a levantarme de la cama. La noche anterior había sido un verdadero desastre.

Felipe me había convencido de salir a tomar algo con los empleados, asegurándome que sería una buena oportunidad para “conocer a la gente."

"Relájate un poco, Joaquín, vístete más casual", me había dicho.

Y lo hice.

Me puse algo menos formal, una camisa y jeans, nada que gritara "CEO". Me sentía fuera de lugar en mi propia ropa, pero intenté seguirle el juego.

Sin embargo, nada salió como esperaba.

Ramiro no paraba de coquetear con las compañeras, lanzando sus comentarios asquerosos sin ninguna vergüenza, y lo peor era que varias de ellas parecían estar acostumbradas a esa actitud, riéndose como si fuera normal.

Me incomodaba.

Y para colmo, algunas de ellas también intentaron coquetear conmigo. No es que no me halagara, pero la situación me hacía sentir fuera de lugar. Como si estuviera atrapado en un escenario donde todos jugaban un papel que yo no sabía interpretar.

Al final, lo único que logré fue estar incómodo toda la noche, deseando que terminara lo más rápido posible. Me fui temprano, cansado de fingir que todo estaba bien, mientras el eco de las risas y los comentarios vacíos de Ramiro seguían zumbando en mi cabeza.

Esa mañana, cuando llegué a la oficina, decidí que las cosas serían diferentes.

Preparé café para todos, tratando de integrarme de alguna forma. Quizá, si empezaba con pequeños gestos, podría aprender algo de esta maldita experiencia. Colocaba las tazas en fila, esperando que eso creara una atmósfera más... colaborativa.

Luego, me quedé esperando. Miré el reloj.

8:00 am.

Empezaron a llegar los empleados, algunos con sonrisas forzadas y otros con las caras de cansancio típicas de una mañana de lunes, aunque no lo era.

Saludé a algunos con un leve gesto de cabeza, pero a ninguno le presté demasiada atención. Mi mente estaba en otro lugar, en otra persona.

Esperé, y esperé. Mientras el reloj avanzaba, mis pies comenzaron a moverse de un lado a otro, como si mi cuerpo estuviera canalizando la irritación que empezaba a crecer en mí.

No lo entendía.

8:30 am.

Mi paciencia se estaba agotando. Me crucé de brazos, intentando no mirar el reloj cada cinco segundos, pero el maldito tic-tac parecía hacerse más fuerte con cada minuto que pasaba.

Ramiro, con su típico aire desvergonzado, llegó a la oficina con su sonrisa de siempre y me lanzó una mirada cómplice, como si aún estuviera recordando la noche anterior.

Intenté ignorarlo.

8:40 am.

Finalmente, la puerta de la oficina se abrió y ahí estaba ella.

Camila entró caminando apresurada, con su bolso al hombro y el cabello suelto, desordenado. Estaba claramente apurada, pero no mostró signos de arrepentimiento o culpa por llegar tarde. Simplemente caminó hacia su escritorio, como si nada hubiera pasado.

La rabia se encendió en mí al instante.

"Cuarenta minutos tarde. ¿Quién se creía que era?"

Todo lo que había intentado hacer esa mañana; el café, el esfuerzo por seguir el maldito plan de Felipe, parecía desvanecerse al ver su actitud despreocupada.

Caminé hacia su escritorio sin pensarlo demasiado, mis pasos eran firmes y rápidos. Sentía cómo el enfado se acumulaba en mi pecho, pero intenté no explotar... aunque me costaba. Me paré frente a ella.

—Llegaste tarde —dije, sin molestarme en suavizar mi tono. Directo, como era habitual en mí cuando las cosas no salían como esperaba.

Camila levantó la vista con una mezcla de sorpresa y, para mi frustración, un ligero destello de indiferencia. No pareció afectada por mi tono ni por el hecho de que yo, un simple "pasante", la estaba enfrentando de esa manera.

—Sí, lo siento. Se me hizo tarde... —respondió, acomodándose en la silla mientras iniciaba sesión en su computadora como si la conversación ya estuviera cerrada.

Se me hizo tarde... Claro. Esa era su excusa, y en cualquier otra circunstancia, habría entendido. Pero no hoy, no cuando yo estaba intentando hacer un esfuerzo por... algo, su actitud me colmaba la paciencia.

—Cuarenta minutos tarde —recalqué, cruzándome de brazos. Sentía mis músculos tensarse, y me costaba mantener la calma.

Ella me miró, levantando una ceja como si estuviera viendo a alguien que no comprendía del todo. Luego volvió a su pantalla, con una tranquilidad que me sacaba de quicio.

—Sí, ya te dije que lo siento. Pero no te preocupes, recupero el tiempo.

Quise decirle que no se trataba solo de "recuperar el tiempo", que no era solo cuestión de que ella llegara tarde, sino de la actitud, de la falta de profesionalismo que tanto me frustraba.

Pero, al mismo tiempo, me di cuenta de que yo no podía decir nada. No era el CEO aquí. No era nadie, al menos no para ella.

Respiré hondo, apretando la mandíbula. Mi mirada seguía fija en ella, pero sabía que no podía seguir presionando. Estaba frustrado, enojado... y lo peor de todo es que había algo en esa indiferencia suya que me hacía sentir más incómodo de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Ya que estás por aquí molestando, ¿por qué no mejor me traes un café? —dijo, sin ni siquiera mirarme.

Me quedé quieto por un segundo, contando hasta diez. No era el tipo de hombre que dejaba pasar este tipo de comentarios en ese tono, pero, en esta situación, no tenía más opción que seguir jugando el papel. Era solo un pasante.

Tragando mi orgullo, me giré hacia la máquina de café. No dije nada, no valía la pena entrar en otro enfrentamiento en ese momento.

Preparé el café con los movimientos torpes de alguien que claramente no está acostumbrado a hacer tareas tan... triviales. Se lo entregué antes de caminar hacia la oficina de Felipe. Estaba decidido a hablar con él.

Esto no podía seguir así. Empujé la puerta con más fuerza de la necesaria y entré de una.

—Tenemos que hablar —solté, sin siquiera pensar.

Felipe, como siempre, estaba sentado en su escritorio, relajado, con esa eterna sonrisa despreocupada que a veces me sacaba de quicio.

—Primero que nada, Joaquín, deberías golpear antes de entrar —dijo, sin molestarse en levantar la vista del teléfono. El tono era ligero, casi divertido.

Me quedé inmóvil por un segundo, intentando procesar lo que acababa de decir.

Golpear antes de entrar. ¿En serio?

Yo era el CEO de la empresa, y aquí estaba, siendo reprendido como si fuera un empleado novato.

—Ya oíste, pasante —añadió Felipe, con un tono burlón que me decía lo mucho que disfrutaba de esto.

Contuve el impulso de soltarle algo grosero y di un paso atrás, cerrando la puerta de golpe. Me quedé parado frente a la puerta, mirando la madera como si de alguna forma esta situación absurda pudiera cambiar si yo lo deseaba lo suficiente.

Pero no. No había vuelta atrás. Respiré hondo, golpeé la puerta y esperé.

—Pasa —dijo Felipe, su voz cargada de diversión.

Abrí la puerta de nuevo. Entré, esta vez midiendo mis pasos.

—Y, ¿dónde está el café? —preguntó con una sonrisa.

La irritación que me recorrió el cuerpo alcanzó su punto máximo. Avancé hacia él, apoyé las manos sobre su escritorio con un golpe seco, y lo miré directo a los ojos.

—Deja los malditos juegos —le solté, cansado de la farsa, cansado de todo.

Felipe se echó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho, sin perder la sonrisa.

—¿Qué pasa ahora, pasante? —dijo, todavía disfrutando de su pequeña broma.

Me acerqué un poco más, inclinándome hacia él.

—¿Sabes que tus empleados llegan tarde al trabajo? —le pregunté, intentando mantener mi voz baja.

Me miró por un segundo, como si estuviera evaluando si me estaba tomando en serio o no. Finalmente, soltó una pequeña risa, como si lo que acababa de decir no tuviera importancia.

—¿Llegar tarde? No, hombre, nadie llega tarde —respondió, encogiéndose de hombros, como si eso fuera un hecho indiscutible.

Me enderecé, sintiendo cómo la rabia volvía a subir por mi pecho.

—¿Alguna vez los has esperado en la entrada? —pregunté, dejando caer la pregunta como un reto.

Felipe soltó una carcajada, inclinándose hacia adelante con los codos apoyados en el escritorio.

—¿Esperarlos en la entrada? —repitió, como si la idea fuera absurda. —Joaquín, ese es el trabajo del pasante.

Solté un suspiro, sintiendo cómo el cansancio comenzaba a pesarme en los hombros.

Estaba harto, harto de esta situación, de tener que observar desde las sombras y no poder hacer nada al respecto. Había aceptado el reto de Felipe, había intentado jugar su juego, pero esto estaba empezando a salirse de control.

—Esto no puede seguir así, Felipe —dije, intentando sonar razonable. —No puedo estar aquí solo para que te rías de mí. Necesito que esto empiece a dar resultados.

Felipe me miró por un largo segundo, su sonrisa desvaneciéndose un poco.

—Está bien, Joaquín —dijo, su voz más seria ahora. —Te prometo que todo esto tiene un propósito. Pero necesitas aguantar un poco más. Leí los informes y creo que tenemos un traidor...

Me quedé en silencio, respirando hondo para controlar mi frustración.

—¿Un traidor?

—Sí, —suspiró con pesar, —y solo si sigues en tu papel de pasante podrás descubrirlo...

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