Camila
Estaba guardando mis cosas en el bolso, lista para salir de la oficina lo más rápido posible.
El día había sido largo, entre el trabajo y ese pasante, Joaquín, que seguía rondando por mi cabeza más de lo que quería admitir. Pero no tenía tiempo para pensar en eso.
Amy y Nathan me esperaban en casa, y después del desastre del desayuno, al menos quería arreglarles la cena.
Justo cuando estaba a punto de salir, sentí una presencia incómoda detrás de mí; Ramiro. Mi estómago se revolvió automáticamente.
Me giré, encontrándolo con su típica sonrisa de medio lado, esa que siempre me daba escalofríos. El tipo no conocía los límites, y yo ya estaba cansada de sus constantes insinuaciones.
—Camila —dijo, su voz impregnada de esa falsa amabilidad que usaba cuando quería algo, —vamos a tomarnos unos tragos con los muchachos. ¿Por qué no te unes? Te haría bien relajarte un poco.
Lo miré, negando con la cabeza casi de inmediato. Ni en sueños. La idea de compartir una mesa con Ramiro, de tener que aguantarlo coqueteando o haciendo comentarios fuera de lugar, me daban arcadas.
—No, gracias. Me voy a casa, tengo cosas que hacer —respondí, intentando sonar simpática mientras apretaba el bolso contra mi costado.
Quería irme ya, poner tanta distancia entre él y yo como fuera posible.
Ramiro no lo tomó muy bien. Me miró con esos ojos que siempre parecían estar evaluándome de pies a cabeza, como si no fuera más que otro de sus "proyectos pendientes". Cuando vio que no iba a cambiar de opinión, su sonrisa se torció en algo mucho más desagradable.
—Vamos, Camila... —dijo, acercándose más de lo necesario, y antes de que pudiera reaccionar, sentí su mano en mi brazo.
Su tacto fue como un golpe de electricidad, pero no de los buenos. Me tensé, deseando apartarme, pero él aprovechó para inclinarse y acercar su rostro a mi oído.
—No seas tímida, seguro te lo pasarías bien... —susurró, su aliento cálido rozándome la oreja.
Sentí cómo todo mi cuerpo se encogía por el asco. Era como si mi piel se hubiera puesto rígida de puro rechazo. No podía creer que este tipo pensara que tenía alguna posibilidad.
Mi primer impulso fue gritarle o empujarlo, pero no quería armar una escena en medio de la oficina. Con todos los empleados todavía ahí, prefería salir de esa situación lo más rápido posible sin provocar un espectáculo.
Tragué saliva, conteniéndome, y con un movimiento brusco, solté mi brazo de su agarre.
—No, gracias —repetí, con un tono mucho más cortante que antes.
Ni siquiera esperé a ver su reacción. Salí disparada hacia la puerta, sintiendo cómo el aire pesado de la oficina se me pegaba al cuerpo, casi haciéndome correr más rápido para escapar de él.
Llegué al estacionamiento en cuestión de segundos, mi corazón todavía latiendo con fuerza en mis oídos.
Entré al auto, cerré la puerta de golpe y, por un momento, me quedé ahí, agarrando el volante con fuerza. Qué asco. No quería pensar en lo que acababa de pasar, en cómo su voz aún resonaba en mi oído.
Respira, Camila. No vale la pena que te estreses más. Solo necesitas llegar a casa.
Arranqué el auto y me fui directo. Llegué a casa en menos de quince minutos, sintiendo que cada metro que ponía entre la oficina y yo me aliviaba un poco más.
Cuando entré, la casa estaba en calma, lo cual siempre era un buen signo. Amy estaba en el sofá, viendo la tele, y Nathan estaba tirado en el suelo con un libro de ciencias en las manos. Suspiré, soltando el bolso en la mesa de la entrada, y sentí que por fin estaba en un lugar seguro.
—Hola, chicos —dije, forzando una sonrisa mientras caminaba hacia la cocina. —¿Cómo estuvo la escuela?
—Bien —respondió Amy sin mucho entusiasmo, sin apartar la vista de la pantalla.
—¿Qué vamos a cenar? —preguntó Nathan.
Me acerqué a la heladera y la abrí, buscando algo que pudiera salvar el día. Encontré algunos ingredientes que, con un poco de esfuerzo, podrían convertirse en algo decente.
Recordé el desastre de la mañana, cuando Amy intentó cocinar y terminó quemando todo, y sentí una punzada de culpa. Ellos merecían algo mejor, y aunque no podía compensar el desayuno, al menos quería que la cena fuera diferente.
—Voy a preparar algo rico —dije, mientras sacaba algunos ingredientes. —Nada quemado esta vez, lo prometo.
Me giré para ver a Amy, que por fin había despegado la vista de la tele, sonriendo ligeramente al escuchar mi broma.
—Espero que no —dijo con una risa suave.
Puse manos a la obra, moviéndome por la cocina con más energía de la que esperaba tener después de un día tan agotador.
Mientras el aroma de la comida comenzaba a llenar la cocina, me di cuenta de que, por primera vez en todo el día, sentía que estaba haciendo algo bien.
Tal vez no podía controlar lo que pasaba en la oficina, pero aquí, en la casa, en la cocina, todo estaba bajo control.
Amy y Nathan se acercaron a la mesa justo cuando serví la comida, ambos con caras de felicidad cuando vieron los platos. Sentí una calidez en el pecho al verlos, al ver cómo las pequeñas cosas podían marcar una diferencia.
—¿Qué tal la escuela hoy? —pregunté mientras comenzábamos a comer, queriendo escuchar sus historias.
Amy fue la primera en hablar. Nunca podía guardarse nada por mucho tiempo.
—Pues... —empezó, estirando la palabra y con una sonrisa traviesa que ya me hacía sospechar. —Samuel me mandó un regalo.
Me detuve con el tenedor a medio camino, mirando a mi sobrina, quien jugaba con el suyo de forma distraída pero con esa típica sonrisa que intentaba ocultar.
Sentí un cosquilleo en el estómago, mitad curiosidad, mitad alerta. Samuel. Ese nombre me sonaba demasiado. No era el primer chico que le mandaba algo, y por mucho que yo intentara no sonar sobreprotectora, no podía evitar preocuparme.
—¿Un regalo? —pregunté, alzando una ceja. —¿Qué tipo de regalo?
Amy levantó la cabeza, esa sonrisa todavía en su rostro.
—Una pulsera —dijo, como si fuera lo más normal del mundo. —Me la dejó en la mochila cuando no estaba mirando. Es... linda.
Suspiré, tratando de no reaccionar de más.
Amy tenía 13, pero a veces parecía que el tiempo se le escapaba entre los dedos y crecía más rápido de lo que yo podía seguir.
Sabía que en algún momento vendrían los chicos, pero eso no hacía que fuera más fácil aceptarlo.
—Bueno, espero que te la haya dado de buena manera y que no sea nada raro, ¿eh? —respondí, intentando sonar relajada, aunque por dentro mi mente ya se llenaba de preguntas sobre ese tal Samuel.
Amy se encogió de hombros, sonriendo como si yo estuviera exagerando.
—No te preocupes, tía. Todo está bien.
Antes de que pudiera seguir indagando, Nathan aprovechó la oportunidad para cambiar de tema, como siempre lo hacía cuando sentía que su hermana se llevaba toda la atención.
—¡Tía! ¡Hoy me fue súper bien en deportes! —dijo con entusiasmo, los ojos brillando de emoción. A Nathan le encantaba contarme sus logros, sobre todo en el deporte. Era su manera de destacar, de sentirse fuerte y seguro.
—¿Ah, sí? ¿Qué pasó? —pregunté, dándole toda mi atención.
Nathan dejó su tenedor y se inclinó hacia adelante, como si estuviera a punto de contarme la historia más emocionante del mundo.
—Hoy ganamos el partido de fútbol en la clase de deportes, y... me eligieron para la próxima competencia. Voy a representar al colegio —dijo con una sonrisa tan grande que no pude evitar sentir una oleada de orgullo.
Su cara se iluminaba con esa chispa de emoción que hacía mucho no le veía. Era increíble cómo había crecido, cómo, a pesar de todo, seguía luchando y destacando.
—¡Nathan, eso es increíble! —le respondí, sinceramente emocionada. —¡Estoy tan orgullosa de ti!
Él se encogió de hombros, tratando de no parecer afectado, pero yo lo conocía. Sabía que mis palabras le importaban más de lo que dejaba ver.
Mientras seguimos comiendo y conversando, los veía a los dos, Amy y Nathan, y no podía evitar sentir una mezcla de gratitud y dolor.
Habían pasado por tanto... la muerte de su madre, les había dejado un vacío inmenso, pero a pesar de todo, seguían adelante.
Los veía sonreír, contarme sus historias del día, y en esos momentos, parecía que todo estaba bien, como si la vida estuviera volviendo lentamente a la normalidad.
Pero yo sabía que no era tan simple. La pérdida seguía ahí, en cada rincón de nuestra vida, en cada silencio entre conversación y conversación.
Mi hermana había sido mi todo. Más que una hermana, había sido como una madre para mí también. Ambas habíamos crecido juntas, solas, después de que nuestros padres nos abandonaran.
Habíamos aprendido a cuidarnos, a protegernos del mundo. Y ahora, ella se había ido, dejándome a cargo de sus hijos, y aunque no me arrepentía ni un segundo de haber asumido esa responsabilidad, no podía evitar sentirme incompleta.
Cuando terminamos de cenar, ayudé a los chicos a recoger la mesa, y los mandé a prepararse para dormir. Ellos se fueron a sus habitaciones, todavía conversando entre ellos, y yo me quedé un momento en la cocina, mirando la mesa vacía.
Abrí una botella de vino, sirviéndome una copa.
No lo hacía seguido, pero hoy lo necesitaba.
"Nada en la vida es fácil", pensé. Lo sabía. Pero algunos días, el peso era más difícil de llevar.
Tomé la copa y caminé hasta la ventana, donde me apoyé en el marco. Miré hacia afuera, viendo las luces de las casas vecinas encenderse, las sombras moviéndose bajo la tenue luz de los postes.
A veces, sentía que la vida seguía sin mí, que todos a mi alrededor avanzaban mientras yo me esforzaba por mantenerme en pie.
Pero después miraba a Amy y Nathan, veía cómo habían seguido adelante a pesar de todo, y me daba cuenta de que no todo estaba perdido.
Tenía que seguir, por ellos, y también por mí.
JoaquínMe desperté temprano en el nuevo apartamento.El espacio aún se sentía ajeno, con sus paredes vacías y los muebles fríos, como si todo lo que había traído conmigo no fuera suficiente para llenar el vacío que sentía.Miré el reloj y me obligué a levantarme de la cama. La noche anterior había sido un verdadero desastre.Felipe me había convencido de salir a tomar algo con los empleados, asegurándome que sería una buena oportunidad para “conocer a la gente.""Relájate un poco, Joaquín, vístete más casual", me había dicho.Y lo hice.Me puse algo menos formal, una camisa y jeans, nada que gritara "CEO". Me sentía fuera de lugar en mi propia ropa, pero intenté seguirle el juego.Sin embargo, nada salió como esperaba.Ramiro no paraba de coquetear con las compañeras, lanzando sus comentarios asquerosos sin ninguna vergüenza, y lo peor era que varias de ellas parecían estar acostumbradas a esa actitud, riéndose como si fuera normal.Me incomodaba.Y para colmo, algunas de ellas tambi
JoaquínMe levanté temprano, mucho antes de que el sol saliera, y caminé hacia la oficina con una sola cosa en mente: descubrir quién estaba saboteando a la empresa desde dentro.El día anterior había sido un desastre, con Felipe riéndose en mi cara cuando le mencioné que varios empleados llegaban tarde y otros parecían más interesados en charlar que en trabajar."Esa es tu misión, pasante, descubre al traidor", me había dicho, con esa sonrisa molesta que me dejaba con ganas de golpear la mesa cada vez que hablaba con él.Y así, había decidido tomarme el asunto en serio.Muy en serio.Entré a la oficina a las 7:30 en punto, antes que nadie, y me acomodé en un escondite improvisado.Pero ese día, no iba a ser un simple pasante.Ese día era un espía encubierto.Sacudí el polvo de una vieja libreta que había encontrado en el cajón y un bolígrafo que había robado del escritorio de Ramiro (por alguna razón, me daba satisfacción haberle robado algo, aunque fuera una tontería).Hoy comenzaba
Joaquín11:30 am.El equipo de ventas estaba reunido en una esquina de la oficina, hablando en susurros.Eso, por supuesto, me puso en alerta inmediata. Me incliné sobre mi escritorio, apuntando mi oreja en su dirección, tratando de captar algo.—...y entonces, le dije que no podía hacer eso, que el jefe lo notaría… —susurró uno de ellos.¡El jefe lo notaría! Eso sonaba como algo sospechoso. Estaban ocultando algo, definitivamente.Anoté en la libreta:Equipo de ventas - conspiración. Hablan en códigos. Posible alianza para el sabotaje.Mientras seguía escribiendo, Ramiro pasó por mi lado con su habitual arrogancia. Se inclinó hacia mí y susurró:—Espero que estés tomando notas importantes, pasante.Ramiro siempre tenía que dejar su comentario. Le devolví una sonrisa falsa, pero en mi mente lo anoté también.Ramiro - potencial instigador. Cree que todo es una broma. El traidor actúa con despreocupación.12:00 pm.Se acercaba la hora del almuerzo. Observé cómo los empleados se levantab
JoaquínHabía pasado semanas siguiendo a mis empleados hasta que puse el ojo en Laura.Al principio, parecía la candidata perfecta para mi "investigación".Siempre distraída, con la cabeza en otro mundo. No importaba si estábamos en plena reunión o si había algo importante que hacer,Ella siempre parecía más interesada en su teléfono que en cualquier otra cosa. Así que la había puesto en la lista de sospechosos casi sin pensarlo.Hoy la observaba desde mi escritorio, los ojos atentos a cada uno de sus movimientos, aunque, francamente, no hacía nada que pareciera remotamente interesante.Estaba en su escritorio, con los ojos fijos en el móvil como siempre. Cada tanto, soltaba una risita baja, y su dedo índice se deslizaba por la pantalla de arriba a abajo. Redes sociales, probablemente.Abrí la libreta en mi regazo, tratando de no ser obvio mientras anotaba.Laura: distraída. Risas sospechosas. Puede estar pasando información... o viendo memes.Me recosté en mi silla, sin saber si reír
JoaquínFelipe no era del tipo que se aparecía antes de las nueve, por eso llegué temprano para asegurarme de estar listo para cuando llegara.Lo que pasaba entre él y Laura me tenía inquieto. Quizás su relación no era solo un romance escondido en la oficina. Tal vez había más detrás de esa fachada de jefe simpático.Vi entrar a Laura más tarde esa mañana, su andar relajado, sin preocuparse de nada. No había indicios de lo que había pasado la noche anterior. Ella simplemente seguía con su vida como si todo estuviera en orden.A las nueve en punto, Felipe apareció, sonriendo y saludando a todos como si fuera el alma de la oficina.Lo observé de cerca, cada movimiento, cada gesto. No dejaba ver nada.Me acerqué a la máquina de café y lo vi servirse uno. Era mi oportunidad.—¿Cómo estuvo tu noche? —le pregunté, fingiendo desinterés mientras me servía mi propio café.Felipe soltó una risa ligera, esa risa que siempre parecía que estaba de buen humor, y me dio una palmada en la espalda.—T
JoaquínMi corazón latía más rápido de lo que debería, y lo supe en ese momento: estaba celoso.Los celos me habían empujado a hablar sin pensar, y ahora me encontraba enfrentando a Felipe por algo que ni siquiera tenía claro.—Ya sabes a qué me refiero —continué, sin poder detenerme. —Laura, Claudia... —Hice una pausa, observando cómo su expresión se endurecía. —No pienso llamarla para que tú sigas jugando.Felipe se levantó de su silla, inclinándose hacia el escritorio con las manos apoyadas sobre él. Sus ojos me miraron de una manera que nunca había visto antes, como si la parte divertida y bromista de él se hubiera apagado de golpe.—¿Qué crees que estás insinuando, Joaquín? —preguntó, con una calma forzada que me hizo sentir que estaba tocando un límite.—Estoy insinuando que no pienso dejar que metas a Camila en lo mismo que has estado haciendo con las demás —solté, las palabras saliendo con más fuerza de entre mis dientes apretados. No podía parar ahora.Hubo un segundo de sile
Joaquín¿Ella?Sabía que se refería a Camila.Mi corazón latió con fuerza en mi pecho.Ramiro estaba planeando algo. No solo se trataba de su resentimiento o de que nadie en la oficina le prestara atención. Camila estaba involucrada en lo que fuera que estuviera tramando.Y lo peor era que Felipe, con su despreocupada actitud, no lo había visto venir. O tal vez no le importaba.Me quedé en mi lugar, escuchando con más atención mientras Ramiro continuaba hablando por el móvil, su tono lleno de frustración.Algo estaba claro: Ramiro no era solo un seductor fastidioso. Ramiro tenía un plan. Y ahora Camila estaba en el centro de ese plan, de una manera que yo no alcanzaba a comprender del todo.Tenía que averiguar qué era y detenerlo antes de que se le ocurriera hacer algo.Apreté la libreta en mi mano. La misión había cambiado.A partir de ese momento, Ramiro era mi nuevo objetivo.Seguí a Ramiro durante todo el día.Me aseguré de mantenerme lo más lejos posible para que no me viera, per
JoaquínArranqué el coche, maldiciendo mi suerte mientras me dirigía a la oficina siguiendo sus pasos.No quería perderlo. Aunque no había sacado nada útil de la noche anterior, todavía tenía la esperanza de que algo surgiría más adelante en el día.Mantuve una distancia prudente mientras lo seguía hasta la oficina, Ramiro no parecía estar preocupado en lo más mínimo, iba caminando con su andar arrogante, saludaba a uno que otro vecino, hasta llegar a la parada de autobús.Cuando llegué al estacionamiento de la oficina, detuve la mirada frente al espejo retrovisor y me observé.El reflejo no me devolvía nada bueno: ojos enrojecidos, la camisa arrugada, una barba de un día demasiado crecida. Parecía más un vagabundo que un profesional. Estaba hecho un desastre.—Fantástico, Joaquín, —me dije a mí mismo mientras apagaba el motor y salí del auto.Todo este maldito esfuerzo y nada. Ramiro ya había entrado al edificio, y yo solo podía seguirlo, esperando que la noche de espía fallido no me