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Capítulo 6: Nada en la vida es fácil

Camila

Estaba guardando mis cosas en el bolso, lista para salir de la oficina lo más rápido posible.

El día había sido largo, entre el trabajo y ese pasante, Joaquín, que seguía rondando por mi cabeza más de lo que quería admitir. Pero no tenía tiempo para pensar en eso.

Amy y Nathan me esperaban en casa, y después del desastre del desayuno, al menos quería arreglarles la cena.

Justo cuando estaba a punto de salir, sentí una presencia incómoda detrás de mí; Ramiro. Mi estómago se revolvió automáticamente.

Me giré, encontrándolo con su típica sonrisa de medio lado, esa que siempre me daba escalofríos. El tipo no conocía los límites, y yo ya estaba cansada de sus constantes insinuaciones.

—Camila —dijo, su voz impregnada de esa falsa amabilidad que usaba cuando quería algo, —vamos a tomarnos unos tragos con los muchachos. ¿Por qué no te unes? Te haría bien relajarte un poco.

Lo miré, negando con la cabeza casi de inmediato. Ni en sueños. La idea de compartir una mesa con Ramiro, de tener que aguantarlo coqueteando o haciendo comentarios fuera de lugar, me daban arcadas.

—No, gracias. Me voy a casa, tengo cosas que hacer —respondí, intentando sonar simpática mientras apretaba el bolso contra mi costado.

Quería irme ya, poner tanta distancia entre él y yo como fuera posible.

Ramiro no lo tomó muy bien. Me miró con esos ojos que siempre parecían estar evaluándome de pies a cabeza, como si no fuera más que otro de sus "proyectos pendientes". Cuando vio que no iba a cambiar de opinión, su sonrisa se torció en algo mucho más desagradable.

—Vamos, Camila... —dijo, acercándose más de lo necesario, y antes de que pudiera reaccionar, sentí su mano en mi brazo.

Su tacto fue como un golpe de electricidad, pero no de los buenos. Me tensé, deseando apartarme, pero él aprovechó para inclinarse y acercar su rostro a mi oído.

—No seas tímida, seguro te lo pasarías bien... —susurró, su aliento cálido rozándome la oreja.

Sentí cómo todo mi cuerpo se encogía por el asco. Era como si mi piel se hubiera puesto rígida de puro rechazo. No podía creer que este tipo pensara que tenía alguna posibilidad.

Mi primer impulso fue gritarle o empujarlo, pero no quería armar una escena en medio de la oficina. Con todos los empleados todavía ahí, prefería salir de esa situación lo más rápido posible sin provocar un espectáculo.

Tragué saliva, conteniéndome, y con un movimiento brusco, solté mi brazo de su agarre.

—No, gracias —repetí, con un tono mucho más cortante que antes.

Ni siquiera esperé a ver su reacción. Salí disparada hacia la puerta, sintiendo cómo el aire pesado de la oficina se me pegaba al cuerpo, casi haciéndome correr más rápido para escapar de él.

Llegué al estacionamiento en cuestión de segundos, mi corazón todavía latiendo con fuerza en mis oídos.

Entré al auto, cerré la puerta de golpe y, por un momento, me quedé ahí, agarrando el volante con fuerza. Qué asco. No quería pensar en lo que acababa de pasar, en cómo su voz aún resonaba en mi oído.

Respira, Camila. No vale la pena que te estreses más. Solo necesitas llegar a casa.

Arranqué el auto y me fui directo. Llegué a casa en menos de quince minutos, sintiendo que cada metro que ponía entre la oficina y yo me aliviaba un poco más.

Cuando entré, la casa estaba en calma, lo cual siempre era un buen signo. Amy estaba en el sofá, viendo la tele, y Nathan estaba tirado en el suelo con un libro de ciencias en las manos. Suspiré, soltando el bolso en la mesa de la entrada, y sentí que por fin estaba en un lugar seguro.

—Hola, chicos —dije, forzando una sonrisa mientras caminaba hacia la cocina. —¿Cómo estuvo la escuela?

—Bien —respondió Amy sin mucho entusiasmo, sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Qué vamos a cenar? —preguntó Nathan.

Me acerqué a la heladera y la abrí, buscando algo que pudiera salvar el día. Encontré algunos ingredientes que, con un poco de esfuerzo, podrían convertirse en algo decente.

Recordé el desastre de la mañana, cuando Amy intentó cocinar y terminó quemando todo, y sentí una punzada de culpa. Ellos merecían algo mejor, y aunque no podía compensar el desayuno, al menos quería que la cena fuera diferente.

—Voy a preparar algo rico —dije, mientras sacaba algunos ingredientes. —Nada quemado esta vez, lo prometo.

Me giré para ver a Amy, que por fin había despegado la vista de la tele, sonriendo ligeramente al escuchar mi broma.

—Espero que no —dijo con una risa suave.

Puse manos a la obra, moviéndome por la cocina con más energía de la que esperaba tener después de un día tan agotador.

Mientras el aroma de la comida comenzaba a llenar la cocina, me di cuenta de que, por primera vez en todo el día, sentía que estaba haciendo algo bien.

Tal vez no podía controlar lo que pasaba en la oficina, pero aquí, en la casa, en la cocina, todo estaba bajo control.

Amy y Nathan se acercaron a la mesa justo cuando serví la comida, ambos con caras de felicidad cuando vieron los platos. Sentí una calidez en el pecho al verlos, al ver cómo las pequeñas cosas podían marcar una diferencia.

—¿Qué tal la escuela hoy? —pregunté mientras comenzábamos a comer, queriendo escuchar sus historias.

Amy fue la primera en hablar. Nunca podía guardarse nada por mucho tiempo.

—Pues... —empezó, estirando la palabra y con una sonrisa traviesa que ya me hacía sospechar. —Samuel me mandó un regalo.

Me detuve con el tenedor a medio camino, mirando a mi sobrina, quien jugaba con el suyo de forma distraída pero con esa típica sonrisa que intentaba ocultar.

Sentí un cosquilleo en el estómago, mitad curiosidad, mitad alerta. Samuel. Ese nombre me sonaba demasiado. No era el primer chico que le mandaba algo, y por mucho que yo intentara no sonar sobreprotectora, no podía evitar preocuparme.

—¿Un regalo? —pregunté, alzando una ceja. —¿Qué tipo de regalo?

Amy levantó la cabeza, esa sonrisa todavía en su rostro.

—Una pulsera —dijo, como si fuera lo más normal del mundo. —Me la dejó en la mochila cuando no estaba mirando. Es... linda.

Suspiré, tratando de no reaccionar de más.

Amy tenía 13, pero a veces parecía que el tiempo se le escapaba entre los dedos y crecía más rápido de lo que yo podía seguir.

Sabía que en algún momento vendrían los chicos, pero eso no hacía que fuera más fácil aceptarlo.

—Bueno, espero que te la haya dado de buena manera y que no sea nada raro, ¿eh? —respondí, intentando sonar relajada, aunque por dentro mi mente ya se llenaba de preguntas sobre ese tal Samuel.

Amy se encogió de hombros, sonriendo como si yo estuviera exagerando.

—No te preocupes, tía. Todo está bien.

Antes de que pudiera seguir indagando, Nathan aprovechó la oportunidad para cambiar de tema, como siempre lo hacía cuando sentía que su hermana se llevaba toda la atención.

—¡Tía! ¡Hoy me fue súper bien en deportes! —dijo con entusiasmo, los ojos brillando de emoción. A Nathan le encantaba contarme sus logros, sobre todo en el deporte. Era su manera de destacar, de sentirse fuerte y seguro.

—¿Ah, sí? ¿Qué pasó? —pregunté, dándole toda mi atención.

Nathan dejó su tenedor y se inclinó hacia adelante, como si estuviera a punto de contarme la historia más emocionante del mundo.

—Hoy ganamos el partido de fútbol en la clase de deportes, y... me eligieron para la próxima competencia. Voy a representar al colegio —dijo con una sonrisa tan grande que no pude evitar sentir una oleada de orgullo.

Su cara se iluminaba con esa chispa de emoción que hacía mucho no le veía. Era increíble cómo había crecido, cómo, a pesar de todo, seguía luchando y destacando.

—¡Nathan, eso es increíble! —le respondí, sinceramente emocionada. —¡Estoy tan orgullosa de ti!

Él se encogió de hombros, tratando de no parecer afectado, pero yo lo conocía. Sabía que mis palabras le importaban más de lo que dejaba ver.

Mientras seguimos comiendo y conversando, los veía a los dos, Amy y Nathan, y no podía evitar sentir una mezcla de gratitud y dolor.

Habían pasado por tanto... la muerte de su madre, les había dejado un vacío inmenso, pero a pesar de todo, seguían adelante.

Los veía sonreír, contarme sus historias del día, y en esos momentos, parecía que todo estaba bien, como si la vida estuviera volviendo lentamente a la normalidad.

Pero yo sabía que no era tan simple. La pérdida seguía ahí, en cada rincón de nuestra vida, en cada silencio entre conversación y conversación.

Mi hermana había sido mi todo. Más que una hermana, había sido como una madre para mí también. Ambas habíamos crecido juntas, solas, después de que nuestros padres nos abandonaran.

Habíamos aprendido a cuidarnos, a protegernos del mundo. Y ahora, ella se había ido, dejándome a cargo de sus hijos, y aunque no me arrepentía ni un segundo de haber asumido esa responsabilidad, no podía evitar sentirme incompleta.

Cuando terminamos de cenar, ayudé a los chicos a recoger la mesa, y los mandé a prepararse para dormir. Ellos se fueron a sus habitaciones, todavía conversando entre ellos, y yo me quedé un momento en la cocina, mirando la mesa vacía.

Abrí una botella de vino, sirviéndome una copa.

No lo hacía seguido, pero hoy lo necesitaba.

"Nada en la vida es fácil", pensé. Lo sabía. Pero algunos días, el peso era más difícil de llevar.

Tomé la copa y caminé hasta la ventana, donde me apoyé en el marco. Miré hacia afuera, viendo las luces de las casas vecinas encenderse, las sombras moviéndose bajo la tenue luz de los postes.

A veces, sentía que la vida seguía sin mí, que todos a mi alrededor avanzaban mientras yo me esforzaba por mantenerme en pie.

Pero después miraba a Amy y Nathan, veía cómo habían seguido adelante a pesar de todo, y me daba cuenta de que no todo estaba perdido.

Tenía que seguir, por ellos, y también por mí.

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