Inicio / Romance / Un CEO en apuros / Capítulo 5: Primer día
Capítulo 5: Primer día

Joaquín 

Entré en la oficina de Felipe con los papeles aún en la mano y la sangre hirviendo. 

No sabía si era por las malditas copias que me había pedido Camila, o por cómo todos en la oficina parecían tomarme por un idiota. 

Pero lo que sí sabía es que no podía aguantar más. Apenas crucé la puerta, la cerré de golpe, y sentí cómo el ruido reverberaba por la habitación.

Él estaba tan tranquilo como si el mundo a su alrededor no existiera. Estaba sentado en su silla, con los pies cruzados sobre el escritorio y una sonrisa ligera en los labios, mirando su teléfono, totalmente ajeno al hecho de que yo estaba a punto de explotar.

—¡¿En qué demonios estabas pensando?! —le grité, lanzando los papeles sobre su escritorio. —¡Soy el CEO de esta empresa, no un maldito pasante!

Felipe ni siquiera se inmutó. Ni un parpadeo. Bajó el teléfono lentamente y me miró con esa calma que siempre parecía sacarme de quicio, como si lo que acababa de decir no le importara en lo más mínimo.

—Relájate, Joaquín —dijo, con una media sonrisa mientras se recostaba en la silla, cruzando las manos detrás de la cabeza. —No es para tanto.

Me acerqué al escritorio, apoyándome en él con ambas manos, casi temblando de la rabia. El cansancio me tenía al borde, y después de un largo día en el que había tenido que aguantar a los empleados mirándome como si fuera un simple novato, y encima el descaro de Camila, esto era lo último que necesitaba.

—¿Que no es para tanto? ¡Me han hecho hacer copias, Felipe! ¡Cinco copias de un montón de papeles que no tenían ningún sentido! —Mi voz retumbó en la oficina, pero él simplemente seguía ahí, sin moverse, casi disfrutando de la situación. —¡Esto no es lo que vine a hacer! ¡Vine a arreglar este desastre, no a ser el hazmerreír de tu equipo!

Soltó una risa baja, lo suficientemente ligera como para enfurecerme más. Luego se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando los dedos.

—Exacto, viniste a arreglar este desastre —dijo, su tono más tranquilo que nunca. —Y, para hacerlo, tienes que entenderlo desde adentro. No puedes simplemente aparecer aquí como el CEO inalcanzable y esperar que todos te sigan como si fueras Moisés dividiendo el mar. —Hizo un gesto con sus manos para enfatizar su punto. —Necesitas conocer a tu gente. Entender lo que hacen, lo que piensan. Por eso te hice pasar por pasante. Para que veas cómo funciona todo cuando no eres el jefe.

Me quedé en silencio un momento, mi respiración aún agitada, sintiendo cómo la ira luchaba por no estallar de nuevo. Sus palabras tenían algo de sentido, lo sabía. 

Pero eso no hacía que me sintiera menos humillado. Nunca había sido el tipo de hombre que disfrutara que lo pusieran en ridículo, y hoy había sido exactamente eso: un ridículo.

Me enderecé y empecé a caminar de un lado a otro de la oficina, tratando de calmarme. ¿Conocer a mi gente? 

Sabía cómo funcionaba la empresa. Yo era el que la había levantado desde cero. Pero Felipe tenía una manera de ver las cosas que siempre lograba darme otra visión.

—¿Así que creés que haciéndome hacer las malditas copias voy a entender mejor a los empleados? —dije, sarcástico, mientras cruzaba los brazos.

—No, las copias fueron solo un pequeño toque —respondió, su sonrisa más amplia ahora. —Lo importante es que estés ahí, con ellos, viendo cómo viven el día a día. Mira a Camila, por ejemplo. —Levantó una ceja. —¿De verdad te molesta que ella te haya pedido esas copias, o es otra cosa la que te molesta?

El nombre de Camila hizo que me detuviera en seco. La imagen de ella, sentada en su escritorio, con esa sonrisa descarada mientras giraba en su silla, se me vino de golpe a la cabeza. 

Y, por mucho que quisiera negarlo, no podía sacar de mi mente la chispa que había sentido cuando nuestras manos se habían tocado. 

—Eso no tiene nada que ver —mentí, volviendo a sentarme, aunque sabía que Felipe me veía venir de lejos.

—Ah, claro, claro —dijo, asintiendo lentamente, fingiendo estar convencido, pero yo podía ver en sus ojos que no me creía en absoluto. —Lo que tú digas...

Lo miré, esta vez más calmado, pero sin perder la frustración que había acumulado durante todo el día.

—Felipe, te lo advierto. Si esto se me sale de control... —empecé a decir, pero él me cortó con una sonrisa y un gesto con la mano.

—Nada se te va a salir de control, viejo —dijo, ahora más serio. —Confía en mí. Sé que no es fácil, pero cuando termines este experimento, vas a ver el panorama mucho más claro. Te va a servir. A tí, y a la empresa.

Me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos un segundo, dejando que sus palabras se asentaran. Todavía sentía la tensión en mis hombros, la mezcla de agotamiento y frustración. 

Pero tal vez tenía razón. Tal vez había algo más en esto que yo no estaba viendo. O tal vez Felipe solo quería divertirse un rato a mi costa. 

A veces, era difícil distinguir.

Abrí los ojos y me incliné hacia adelante.

—Está bien —dije. —Jugaré tu juego. Pero si veo que esto no sirve para nada, terminaré con esta farsa.

Felipe sonrió, satisfecho, y volvió a recostarse en su silla, cruzando los brazos detrás de la cabeza de nuevo.

—Sabía que lo ibas a entender. Ahora, relájate. Y anda a conocer a tus empleados, Joaquín. Te vas a sorprender.

Mi amigo siempre tenía una forma de salirse con la suya, y esta vez no era diferente. Pero, por más que me molestara admitirlo, una parte de mí ya empezaba a pensar que tal vez tenía razón.

Cuando finalmente terminó el día, estaba agotado. 

No solo físicamente, sino mentalmente. 

Pasarme toda la jornada como un simple pasante, haciendo copias, sonriendo ante miradas y risitas que en cualquier otra situación habrían desaparecido con solo decir quién era en realidad, era algo que me sacaba de quicio. 

Pero aquí estaba, jugando el estúpido juego de Felipe, fingiendo ser alguien que no era, mientras todo en mi interior me gritaba que tomara el control, que pusiera las cosas en su lugar de una vez.

Había terminado de acomodar los últimos papeles en mi "puesto de pasante" cuando apareció Felipe, con su típica sonrisa relajada, como si nada en el mundo pudiera alterarlo. 

Se acercó a mi escritorio y me dio una palmada en el hombro.

—Vamos, pasante —dijo, su tono animado. —Hace rato que no salimos a tomar algo. Hay que relajarnos un poco, ¿no?

Lo miré con cansancio. Estaba a punto de decir que no, que solo quería irme a casa y olvidarme de este día infernal, pero Felipe ya me conocía demasiado bien. Sabía que yo era pésimo para rechazar este tipo de invitaciones cuando venían de él.

—Anda, te va a hacer bien —insistió, inclinándose un poco hacia mí, como si estuviera compartiendo un secreto.

—Está bien —cedí con un suspiro, aunque sabía que en parte tenía razón. Quizá un trago me ayudaría a despejarme.

Nos dirigimos a la salida de la oficina, y mientras caminábamos, una sensación incómoda me recorría el cuerpo. 

No podía sacudirme la irritación del día, especialmente después de mi interacción con Camila. Esa sonrisa, la manera en que me hizo hacer esas malditas copias como si no fuera más que un asistente... y lo peor es que no podía quitarme de la cabeza esa chispa que sentí al verla reír, como si algo en mí hubiera despertado, aunque odiaba admitirlo.

Cuando nos acercábamos a la puerta, la vi. 

Camila salió corriendo de la oficina, con su bolso colgando del hombro y las llaves en la mano. Apenas me vio, ni siquiera saludó: fue directo a su auto, arrancando tan rápido que el motor rugió en el estacionamiento. 

Me quedé mirándola por un segundo, viendo cómo su auto se alejaba a toda velocidad, hasta desaparecer por la esquina.

Sacudí la cabeza, sintiendo una punzada de frustración y algo más que no quería identificar. 

"Concéntrate, Joaquín," me dije, sacándomela de la mente. No era el momento ni el lugar para esto. Necesitaba mantenerme enfocado en lo que realmente importaba: arreglar esta m*****a sucursal y salir de aquí.

—¿Todo bien? —preguntó Felipe, alzando una ceja, notando mi desconcentración.

—Sí, todo bien —respondí rápidamente, sin querer darle más vueltas.

Seguimos caminando y llegamos al bar que estaba a unas pocas calles de la oficina. No era mi lugar habitual, pero Felipe parecía a sus anchas.

Apenas entramos, noté que había varios empleados de la empresa allí. Estaban en una mesa al fondo, riendo y charlando, como si el día no hubiera sido más que una pequeña parte de sus vidas, mientras yo lo sentía como una carga. 

Mis pasos se volvieron más lentos al verlos. No tenía ganas de socializar, de sentarme con ellos como si fuéramos amigos. No eran mis colegas, no eran mis iguales. 

Eran empleados, y yo era el que se suponía que debía dirigir esta empresa. Solo que ellos no lo sabían.

—Vamos, te invito la primera —dijo Felipe, dándome un empujón amistoso para acercarnos a la barra.

—No quiero estar cerca de ellos —murmuré, mientras echaba una mirada hacia la mesa donde el grupo de empleados reía a carcajadas.

Felipe soltó una risa suave, sacudiendo la cabeza como si yo fuera un niño que no entendía cómo funcionaban las cosas.

—Por eso necesitas estar cerca de ellos, Joaquín. ¿No te das cuenta? Tienes que conocerlos, dejar que te conozcan. No puedes arreglar una empresa sin entender a la gente que trabaja en ella.

—No vine a hacer amigos, Felipe —respondí, cruzando los brazos mientras miraba hacia el otro lado, evitando la mirada de los empleados.

—No te estoy pidiendo que hagas amigos —dijo. —Solo que te metas un poco en sus vidas. Veas cómo funcionan. Te prometo que es más fácil de lo que creés.

Me quedé en silencio, aún no convencido, pero la idea de seguir discutiendo con él me agotaba más de lo que ya estaba. Así que suspiré y cedí, sabiendo que, como siempre, Felipe terminaría saliéndose con la suya.

—Está bien, pero no pienso quedarme mucho tiempo —le advertí, antes de que se entusiasmara más de la cuenta.

Sigue leyendo en Buenovela
Escanea el código para descargar la APP

Capítulos relacionados

Último capítulo

Escanea el código para leer en la APP