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Capítulo 2: El choque

Camila

Me desperté de golpe, sobresaltada por el sonido del despertador que llevaba minutos ignorando. 

El cansancio me pesaba en los párpados y los músculos me dolían, como si no hubiera dormido en absoluto. Miré el reloj en la mesita de noche y el corazón se me aceleró: las siete y cincuenta.

"¡Mierda!", pensé, mientras saltaba de la cama, casi tropezando con las sábanas enredadas en mis pies.

Los niños llegarían tarde a la escuela, y yo, por supuesto, llegaría tarde al trabajo.

—¡Nathan! ¡Amy! —grité mientras me ponía una camiseta cualquiera y unos pantalones de jean. 

No tenía tiempo para nada, excepto para correr. Y ellos tampoco.

Salí del cuarto y corrí al de Nathan. Lo encontré aún en la cama, enredado entre las sábanas como un pequeño bulto. 

Los libros de su proyecto de ciencias estaban desparramados por el escritorio, las hojas manchadas de tinta y dibujos torpes que habíamos terminado juntos hasta bien entrada la madrugada. Me acerqué y lo sacudí con suavidad en el hombro.

—Nathan, arriba —le dije con un tono suave, aunque mi urgencia se hacía evidente. —Vamos, llegamos tarde.

—No quiero ir... —murmuró, sin abrir los ojos del todo, y se dio la vuelta para hundirse más en la almohada.

Suspiré, mirándolo con una mezcla de cansancio y ternura. Se había quedado hasta tarde anoche trabajando en su proyecto de ciencias, y sabía que estaba agotado. 

Después de la muerte de su madre, hace más de un año, Nathan había perdido algo de confianza. Y yo, su tía de repente convertida en madre sustituta, trataba de llenarle esos vacíos lo mejor que podía.

—Tienes que ir, o todo el esfuerzo que hicimos se va a la basura. Vamos, hoy entregas ese proyecto, ¿recuerdas? —le sonreí, despeinándole un poco el cabello.

Nathan abrió un ojo, me miró unos segundos y asintió, aunque sin muchas ganas. Al menos se incorporó, y eso ya era algo.

Salí de su habitación y caminé hacia la sala, esperando encontrar a Amy lista, pero, claro, tampoco lo estaba. 

En lugar de vestirse, estaba en la cocina, parada frente a la sartén, con una expresión concentrada. Un olor quemado ya flotaba en el aire, mezclándose con el aroma de algo que, sospechaba, iban a ser huevos revueltos.

Nathan apareció detrás de mí, arrastrando los pies, y sin dudarlo lanzó el comentario que yo había evitado hacer.

—Eso huele a basurero, Amy —dijo con una risita, tapándose la nariz exageradamente.

Me llevé la mano a la frente, pero no pude evitar sonreír un poco. Amy lo miró de reojo, entre ofendida y frustrada, y movió la sartén tratando de salvar lo que ya estaba perdido.

—Quería preparar algo rápido antes de irnos —dijo, dejándose caer en una silla, dejando la sartén en el fuego con una resignación que me dolió en el alma.

A veces olvidaba que ella también era solo una niña. Sus intentos por ayudar me partían el corazón, sobre todo porque sabía que estaba intentando hacer más de lo que debía, como si también se sintiera responsable de que todo saliera bien en casa.

—Está bien, cariño, no te preocupes —me acerqué a la cocina apagando la hornilla con un giro rápido de la muñeca. —Hoy no hay tiempo para cocinar. Desayunamos algo en el auto, ¿te parece? —le sonreí mientras tomaba un par de barritas de cereal de la despensa y se las ofrecía.

Amy me miró, aún con la expresión de derrota en su rostro, pero aceptó las barritas sin decir nada. Sus ojos me recordaban tanto a los de mi hermana, que un nudo comenzó a formarse en mi garganta. 

Me agaché frente a Amy y le di un suave apretón en el hombro, tratando de animarla.

—Hoy será un buen día, ¿de acuerdo? —le dije, tratando de sonar convincente aunque por dentro estaba igual de cansada que ella. 

Sabía que, para ellos, yo tenía que mantenerme fuerte, aunque la carga a veces me pesara más de lo que podía admitir.

—Voy a vestirme —murmuró Amy, levantándose de la silla y caminando hacia su habitación, todavía descalza y con el uniforme a medio poner.

—¡Ponte los zapatos también! —grité detrás de ella, ya con un toque de humor en la voz.

Mientras ella desaparecía por el pasillo, Nathan ya se había sentado a la mesa, con su mochila aún abierta y los papeles sobresaliendo de ella. Me acerqué a él y le di un suave empujón en la cabeza con mi mano.

—Y tú también, ¿vale? Zapatos. Y rápido —le dije.

—Ya, ya, tía. —Nathan sonrió, algo más despierto ahora, y agarró su mochila con desgana.

Mientras ellos terminaban de prepararse, yo apoyé las manos en el borde del fregadero, dejando que la frialdad del mármol me diera un poco de claridad. Respiré hondo, cerrando los ojos por un segundo. 

"Un día más. Un día más de carreras, de tratar de mantener el equilibrio."

Desde la muerte de mi hermana, todo había cambiado. Mi vida ya no era mía. Ahora era de ellos, de Nathan y Amy. Y aunque daría lo que fuera por mantenerlos a salvo y hacer que todo saliera bien, había días como hoy en los que me preguntaba si lo estaba logrando. 

Sacudí la cabeza y volví a enderezarme. No había tiempo para pensamientos pesados. 

—¡Nathan, Amy! ¡Vámonos ya! —grité mientras recogía mi bolso y las llaves.

En menos de cinco minutos, los tres estábamos en el auto, casi tropezándonos los unos con los otros para llegar a tiempo. 

Me detuve frente a la entrada del colegio y miré por el espejo retrovisor. Amy y Nathan se lanzaron las mochilas al hombro, todavía masticando las barritas de cereal que no habíamos tenido tiempo de terminar en el viaje. 

—Se portan bien, ¿si? —les dije, intentando sonar animada, aunque por dentro aún sentía el estrés corriendo por mis venas.

—Lo intentaremos —respondió Nathan con una sonrisa traviesa, abriendo la puerta del auto.

—Eso espero —dijo Amy con un suspiro, siempre más seria, bajando del auto con el uniforme perfectamente puesto.

Los vi caminar hacia la puerta del colegio mientras yo me apresuraba a mirar la hora en el teléfono. 

El tráfico estaba lento como siempre, y yo no podía parar de pensar en que otro día más llegaría tarde a la oficina. Apreté las manos sobre el volante, sintiendo la tensión en mis hombros, y traté de respirar hondo.

El auto no parecía avanzar más rápido por mucho que lo deseara. Mi mente seguía corriendo a mil por hora: los pendientes que tenía en el trabajo, los niños, las responsabilidades, las cuentas. 

Últimamente todo parecía aplastarme de golpe, como si no hubiera un segundo para mí misma. Apenas podía recordar la última vez que no sentí que estaba corriendo a contrarreloj.

Cuando por fin llegué a la oficina, estacioné como pude y prácticamente salté del auto. 

Corrí, ajustándome la cartera al hombro y agarrando los papeles que tenía que entregar esa misma mañana. 

Empujé la puerta de cristal de la oficina y entré casi a toda velocidad, con la respiración agitada. 

Por supuesto, en mi prisa, apenas levanté la vista y seguí caminando. Y entonces, ocurrió.

Me dí de lleno con un hombre que parecía haber aparecido de la nada. Fue un golpe seco, y todo lo que llevaba en las manos; los papeles del informe, la carpeta con documentos, mi bolso, salió volando hacia el suelo en un caos de hojas desparramadas.

—¡Dios! Lo siento mucho —dije de inmediato, moviéndome para levantar todo, sintiendo mis mejillas arder. Lo último que necesitaba era hacer el ridículo.

El hombre, por su parte, se quedó quieto. No se agachó, no dijo nada. Solo me observaba desde su altura, y por alguna razón, su silencio me molestó más que si hubiera dicho algo. ¿No podía al menos ofrecer una disculpa también? 

Mis dedos temblaban un poco mientras juntaba los papeles, aún avergonzada.

Levanté la vista, solo para encontrarme con unos ojos verdes oscuros que me miraban con una expresión seria, distante. No dijo nada.

Me enderecé, con los papeles en las manos y lo miré, esperando algún tipo de respuesta, pero él seguía allí, inmóvil, con las manos en los bolsillos de su pantalón. 

Era alto, con una mandíbula firme y una mirada que parecía evaluar todo a su alrededor. Su expresión era fría, como si el pequeño accidente no hubiera sido más que una distracción sin importancia.

—Oh, ya veo... —dije, con una ceja levantada y el sarcasmo goteando de mi voz mientras terminaba de recoger los últimos papeles. —El señor fuerte y silencioso, ¿eh? Bueno, un "perdón" habría sido suficiente, pero supongo que para algunos es pedir mucho.

Por un segundo pensé que iba a decir algo, pero lo único que hizo fue inclinar la cabeza ligeramente, casi como un gesto de asentimiento, y se giró para seguir su camino.

Me quedé allí, atónita. ¿Eso era todo? ¿Ni una palabra? 

Lo observé alejarse con esa postura segura, como si el mundo entero girara en torno a él. "Qué tipo más raro." No pude evitar sentir una pequeña decepción mientras terminaba de reorganizar mis papeles.

No había tiempo para quedarme pensando en eso. Seguro que solo era otro ejecutivo arrogante que se creía mejor que todos los demás. Tenía cosas más importantes en las que centrarme.

"Bien, Camila", me dije a mí misma, ajustando la mochila y empujando la puerta hacia el interior de la oficina. "Solo un día más, y esto no importará."

Pero mientras caminaba hacia mi escritorio, volvía a pensar en la cara de ese tipo y en cómo había sido como un muro de piedra: sin disculpa, sin palabras. 

"Qué imbécil."

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