Camila
Me desperté de golpe, sobresaltada por el sonido del despertador que llevaba minutos ignorando.
El cansancio me pesaba en los párpados y los músculos me dolían, como si no hubiera dormido en absoluto. Miré el reloj en la mesita de noche y el corazón se me aceleró: las siete y cincuenta.
"¡Mierda!", pensé, mientras saltaba de la cama, casi tropezando con las sábanas enredadas en mis pies.
Los niños llegarían tarde a la escuela, y yo, por supuesto, llegaría tarde al trabajo.
—¡Nathan! ¡Amy! —grité mientras me ponía una camiseta cualquiera y unos pantalones de jean.
No tenía tiempo para nada, excepto para correr. Y ellos tampoco.
Salí del cuarto y corrí al de Nathan. Lo encontré aún en la cama, enredado entre las sábanas como un pequeño bulto.
Los libros de su proyecto de ciencias estaban desparramados por el escritorio, las hojas manchadas de tinta y dibujos torpes que habíamos terminado juntos hasta bien entrada la madrugada. Me acerqué y lo sacudí con suavidad en el hombro.
—Nathan, arriba —le dije con un tono suave, aunque mi urgencia se hacía evidente. —Vamos, llegamos tarde.
—No quiero ir... —murmuró, sin abrir los ojos del todo, y se dio la vuelta para hundirse más en la almohada.
Suspiré, mirándolo con una mezcla de cansancio y ternura. Se había quedado hasta tarde anoche trabajando en su proyecto de ciencias, y sabía que estaba agotado.
Después de la muerte de su madre, hace más de un año, Nathan había perdido algo de confianza. Y yo, su tía de repente convertida en madre sustituta, trataba de llenarle esos vacíos lo mejor que podía.
—Tienes que ir, o todo el esfuerzo que hicimos se va a la basura. Vamos, hoy entregas ese proyecto, ¿recuerdas? —le sonreí, despeinándole un poco el cabello.
Nathan abrió un ojo, me miró unos segundos y asintió, aunque sin muchas ganas. Al menos se incorporó, y eso ya era algo.
Salí de su habitación y caminé hacia la sala, esperando encontrar a Amy lista, pero, claro, tampoco lo estaba.
En lugar de vestirse, estaba en la cocina, parada frente a la sartén, con una expresión concentrada. Un olor quemado ya flotaba en el aire, mezclándose con el aroma de algo que, sospechaba, iban a ser huevos revueltos.
Nathan apareció detrás de mí, arrastrando los pies, y sin dudarlo lanzó el comentario que yo había evitado hacer.
—Eso huele a basurero, Amy —dijo con una risita, tapándose la nariz exageradamente.
Me llevé la mano a la frente, pero no pude evitar sonreír un poco. Amy lo miró de reojo, entre ofendida y frustrada, y movió la sartén tratando de salvar lo que ya estaba perdido.
—Quería preparar algo rápido antes de irnos —dijo, dejándose caer en una silla, dejando la sartén en el fuego con una resignación que me dolió en el alma.
A veces olvidaba que ella también era solo una niña. Sus intentos por ayudar me partían el corazón, sobre todo porque sabía que estaba intentando hacer más de lo que debía, como si también se sintiera responsable de que todo saliera bien en casa.
—Está bien, cariño, no te preocupes —me acerqué a la cocina apagando la hornilla con un giro rápido de la muñeca. —Hoy no hay tiempo para cocinar. Desayunamos algo en el auto, ¿te parece? —le sonreí mientras tomaba un par de barritas de cereal de la despensa y se las ofrecía.
Amy me miró, aún con la expresión de derrota en su rostro, pero aceptó las barritas sin decir nada. Sus ojos me recordaban tanto a los de mi hermana, que un nudo comenzó a formarse en mi garganta.
Me agaché frente a Amy y le di un suave apretón en el hombro, tratando de animarla.
—Hoy será un buen día, ¿de acuerdo? —le dije, tratando de sonar convincente aunque por dentro estaba igual de cansada que ella.
Sabía que, para ellos, yo tenía que mantenerme fuerte, aunque la carga a veces me pesara más de lo que podía admitir.
—Voy a vestirme —murmuró Amy, levantándose de la silla y caminando hacia su habitación, todavía descalza y con el uniforme a medio poner.
—¡Ponte los zapatos también! —grité detrás de ella, ya con un toque de humor en la voz.
Mientras ella desaparecía por el pasillo, Nathan ya se había sentado a la mesa, con su mochila aún abierta y los papeles sobresaliendo de ella. Me acerqué a él y le di un suave empujón en la cabeza con mi mano.
—Y tú también, ¿vale? Zapatos. Y rápido —le dije.
—Ya, ya, tía. —Nathan sonrió, algo más despierto ahora, y agarró su mochila con desgana.
Mientras ellos terminaban de prepararse, yo apoyé las manos en el borde del fregadero, dejando que la frialdad del mármol me diera un poco de claridad. Respiré hondo, cerrando los ojos por un segundo.
"Un día más. Un día más de carreras, de tratar de mantener el equilibrio."
Desde la muerte de mi hermana, todo había cambiado. Mi vida ya no era mía. Ahora era de ellos, de Nathan y Amy. Y aunque daría lo que fuera por mantenerlos a salvo y hacer que todo saliera bien, había días como hoy en los que me preguntaba si lo estaba logrando.
Sacudí la cabeza y volví a enderezarme. No había tiempo para pensamientos pesados.
—¡Nathan, Amy! ¡Vámonos ya! —grité mientras recogía mi bolso y las llaves.
En menos de cinco minutos, los tres estábamos en el auto, casi tropezándonos los unos con los otros para llegar a tiempo.
Me detuve frente a la entrada del colegio y miré por el espejo retrovisor. Amy y Nathan se lanzaron las mochilas al hombro, todavía masticando las barritas de cereal que no habíamos tenido tiempo de terminar en el viaje.
—Se portan bien, ¿si? —les dije, intentando sonar animada, aunque por dentro aún sentía el estrés corriendo por mis venas.
—Lo intentaremos —respondió Nathan con una sonrisa traviesa, abriendo la puerta del auto.
—Eso espero —dijo Amy con un suspiro, siempre más seria, bajando del auto con el uniforme perfectamente puesto.
Los vi caminar hacia la puerta del colegio mientras yo me apresuraba a mirar la hora en el teléfono.
El tráfico estaba lento como siempre, y yo no podía parar de pensar en que otro día más llegaría tarde a la oficina. Apreté las manos sobre el volante, sintiendo la tensión en mis hombros, y traté de respirar hondo.
El auto no parecía avanzar más rápido por mucho que lo deseara. Mi mente seguía corriendo a mil por hora: los pendientes que tenía en el trabajo, los niños, las responsabilidades, las cuentas.
Últimamente todo parecía aplastarme de golpe, como si no hubiera un segundo para mí misma. Apenas podía recordar la última vez que no sentí que estaba corriendo a contrarreloj.
Cuando por fin llegué a la oficina, estacioné como pude y prácticamente salté del auto.
Corrí, ajustándome la cartera al hombro y agarrando los papeles que tenía que entregar esa misma mañana.
Empujé la puerta de cristal de la oficina y entré casi a toda velocidad, con la respiración agitada.
Por supuesto, en mi prisa, apenas levanté la vista y seguí caminando. Y entonces, ocurrió.
Me dí de lleno con un hombre que parecía haber aparecido de la nada. Fue un golpe seco, y todo lo que llevaba en las manos; los papeles del informe, la carpeta con documentos, mi bolso, salió volando hacia el suelo en un caos de hojas desparramadas.
—¡Dios! Lo siento mucho —dije de inmediato, moviéndome para levantar todo, sintiendo mis mejillas arder. Lo último que necesitaba era hacer el ridículo.
El hombre, por su parte, se quedó quieto. No se agachó, no dijo nada. Solo me observaba desde su altura, y por alguna razón, su silencio me molestó más que si hubiera dicho algo. ¿No podía al menos ofrecer una disculpa también?
Mis dedos temblaban un poco mientras juntaba los papeles, aún avergonzada.
Levanté la vista, solo para encontrarme con unos ojos verdes oscuros que me miraban con una expresión seria, distante. No dijo nada.
Me enderecé, con los papeles en las manos y lo miré, esperando algún tipo de respuesta, pero él seguía allí, inmóvil, con las manos en los bolsillos de su pantalón.
Era alto, con una mandíbula firme y una mirada que parecía evaluar todo a su alrededor. Su expresión era fría, como si el pequeño accidente no hubiera sido más que una distracción sin importancia.
—Oh, ya veo... —dije, con una ceja levantada y el sarcasmo goteando de mi voz mientras terminaba de recoger los últimos papeles. —El señor fuerte y silencioso, ¿eh? Bueno, un "perdón" habría sido suficiente, pero supongo que para algunos es pedir mucho.
Por un segundo pensé que iba a decir algo, pero lo único que hizo fue inclinar la cabeza ligeramente, casi como un gesto de asentimiento, y se giró para seguir su camino.
Me quedé allí, atónita. ¿Eso era todo? ¿Ni una palabra?
Lo observé alejarse con esa postura segura, como si el mundo entero girara en torno a él. "Qué tipo más raro." No pude evitar sentir una pequeña decepción mientras terminaba de reorganizar mis papeles.
No había tiempo para quedarme pensando en eso. Seguro que solo era otro ejecutivo arrogante que se creía mejor que todos los demás. Tenía cosas más importantes en las que centrarme.
"Bien, Camila", me dije a mí misma, ajustando la mochila y empujando la puerta hacia el interior de la oficina. "Solo un día más, y esto no importará."
Pero mientras caminaba hacia mi escritorio, volvía a pensar en la cara de ese tipo y en cómo había sido como un muro de piedra: sin disculpa, sin palabras.
"Qué imbécil."
Joaquín Caminaba por el edificio con la mente en piloto automático. Después de más de 12 horas de vuelo y apenas un par de horas de sueño, mis pies me guiaban más por costumbre que por voluntad. Mi objetivo: llegar a la oficina de Felipe, discutir los problemas de la sucursal y empezar a ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo aquí. Claro, no había necesidad de hacer un escándalo. Solo quería pasar desapercibido por ahora, observar, entender qué estaba fallando antes de tomar cartas en el asunto.Me dirigí hacia el pasillo cuando, de repente, todo cambió en un segundo.Me golpeé con alguien de lleno. Sentí el impacto primero en el pecho, como un choque que me sacó de mi ensimismamiento. Los papeles volaron, hojas desparramadas por el suelo como una explosión de caos. Miré hacia abajo, a la persona contra la que había chocado. Una chica, agachada ya, recogiendo lo que había soltado.—¡Dios! Lo siento mucho —dijo rápidamente, su voz era suave pero nerviosa. Se inclinó pa
Camila Estaba sentada en mi escritorio, fingiendo estar concentrada en los papeles frente a mí, pero la verdad es que no podía dejar de pensar en lo que había pasado esa mañana. Aún podía sentir el ligero cosquilleo de haberme topado con Joaquín, el nuevo pasante que Felipe había presentado con tanto entusiasmo. Algo en su mirada fría y en la manera en que me había ignorado desde el principio me irritaba, pero al mismo tiempo, no podía sacarlo de mi cabeza. Era raro, y me incomodaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.Suspiré, moviéndome en la silla para intentar enfocarme en lo que realmente tenía que hacer. Pero justo en ese momento, escuché la risa inconfundible de Felipe en el fondo del área común. "Otra vez...", pensé, con una mezcla de cariño y cansancio. Felipe era ese tipo de jefe al que podías odiar y querer al mismo tiempo, siempre echando relajo, pero también con una intuición que pocas veces fallaba.Me giré un poco para verlo hablando con Ramiro, y ya se me emp
Joaquín Entré en la oficina de Felipe con los papeles aún en la mano y la sangre hirviendo. No sabía si era por las malditas copias que me había pedido Camila, o por cómo todos en la oficina parecían tomarme por un idiota. Pero lo que sí sabía es que no podía aguantar más. Apenas crucé la puerta, la cerré de golpe, y sentí cómo el ruido reverberaba por la habitación.Él estaba tan tranquilo como si el mundo a su alrededor no existiera. Estaba sentado en su silla, con los pies cruzados sobre el escritorio y una sonrisa ligera en los labios, mirando su teléfono, totalmente ajeno al hecho de que yo estaba a punto de explotar.—¡¿En qué demonios estabas pensando?! —le grité, lanzando los papeles sobre su escritorio. —¡Soy el CEO de esta empresa, no un maldito pasante!Felipe ni siquiera se inmutó. Ni un parpadeo. Bajó el teléfono lentamente y me miró con esa calma que siempre parecía sacarme de quicio, como si lo que acababa de decir no le importara en lo más mínimo.—Relájate, Joaquín
CamilaEstaba guardando mis cosas en el bolso, lista para salir de la oficina lo más rápido posible.El día había sido largo, entre el trabajo y ese pasante, Joaquín, que seguía rondando por mi cabeza más de lo que quería admitir. Pero no tenía tiempo para pensar en eso.Amy y Nathan me esperaban en casa, y después del desastre del desayuno, al menos quería arreglarles la cena.Justo cuando estaba a punto de salir, sentí una presencia incómoda detrás de mí; Ramiro. Mi estómago se revolvió automáticamente.Me giré, encontrándolo con su típica sonrisa de medio lado, esa que siempre me daba escalofríos. El tipo no conocía los límites, y yo ya estaba cansada de sus constantes insinuaciones.—Camila —dijo, su voz impregnada de esa falsa amabilidad que usaba cuando quería algo, —vamos a tomarnos unos tragos con los muchachos. ¿Por qué no te unes? Te haría bien relajarte un poco.Lo miré, negando con la cabeza casi de inmediato. Ni en sueños. La idea de compartir una mesa con Ramiro, de tene
JoaquínMe desperté temprano en el nuevo apartamento.El espacio aún se sentía ajeno, con sus paredes vacías y los muebles fríos, como si todo lo que había traído conmigo no fuera suficiente para llenar el vacío que sentía.Miré el reloj y me obligué a levantarme de la cama. La noche anterior había sido un verdadero desastre.Felipe me había convencido de salir a tomar algo con los empleados, asegurándome que sería una buena oportunidad para “conocer a la gente.""Relájate un poco, Joaquín, vístete más casual", me había dicho.Y lo hice.Me puse algo menos formal, una camisa y jeans, nada que gritara "CEO". Me sentía fuera de lugar en mi propia ropa, pero intenté seguirle el juego.Sin embargo, nada salió como esperaba.Ramiro no paraba de coquetear con las compañeras, lanzando sus comentarios asquerosos sin ninguna vergüenza, y lo peor era que varias de ellas parecían estar acostumbradas a esa actitud, riéndose como si fuera normal.Me incomodaba.Y para colmo, algunas de ellas tambi
JoaquínMe levanté temprano, mucho antes de que el sol saliera, y caminé hacia la oficina con una sola cosa en mente: descubrir quién estaba saboteando a la empresa desde dentro.El día anterior había sido un desastre, con Felipe riéndose en mi cara cuando le mencioné que varios empleados llegaban tarde y otros parecían más interesados en charlar que en trabajar."Esa es tu misión, pasante, descubre al traidor", me había dicho, con esa sonrisa molesta que me dejaba con ganas de golpear la mesa cada vez que hablaba con él.Y así, había decidido tomarme el asunto en serio.Muy en serio.Entré a la oficina a las 7:30 en punto, antes que nadie, y me acomodé en un escondite improvisado.Pero ese día, no iba a ser un simple pasante.Ese día era un espía encubierto.Sacudí el polvo de una vieja libreta que había encontrado en el cajón y un bolígrafo que había robado del escritorio de Ramiro (por alguna razón, me daba satisfacción haberle robado algo, aunque fuera una tontería).Hoy comenzaba
Joaquín11:30 am.El equipo de ventas estaba reunido en una esquina de la oficina, hablando en susurros.Eso, por supuesto, me puso en alerta inmediata. Me incliné sobre mi escritorio, apuntando mi oreja en su dirección, tratando de captar algo.—...y entonces, le dije que no podía hacer eso, que el jefe lo notaría… —susurró uno de ellos.¡El jefe lo notaría! Eso sonaba como algo sospechoso. Estaban ocultando algo, definitivamente.Anoté en la libreta:Equipo de ventas - conspiración. Hablan en códigos. Posible alianza para el sabotaje.Mientras seguía escribiendo, Ramiro pasó por mi lado con su habitual arrogancia. Se inclinó hacia mí y susurró:—Espero que estés tomando notas importantes, pasante.Ramiro siempre tenía que dejar su comentario. Le devolví una sonrisa falsa, pero en mi mente lo anoté también.Ramiro - potencial instigador. Cree que todo es una broma. El traidor actúa con despreocupación.12:00 pm.Se acercaba la hora del almuerzo. Observé cómo los empleados se levantab
JoaquínHabía pasado semanas siguiendo a mis empleados hasta que puse el ojo en Laura.Al principio, parecía la candidata perfecta para mi "investigación".Siempre distraída, con la cabeza en otro mundo. No importaba si estábamos en plena reunión o si había algo importante que hacer,Ella siempre parecía más interesada en su teléfono que en cualquier otra cosa. Así que la había puesto en la lista de sospechosos casi sin pensarlo.Hoy la observaba desde mi escritorio, los ojos atentos a cada uno de sus movimientos, aunque, francamente, no hacía nada que pareciera remotamente interesante.Estaba en su escritorio, con los ojos fijos en el móvil como siempre. Cada tanto, soltaba una risita baja, y su dedo índice se deslizaba por la pantalla de arriba a abajo. Redes sociales, probablemente.Abrí la libreta en mi regazo, tratando de no ser obvio mientras anotaba.Laura: distraída. Risas sospechosas. Puede estar pasando información... o viendo memes.Me recosté en mi silla, sin saber si reír