Hellen estaba de pie frente a la enorme mansión de su actual esposo. Había firmado el acta de matrimonio esa misma mañana.
Ingresó al lugar con paso firme, su andar elegante reflejaba la seguridad que siempre la había caracterizado. Su cabellera negra, que caía hasta su cintura, brillaba bajo la luz, y sus ojos verdes, tan intensos como dos esmeraldas, se pasearon con curiosidad por la sala de estar. Era una mansión impresionante, digna de una mujer como ella. Sin embargo, su expresión se tensó al notar que no había rastro de Nicolás. ¿Acaso había olvidado que ella llegaría esa tarde? —Señora, soy el mayordomo. Lamento informarle que el señor Lancaster no vendrá esta noche. Tiene mucho trabajo. Por favor, sígame, le mostraré su habitación. Hellen frunció el ceño. ¿Cómo era posible que su esposo la ignorara el mismo día de su boda? Aquello era inadmisible. —¿Dónde está mi esposo? —preguntó con evidente molestia. Había crecido acostumbrada a ser el centro de atención. Era una mujer hermosa y siempre había tenido a muchos hombres a sus pies. No entendía cómo Nicolás Lancaster, su flamante esposo, se atrevía a ignorarla de esa manera. —No lo sé, señora —respondió el mayordomo, evitando su mirada. Fidel sabía la verdad: su jefe no quería estar cerca de Hellen, y mucho menos conocerla. Sin embargo, decirlo sería una imprudencia. Hellen lo siguió en silencio mientras subían las escaleras. El hombre se detuvo frente a una puerta blanca, colocó la llave en la cerradura y la giró con cuidado. La habitación era amplia y lujosa, pero algo llamó de inmediato su atención. El enorme armario estaba completamente vacío. —¿Dónde está la ropa de mi esposo? —exigió saber, visiblemente molesta—. Se supone que vamos a vivir como una pareja —El señor Lancaster aún no ha podido mudarse, pero lo hará eventualmente, señora. No se preocupe. Esa respuesta no la convenció. ¿Por qué Nicolás no se había mudado ya? ¿Acaso no estaba interesado en esta nueva etapa de sus vidas? La incertidumbre creció en su pecho. Hellen había tomado la decisión de casarse con Nicolás de manera impulsiva. Su exnovio la había dejado por otra mujer días antes de su boda, y, como una especie de venganza, había aceptado casarse con el poderoso empresario. —No es necesario que diga nada más. Organice todo esto, por favor —ordenó, cortante. El mayordomo obedeció sin protestar. En cuanto quedó sola, Hellen buscó información sobre la empresa de su esposo. En cuestión de minutos, obtuvo la dirección de la oficina y salió de la mansión, decidida a confrontarlo. Nadie, y mucho menos su esposo, iba a ignorarla. 🌼🌼🌼🌼🌼 Nicolás estaba sentado en el sofá con un vaso de whisky en la mano. Aquella noche no pensaba poner un pie en la mansión. Julio, su asistente, organizaba unos documentos en silencio. Llevaba cuatro años trabajando con él y conocía sus rutinas, pero esa noche Nicolás parecía más distante de lo habitual. El sonido del teléfono interrumpió el silencio. Julio, al notar que su jefe no se molestaba en responder, se apresuró a contestar. —Oficina del señor Lancaster, ¿con quién tengo el gusto? —Soy la señora Lancaster. Necesito hablar con mi esposo, es urgente. Julio sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras. Disimuló su incomodidad lo mejor que pudo. —Un momento, señora Lancaster, verificaré si está en su oficina —dijo con calma, cubriendo el auricular con una mano. Miró a Nicolás, quien negó con la cabeza, dejando claro que no quería hablar con Hellen. —Lo lamento, señora Lancaster, pero el señor no se encuentra disponible en este momento. Puede intentar más tarde. —Cuando regrese, infórmele que lo estoy esperando en la mansión —respondió ella, con un tono cargado de indignación, antes de colgar. Julio dejó el teléfono sobre el escritorio y miró a su jefe. —Te está esperando en la mansión —comentó con tono seco—. Se escuchaba molesta, como cualquier mujer que es ignorada por su esposo el día de su boda. El sarcasmo en su voz no pasó desapercibido. Julio estaba dolido, aunque trataba de ocultarlo. No era solo el matrimonio; lo que más le dolía era que Nicolás se negara a hacer pública su relación. Llevaban tres años juntos, siempre a escondidas. Nicolás se levantó y se acercó a él, rodeándolo con los brazos. Sin embargo, Julio lo apartó bruscamente. —¿Estás molesto? —preguntó Nicolás, sorprendido por su reacción. —¿Hasta cuándo piensas hablar con tus padres? —respondió Julio, sin mirarlo. Nicolás no dijo nada. Su silencio fue suficiente para herir aún más a Julio, quien tomó sus cosas y salió de la oficina sin decir una palabra más.Hellen ingresó caminando de manera elegante, su belleza capturó la atención de los presentes; nunca pasaba desapercibida, y ella lo sabía.La recepcionista la miró de pies a cabeza con algo de envidia. No podía permitir que una mujer como esa estuviera en las instalaciones, podía llamar la atención del jefe.La joven se acercó, visiblemente molesta, mientras miraba su celular constantemente.—¡Buenas! ¿Me indica dónde se encuentra la oficina del señor Lancaster, por favor?Dina la observó con desprecio, frunciendo los labios y soltando un suspiro de fastidio.—¿Señorita, tiene una cita? —preguntó con frialdad.—No, pero necesito hablar con el señor Lancaster. Es de suma importancia.—Y yo soy la reina de España —respondió Dina con sarcasmo—. Si no tiene una cita, será mejor que se marche.Hellen la miró con irritación. No era necesario que la trataran de esa manera, y ella no iba a permitirlo.Continuó avanzando, ignorando los gritos de la mujer. Esa estúpida no sabía con quié
Hellen se encontraba furiosa. Estaba segura de que su esposo había escuchado cuando gritó su nombre y simplemente la había ignorado.¿Acaso pensaba ignorarla durante todo el matrimonio? Ella había aceptado casarse por despecho, no por amor. Quizás se había apresurado.Caminaba de un lado al otro en la mansión. Había amanecido en el sofá, con varias botellas de alcohol a su lado.Sentía un dolor punzante en la cabeza. Escuchó pasos acercándose, levantó la mirada y observó a Cecilia. La mujer se acercó rápidamente, parecía preocupada.—¿Estás bien, Hellen?Hellen trataba de recordar lo que había sucedido después de empezar a beber, pero su mente estaba en blanco.—Lo estoy —murmuró, llevándose las manos a la cabeza.—Anoche me llamaste, estabas llorando. ¡Y ahora me dices que nada sucedió!Hellen no recordaba haber llamado a su mejor amiga. Quizás, en el calor de las copas, había cometido una locura.—¿Qué fue lo que dije? —preguntó, apenada, mientras se frotaba la frente.Ceci
Las palabras de Hellen fueron como un balde de agua fría para Nicolás. No podía negar que la mujer frente a él lo había tomado por sorpresa. Sus ojos se clavaron en ella, intentando descifrar quién era realmente. Entonces, esa era la descarada que había aceptado casarse con él por dinero. ¿Cuánto le habría ofrecido su padre para que aceptara un matrimonio sin amor?—¡Esposa! —repitió con un tono cargado de sarcasmo, haciendo énfasis en la palabra—. Ese título te queda demasiado grande, ¿no lo crees?Hellen no se dejó intimidar por su actitud.—Bueno, eso es lo que dice nuestra acta de matrimonio. Para bien o para mal, estamos casados, y hay cosas que necesitamos aclarar.Nicolás bufó con desdén. Su paciencia estaba al límite; no tenía interés en hablar con ella.—¿De verdad crees que un maldito papel me hará cambiar de opinión? —dijo con frialdad—. Si piensas que con esto me tendrás comiendo de tu mano, estás equivocada. Quítate de mi camino o lo lamentarás.Hellen sintió cómo la
Nicolás estaba molesto, pero también sorprendido. Esa mujer tenía agallas para enfrentarlo y, peor aún, había arruinado su noche por completo.Subió al auto con una expresión sombría. El chófer comenzó a conducir lentamente mientras Nicolás se llevaba las manos a la barbilla. No podía negar que Hellen era hermosa, y esos ojos tan llamativos que tenía... Sacudió la cabeza rápidamente. No, no debía pensar en ella de esa forma. Él amaba a Julio y no tenía espacio para nadie más en su vida.Sacó su celular y marcó el número de Julio. Necesitaba escuchar su voz, asegurarse de que estuviera bien después de lo ocurrido. El tono sonó un par de veces, pero no hubo respuesta. "Sigue molesto, y no lo culpo", pensó Nicolás con frustración. Algunas cosas eran mejor mantenerlas en secreto para evitar lastimar a los demás.—Señor, aquí están los documentos que me solicitó.Emanuel, su chófer, le entregó una carpeta. Nicolás la tomó sin pensarlo mucho y abrió el contenido. Era una copia de su acta
Hellen estaba tendida en su cama, completamente dormida. El mayordomo ingresó a la habitación; todo estaba desordenado.Definitivamente, su noche no había sido la mejor; lo intuyó por el estado en que había llegado la joven. Murmuraba incoherencias y ni siquiera se podía mantener en pie.—Señora Lancaster —la llamó por su nombre—, despierte, por favor.La joven ni siquiera se movió. Esto iba a ser realmente complicado; debía hacer de niñero de esa mocosa.—Señora Lancaster, despierte, despierte.Hellen se removió incómoda, parpadeó un par de veces. La luz lastimaba sus ojos. Observó a Fidel frente a ella y frunció los labios, molesta.—Puedes dejarme tranquila, tengo sueño.Se cubrió nuevamente con la sábana; no estaba dispuesta a abandonar la cama. Era muy temprano para su gusto.—Su suegro está en la planta baja. Desea hablar con usted.La joven saltó prácticamente de la cama. Eso no podía ser posible. Sentía un dolor agudo en la cabeza; había bebido en exceso para olvidar s
—Señor Renaldi, el joven Lancaster está aquí, quiere platicar con usted —habló la secretaria, interrumpiendo en la oficina del jefe.Marcel puso mala cara al escuchar las palabras de su secretaria. Nicolás era un completo imbécil, se creía el dueño de la ciudad, además de ser su mayor enemigo.—No me interesa hablar con ese imbécil. Dile que estoy en una reunión importante, no tengo tiempo que perder.La secretaria se giró, observó al joven de pie en la puerta, bajó la cabeza y se retiró rápidamente. No era tan tonta como para quedarse esperando una regañada.—Al parecer no soy bienvenido en este lugar. Solo vine por negocios, no porque me interese ver su rostro, Marcel.El hombre levantó la mirada de los documentos y frunció los labios. Su familia no tenía ningún tipo de negocios con la familia Lancaster, así que no entendía de qué hablaba ese imbécil.—Nosotros no tenemos ningún tipo de negocios —habló con sarcasmo—, así que no me vengas con esas tonterías, Michael.—Bueno, cr
Hellen estaba de pie frente al lujoso edificio donde Nicolás vivía, con la determinación grabada en cada línea de su rostro. La rabia que sentía no era solo por las humillaciones acumuladas, sino por el desplante que le había hecho frente a todos en la fiesta. Había soportado demasiado, y esta vez no se iría sin dejar las cosas claras.Entró al vestíbulo con pasos firmes, los tacones resonando contra el mármol. El guardia, un hombre robusto que parecía más acostumbrado a detener paparazzi que a esposas furiosas, la observó con recelo.—¿A quién busca, señora?—A mi esposo, Nicolás Lancaster —respondió Hellen con voz firme, alzando el mentón.El guardia frunció el ceño, desconcertado, pero no quiso meterse en problemas.—Adelante, señora.Hellen no perdió tiempo y se dirigió directamente al departamento. Cuando llegó, abrió la puerta sin dudar.En la sala de estar, un joven estaba tecleando en su computadora portátil. Vestía una camisa blanca impecable, y sus lentes le daban un a
Nicolás caminaba de un lado a otro en la sala de espera, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión de pura irritación en el rostro. Julio, en cambio, permanecía sentado, fingiendo total tranquilidad, observando el espectáculo con una mezcla de aburrimiento, diversión y molestia.—¿Puedes sentarte? Me estás mareando —murmuró Julio, sin siquiera mirarlo.Nicolás no respondió. Estaba demasiado ocupado, reprimiendo la mezcla de emociones que lo asaltaban. Por un lado, sentía una preocupación genuina por Hellen, aunque no quería admitirlo. Por el contrario, estaba furioso consigo mismo por permitir que la situación se saliera de control.—No entiendo por qué estás tan inquieto —añadió Julio con una ceja arqueada—. Cualquiera pensaría que estás enamorado de tu esposa.—Cállate, Julio —gruñó Nicolás, deteniéndose frente a la ventana —. Sabes que no es así.—Solo digo lo que veo, pareces muy preocupado. Aunque... —Julio lo miró de reojo—. También entiendo si estás preocupado