—Señor Renaldi, el joven Lancaster está aquí, quiere platicar con usted —habló la secretaria, interrumpiendo en la oficina del jefe.Marcel puso mala cara al escuchar las palabras de su secretaria. Nicolás era un completo imbécil, se creía el dueño de la ciudad, además de ser su mayor enemigo.—No me interesa hablar con ese imbécil. Dile que estoy en una reunión importante, no tengo tiempo que perder.La secretaria se giró, observó al joven de pie en la puerta, bajó la cabeza y se retiró rápidamente. No era tan tonta como para quedarse esperando una regañada.—Al parecer no soy bienvenido en este lugar. Solo vine por negocios, no porque me interese ver su rostro, Marcel.El hombre levantó la mirada de los documentos y frunció los labios. Su familia no tenía ningún tipo de negocios con la familia Lancaster, así que no entendía de qué hablaba ese imbécil.—Nosotros no tenemos ningún tipo de negocios —habló con sarcasmo—, así que no me vengas con esas tonterías, Michael.—Bueno, cr
Hellen estaba de pie frente al lujoso edificio donde Nicolás vivía, con la determinación grabada en cada línea de su rostro. La rabia que sentía no era solo por las humillaciones acumuladas, sino por el desplante que le había hecho frente a todos en la fiesta. Había soportado demasiado, y esta vez no se iría sin dejar las cosas claras.Entró al vestíbulo con pasos firmes, los tacones resonando contra el mármol. El guardia, un hombre robusto que parecía más acostumbrado a detener paparazzi que a esposas furiosas, la observó con recelo.—¿A quién busca, señora?—A mi esposo, Nicolás Lancaster —respondió Hellen con voz firme, alzando el mentón.El guardia frunció el ceño, desconcertado, pero no quiso meterse en problemas.—Adelante, señora.Hellen no perdió tiempo y se dirigió directamente al departamento. Cuando llegó, abrió la puerta sin dudar.En la sala de estar, un joven estaba tecleando en su computadora portátil. Vestía una camisa blanca impecable, y sus lentes le daban un a
Nicolás caminaba de un lado a otro en la sala de espera, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión de pura irritación en el rostro. Julio, en cambio, permanecía sentado, fingiendo total tranquilidad, observando el espectáculo con una mezcla de aburrimiento, diversión y molestia.—¿Puedes sentarte? Me estás mareando —murmuró Julio, sin siquiera mirarlo.Nicolás no respondió. Estaba demasiado ocupado, reprimiendo la mezcla de emociones que lo asaltaban. Por un lado, sentía una preocupación genuina por Hellen, aunque no quería admitirlo. Por el contrario, estaba furioso consigo mismo por permitir que la situación se saliera de control.—No entiendo por qué estás tan inquieto —añadió Julio con una ceja arqueada—. Cualquiera pensaría que estás enamorado de tu esposa.—Cállate, Julio —gruñó Nicolás, deteniéndose frente a la ventana —. Sabes que no es así.—Solo digo lo que veo, pareces muy preocupado. Aunque... —Julio lo miró de reojo—. También entiendo si estás preocupado
Julio observó cómo Nicolás desaparecía al cruzar la puerta de la habitación de Hellen. Su expresión, que había sido serena hasta ese momento, se endureció. Por más que intentara disimularlo, su corazón se contrajo de dolor al verlo dirigirse hacia su esposa, esa mujer que ocupaba un lugar que, en el fondo, él deseaba para sí mismo. Colocó las manos en los bolsillos, tratando de ocultar su frustración, y sin decir una palabra más, se dio la vuelta y abandonó el hospital.Mientras tanto, Nicolás avanzaba lentamente hacia la camilla donde Hellen descansaba. La habitación estaba en silencio, y la única iluminación provenía de una tenue lámpara en la pared. Se detuvo al pie de la cama, observándola por primera vez con verdadera atención.Hellen estaba pálida, pero incluso así, su belleza era innegable. Su piel parecía de porcelana, perfecta y suave, y sus labios rojos resaltaban como si fueran pétalos de cereza. Había algo hipnótico en su delicada figura, algo que Nicolás no había notado
Julio estaba sentado frente a su ordenador, pero la pantalla brillaba en vano. Sus pensamientos lo arrastraban lejos de cualquier tarea pendiente. El cursor parpadeaba, un reflejo irónico de la impaciencia que latía en su pecho. La duda y los celos se apoderaban de él como una sombra persistente, carcomiéndolo por dentro. Con un suspiro frustrado, se levantó bruscamente de la silla, empujándola hacia atrás sin cuidado. Cruzó la habitación hasta la alacena y sacó la botella más fuerte que tenía, un whisky añejo que había reservado para ocasiones especiales. Quizá esta no era una ocasión especial, pero el ardor del alcohol en su garganta era lo único que podía apagar, aunque fuera momentáneamente, la rabia y la incertidumbre que lo consumían. Sirvió un trago generoso y lo bebió de un solo golpe, sintiendo el calor recorrerle el pecho. Cerró los ojos, intentando calmar la tormenta interna. Solo imaginar a Nicolás junto a Hellen, en ese hospital, cuidándola, tocándola… le provocaba una
Hellen abrió los ojos con dificultad. Su cuerpo dolía, pero el dolor físico no era nada comparado con la rabia que hervía en su interior al ver a Marcel de pie frente a ella. Su sola presencia la enfermaba. Sus recuerdos aún eran nítidos: las promesas vacías, las mentiras, la traición. Su mirada se tornó gélida, dura como una daga afilada. Marcel, que al principio se mantenía firme, dio un paso atrás, sintiendo el peso del desprecio en los ojos de Hellen. —Lárgate con tu mujer, no necesito que estés aquí —su voz salió cargada de veneno. Marcel vaciló un instante. —Solo quería saber que estabas bien. Hellen dejó escapar una risa amarga. —¿Desde cuándo te importa? Déjame tranquila y vete. No tolero verte, eres una maldita escoria. El rostro de Marcel se ensombreció. —Estoy intentando ser bueno. Sé que no amas al idiota de tu esposo. Te casaste por capricho. La furia en los ojos de Hellen se intensificó, pero antes de que pudiera responder, la puerta de la habita
El día de la alta de Hellen llegó más rápido de lo esperado. Aunque su cuerpo aún estaba adolorido, ella solo quería salir de ese hospital. Necesitaba alejarse de las miradas de preocupación, del constante recordatorio de lo que había pasado. Nicolás la esperaba en la puerta del hospital, con el auto listo para llevarla de regreso a la mansión. No dijo nada cuando ella subió al vehículo. Sabía que cualquier palabra solo la haría enojar aún más.Mientras conducía, su mirada se desviaba cada tanto hacia Hellen. Su expresión era dura, su mirada perdida en la ventana. Pero lo que realmente le dolió fue ver los moretones en su piel. Esas marcas no solo la lastimaban a ella, sino también a él.Sentía una culpa inexplicable. No porque fuera responsable directo de lo que le había ocurrido, sino porque, de alguna manera, la había arrastrado al peligro. Quiso decir algo, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Sabía que cualquier cosa que dijera solo la enfadaría más. Ni siquiera
Julio tamborileaba los dedos sobre el escritorio mientras observaba la pantalla de su computadora. Su ceño estaba fruncido, y sus labios, apretados en una línea tensa. Había pasado toda la mañana revisando informes sin poder concentrarse del todo. Sus pensamientos estaban enredados en la imagen que había visto temprano en las redes sociales. “La esposa del señor Lancaster, la misteriosa mujer, es Hellen Fisher. ”El video mostraba claramente a la joven subiendo al auto de Nicolás, saliendo del hospital con él. La noticia ya se había esparcido como pólvora, y las redes sociales no dejaban de hablar del matrimonio sorpresa del poderoso empresario. Julio apretó los dientes, sintiendo cómo la frustración se extendía por su cuerpo.—Maldición… —susurró con enojo, cerrando la computadora de golpe.Antes de la llegada de esa mujer, su relación con Nicolás marchaba bien. No perfecta, pero lo suficientemente estable. Ahora todo parecía estar derrumbándose, y él no estaba dispuesto a tolera