274JulietaMis ojos se abrieron de golpe cuando escuché la voz del guardia.—Señora... lo encontraron —alguien gritó sin aliento.Me levanté de inmediato, sin pensar, con el cabello hecho un desastre y el corazón latiendo como loco.—Vamos, vamos —dije mientras me ponía las zapatillas a toda prisa—. ¡Llévame a donde está!El guardia me miró nervioso, pero negó con la cabeza.—No, primero debe bañarse y arreglarse —ordenó con un tono que intentaba ser firme.Le lancé una mirada furiosa, una que, en cualquier otra ocasión, habría hecho retroceder a cualquiera. Y este hombre no fue la excepción. Dio dos pasos hacia atrás con las manos en alto como si se estuviera rindiendo.—Quiero... —intenté refutar.—El jefe Marcelo lo ordenó, señora. Yo no. Solo soy un mensajero —dijo un poco asustado.Sin esperar mi respuesta, se dio la vuelta rápidamente y desapareció por el pasillo.Bufé frustrada, pero cuando vi mi reflejo en el espejo, entendí el porqué de la insistencia. Mi cabello
275JulietaEl camino parecía eterno. Cada segundo que pasaba sentía cómo mi corazón golpeaba con más fuerza contra mi pecho. Las manos me sudaban, y aunque intentaba distraerme mirando el paisaje que se abría paso entre los árboles, mis pensamientos estaban completamente enfocados en él: Maximiliano.La camioneta se detuvo de repente. Me enderecé en el asiento y miré al conductor con ansiedad.—Hemos llegado, señora —se gira para verme.Mi respiración se aceleró. Salí del vehículo antes de que alguien pudiera abrirme la puerta. Mis piernas estaban temblando, pero no me importó. Frente a mí había una cabaña, pequeña pero acogedora, rodeada de un claro con algunos árboles altos que parecían resguardar el lugar.—¿Está aquí? —pregunté con un hilo de voz.El conductor asintió, pero no dijo nada más. Yo comencé a caminar hacia la entrada, mis pasos eran torpes, apresurados, pero cada uno me acercaba más a lo que llevaba meses esperando.Abrí la puerta lentamente, y lo primero que n
276Sebastián llegó al lugar con el ceño fruncido, y su ira aumentó al ver el desastre frente a él. La casa, que debía ser un escondite seguro, estaba envuelta en llamas, y los cuerpos de sus hombres yacían alrededor, sin vida.—¡Maldita sea! —rugió, su voz resonando en la noche. Sus puños se apretaron con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.Sus subordinados, conscientes de su temperamento, retrocedieron un paso instintivamente, lo que solo avivó aún más su furia.—¡¿Qué demonios pasó aquí?! —espetó, mirando al más cercano con ojos que parecían capaces de quemar igual que el fuego que consumía la casa.El hombre, nervioso, se aclaró la garganta antes de hablar.—S-señor… no sabemos cómo lograron dar con él —explicó con torpeza, las palabras saliendo a trompicones.—¡No saben! —repitió Sebastián, burlón y furioso a la vez—. ¡Eso es todo lo que tienen para decirme!Su subordinado inclinó la cabeza, tratando de evitar el contacto visual, mientras Sebastián daba un paso más
277Marcelo estaba sentado en la elegante oficina, rodeado de un lujo que contrastaba con la oscuridad de sus intenciones. En sus manos sostenía un encendedor, girándolo entre los dedos como si fuera un juguete. Su mirada estaba fija en las proyecciones financieras de una de las empresas de Sebastián, el hombre que había osado desafiarlo. Todo había sido calculado al detalle, desde las fallas en el sistema hasta los rumores que habían provocado caos entre los trabajadores. Ahora, solo quedaba ejecutar el golpe final.Mateo entró en la oficina con su habitual compostura, aunque sus ojos reflejaban la intensidad del momento. —Señor, la situación en la empresa está al borde del colapso. Los trabajadores están inquietos, pero aún no han evacuado. ¿Qué hacemos ahora? —pregunta esperando atentamente las instrucciones.Una sonrisa siniestra en los labios de Marcelo.—Ejecuta la siguiente parte del plan —dijo sin remordimiento.En otra parte de la ciudad, Dimitri escuchaba atento dentr
278Julieta intentó recuperar la compostura, aún sentada en la cama con el rostro encendido de vergüenza. Se envolvió la manta que Max le había pasado alrededor del cuerpo, mirándolo con una mezcla de reproche y timidez.—¿De qué te ríes? Esto no es gracioso. —Su voz era suave, pero cargada de frustración.Max se inclinó hacia ella, apoyando los codos sobre sus rodillas, todavía sonriendo con ese aire desenfadado que a veces la sacaba de quicio y, al mismo tiempo, la desarmaba por completo. —Es gracioso porque estás hermosa incluso cuando estás enfadada.Ella lo miró con incredulidad y un toque de indignación. —¡Maximiliano! ¡Marcelo nos vio! ¿Sabes lo incómodo que va a ser para mí ahora? —Julieta estaba abochornada.Él se acercó un poco más, colocando una mano en su mejilla con cuidado, como si temiera que pudiera escapar. —Julieta, Marcelo no importa. Nadie importa, excepto tú y yo. —Sus palabras eran firmes, y su mirada intensa parecía perforarla.Julieta sintió cómo
279Julieta salió al porche con pasos firmes, su vestido perfectamente ajustado, el cabello peinado con elegancia y el porte de quien siempre está lista para enfrentar cualquier desafío. Marcelo, que la esperaba con una mezcla de respeto y tensión, apartó la mirada al verla. A pesar de no querer interrumpir el momento que había presenciado entre ella y Maximiliano, el deber lo obligaba a hablar.—¿Qué sucede? —preguntó Julieta, su mirada fija en Marcelo. Su tono era directo, ya que sabía que él no correría hacia ella si no fuera algo serio—. Vienes corriendo, así que supongo que pasó algo grave.Marcelo asintió, sin preámbulos. —Quemaron una de las fábricas. Los bomberos y los trabajadores están intentando apagar el fuego, pero es una de nuestras empresas más importantes.Julieta frunció el ceño, procesando la noticia con rapidez. —¿De cuánto es la pérdida?—Más de 60 millones de dólares solo en materia prima —respondió Marcelo, su voz firme, aunque su preocupación era evide
280El frío del hospital se colaba por cada rincón de los pasillos desolados, el eco de los pasos resonaba con un ritmo constante, interrumpido ocasionalmente por el suave zumbido de las luces fluorescentes. Era tarde, y el silencio parecía intensificar el aire pesado del lugar. Una mujer, vestida con el uniforme característico del personal, caminaba con seguridad. Sus ojos inquietos escaneaban cada rincón, cada figura, en busca de algo —o alguien.Se detuvo frente a una habitación y empujó la puerta con firmeza, pero sin apresurarse. Allí estaba ella, Brigitte Hawks.—Al fin te tengo en mis manos… —murmuró, mientras se quitaba el tapabocas que cubría parte de su rostro, revelando unos labios curvados en una sonrisa que desprendía un aura de superioridad. Sus ojos, fríos y calculadores, brillaban con una intensidad inquietante.Siempre tan imponente y altiva, miró a Brigitte por encima del hombro, como si todavía quisiera ejercer control sobre la situación.—Y mírate ahora… —soltó una
281Liliane creía haber ejecutado su plan a la perfección, convencida de que Brigitte Hawks estaba muerta y que su problema había desaparecido. Sin embargo, en la fría y silenciosa habitación del hospital, algo inesperado ocurrió.El cuerpo de Brigitte, que yacía inerte en la cama, de pronto dio un profundo respiro, tan fuerte que rompió el silencio de la estancia. Su pecho se alzó violentamente, y su cuerpo reaccionó de manera involuntaria, sentándose de golpe por puro reflejo. La brusquedad del movimiento hizo que su cuerpo perdiera el equilibrio y cayera pesadamente al suelo, tumbando varias cosas a su paso.El estruendo llamó la atención del guardia que estaba apostado en la puerta. Al principio, pensó que era algún ruido externo, pero cuando se dio cuenta de que provenía de la habitación, abrió la puerta con rapidez. La escena frente a él era un caos: las máquinas estaban apagadas, los cables desconectados, y Brigitte estaba tendida en el suelo, inmóvil.—¡Auxilio! —gritó con fue