Vittorio tomó a Cristian del brazo y lo guió a través de la multitud que aún murmuraba sobre la pelea. Algunos lo miraban con respeto, otros con cautela, pero nadie se atrevía a desafiarlo. Había dejado claro quién mandaba ahí.
Más adelante, en el centro del terreno baldío, varias motocicletas estaban alineadas, listas para la carrera. Los pilotos revisaban sus máquinas con meticulosa concentración, mientras el sonido de motores rugiendo calentaba el ambiente. Las apuestas se movían rápidamente, billetes pasaban de mano en mano, y las miradas se llenaban de emoción. Cristian observó el escenario con interés, pero sin dejar de lado su postura analítica. No estaba ahí por placer, sino porque Vittorio lo había arrastrado. Sin embargo, algo en la energía del lugar le resultaba adictivo. Vittorio se apartó un momento y se acercó a una motocicleta específica: una Suzuki Katana 1100 negra y roja, con detalles personalizados en el tanque y un escape modificado que hacía temblar el suelo con su potencia. —¿Vas a competir? —preguntó Cristian, cruzándose de brazos. Vittorio le lanzó una sonrisa ladeada mientras encendía la moto. —¿Qué creías? ¿Que solo veníamos a mirar? Cristian soltó una risa breve, pero se quedó observando mientras Vittorio montaba la motocicleta con una facilidad casi natural. Parecía parte de ella, como si el vehículo y él fueran una sola entidad. Uno de los organizadores, un hombre calvo con chaqueta de mezclilla y lentes oscuros, se acercó con una libreta en la mano. —Carbone, otra vez apostando alto, ¿eh? —dijo con una sonrisa burlona. Vittorio extendió un fajo de billetes sin inmutarse. —Doblo la apuesta esta vez. El organizador silbó, sorprendido. —¿Seguro? Hoy no corres contra idiotas. Está Marco en la línea… y está jodido por tu golpe, pero sigue siendo rápido. Vittorio giró la cabeza y miró a Marco, que estaba unos metros más allá, sentado sobre su moto con el labio roto y una mirada asesina clavada en él. —Mejor. Así lo humillo dos veces en una sola noche. El organizador se encogió de hombros y anotó la apuesta antes de alejarse. Cristian se acercó un poco más, con expresión escéptica. —¿Siempre tienes que ser tan temerario? Vittorio lo miró de reojo mientras se ponía los guantes de cuero negro. —La vida sin riesgo es aburrida, Soto. Aprenderás eso si te quedas cerca de mí. Cristian bufó y negó con la cabeza. Los motores rugieron cuando los corredores se alinearon en la línea de salida. Eran cinco en total. Vittorio estaba al extremo derecho, con una postura relajada, pero sus ojos reflejaban pura concentración. Una mujer con un ajustado top de cuero y jeans cortados se acercó al frente, levantando un pañuelo rojo. —¡En sus marcas! —gritó, haciendo que los pilotos aceleraran sus motores. El suelo vibró con la potencia de las motocicletas. Cristian sintió la piel erizarse. El pañuelo cayó. Los motores rugieron como bestias desatadas, y las motocicletas salieron disparadas. Vittorio reaccionó en una fracción de segundo, lanzándose hacia adelante con una aceleración impecable. El viento golpeó su rostro, sus manos firmes en el manillar, su cuerpo inclinado perfectamente sobre la moto. Cristian observó con los ojos entrecerrados. Vittorio no solo era bueno, era excepcional. Los competidores se enfilaban en la carretera oscura. La primera curva estaba cerca, y Marco intentó adelantarse, inclinando su moto agresivamente para bloquear el paso de Vittorio. Pero Vittorio no era alguien que se dejara intimidar. En lugar de frenar, aceleró aún más, aprovechando la tracción de su moto para tomar la curva con una maniobra arriesgada. Pasó rozando la defensa de Marco, casi chocando, pero manteniendo el control con precisión milimétrica. Los espectadores gritaron al ver la jugada, y Cristian sintió un nudo en el estómago. —Maldito loco… —susurró para sí mismo. A mitad de la carrera, Vittorio ya estaba entre los dos primeros, pero Marco no iba a dejarse vencer fácilmente. En un movimiento sucio, Marco sacó el pie y pateó ligeramente la rueda trasera de Vittorio, tratando de hacerlo perder el equilibrio. Cristian contuvo el aliento. Pero Vittorio era más rápido de lo que Marco imaginaba. En un contraataque impecable, soltó el manillar con una mano y le devolvió la patada en el costado, haciéndolo tambalear. Marco casi pierde el control y se vio obligado a frenar por un segundo. Esa distracción fue suficiente. Vittorio aceleró con toda la potencia de la Suzuki, dejando a Marco atrás. La meta estaba a unos metros, y aunque otro competidor estaba cerca, Vittorio se inclinó completamente sobre la moto y exprimió hasta el último caballo de fuerza del motor. Cruzó la línea de llegada primero, con el rugido de la moto reverberando en el aire nocturno. El público estalló en gritos y aplausos. Cristian sintió algo extraño en su pecho. No era solo admiración… era algo más. Vittorio detuvo la moto y se quitó el casco, con una sonrisa arrogante en los labios. Se veía impecable, como si no acabara de desafiar la muerte a toda velocidad. Marco llegó segundo, con una expresión de furia contenida. Bajó de su moto de un salto y se dirigió directamente hacia Vittorio. —¡Hijo de perra! Me pateaste en plena carrera. Vittorio soltó una risa seca y se cruzó de brazos. —Tú empezaste, idiota. Marco se lanzó contra él. Pero esta vez, Vittorio no esperó a que lo tocara. Lo agarró por el cuello de la chaqueta y lo estampó contra una de las motocicletas estacionadas. El sonido del impacto hizo que los presentes guardaran silencio. —Te lo advertí, Marco. —La voz de Vittorio fue un susurro amenazante, con los ojos oscuros clavados en el hombre que ahora jadeaba contra el metal frío de la moto—. No te metas conmigo. Ni con él. Cristian sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Vittorio lo había defendido otra vez. Y lo había hecho sin dudar. Marco no respondió, simplemente apretó los dientes y apartó la mirada, sabiendo que no tenía forma de ganar esa pelea. Vittorio lo soltó con desprecio y se giró hacia Cristian, como si nada hubiera pasado. —Vamos, Soto. Es hora de largarnos.Cristian asintió lentamente y se subió a la moto detrás de él.Cuando la Ducati arrancó de nuevo, dejando atrás el caos de la carrera, Cristian no pudo evitar pensar en una cosa.Vittorio no era solo un hombre peligroso.Era un hombre que, sin quererlo, estaba empezando a cambiar su mundo.El rugido de la Ducati resonaba en la carretera mientras Vittorio y Cristian se alejaban de la zona de carreras. La adrenalina aún corría por sus venas, el aire nocturno golpeaba sus rostros, y el eco de la multitud emocionada quedaba atrás como un recuerdo borroso.Cristian, aferrado a la cintura de Vittorio, sentía su corazón latir con fuerza. No sabía si era por la velocidad, por la pelea, o por la forma en que el cuerpo firme de Vittorio se movía con precisión junto a la moto.—¿Siempre te metes en problemas así? —preguntó Cristian, elevando la voz para que se oyera sobre el estruendo del motor.—Solo cuando es necesario. —Vittorio aceleró de golpe, haciéndolo sujetarse con más fuerza—. Y cuando
El rugido de la Ducati se apagó poco a poco mientras Vittorio la conducía a un callejón oculto detrás de un antiguo almacén abandonado. El aire nocturno aún vibraba con la adrenalina de la persecución, y el único sonido que quedaba era el eco lejano de los motores desapareciendo en la distancia.Vittorio apagó el motor y apoyó un pie en el suelo, soltando un suspiro de satisfacción.—Dime que eso no fue jodidamente épico.Cristian, aún con el pulso acelerado, soltó una carcajada sincera, una risa que lo sacudió desde el pecho hasta la garganta. Habían estado a segundos de ser emboscados, y ahora estaban ahí, enteros, sin un solo rasguño.—Fue una locura. Pero sí, fue épico.Vittorio giró el rostro hacia él, con una media sonrisa. Sus ojos oscuros brillaban con algo más que adrenalina; había una intensidad cruda en su mirada, algo que hizo que Cristian se callara de golpe.—Nunca me había gustado tanto ver a un hombre sonreír.Las palabras golpearon a Cristian con más fuerza que el vie
Cristian Soto apretó el paso, sintiendo cómo los libros bajo su brazo resbalaban ligeramente con cada movimiento apresurado. El sonido de sus zapatos golpeando el pavimento se mezclaba con el murmullo de la ciudad que recién despertaba. La mañana no había sido amable con él: primero, el tráfico lo había retrasado más de lo esperado, y luego, un pequeño altercado en la entrada de la universidad lo había hecho perder aún más tiempo. Ahora, estaba seguro de que llegaría tarde a su primera clase de literatura.Cuando finalmente alcanzó el edificio de la facultad, subió las escaleras de dos en dos, intentando no pensar en la mirada de reproche que recibiría al entrar al aula. Tomó aire antes de empujar la puerta con cuidado y deslizarse dentro, esperando no llamar la atención. Para su fortuna, el profesor estaba concentrado en la pizarra, escribiendo con letra firme y elegante.Cristian avanzó entre las filas de pupitres hasta encontrar un asiento libre. Apenas se dejó caer en la silla, si
Cristian se dejó caer en la silla ejecutiva de su oficina con un suspiro de agotamiento. Cerró los ojos por un momento, dejando que su cabeza descansara contra el respaldo de cuero negro. Su cuerpo estaba extenuado, su mente saturada. La universidad, la empresa y el peso de la familia Soto estaban consumiendo su juventud a un ritmo alarmante.Con un gesto automático, subió los pies sobre la mesa de cristal frente a él, sin importarle la imagen que daba. Aquel despacho, aunque elegante y decorado con un gusto sobrio, no le ofrecía consuelo. Era solo un recordatorio de la responsabilidad que ahora cargaba sobre sus hombros, una carga que nunca pidió pero que debía soportar.El sonido de unos ligeros golpes en la puerta lo sacó de su letargo.—Buenas tardes, señor Soto. Tiene una visita —anunció la voz firme pero cautelosa de su secretaria.Cristian entreabrió los ojos con fastidio.—¿Quién es? —preguntó con desdén, sin molestarse en bajar los pies de la mesa. Luego frunció el ceño y mir
Vittorio mantuvo la mirada fija en él por un segundo antes de aceptar el apretón. Su mano era firme, segura, pero lo que más le llamó la atención a Cristian fue la ligera presión que ejerció antes de soltarlo. Un gesto mínimo, pero intencionado.Cristian no apartó la vista de Vittorio mientras ambos retiraban sus manos. Había algo en su expresión, en la forma en que su boca se curvaba apenas en una sonrisa casi burlona, que le resultaba intrigante.El silencio en la oficina se hizo espeso por un instante, pero el patriarca Carbone lo rompió con elegancia.—Vittorio estará encargándose de nuestros negocios familiares a partir de ahora —anunció con calma, volviendo a centrar su atención en Cristian—. Quise traerlo personalmente para que ambos se conocieran. Estoy seguro de que trabajarán bien juntos.Cristian asintió, cruzando los brazos sobre su pecho mientras miraba de nuevo a Vittorio.—Entonces supongo que tendré que acostumbrarme a verle con frecuencia —comentó, su tono no dejaba e
El aire nocturno de la ciudad de Milán en 1980 tenía un aroma particular, una mezcla de humo, gasolina y el leve perfume de la libertad que solo los más osados sabían saborear. Las luces de neón titilaban en las calles, reflejándose en el pavimento mojado por la llovizna de la tarde. Frente a la imponente fachada de Style Company Sot, Vittorio Carbone esperaba con la paciencia de un depredador en reposo, apoyado despreocupadamente contra su motocicleta.La moto, una Ducati 900SS negra con detalles plateados, relucía bajo las luces de la empresa, imponente y elegante como su dueño. Vittorio vestía una chaqueta de cuero negro y unos guantes oscuros, sus botas descansaban en el suelo mientras jugueteaba con las llaves del vehículo entre sus dedos.Cristian apareció en la entrada, con su característico porte serio y una expresión de cansancio marcada en su rostro. Como era de esperarse, llevaba consigo un portafolio de cuero marrón y una mochila negra colgada de un hombro. Parecía el refl