Ava nunca imaginó que su vida pudiera cambiar tan rápido. Hasta hace poco, sus preocupaciones eran mínimas: qué ropa ponerse, si salir al cine el fin de semana o quedarse en casa viendo series. No tenía lujos, pero sí estabilidad. Su padre dirigía un próspero negocio de importación de maquinaria, su madre manejaba la tienda con la que siempre había soñado, y ella se encargaba del cuidado de su hermano menor cuando sus padres no estaban en casa, lo cual ocurría con frecuencia. Debido al trabajo de su padre, a veces debían salir del país y solían dejarle la responsabilidad del pequeño Donkan.
Para él, su hermana mayor era como una madre, siempre atenta a sus necesidades. Los momentos a su lado estaban llenos de aventuras, y lo que más amaba eran las tardes en las que pasaban horas leyendo un cuento o viendo una película animada mientras disfrutaban de un enorme tazón de palomitas. Todo en la familia era armonioso. Hasta que dejó de serlo. Primero fueron las llamadas que su padre contestaba en voz baja, y siempre estaba tenso. Luego, las noches en que llegaba tarde sin dar explicaciones, con las ojeras marcadas y los hombros encorvados. Pero el golpe final llegó una madrugada, cuando Ava intentaba conciliar el sueño y su padre la llamó a su despacho. —Ava, necesito hablar contigo. El tono grave de su voz la inquietó. Cuando entró, vio a su padre con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas frente a su boca. Sus ojos estaban apagados. —Papá, ¿qué pasa? —preguntó con preocupación. Él exhaló y se frotó la cara con ambas manos, como si intentara borrar algo que lo atormentaba. —El negocio… no está bien —confesó con voz áspera—. Lo he perdido todo. Ava parpadeó, sintiendo que el aire se volvía espeso en la habitación. —¿Todo? —Las apuestas… y algunas malas decisiones —admitió, evitando su mirada—. Las deudas son enormes, Ava. No sé cómo vamos a salir de esta. —¿Cuánto? —Más de un millón —respondió con pesar. El peso de esas palabras cayó sobre ella. Su hogar, la tienda de su madre, sus ingresos… todo se tambaleaba al borde de un abismo. Los días siguientes se convirtieron en una pesadilla. Las llamadas de los acreedores no paraban, el alquiler quedó impago y la tienda de su madre estuvo a punto de cerrar. Los muebles que formaban parte de su vida comenzaron a desaparecer, vendidos en un intento desesperado por reunir algo de dinero. Como si la humillación no fuera suficiente, Sebastián, su novio desde hacía dos años, decidió darle el golpe final. —Ava, esto no está funcionando —dijo, sin siquiera intentar suavizar el golpe—. Todo se ha vuelto… complicado. Ella lo miró en silencio. Ya no había ternura en sus ojos, solo una distancia que dolía más que las palabras que aún no había dicho. —Mi familia tiene expectativas, ¿entiendes? No sé si pueda seguir con esto, con… nosotros. Cuando Sebastián se marchó, Ava sintió que algo dentro se rompía. No era solo el dolor de la ruptura, sino la certeza de que la pobreza no solo arrebata cosas materiales, también aleja a las personas. Pero aún no había tocado fondo. La noche en que su madre cayó enferma, con fiebre y escalofríos que no cedían, Ava comprendió que el tiempo se había agotado, y lo que más le partía el corazón era ver los ojos tristes de su hermano que parecía no entender nada. —Solo es cansancio, cariño —susurró su madre con una sonrisa débil, pero Ava vio la verdad en sus ojos. Si quería ayudarla, no podía seguir esperando. Pasó noches enteras buscando trabajo en internet, enviando currículos a empresas que jamás habría considerado. Sin embargo, las respuestas no llegaban. Hasta que encontró un anuncio que la hizo detenerse. "Se busca niñera. Salario competitivo. Contacto: Ethan Moreau." Había escuchado rumores sobre Ethan. Un hombre de negocios implacable, sin paciencia para la debilidad. Se decía que no aceptaba un “no” como respuesta. Al día siguiente, se presentó en la dirección indicada por el correo. Ava inspiró hondo antes de cruzar las puertas automáticas. Un recepcionista la guió hasta un ascensor privado que subió en silencio hasta el último piso. Cuando las puertas se abrieron, un niño pequeño pasó corriendo junto a ella. —¡Oye! —exclamó, girándose en su dirección. El niño, de no más de cinco años, tenía el cabello oscuro y alborotado. Sus mejillas estaban enrojecidas y, en su rostro, se dibujaba una expresión de triunfo. —¡Atrápame si puedes! —gritó divertido antes de desaparecer por el pasillo. Sin pensarlo, Ava fue tras él, ya que gracias a su escurridizo hermano ella ya se concideraba una experta en ese tipo de situaciones. Lo encontró en una oficina, escondido detrás de un sillón. Ava cruzó los brazos. —Depende. ¿Prefieres que te atrape yo o que lo haga el hombre de seguridad que viene por el pasillo? Los ojos del niño se abrieron como platos. —¡No me delates! —Entonces ven conmigo. Te llevaré con tus padres. El niño suspiró exageradamente y extendió la mano. Ava la tomó con naturalidad y lo sacó de su escondite. Fue en ese momento cuando Ethan Moreau apareció en la puerta. —Adrián —exclamó Ethan preocupado. —¿Dónde demonios te habías metido? —No es mi culpa —se defendió Adrián un poco tenso por la aparición de su padre—. Tú me trajiste aquí. Yo no quería venir. Ethan le lanzó una mirada severa antes de fijarse en Ava.Y después en Adrián que sujetaba la mano de Ava, Adrián no mantenía esa calma con nadie. —¿Cómo lo encontraste? —preguntó Ethan. —¿Quién eres tú? —Lo encontré corriendo por la oficina. Y lo seguí hasta aquí, mucho gusto mi nombre es Ava Sullivan, estoy aquí por qué tengo una cita con el CEO Ethan Moreau para una entrevista de trabajo. Vengo para el puesto de niñera. El hombre entrecerró los ojos. —Adrián ven aquí —mencionó dirigiéndose al pequeño quién caminó hacia él y lo tomo de la mano. —¿Tienes experiencia con niños?... ¿Le parece si vamos a mi oficina?, yo soy Ethan Moreau. —Sí —respondió sin dudar—. He trabajado cuidando niños antes. Y aparte tengo un hermano que tiene casi la misma edad que su hijo sueñor Moreau. Ethan no pareció sorprendido por la información, lo que no paraba de sorprenderle es como Ava había tenido tanta química con su hijo, en el día había ya tenido cinco entrevistas y Adrián no parecía contento con ninguna niñera, así que esa oportunidad no la dejaría pasar. Se acercó a su escritorio, tomó un documento y lo deslizó hacia ella. —Entonces, si estás interesada en el trabajo, lee esto. Ava tomó el contrato y repasó cada punto con interés... Levantó la vista. —Es muy estricto con su hijo señor.. Ethan arqueó una ceja. —Adrián es… complicado. —¿Complicado cómo? Ethan exhaló con impaciencia y se reclinó en su silla. —Solo digamos que es difícil de tratar, pero por lo que veo usted le agradó. —¿Cuántos años tiene Adrián? —Cinco. Ava volteo a ver a Adrián con ternura mientras Ethan siguió hablando. —Tu trabajo es asegurarte de que no causé problemas. Ava sintió que algo en su interior se revolvía ante la frialdad con la que hablaba de su propio hijo. Ava apretó los labios. Miró el contrato y, con un suspiro, firmó. Ethan tomó el papel de vuelta con la misma calma con la que se lo había entregado. —A partir de mañana, estarás a cargo de Adrián.—¿A dónde debo acudir mañana? Ethan tomó una tarjeta del escritorio y se la extendió. —Aquí está la dirección. Mañana a las siete en punto. Ava la tomó y se puso de pie. —De acuerdo. Nos vemos mañana señor... —Ava dirigió su vista al pequeño —Nos vemos pronto tesoro. Adrian levantó la vista paulatinamente y después se concentró en seguir rayando en las hojas. Ethan no respondió. Simplemente volvió su atención a los documentos frente a él. Mientras miraba al pequeño Adrián de reojo. Ava salió de la oficina con la sensación de haber firmado algo más que un simple contrato. Caminó hasta la estación de autobús con la vista fija en el pavimento, repasando en su mente cada palabra de Ethan. "Es rebelde, testarudo… sabe cómo manipular a las personas." Algo en su instinto le decía que Adrián no era simplemente un niño problemático. Era un niño falto de amor. Lo pudo sentir mientras lo atrapaba mientras corría en momentos antes, para ella el solo estaba queriendo llamar la atenció
Ava exhaló con paciencia, observando a Adrián sentado en la mesa con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Sus pequeñas cejas permanecían arqueadas y la forma en que evitaba mirarla con sus ojos oscuros delataban su enojo. Si intentaba razonar con él en ese estado, solo conseguiría que se encerrara aún más en su mundo. En lugar de discutir, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar panqueques. Batió la mezcla con cuidado, vertiéndola en la sartén caliente hasta que cada porción tomara un tono dorado y esponjoso. Luego untó mermelada de frutas en el centro y los colocó en un plato. Sabía que Adrián no era de los que cedían fácilmente, pero también sabía algo más: los panqueques eran su debilidad. Cuando puso el plato frente a él, el niño alzó la mirada con sorpresa y nostalgia. Sus labios temblaron levemente, como si luchara por mantener su enojo intacto.—Panqueques… mamá solia..—murmuró con voz apagada, se miraba triste pero Ava decidió interferir antes de que él se pusiera m
Ava se quedó parada frente al escritorio de Ethan, esperando una respuesta que no llegó. A pesar de sus palabras, y de la tensión que flotaba en la habitación, él había vuelto a sus documentos como si ella no existiera. La impotencia se enredó en su pecho. Quería decirle algo más, quería gritarle que abriera los ojos y viera a su hijo. Pero sabía que no serviría de nada. Con un último vistazo a ese hombre frío y distante, giró sobre sus talones y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un suspiro pesado. Cuando subió las escaleras en dirección a la habitación de Adrián, lo encontró dormido. Estaba acurrucado en su cama, abrazando una manta, con los labios entreabiertos y su pequeño pecho subiendo y bajando con suavidad. Parecía tan frágil así, tan distinto al niño desafiante que se negaba a jugar en el parque. Ava se acercó y con delicadeza le acomodó la manta sobre los hombros. —Duerme bien, pequeño tesoro —susurró. Y en ese instante, supo que haría lo impos
Ava permaneció en la sala después de que Ethan se fuera, con las palabras que había pronunciado todavía resonando en su mente. Se había quedado con la sensación de haber dicho algo importante, pero también con la incertidumbre de si había logrado algo. No era la primera vez que intentaba llegar a Ethan, pero a cada intento, las paredes de él parecían hacerse más gruesas y más altas. Aun así, en algún lugar de su interior, ella sabía que no podía rendirse. Si había algo que había aprendido con Adrián era que la perseverancia podía hacer maravillas. Suspiró profundamente, dejando que el aire se llenara de quietud. Por la mañana siguiente, la mansión era tan grande que a veces sentía que todo en ella estaba separado por un abismo. No era solo la distancia física; era la emocional. No solo entre ella y Ethan, sino también entre Adrián y su propio padre. Como un espectador distante, observaba cómo la figura paterna, que debería haber sido el refugio más seguro, se desmoronaba ante los
La casa estaba en silencio cuando Ava se despidió de Adrián. Lo dejó dormido, acurrucado entre las sábanas de su cama, envuelto en un sueño que, esperaba, fuera reparador para el pequeño que parecía cargar con demasiados temores para alguien de tan corta edad. Con un suspiro, Ava cerró la puerta suavemente y, tras un vistazo a la mansión, se alejó de la habitación. Aunque había sido un día largo, su mente no podía dejar de pensar en la tensión que se había ido acumulando entre Adrián y su padre. Un padre que, según ella, no solo era distante, sino incapaz de ofrecer lo más básico: cariño. El trayecto hacia su casa fue tranquilo, pero cada kilómetro recorría el terreno fértil de sus pensamientos. Llegó sin notarlo, como siempre, cuando la mente está ocupada más allá de las preocupaciones cotidianas. Cuando entró a su hogar, encontró a su madre en la sala, rodeada por sus plantas, como siempre. La calidez de la casa la recibió, pero no logró apaciguar la tormenta de emociones que tr
Ava dudó por un instante antes de aceptar la oferta de Ethan para que la llevara a su casa. La lluvia había comenzado a caer con fuerza, y aunque preferiría estar en casa tranquila, evitando cualquier otro enfrentamiento con él, la necesidad de salir de allí, de escapar de la tensión, era más fuerte. Ethan, con su tono dominante y esa actitud fría que la desconcertaba tanto, insistió sin titubeos.—Sube al coche, Ava. No voy a dejarte ir bajo la lluvia —dijo él, sin mirar hacia ella.Ava no tenía muchas opciones. No iba a caminar bajo la lluvia y, a pesar de todo, no tenía ganas de discutir más. Sus pensamientos se encontraban enredados, y la salida de la mansión, junto a Ethan, era la única forma de aclararlos, aunque la incomodidad del momento lo hiciera aún más difícil.Con una pequeña exhalación, Ava subió al coche y, tan pronto como se acomodó, la carretera se desplegó ante ellos como un espacio vacío, tal vez tan vacío como el silencio entre ellos. Ethan no decía nada, y ella ta
A la mañana siguiente, Ava preparó el desayuno con una rapidez casi mecánica. Le dio la medicina a su madre y, tras dejarla descansando, salió nuevamente hacia la mansión de los Moreau. Al llegar, se sorprendió al ver a Adrián sentado en la mesa, concentrado en un dibujo. Se acercó en silencio y observó el trabajo del niño. Cuando Adrián la vio, le mostró su dibujo con una sonrisa orgullosa. —¡Mira, Ava! ¡Te dibujé! —exclamó, con sus ojos brillando con emoción. Ava se agachó y, al ver la imagen, se quedó sin palabras. El dibujo mostraba a una figura fuerte, con capa y todo, representándola como una superheroína. —¿Qué harías si fueras una superheroína? —preguntó Adrián, su voz llena de esperanza. Ava miró el dibujo, y sin pensarlo mucho, le sonrió. —Creo que si fuera una superheroína, usaría mis poderes para proteger a los demás —dijo, tocando suavemente el dibujo. Adrián la miró fijamente y, por primera vez en días, se permitió abrir su corazón. —Si yo fuera un superhéroe… —
Ethan cerró la puerta del estudio detrás de él con más fuerza de la que pretendía, escuchando el retumbante sonido del golpe contra la pared. La molesta conversación con Ava aún resonaba en su mente. No entendía cómo ella podía rechazar la oferta que le había hecho. ¿Qué más quería? Le había ofrecido un sueldo triple, le había ofrecido tiempo libre para que pudiera ocuparse de su vida personal. ¿Por qué no aceptaba? Pero, lo que realmente lo inquietaba, era que no podía dejar de pensar en la forma en que ella hablaba de Adrián. Con su tono suave, esa chispa de amor en sus ojos cada vez que mencionaba al niño. ¿Qué quería decir eso? ¿Por qué le importaba tanto el bienestar de Adrián? Y, aún más importante, ¿por qué le molestaba tanto que a Ava pareciera importarle? Arthur lo miró desde su escritorio, levantando la vista de los papeles que había estado revisando. La expresión en el rostro de Ethan era de frustración pura, y, aunque intentaba disimularlo, la rabia se filtraba a travé