Ava, ajena a sus pensamientos, continuó hablando sobre lo bien que se lo había pasado con Adrián. Finalmente, Ethan, sin poder soportarlo más, volvió a lanzar la pregunta: —¿Por qué no trabajas a tiempo completo para mí? Te triplicaré el sueldo. Ava, mirando al frente, no le dio una respuesta inmediata. No quería decir lo que realmente pensaba, pero lo dijo de todos modos. —Tengo que cuidar a mi familia, Ethan —respondió de manera sencilla, sin darse cuenta de lo que esas palabras realmente significaban para él. Finalmente, llegaron a su destino. Ethan estacionó el coche, y cuando se bajaron, él la miró de nuevo. —Piensa en Adrián —le dijo, casi como una orden. Luego, dio un paso atrás y la dejó ir, observando cómo su figura se alejaba. Ethan, con el peso de sus pensamientos, regresó al coche, mirando por el retrovisor. Una sonrisa, aunque pequeña, apareció en su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, algo parecía despertar en él. Sin embargo, rápidamente la reprimió, pensa
Ethan pasó la mañana en su oficina, sumido en una maraña de correos y reuniones que parecían interminables. Su mente, entrenada en números y estadísticas, no lograba despejarse, y aunque de vez en cuando pensaba en su familia, en su hijo, esos pensamientos desaparecían casi al instante, ahogados por el peso de su indiferencia habitual. Lo que le inquietaba no era la carga de trabajo, sino algo más profundo, algo que comenzaba a gestarse dentro de él, como un cambio que no podía ignorar pero que aún no lograba entender. Cuando llegó a su oficina, Victoria lo esperaba, como siempre. Con su juventud, su belleza y su actitud arrogante, se sentó con una sonrisa en los labios, sabiendo que su presencia sería suficiente para distraerlo de sus preocupaciones. Ethan levantó la mirada brevemente, pero no mostró el menor interés. —¿Y bien, cuándo vamos a hacer esto oficial? —preguntó Victoria, alzando una ceja con un tono sugerente, buscando que él se decidiera finalmente a comprometerse más
La mañana comenzó con el sonido de unos pequeños pasos corriendo por el pasillo de la mansión. Adrián irrumpió en la oficina de su padre con la energía de siempre, pero con una expresión contrariada.—Papá, ¿dónde está Ava? —preguntó sin rodeos, subiendo a la silla frente al escritorio de Ethan y balanceando sus pies.Ethan, quien revisaba unos documentos financieros, apenas alzó la vista.—No vendrá más.—¿Por qué no? —insistió Adrián, frunciendo el ceño.—Porque así lo decidí —sentenció Ethan con frialdad, cerrando la carpeta y cruzando los brazos.Adrián se quedó en silencio unos segundos y luego pateó la silla con frustración.—¡Yo la quiero aquí!Ethan suspiró, masajeándose el puente de la nariz. No tenía paciencia para esto.—No siempre puedes tener lo que quieres, Adrián.—Pero yo la extraño —murmuró el niño, bajando la cabeza—. Quiero que me lea cuentos antes de dormir.Ethan endureció su expresión. No iba a ceder. Ava ya no formaba parte de sus vidas, y eso era lo mejor para
Ava despertó con un punzante dolor de cabeza. La luz que se filtraba por la ventana no hizo más que agravar su malestar, obligándola a entrecerrar los ojos. Lo único que podía distinguir era la sensación de una presión inusual en su cuerpo, como si estuviera siendo abrazada fuertemente. Sin embargo, eso no era lo más desconcertante. El hecho de que esa presión proviniera de unos brazos que la rodeaban con fuerza, sin querer soltarla, la hizo fruncir el ceño. Intentó recordar lo que había sucedido la noche anterior. Su mente estaba nublada, confusa, llena de fragmentos dispersos. Imágenes borrosas de un cuerpo masculino, besos ardientes, la sensación de un deseo salvaje… y luego, un vacío. Fue lo único que logró recordar con claridad, y ese vacío la aterraba. De repente, un suave movimiento en su cintura la hizo reaccionar. Al darse cuenta de que alguien estaba acostado junto a ella, su corazón comenzó a latir más rápido. Miró hacia su lado y, para su sorpresa, vio a Ethan, dormido,
Ava salió de la habitación con prisa, sintiendo la urgencia de escapar de Ethan Moreau. Su cuerpo temblaba, y no era solo por el frío; era la tormenta interna que se desataba dentro de ella. Cada paso que daba parecía más pesado que el anterior, pero no podía detenerse, no quería pensar en lo que acababa de suceder.—¡Idiota, idiota, idiota! —se dijo a sí misma, dándose leves golpecitos en la frente como si eso pudiera borrar la sensación de Ethan de su mente.¿Cómo había podido caer en esa trampa? ¿Cómo pudo haberse dejado tocar, besar, y ceder ante ese hombre que, ella sabía, solo la veía como un pasatiempo? Ethan Moreau era el prototipo de la arrogancia y el control, y, sin embargo, allí estaba ella, deshecha por él.—No volverá a pasar —se prometió en voz baja, pero algo en su interior sabía que sus palabras carecían de toda convicción.El sonido de sus pasos resonaba en las calles solitarias, mientras la brisa fresca acariciaba su rostro. Necesitaba calmarse, pensar con claridad.
El sol ya estaba en alto en el cielo. Las risas de los niños resonaban por todo el lugar, creando un ambiente alegre y bullicioso. Sin embargo, mientras Ethan observaba el entusiasmo de su hijo, una sensación incómoda se apoderó de él. Había algo en su interior que le dificultaba disfrutar del momento, algo que había estado aletargado por mucho tiempo.Adrián caminaba a su lado, saltando de un lado a otro con la energía propia de un niño, haciéndole preguntas sobre cada animal que veían. Al principio, Ethan no se molestaba demasiado, pensando que simplemente era una fase. Pero a medida que avanzaban, las preguntas de Adrián se hicieron más profundas, algo que el niño nunca había hecho antes.—Papá, ¿por qué mamá nos dejó? —preguntó Adrián de repente, mirando al frente mientras caminaban por la senda de los elefantes.Ethan se detuvo en seco, el dolor se reflejó en sus ojos por un momento antes de que su rostro se endureciera.—¿Qué quieres decir con eso, Adrián? —respondió con una fri
El zoológico, con su caos ordenado de animales y risas, parecía un refugio de diversión para los niños, pero no todos estaban allí por la misma razón. Mientras los adultos, Ethan y Ava, permanecían junto a los bancos, observando a los niños, los pequeños Adrián y Donkan estaban en su propio mundo, correteando por entre las sombras y la luz del mediodía. Sus risas resonaban por los pasillos, mientras sus pequeñas mentes formulaban un plan tan travieso como su comportamiento.Adrián, con su cara de pícaro, avanzaba rápido, sin pensar en nada más que en la diversión del momento. Pero en cuanto levantó la vista y vio a Ava y Ethan, notó algo raro, algo que no le pasaba desapercibido. Ambos se veían serios, algo que no era común. Ethan, siempre tan controlado, parecía distante, mientras que Ava, tan vivaz y protectora, estaba tranquila, pero con una ligera incomodidad en su expresión.—Oye, Donkan, ¿has notado algo raro? —dijo Adrián, mirando de reojo a los adultos. Los ojos de Adrián, co
El sol comenzaba a descender, mientras los pasillos del zoológico seguían llenos de familias y niños corriendo de un lado a otro. Pero en un rincón particular, la tensión era fuerte. Ethan Moreau cruzaba los brazos con fastidio mientras observaba a los dos niños que claramente estaban tramando algo.Ava, por otro lado, intentaba mantenerse indiferente, pero la mirada insistente de Adrián la inquietaba. Sabía que el niño estaba conspirando algo, y Donkan no se quedaba atrás. Ambos niños parecían pequeños estrategas en plena ejecución de un plan maestro.—Papá —dijo Adrián, con una sonrisa inocente que no engañaba a nadie—, Ava tiene razón, las jirafas son muy altas. Pero creo que los leones son más interesantes. ¿Por qué no vamos juntos a verlos? Los cuatro.Ethan arqueó una ceja.—Si quieres ver a los leones, vamos los dos. No necesitamos acompañantes.Ava rodó los ojos.—¿Siempre tienes que ser tan seco con él? —espetó con un deje de fastidio.Adrián aprovechó la oportunidad para ref