Capítulo 4

Ava exhaló con paciencia, observando a Adrián sentado en la mesa con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Sus pequeñas cejas permanecían arqueadas y la forma en que evitaba mirarla con sus ojos oscuros delataban su enojo. Si intentaba razonar con él en ese estado, solo conseguiría que se encerrara aún más en su mundo.

En lugar de discutir, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar panqueques. Batió la mezcla con cuidado, vertiéndola en la sartén caliente hasta que cada porción tomara un tono dorado y esponjoso. Luego untó mermelada de frutas en el centro y los colocó en un plato. Sabía que Adrián no era de los que cedían fácilmente, pero también sabía algo más: los panqueques eran su debilidad.

Cuando puso el plato frente a él, el niño alzó la mirada con sorpresa y nostalgia. Sus labios temblaron levemente, como si luchara por mantener su enojo intacto.

—Panqueques… mamá solia..—murmuró con voz apagada, se miraba triste pero Ava decidió interferir antes de que él se pusiera melancólico, no sabía por qué la madre de Adrián no estaba pero no quería ver triste a ese pequeño angelito así que decidió cambiar de tema.

—Sí, escuché que son tus favoritos —respondió Ava con una sonrisa cálida. Se sentó a su lado y, con un tono suave, agregó—: Si terminas de comer, podemos hacer algo divertido en el parque, podemos subir a todos los juegos y jugar pelota ¿te parece?

Adrián frunció el ceño, pero su tenedor ya estaba en su mano. Le tomó unos segundos decidirse antes de pinchar un pedazo y llevarlo a su boca.

Ava esperó en silencio, dándole su espacio. Cada bocado parecía suavizar un poco la rigidez de sus hombros. y una ligera sonrisa y un brillo deslumbrante inundó su mirada y sus mejillas se sonrojaron.

—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó ella con naturalidad, sin presionarlo. —Después del parque podemos hacer algo aún más divertido.

Adrián tardó en responder, moviendo los panqueques con el tenedor.

—No sé… Yo no sé que... —murmuró, sin levantar la vista.

Ava lo observó con atención. No quería forzarlo, pero tampoco podía dejarlo encerrado en su burbuja de tristeza. Asi que decidió dar algunas ideas.

—Podemos salir a algún lado —sugirió con suavidad—. Tal vez… no se a ver una película.

Adrián dejó el tenedor y alzó la mirada con desconfianza.

—¿Para qué? ¿Por qué quieres hacer cosas conmigo, nadie quiere hacer cosas conmigo ni papá?

—A mi me gusta pasar el tiempo con este pequeño y podíamos conocernos mejor, si no quieres ir a ver una película podríamos —respondió Ava con naturalidad—. Podemos caminar, ver los árboles, tal vez alimentar a las ardillas. Solo un rato.

El niño presionó los labios. No dijo que sí, pero tampoco se negó de inmediato.

Ava vio su indecisión y decidió no insistir. Le dio su tiempo, dejando que terminara de comer sin apurarlo.

Cuando el plato estuvo vacío, él empujó la silla hacia atrás con lentitud.

—Está bien —murmuró, sin mucho entusiasmo.

No era una respuesta emocionada, pero al menos no era un "no".

Ava sonrió con ternura y se puso de pie.

—Entonces, vámonos. Ya que has terminado de comer.

El parque estaba lleno de risas y carreras infantiles, con niños que jugaban despreocupados entre columpios y resbaladillas.

Ava caminaba al lado de Adrián, dándole su espacio. A diferencia de otros niños que corrían apenas llegaban, él se mantuvo junto a ella, observando el parque con una expresión indescifrable.

—Podemos sentarnos un rato —dijo Ava con suavidad, señalando una banca.

Adrián asintió en silencio.

Mientras él miraba a su alrededor, Ava notó cómo su postura se tensaba cada vez que su mirada se posaba en un niño acompañado de sus padres. Algunos reían en los hombros de sus papás y otros sostenían la mano de sus madres con una sonrisa despreocupada.

Su pequeña mano se cerró en un puño sobre sus pantalones.

Ava sintió un nudo en la garganta.

Un grupo de niños se acercó a él con una pelota.

—¡Ven, vamos a jugar! —lo invitó un niño. —Nos falta uno para formar un equipo.

Adrián bajó la mirada y negó con la cabeza.

—No quiero. Ava vámonos.

Los niños insistieron un poco más, pero al ver su rechazo, se alejaron.

Ava esperó a que ellos se fueran antes de hablar.

—¿No te gusta el fútbol? —preguntó con dulzura.

Adrián se encogió de hombros.

—No me gusta jugar. no me gustan los niños y menos el parque, me quiero ir a casa quiero irme de aquí.

Ava reconoció la mentira al instante. No era que no le gustara. Era que tenía miedo. Miedo de sentirse aún más solo si intentaba encajar y no lo lograba. Y por lo visto ver a otros niños con sus padres causaba un efecto en él.

—A veces, jugar con otros ayuda a que el tiempo pase más rápido —intentó animarlo con suavidad.

El niño apretó los labios, luchando consigo mismo.

—Yo solo quiero a mi papá, quiero ir con mi papá.

El corazón de Ava se encogió. Aquellas palabras, tan simples y a la vez tan desgarradoras, resonaron con fuerza en el aire. No había una respuesta fácil para aliviar el dolor de un niño que solo quería amor.

Así que, en lugar de hablar, deslizó su mano sobre la de él en un gesto de apoyo. Adrián no la apartó, pero tampoco reaccionó.

Se quedaron así, en silencio, mirando a los niños jugar.

Cuando regresaron a la mansión ya por la tarde, Ava se aseguró de que Adrián subiera a su habitación antes de dirigirse al despacho de Ethan.

Lo encontró sumido en papeles y documentos, con su rostro inmutable como si nada más existiera fuera de esos contratos y balances. Su postura erguida, el nudo impecable de su corbata y la forma en que sujetaba la pluma con precisión daban la impresión de un hombre que jamás se permitía un error.

Ava cerró la puerta detrás de ella y se cruzó de brazos.

—Necesitamos hablar. Es muy importante señor.

Ethan apenas levantó la mirada, con su expresión carente de emoción.

—¿Sobre qué?

—Sobre Adrián —su voz se mantuvo firme—. Está triste. Se siente solo. Hoy en el parque no quiso jugar con nadie. Cada vez que veía a un niño con su padre, su expresión se oscurecía. Ethan, necesita tiempo contigo, aunque sea un poco.

Él dejó la pluma sobre el escritorio con un leve chasquido y la miró con frialdad.

—Para eso te pago. No necesito que me digas cómo ser padre.

Ava sintió una punzada de indignación, pero la contuvo.

—No puedes sustituir el amor con dinero.

Los ojos de Ethan se entrecerraron, como si sus palabras fueran un insulto personal.

—¿Y quién eres tú para darme lecciones?

Ava apretó los puños.

—Soy la única que ve lo mucho que su hijo sufre mientras tú te escondes detrás de tu trabajo.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de algo indescriptible. Por un instante, creyó ver una sombra cruzar la mirada de Ethan, quizás un atisbo de algo que ni siquiera él podía nombrar.

Pero fue fugaz. Sin más, tomó la pluma y volvió a sus documentos.

—Puedes irte.

Ava sintió frustración y tristeza, por Adrián. Sus palabras no habían conmovido a Ethan, al menos no lo suficiente para hacerlo reaccionar.

Pero algo en su mirada, una sombra apenas perceptible, le hizo pensar que quizá… una parte de él había escuchado.

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