Ava exhaló con paciencia, observando a Adrián sentado en la mesa con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Sus pequeñas cejas permanecían arqueadas y la forma en que evitaba mirarla con sus ojos oscuros delataban su enojo. Si intentaba razonar con él en ese estado, solo conseguiría que se encerrara aún más en su mundo.
En lugar de discutir, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar panqueques. Batió la mezcla con cuidado, vertiéndola en la sartén caliente hasta que cada porción tomara un tono dorado y esponjoso. Luego untó mermelada de frutas en el centro y los colocó en un plato. Sabía que Adrián no era de los que cedían fácilmente, pero también sabía algo más: los panqueques eran su debilidad. Cuando puso el plato frente a él, el niño alzó la mirada con sorpresa y nostalgia. Sus labios temblaron levemente, como si luchara por mantener su enojo intacto. —Panqueques… mamá solia..—murmuró con voz apagada, se miraba triste pero Ava decidió interferir antes de que él se pusiera melancólico, no sabía por qué la madre de Adrián no estaba pero no quería ver triste a ese pequeño angelito así que decidió cambiar de tema. —Sí, escuché que son tus favoritos —respondió Ava con una sonrisa cálida. Se sentó a su lado y, con un tono suave, agregó—: Si terminas de comer, podemos hacer algo divertido en el parque, podemos subir a todos los juegos y jugar pelota ¿te parece? Adrián frunció el ceño, pero su tenedor ya estaba en su mano. Le tomó unos segundos decidirse antes de pinchar un pedazo y llevarlo a su boca. Ava esperó en silencio, dándole su espacio. Cada bocado parecía suavizar un poco la rigidez de sus hombros. y una ligera sonrisa y un brillo deslumbrante inundó su mirada y sus mejillas se sonrojaron. —¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó ella con naturalidad, sin presionarlo. —Después del parque podemos hacer algo aún más divertido. Adrián tardó en responder, moviendo los panqueques con el tenedor. —No sé… Yo no sé que... —murmuró, sin levantar la vista. Ava lo observó con atención. No quería forzarlo, pero tampoco podía dejarlo encerrado en su burbuja de tristeza. Asi que decidió dar algunas ideas. —Podemos salir a algún lado —sugirió con suavidad—. Tal vez… no se a ver una película. Adrián dejó el tenedor y alzó la mirada con desconfianza. —¿Para qué? ¿Por qué quieres hacer cosas conmigo, nadie quiere hacer cosas conmigo ni papá? —A mi me gusta pasar el tiempo con este pequeño y podíamos conocernos mejor, si no quieres ir a ver una película podríamos —respondió Ava con naturalidad—. Podemos caminar, ver los árboles, tal vez alimentar a las ardillas. Solo un rato. El niño presionó los labios. No dijo que sí, pero tampoco se negó de inmediato. Ava vio su indecisión y decidió no insistir. Le dio su tiempo, dejando que terminara de comer sin apurarlo. Cuando el plato estuvo vacío, él empujó la silla hacia atrás con lentitud. —Está bien —murmuró, sin mucho entusiasmo. No era una respuesta emocionada, pero al menos no era un "no". Ava sonrió con ternura y se puso de pie. —Entonces, vámonos. Ya que has terminado de comer. El parque estaba lleno de risas y carreras infantiles, con niños que jugaban despreocupados entre columpios y resbaladillas. Ava caminaba al lado de Adrián, dándole su espacio. A diferencia de otros niños que corrían apenas llegaban, él se mantuvo junto a ella, observando el parque con una expresión indescifrable. —Podemos sentarnos un rato —dijo Ava con suavidad, señalando una banca. Adrián asintió en silencio. Mientras él miraba a su alrededor, Ava notó cómo su postura se tensaba cada vez que su mirada se posaba en un niño acompañado de sus padres. Algunos reían en los hombros de sus papás y otros sostenían la mano de sus madres con una sonrisa despreocupada. Su pequeña mano se cerró en un puño sobre sus pantalones. Ava sintió un nudo en la garganta. Un grupo de niños se acercó a él con una pelota. —¡Ven, vamos a jugar! —lo invitó un niño. —Nos falta uno para formar un equipo. Adrián bajó la mirada y negó con la cabeza. —No quiero. Ava vámonos. Los niños insistieron un poco más, pero al ver su rechazo, se alejaron. Ava esperó a que ellos se fueran antes de hablar. —¿No te gusta el fútbol? —preguntó con dulzura. Adrián se encogió de hombros. —No me gusta jugar. no me gustan los niños y menos el parque, me quiero ir a casa quiero irme de aquí. Ava reconoció la mentira al instante. No era que no le gustara. Era que tenía miedo. Miedo de sentirse aún más solo si intentaba encajar y no lo lograba. Y por lo visto ver a otros niños con sus padres causaba un efecto en él. —A veces, jugar con otros ayuda a que el tiempo pase más rápido —intentó animarlo con suavidad. El niño apretó los labios, luchando consigo mismo. —Yo solo quiero a mi papá, quiero ir con mi papá. El corazón de Ava se encogió. Aquellas palabras, tan simples y a la vez tan desgarradoras, resonaron con fuerza en el aire. No había una respuesta fácil para aliviar el dolor de un niño que solo quería amor. Así que, en lugar de hablar, deslizó su mano sobre la de él en un gesto de apoyo. Adrián no la apartó, pero tampoco reaccionó. Se quedaron así, en silencio, mirando a los niños jugar. Cuando regresaron a la mansión ya por la tarde, Ava se aseguró de que Adrián subiera a su habitación antes de dirigirse al despacho de Ethan. Lo encontró sumido en papeles y documentos, con su rostro inmutable como si nada más existiera fuera de esos contratos y balances. Su postura erguida, el nudo impecable de su corbata y la forma en que sujetaba la pluma con precisión daban la impresión de un hombre que jamás se permitía un error. Ava cerró la puerta detrás de ella y se cruzó de brazos. —Necesitamos hablar. Es muy importante señor. Ethan apenas levantó la mirada, con su expresión carente de emoción. —¿Sobre qué? —Sobre Adrián —su voz se mantuvo firme—. Está triste. Se siente solo. Hoy en el parque no quiso jugar con nadie. Cada vez que veía a un niño con su padre, su expresión se oscurecía. Ethan, necesita tiempo contigo, aunque sea un poco. Él dejó la pluma sobre el escritorio con un leve chasquido y la miró con frialdad. —Para eso te pago. No necesito que me digas cómo ser padre. Ava sintió una punzada de indignación, pero la contuvo. —No puedes sustituir el amor con dinero. Los ojos de Ethan se entrecerraron, como si sus palabras fueran un insulto personal. —¿Y quién eres tú para darme lecciones? Ava apretó los puños. —Soy la única que ve lo mucho que su hijo sufre mientras tú te escondes detrás de tu trabajo. El silencio que siguió fue pesado, cargado de algo indescriptible. Por un instante, creyó ver una sombra cruzar la mirada de Ethan, quizás un atisbo de algo que ni siquiera él podía nombrar. Pero fue fugaz. Sin más, tomó la pluma y volvió a sus documentos. —Puedes irte. Ava sintió frustración y tristeza, por Adrián. Sus palabras no habían conmovido a Ethan, al menos no lo suficiente para hacerlo reaccionar. Pero algo en su mirada, una sombra apenas perceptible, le hizo pensar que quizá… una parte de él había escuchado.Ava se quedó parada frente al escritorio de Ethan, esperando una respuesta que no llegó. A pesar de sus palabras, y de la tensión que flotaba en la habitación, él había vuelto a sus documentos como si ella no existiera. La impotencia se enredó en su pecho. Quería decirle algo más, quería gritarle que abriera los ojos y viera a su hijo. Pero sabía que no serviría de nada. Con un último vistazo a ese hombre frío y distante, giró sobre sus talones y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí con un suspiro pesado. Cuando subió las escaleras en dirección a la habitación de Adrián, lo encontró dormido. Estaba acurrucado en su cama, abrazando una manta, con los labios entreabiertos y su pequeño pecho subiendo y bajando con suavidad. Parecía tan frágil así, tan distinto al niño desafiante que se negaba a jugar en el parque. Ava se acercó y con delicadeza le acomodó la manta sobre los hombros. —Duerme bien, pequeño tesoro —susurró. Y en ese instante, supo que haría lo impos
Ava permaneció en la sala después de que Ethan se fuera, con las palabras que había pronunciado todavía resonando en su mente. Se había quedado con la sensación de haber dicho algo importante, pero también con la incertidumbre de si había logrado algo. No era la primera vez que intentaba llegar a Ethan, pero a cada intento, las paredes de él parecían hacerse más gruesas y más altas. Aun así, en algún lugar de su interior, ella sabía que no podía rendirse. Si había algo que había aprendido con Adrián era que la perseverancia podía hacer maravillas. Suspiró profundamente, dejando que el aire se llenara de quietud. Por la mañana siguiente, la mansión era tan grande que a veces sentía que todo en ella estaba separado por un abismo. No era solo la distancia física; era la emocional. No solo entre ella y Ethan, sino también entre Adrián y su propio padre. Como un espectador distante, observaba cómo la figura paterna, que debería haber sido el refugio más seguro, se desmoronaba ante los
La casa estaba en silencio cuando Ava se despidió de Adrián. Lo dejó dormido, acurrucado entre las sábanas de su cama, envuelto en un sueño que, esperaba, fuera reparador para el pequeño que parecía cargar con demasiados temores para alguien de tan corta edad. Con un suspiro, Ava cerró la puerta suavemente y, tras un vistazo a la mansión, se alejó de la habitación. Aunque había sido un día largo, su mente no podía dejar de pensar en la tensión que se había ido acumulando entre Adrián y su padre. Un padre que, según ella, no solo era distante, sino incapaz de ofrecer lo más básico: cariño. El trayecto hacia su casa fue tranquilo, pero cada kilómetro recorría el terreno fértil de sus pensamientos. Llegó sin notarlo, como siempre, cuando la mente está ocupada más allá de las preocupaciones cotidianas. Cuando entró a su hogar, encontró a su madre en la sala, rodeada por sus plantas, como siempre. La calidez de la casa la recibió, pero no logró apaciguar la tormenta de emociones que tr
Ava dudó por un instante antes de aceptar la oferta de Ethan para que la llevara a su casa. La lluvia había comenzado a caer con fuerza, y aunque preferiría estar en casa tranquila, evitando cualquier otro enfrentamiento con él, la necesidad de salir de allí, de escapar de la tensión, era más fuerte. Ethan, con su tono dominante y esa actitud fría que la desconcertaba tanto, insistió sin titubeos.—Sube al coche, Ava. No voy a dejarte ir bajo la lluvia —dijo él, sin mirar hacia ella.Ava no tenía muchas opciones. No iba a caminar bajo la lluvia y, a pesar de todo, no tenía ganas de discutir más. Sus pensamientos se encontraban enredados, y la salida de la mansión, junto a Ethan, era la única forma de aclararlos, aunque la incomodidad del momento lo hiciera aún más difícil.Con una pequeña exhalación, Ava subió al coche y, tan pronto como se acomodó, la carretera se desplegó ante ellos como un espacio vacío, tal vez tan vacío como el silencio entre ellos. Ethan no decía nada, y ella ta
A la mañana siguiente, Ava preparó el desayuno con una rapidez casi mecánica. Le dio la medicina a su madre y, tras dejarla descansando, salió nuevamente hacia la mansión de los Moreau. Al llegar, se sorprendió al ver a Adrián sentado en la mesa, concentrado en un dibujo. Se acercó en silencio y observó el trabajo del niño. Cuando Adrián la vio, le mostró su dibujo con una sonrisa orgullosa. —¡Mira, Ava! ¡Te dibujé! —exclamó, con sus ojos brillando con emoción. Ava se agachó y, al ver la imagen, se quedó sin palabras. El dibujo mostraba a una figura fuerte, con capa y todo, representándola como una superheroína. —¿Qué harías si fueras una superheroína? —preguntó Adrián, su voz llena de esperanza. Ava miró el dibujo, y sin pensarlo mucho, le sonrió. —Creo que si fuera una superheroína, usaría mis poderes para proteger a los demás —dijo, tocando suavemente el dibujo. Adrián la miró fijamente y, por primera vez en días, se permitió abrir su corazón. —Si yo fuera un superhéroe… —
Ethan cerró la puerta del estudio detrás de él con más fuerza de la que pretendía, escuchando el retumbante sonido del golpe contra la pared. La molesta conversación con Ava aún resonaba en su mente. No entendía cómo ella podía rechazar la oferta que le había hecho. ¿Qué más quería? Le había ofrecido un sueldo triple, le había ofrecido tiempo libre para que pudiera ocuparse de su vida personal. ¿Por qué no aceptaba? Pero, lo que realmente lo inquietaba, era que no podía dejar de pensar en la forma en que ella hablaba de Adrián. Con su tono suave, esa chispa de amor en sus ojos cada vez que mencionaba al niño. ¿Qué quería decir eso? ¿Por qué le importaba tanto el bienestar de Adrián? Y, aún más importante, ¿por qué le molestaba tanto que a Ava pareciera importarle? Arthur lo miró desde su escritorio, levantando la vista de los papeles que había estado revisando. La expresión en el rostro de Ethan era de frustración pura, y, aunque intentaba disimularlo, la rabia se filtraba a travé
Ava, ajena a sus pensamientos, continuó hablando sobre lo bien que se lo había pasado con Adrián. Finalmente, Ethan, sin poder soportarlo más, volvió a lanzar la pregunta: —¿Por qué no trabajas a tiempo completo para mí? Te triplicaré el sueldo. Ava, mirando al frente, no le dio una respuesta inmediata. No quería decir lo que realmente pensaba, pero lo dijo de todos modos. —Tengo que cuidar a mi familia, Ethan —respondió de manera sencilla, sin darse cuenta de lo que esas palabras realmente significaban para él. Finalmente, llegaron a su destino. Ethan estacionó el coche, y cuando se bajaron, él la miró de nuevo. —Piensa en Adrián —le dijo, casi como una orden. Luego, dio un paso atrás y la dejó ir, observando cómo su figura se alejaba. Ethan, con el peso de sus pensamientos, regresó al coche, mirando por el retrovisor. Una sonrisa, aunque pequeña, apareció en su rostro. Por primera vez en mucho tiempo, algo parecía despertar en él. Sin embargo, rápidamente la reprimió, pensa
Ethan pasó la mañana en su oficina, sumido en una maraña de correos y reuniones que parecían interminables. Su mente, entrenada en números y estadísticas, no lograba despejarse, y aunque de vez en cuando pensaba en su familia, en su hijo, esos pensamientos desaparecían casi al instante, ahogados por el peso de su indiferencia habitual. Lo que le inquietaba no era la carga de trabajo, sino algo más profundo, algo que comenzaba a gestarse dentro de él, como un cambio que no podía ignorar pero que aún no lograba entender. Cuando llegó a su oficina, Victoria lo esperaba, como siempre. Con su juventud, su belleza y su actitud arrogante, se sentó con una sonrisa en los labios, sabiendo que su presencia sería suficiente para distraerlo de sus preocupaciones. Ethan levantó la mirada brevemente, pero no mostró el menor interés. —¿Y bien, cuándo vamos a hacer esto oficial? —preguntó Victoria, alzando una ceja con un tono sugerente, buscando que él se decidiera finalmente a comprometerse más