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Capítulo 6: El Eco de la Soledad

Ava permaneció en la sala después de que Ethan se fuera, con las palabras que había pronunciado todavía resonando en su mente. Se había quedado con la sensación de haber dicho algo importante, pero también con la incertidumbre de si había logrado algo. No era la primera vez que intentaba llegar a Ethan, pero a cada intento, las paredes de él parecían hacerse más gruesas y más altas. Aun así, en algún lugar de su interior, ella sabía que no podía rendirse. Si había algo que había aprendido con Adrián era que la perseverancia podía hacer maravillas.

Suspiró profundamente, dejando que el aire se llenara de quietud.

Por la mañana siguiente, la mansión era tan grande que a veces sentía que todo en ella estaba separado por un abismo. No era solo la distancia física; era la emocional. No solo entre ella y Ethan, sino también entre Adrián y su propio padre. Como un espectador distante, observaba cómo la figura paterna, que debería haber sido el refugio más seguro, se desmoronaba ante los ojos de un niño que solo buscaba amor.

De repente, el sonido de algo cayendo al suelo la sacó de sus pensamientos. Un estruendo que provenía del jardín, seguido de unas risas apagadas. Ava se levantó de un brinco, con su instinto de cuidadora activado al instante.

Corrió hacia la ventana y vio a Adrián, en medio del jardín, corriendo en círculos alrededor de una serie de macetas volcando tierra por todos lados. Parecía tan feliz, pero el desastre que estaba dejando atrás era monumental. La visión de las flores desparramadas y las plantas arrugadas hizo que Ava se llevase una mano a la cabeza, sin poder evitar una sonrisa divertida. A pesar del caos, Adrián se veía tan inocente, tan ajeno a la magnitud de lo que había causado. Como si el desorden fuera solo parte de un juego, uno que él, por alguna razón, no entendía como un error.

"Es solo un niño", pensó Ava, aunque no pudiera evitar preguntarse si sería capaz de controlar el daño antes de que alguien lo descubriera.

Justo cuando estaba a punto de salir a calmarlo, vio a Ethan aparecer desde el costado de la casa. El rostro de Ethan se endureció al instante al ver el desastre. Sus pasos rápidos y firmes resonaron con la fuerza de un hombre que no toleraba el desorden ni el comportamiento de un niño que no entendía las reglas.

Adrián, al verlo, se detuvo de inmediato, pero sus ojos mostraban algo más que miedo. Había una mezcla de arrepentimiento y también una pizca de expectación, como si quisiera entender qué pasaría a continuación, si su padre lo regañaría o simplemente lo ignoraría, como ya era costumbre.

—¡¿Qué has hecho?! —la voz de Ethan tronó en el aire, demasiado fuerte para el pequeño cuerpo de Adrián.

El niño, temblando ligeramente, dio un paso atrás, mirando las macetas rotas con ojos grandes.

—Lo... lo siento, papá... —dijo Adrián, apenas susurrando, como si le costara que las palabras salieran.

Ethan no cedió ni un centímetro. Su expresión era implacable, y su postura rígida.

—¡Esto no es un juego, Adrián! ¡Mira el desastre que has causado! —su voz sonaba más severa de lo que Ava hubiera querido, y sus palabras caían como golpes en la tranquilidad del jardín.

Adrián, con los ojos acuosos, dio un paso atrás, buscando refugio. El llanto comenzaba a asomarse, pero él lo contenía, mordiéndose el labio inferior, sin saber cómo reaccionar.

Ava observó la escena desde la ventana, sintiendo frustración y compasión. Pero no era su lugar intervenir. No de inmediato. En lugar de eso, decidió dar un paso atrás y esperar.

Sin embargo, en su corazón, ya sentía la división formándose. Cada vez era más evidente que Adrián estaba buscando algo que no podía encontrar en Ethan, algo que él mismo no entendía: consuelo. Y ese consuelo, por extraño que pareciera, empezaba a encontrarlo en ella.

Cuando Ethan terminó de regañar a Adrián, sus ojos se encontraron por un momento. En la mirada de Ethan había algo que Ava no logró descifrar del todo, pero se sintió incómoda. Era como si él le estuviera pidiendo algo: no ayuda, no compasión, sino algo más complejo. Quizás, un reconocimiento de su esfuerzo por ser padre, por estar allí, por no ser el villano de la historia.

Ava no se movió. Solo observó, esperando que Adrián, con su pequeña figura en el centro del jardín, no se sintiera más desamparado que nunca.

La cena fue tensa. Nadie habló demasiado, y el sonido de los cubiertos en los platos resonaba más fuerte de lo habitual. Adrián, sentado en su silla, apenas probó la comida. Ava intentó una sonrisa amigable, pero Adrián no parecía notar su intento de aliviar el ambiente. Ethan, en cambio, estaba inmerso en su teléfono, como si los pequeños problemas familiares no fueran más que una molestia que podría ignorar.

El silencio se hacía denso, hasta que, finalmente, fue Adrián quien rompió la quietud.

—Ava... —dijo tímidamente, mirando a su alrededor, con el rostro aún algo sucio por las lágrimas.

Ava levantó la mirada y le sonrió.

—¿Sí, Adrián? —su voz suave fue como un bálsamo para el pequeño.

—¿Me puedes contar un cuento? —preguntó, en un susurro.

La mirada de Ethan se levantó en ese momento, y algo en sus ojos se congeló. Una chispa de incomodidad, de celos tal vez, o de algo más oscuro, brilló fugazmente antes de que su rostro volviera a su usual indiferencia.

Ava no respondió a Ethan. Solo asintió y se inclinó hacia Adrián.

—Claro, te contaré uno. —Tomó un libro cercano, abriéndolo por la página que ya conocía de memoria.

A medida que le leía, la mirada de Adrián se suavizaba, sus ojos empezaban a relajarse y, finalmente, su respiración se calmaba. Ava miraba con detenimiento al niño, viendo cómo se sumergía en el mundo del cuento, ajeno al mundo real. En sus ojos, solo había espacio para la historia que ella narraba, como si no importara lo que sucedía fuera de ese pequeño rincón de paz.

Mientras tanto, Ethan observaba en silencio. Su plato estaba intacto, pero ya no comía. A través de la ventana, la luz del atardecer bañaba la habitación, creando sombras largas y delgadas que parecían marcar la distancia creciente entre él y su hijo. Aunque estaba allí, sentado en la misma mesa, él se sentía lejísimos de ellos.

La tensión se volvía más palpable con cada momento que pasaba, y, en el fondo, Ethan sabía que algo estaba cambiando. Algo que no podía controlar. Algo que, de alguna manera, estaba fuera de su alcance.

Adrián, al escuchar la voz de Ava, se aferró a ella, con cada palabra siendo un abrazo silencioso. Y fue entonces cuando Ethan comprendió, aunque no lo aceptara, que su hijo ya no lo buscaba a él. Ya no para consuelo, ni para afecto. Adrián ya había encontrado un refugio, pero no estaba en su padre. Estaba en ella.

Al final de la noche, cuando Adrián se había dormido y la casa se encontraba en un silencio inquietante, Ava caminaba por la mansión, sintiendo esa presencia de vacío que siempre la rodeaba después de que Ethan se iba. No sabía si estaba actuando correctamente, si estaba creando más problemas al acercarse tanto a Adrián, pero su corazón le decía que no podía simplemente quedarse al margen.

Ava sabía que su tarea no era solo cuidar al niño. Tenía que sanar las heridas que otros habían dejado atrás, las que el tiempo había desgastado. Pero, ¿hasta dónde podía llegar? ¿Cuánto más podía intervenir sin desbordar los límites que Ethan había impuesto a todos?

La respuesta era incierta, pero algo dentro de ella le decía que no debía rendirse. Si Adrián la necesitaba, ella estaría allí.

Sin importar lo que eso significara para su relación con Ethan.

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