El rugido bajo y constante de los motores envolvía la cabina del jet privado mientras surcaban el cielo de regreso a Aspromonte. Dante estaba recostado en su asiento de cuero negro, con los codos apoyados en los reposabrazos y los dedos entrelazados frente a su boca. La tensión se aferraba a sus hombros como una losa, y aunque mantenía la mirada fija en la ventanilla, no veía nada en realidad.Había querido volver al día siguiente, pero los asuntos pendientes lo obligaron a permanecer en Milán más de lo previsto. Días interminables en los que apenas tuvo un respiro, donde cada hora estaba marcada por la tensión y el peso de decisiones que no podían postergarse. No hubo tiempo para extrañar a Svetlana… o al menos eso intentó convencerse. Sin embargo, cada madrugada, en esos breves instantes antes de caer rendido por el agotamiento, su recuerdo lo asaltaba con una fuerza inesperada.Milán le había dejado un sabor amargo. No había conseguido descansar ni un segundo, y la responsabilidad
4 días atrás...Svetlana forcejeó con todas sus fuerzas, retorciendo los brazos, intentando zafarse del agarre de aquel hombre que la arrastraba como si fuera un saco de carne. La indignación hervía en su pecho, cada latido era un golpe de rabia que la impulsaba a seguir resistiéndose. No era justo. No era justo que la castigaran cuando lo único que había hecho era defenderse.—¡Suéltame, maldito imbécil! —gruñó, clavando las uñas en la muñeca de su captor.Él ni siquiera se inmutó. Con una facilidad humillante, la tomó por la cintura y la levantó del suelo. Sus pies patearon el aire mientras la cargaba sin esfuerzo por aquel pasillo sombrío.El camino hacia las mazmorras se alargó en una tortura silenciosa. Cada paso retumbaba en las paredes de piedra, el eco seco de las botas de aquel hombre era un presagio funesto. Un sudor frío le recorrió la nuca. ¿A qué se enfrentaría ahí abajo?Un escalofrío le recorrió la columna cuando descendieron los últimos escalones y la humedad la envolv
Lo primero que hizo Dante al despertar fue dar la orden de que sacaran a todos de las mazmorras. Luego de ver a Svetlana en esas condiciones, no creyó sensato seguir manteniendo a Olivia y a Enzo en esas condiciones. Unas semana ya era suficiente para un escarmiento. Fiorella era otro caso, pues con esta última tenía un asunto pendiente.—Tráiganla ante mí —ordenó con voz firme mientras se acomodaba en su despacho, con los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados.Su cabeza aún palpitaba con el peso de todo lo ocurrido. La imagen de Svetlana, rota y vulnerable en sus brazos, le perseguía con una insistencia insoportable.Cuando la puerta se abrió y Fiorella hizo acto de presencia, ya estaba bañada y vestida, pulcra, como si nada hubiera sucedido. Se detuvo a unos pasos de su escritorio e inclinó levemente la cabeza en un gesto de respeto, pero sus ojos destilaban altivez.Dante no perdió el tiempo.—¿Qué fue lo que sucedió? —preguntó sin rodeos, su voz como un látigo en el aire.F
La tarde había transcurrido como una batalla silenciosa, y desde que Svetlana huyó de él, Dante intentó distraerse sumergiéndose en sus asuntos, enfocándose en la construcción del teatro, en revisar cada detalle, en asegurarse de que todo estuviera en orden.Pero su mente no se quedaba quieta.No importaba cuánto intentara concentrarse, ella estaba en todas partes.En el roce del viento frío sobre su piel, recordándole la suavidad de su cuerpo.En el sonido de las herramientas resonando en el lugar, como un eco de su propia ansiedad contenida.En el ardor de su propia sangre, exigiendo algo que no debía desear.Y Svetlana no estaba en mejor estado.Había intentado perderse entre las páginas de sus libros, refugiándose en las historias de amor que tanto adoraba.Pero cada frase, cada escena, cada beso descrito en aquellas novelas románticas la arrastraban de vuelta a él.A su mirada intensa.A la sensación de su aliento sobre su piel cuando la tenía cerca.A ese beso que aún ardía en s
Svetlana despertó con una sensación extrañamente reconfortante. Por primera vez en días, su cuerpo se sentía descansado. Había dormido profundamente, sin pesadillas, sin sobresaltos. Solo calor. Solo la firmeza de un pecho masculino bajo su mejilla, el latido constante que la había arrullado hasta el sueño.Dante.Su respiración pausada le indicó que él aún dormía. Se veía distinto así, relajado, sin la dureza de sus facciones, sin la sombra del peligro latente en su mirada.Parecía otro hombre. Uno más humano. Uno que, si no lo conociera, podría imaginarse como alguien ajeno a todo ese mundo criminal.Pero sí lo conocía.Y por eso no sabía si la admiración que sentía en ese momento era genuina… o si era puro miedo disfrazado de otra cosa.Porque Dante Bellandi era un hombre peligroso.Y, sin embargo… No quería alejarse.Pero también… no podía quedarse.Confundida, Svetlana se deslizó fuera de la cama con cautela, asegurándose de no despertarlo.Él gruñó en sueños y se removió un poco
El ajetreo en la propiedad era digno de una película de acción. Los hombres de Dante se movían en formación táctica, armas en mano, revisando cada rincón de la villa con precisión militar. El sonido de puertas golpeándose contra las paredes, órdenes cortas y firmes, el ladrido de los perros rastreadores y el estruendo de botas pesadas contra el suelo componían una sinfonía de caos organizado.Los helicópteros sobrevolaban el terreno, el polvo se levantaba con cada despegue, y el sol de la tarde proyectaba sombras alargadas sobre la mansión. Sin embargo, a pesar de la intensidad de la búsqueda, no encontraron nada.Ningún cadáver. Ningún rastro de sangre.Dante cerró los ojos un momento, su mandíbula se tensó mientras pasaba una mano por su nuca. Creía en Svetlana. No tenía motivos para mentir en algo así.Pero si el cuerpo había desaparecido… entonces alguien dentro de su propia casa lo había hecho desaparecer.Un traidor. O varios.La búsqueda se prolongó hasta las últimas horas de l
El silencio de la habitación era apenas interrumpido por el leve murmullo del viento golpeando contra las ventanas y el ritmo acompasado de sus respiraciones. Dante despertó con el cuerpo en tensión, con un sobresalto recorriéndole la columna vertebral. La realidad lo golpeó de inmediato: las traiciones, el peligro acechante, la presión de ser el jefe… y Svetlana, tan cerca, tan vulnerable.A su lado, ella se removió suavemente, con su cabello despeinado enredándose en la almohada, su mirada aún somnolienta pero tan jodidamente hermosa bajo la luz tenue de la lámpara que había quedado encendida.—¿Qué sucede? —murmuró con voz rasposa, adormilada.Dante negó con la cabeza, forzándose a fingir tranquilidad.—Nada, sigue durmiendo.Pero era mentira. No podía dormir. No con la tensión apretándole el pecho. No con la sombra de la traición cerniéndose sobre su gente. No con ella acostada a su lado, tan jodidamente cerca...Suspiró con frustración y se acomodó de nuevo. Svetlana se giró en l
La noche envolvía la propiedad de los Bellandi en un silencio engañoso, interrumpido solo por el crujido ocasional de la madera y el murmullo lejano del viento filtrándose entre los árboles. La vieja bodega, oculta tras una hilera de cipreses, era el refugio perfecto para aquellos que querían hablar sin ser escuchados. El aire dentro estaba cargado de humo y desconfianza, espesando el ambiente como una tormenta a punto de estallar.Mientras Dante aún luchaba por recuperar la cordura, por dejar de pensar en ella, en otro rincón de su dominio, las traiciones se cocían a fuego lento.—Todo esto es una gran estupidez —soltó un hombre con voz ronca y cortante, golpeando la mesa con el puño.Su mirada se clavó en otro de los presentes, un veterano con cicatrices en las manos, quien frunció el ceño y se irguió en su silla.—En mis quince años trabajando para los Bellandi, nunca habían dudado de mi lealtad —gruñó, apretando la mandíbula.—No solo dudan de la tuya —intervino un segundo hombre,