Capítulo 32

El ajetreo en la propiedad era digno de una película de acción. Los hombres de Dante se movían en formación táctica, armas en mano, revisando cada rincón de la villa con precisión militar. El sonido de puertas golpeándose contra las paredes, órdenes cortas y firmes, el ladrido de los perros rastreadores y el estruendo de botas pesadas contra el suelo componían una sinfonía de caos organizado.

Los helicópteros sobrevolaban el terreno, el polvo se levantaba con cada despegue, y el sol de la tarde proyectaba sombras alargadas sobre la mansión. Sin embargo, a pesar de la intensidad de la búsqueda, no encontraron nada.

Ningún cadáver. Ningún rastro de sangre.

Dante cerró los ojos un momento, su mandíbula se tensó mientras pasaba una mano por su nuca. Creía en Svetlana. No tenía motivos para mentir en algo así.

Pero si el cuerpo había desaparecido… entonces alguien dentro de su propia casa lo había hecho desaparecer.

Un traidor. O varios.

La búsqueda se prolongó hasta las últimas horas de l
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