El ajetreo en la propiedad era digno de una película de acción. Los hombres de Dante se movían en formación táctica, armas en mano, revisando cada rincón de la villa con precisión militar. El sonido de puertas golpeándose contra las paredes, órdenes cortas y firmes, el ladrido de los perros rastreadores y el estruendo de botas pesadas contra el suelo componían una sinfonía de caos organizado.Los helicópteros sobrevolaban el terreno, el polvo se levantaba con cada despegue, y el sol de la tarde proyectaba sombras alargadas sobre la mansión. Sin embargo, a pesar de la intensidad de la búsqueda, no encontraron nada.Ningún cadáver. Ningún rastro de sangre.Dante cerró los ojos un momento, su mandíbula se tensó mientras pasaba una mano por su nuca. Creía en Svetlana. No tenía motivos para mentir en algo así.Pero si el cuerpo había desaparecido… entonces alguien dentro de su propia casa lo había hecho desaparecer.Un traidor. O varios.La búsqueda se prolongó hasta las últimas horas de l
El silencio de la habitación era apenas interrumpido por el leve murmullo del viento golpeando contra las ventanas y el ritmo acompasado de sus respiraciones. Dante despertó con el cuerpo en tensión, con un sobresalto recorriéndole la columna vertebral. La realidad lo golpeó de inmediato: las traiciones, el peligro acechante, la presión de ser el jefe… y Svetlana, tan cerca, tan vulnerable.A su lado, ella se removió suavemente, con su cabello despeinado enredándose en la almohada, su mirada aún somnolienta pero tan jodidamente hermosa bajo la luz tenue de la lámpara que había quedado encendida.—¿Qué sucede? —murmuró con voz rasposa, adormilada.Dante negó con la cabeza, forzándose a fingir tranquilidad.—Nada, sigue durmiendo.Pero era mentira. No podía dormir. No con la tensión apretándole el pecho. No con la sombra de la traición cerniéndose sobre su gente. No con ella acostada a su lado, tan jodidamente cerca...Suspiró con frustración y se acomodó de nuevo. Svetlana se giró en l
La noche envolvía la propiedad de los Bellandi en un silencio engañoso, interrumpido solo por el crujido ocasional de la madera y el murmullo lejano del viento filtrándose entre los árboles. La vieja bodega, oculta tras una hilera de cipreses, era el refugio perfecto para aquellos que querían hablar sin ser escuchados. El aire dentro estaba cargado de humo y desconfianza, espesando el ambiente como una tormenta a punto de estallar.Mientras Dante aún luchaba por recuperar la cordura, por dejar de pensar en ella, en otro rincón de su dominio, las traiciones se cocían a fuego lento.—Todo esto es una gran estupidez —soltó un hombre con voz ronca y cortante, golpeando la mesa con el puño.Su mirada se clavó en otro de los presentes, un veterano con cicatrices en las manos, quien frunció el ceño y se irguió en su silla.—En mis quince años trabajando para los Bellandi, nunca habían dudado de mi lealtad —gruñó, apretando la mandíbula.—No solo dudan de la tuya —intervino un segundo hombre,
El silencio en la sala era espeso, como la bruma de una tormenta inminente. Los hombres de Dante se mantenían en posición, algunos con los brazos cruzados sobre el pecho, otros con la mano cerca del arma en su cinturón. El polígrafo aún parpadeaba en la pantalla, registrando los últimos latidos del interrogatorio, mientras los conspiradores al final de la fila se agitaban con una inquietud creciente.Uno de ellos, el más alto y robusto, apretó la mandíbula y sacó lentamente la mano de su chaqueta. Su mirada se oscureció, y antes de que alguien pudiera reaccionar, sacó su arma y la apuntó directamente hacia Dante.—¡Nadie se mueva! —rugió con la voz áspera, sujeta a la adrenalina.El tiempo pareció detenerse. El metal del arma reflejaba la luz de la lámpara sobre la mesa, y en el instante siguiente, tres más siguieron su ejemplo, desenfundando sus pistolas con movimientos rápidos y precisos.Los traidores se miraron entre ellos con una mezcla de furia y determinación. Pero entonces, la
Minutos antes...Svetlana parecía una leona en cautiverio. Su cuerpo, tenso y en alerta, se movía en círculos por la habitación, sus pasos creando un patrón invisible sobre la alfombra. Si seguía caminando de esa manera, pronto abriría una zanja en el suelo.Cada fibra de su ser vibraba con una inquietud que no lograba controlar. Sentía el pecho oprimido, como si una mano invisible se cerrara sobre su corazón, estrujándolo. Todo lo que estaba sucediendo la tenía intranquila.Por primera vez desde que fue arrancada de su vida, no pensó en su familia. No pensó en Rusia, en el ballet, ni en los escenarios que tanto extrañaba. Su mente estaba ocupada en otra cosa. O mejor dicho, en alguien.Dante.El nombre era un susurro en su cabeza, un eco constante que la volvía loca. Él estaba en peligro, lo presentía. Y aunque en más de una ocasión intentó convencerse de que todo lo que sentía era una completa locura, que él la estaba manipulando, que debía centrarse y recobrar la cordura… le result
El caos era absoluto. Gritos, pasos apresurados, órdenes gritadas al aire sin que nadie supiera bien a quién iban dirigidas. Hombres forcejeaban entre sí, algunos sujetaban a otros, intentando contener la tensión que amenazaba con salirse de control. Pero Dante no veía nada de eso. No escuchaba más que un zumbido ensordecedor en sus oídos, un sonido agudo y persistente que le perforaba el cerebro mientras presionaba con ambas manos el abdomen de Svetlana.—No te atrevas… No te atrevas a irte —susurró, con la voz quebrada por el pánico.El peso de su cuerpo tembloroso se inclinaba sobre ella, sus rodillas clavadas en el suelo frío de mármol mientras la sostenía contra su regazo. Su piel estaba helada, y aunque sus labios aún conservaban algo de color, Dante sabía que no era más que la última trampa antes de que toda la vida se le escurriera de entre los dedos.—¡Svetlana, abre los ojos! —Le dio suaves palmadas en las mejillas, desesperado por una reacción, un parpadeo, un mínimo gesto q
El tiempo se había detenido para Dante. Desde que las puertas se cerraron tras la camilla que se llevaba a Svetlana, no había apartado la vista de ellas. Se mantenía de pie, inmóvil, como un depredador al acecho, pero con el pecho constreñido por una angustia que no sabía manejar. Su mente solo tenía espacio para un único pensamiento: ¿estará viva?El pasillo del hospital privado era un lugar impersonal, iluminado con luces frías que contrastaban con la sangre seca en sus manos. La de ella. La de Svetlana.Fabio se mantenía cerca, observándolo con una mezcla de inquietud y resignación. Sabía que, de cualquier forma, esto no terminaría bien. Si Svetlana moría, Dante arrasaría con todo a su paso. Y si sobrevivía… también.Dentro del quirófano, el ambiente era frenético.—¡Necesito más suero! ¡El pulso sigue inestable! —ordenó el cirujano, con la voz firme pero urgente.Las luces intensas proyectaban sombras sobre los rostros cubiertos por mascarillas. Svetlana yacía en la mesa de operac
La puerta de la clínica se cerró tras ella con un sonido hueco, y el aire helado de la noche le golpeó el rostro. Fiorella se detuvo un instante, inhalando profundamente, como si intentara contener el torbellino de emociones que la embargaba. Pero fue inútil. Un gruñido bajo y gutural escapó de sus labios apretados.—¡Ojalá esa maldita se muera! —farfulló entre dientes, sintiendo cómo la rabia le quemaba por dentro.La odiaba. Con cada fibra de su ser.Dante debía ser suyo. No de esa intrusa. No de esa mujerzuela que había aparecido de la nada para arrebatarle lo que le pertenecía. Lo había visto crecer, convertirse de un enclenque muchacho en un hombre imponente, fuerte, poderoso. Lo había amado en silencio durante años, soñando con el día en que él la viera como algo más que la niña que siempre había estado a su lado.Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. No, no iba a dejar que esa puta rusa arruinara lo que había esperado toda su vida.Su mente se deslizó