El silencio en la sala era espeso, como la bruma de una tormenta inminente. Los hombres de Dante se mantenían en posición, algunos con los brazos cruzados sobre el pecho, otros con la mano cerca del arma en su cinturón. El polígrafo aún parpadeaba en la pantalla, registrando los últimos latidos del interrogatorio, mientras los conspiradores al final de la fila se agitaban con una inquietud creciente.Uno de ellos, el más alto y robusto, apretó la mandíbula y sacó lentamente la mano de su chaqueta. Su mirada se oscureció, y antes de que alguien pudiera reaccionar, sacó su arma y la apuntó directamente hacia Dante.—¡Nadie se mueva! —rugió con la voz áspera, sujeta a la adrenalina.El tiempo pareció detenerse. El metal del arma reflejaba la luz de la lámpara sobre la mesa, y en el instante siguiente, tres más siguieron su ejemplo, desenfundando sus pistolas con movimientos rápidos y precisos.Los traidores se miraron entre ellos con una mezcla de furia y determinación. Pero entonces, la
Minutos antes...Svetlana parecía una leona en cautiverio. Su cuerpo, tenso y en alerta, se movía en círculos por la habitación, sus pasos creando un patrón invisible sobre la alfombra. Si seguía caminando de esa manera, pronto abriría una zanja en el suelo.Cada fibra de su ser vibraba con una inquietud que no lograba controlar. Sentía el pecho oprimido, como si una mano invisible se cerrara sobre su corazón, estrujándolo. Todo lo que estaba sucediendo la tenía intranquila.Por primera vez desde que fue arrancada de su vida, no pensó en su familia. No pensó en Rusia, en el ballet, ni en los escenarios que tanto extrañaba. Su mente estaba ocupada en otra cosa. O mejor dicho, en alguien.Dante.El nombre era un susurro en su cabeza, un eco constante que la volvía loca. Él estaba en peligro, lo presentía. Y aunque en más de una ocasión intentó convencerse de que todo lo que sentía era una completa locura, que él la estaba manipulando, que debía centrarse y recobrar la cordura… le result
El caos era absoluto. Gritos, pasos apresurados, órdenes gritadas al aire sin que nadie supiera bien a quién iban dirigidas. Hombres forcejeaban entre sí, algunos sujetaban a otros, intentando contener la tensión que amenazaba con salirse de control. Pero Dante no veía nada de eso. No escuchaba más que un zumbido ensordecedor en sus oídos, un sonido agudo y persistente que le perforaba el cerebro mientras presionaba con ambas manos el abdomen de Svetlana.—No te atrevas… No te atrevas a irte —susurró, con la voz quebrada por el pánico.El peso de su cuerpo tembloroso se inclinaba sobre ella, sus rodillas clavadas en el suelo frío de mármol mientras la sostenía contra su regazo. Su piel estaba helada, y aunque sus labios aún conservaban algo de color, Dante sabía que no era más que la última trampa antes de que toda la vida se le escurriera de entre los dedos.—¡Svetlana, abre los ojos! —Le dio suaves palmadas en las mejillas, desesperado por una reacción, un parpadeo, un mínimo gesto q
El tiempo se había detenido para Dante. Desde que las puertas se cerraron tras la camilla que se llevaba a Svetlana, no había apartado la vista de ellas. Se mantenía de pie, inmóvil, como un depredador al acecho, pero con el pecho constreñido por una angustia que no sabía manejar. Su mente solo tenía espacio para un único pensamiento: ¿estará viva?El pasillo del hospital privado era un lugar impersonal, iluminado con luces frías que contrastaban con la sangre seca en sus manos. La de ella. La de Svetlana.Fabio se mantenía cerca, observándolo con una mezcla de inquietud y resignación. Sabía que, de cualquier forma, esto no terminaría bien. Si Svetlana moría, Dante arrasaría con todo a su paso. Y si sobrevivía… también.Dentro del quirófano, el ambiente era frenético.—¡Necesito más suero! ¡El pulso sigue inestable! —ordenó el cirujano, con la voz firme pero urgente.Las luces intensas proyectaban sombras sobre los rostros cubiertos por mascarillas. Svetlana yacía en la mesa de operac
La puerta de la clínica se cerró tras ella con un sonido hueco, y el aire helado de la noche le golpeó el rostro. Fiorella se detuvo un instante, inhalando profundamente, como si intentara contener el torbellino de emociones que la embargaba. Pero fue inútil. Un gruñido bajo y gutural escapó de sus labios apretados.—¡Ojalá esa maldita se muera! —farfulló entre dientes, sintiendo cómo la rabia le quemaba por dentro.La odiaba. Con cada fibra de su ser.Dante debía ser suyo. No de esa intrusa. No de esa mujerzuela que había aparecido de la nada para arrebatarle lo que le pertenecía. Lo había visto crecer, convertirse de un enclenque muchacho en un hombre imponente, fuerte, poderoso. Lo había amado en silencio durante años, soñando con el día en que él la viera como algo más que la niña que siempre había estado a su lado.Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. No, no iba a dejar que esa puta rusa arruinara lo que había esperado toda su vida.Su mente se deslizó
El amanecer se filtró lentamente a través de los ventanales de la clínica, tiñendo los muros de un dorado pálido. La villa frente al edificio despertaba bajo la caricia del sol, que se derramaba sobre los tejados con una calidez engañosa. Afuera, la vida seguía su curso: el canto de los pájaros anunciaba el nuevo día y las sombras de la noche se disipaban con parsimonia. Pero dentro de esas paredes, el tiempo parecía haberse detenido.Dante estaba ahí, hundido en el banco del pasillo, con la cabeza recargada contra la pared y los ojos fijos en un punto muerto del suelo. El cansancio se adhería a su piel como una segunda sombra. Las ojeras, marcadas y profundas, le oscurecían la mirada, y el rastro de una barba incipiente le daba un aire aún más desaliñado. Su camisa, desabotonada hasta la mitad del pecho, dejaba entrever el bronceado de su piel y el ritmo pausado y tenso de su respiración. Los mechones de su cabello, despeinados por la constante fricción de sus dedos, daban testimonio
Dante había caído rendido. Después de noches sin dormir, velando por Svetlana como un guardián incansable, el agotamiento finalmente lo doblegó. Su cuerpo, forzado más allá de sus límites, cedió en el sillón junto a su cama, donde aún dormía ella, frágil y hermosa, conectada a los monitores que marcaban el ritmo pausado de su respiración.El sueño lo atrapó con rudeza, profundo y sin sueños, hasta que un estruendo desde el exterior lo arrancó de sus breves momentos de descanso. Voces, pasos apresurados, gritos que se mezclaban con el eco metálico de armas cargándose. Dante parpadeó, aún atrapado entre el letargo y la realidad, su mente nublada por la confusión. Se llevó una mano al rostro, masajeando sus sienes cuando la puerta se abrió de golpe. Fabio entró con la expresión tensa y su mirada afilada como una navaja.—¿Qué está sucediendo afuera, Fabio? —preguntó Dante, su voz estaba ronca por el sueño interrumpido, parpadeó repetidamente mientras intentaba enfocar su visión.Fabio no
Dante salió de la habitación con pasos firmes y su silueta proyectó una sombra alargada bajo la luz cruda del sol que se filtraba por los ventanales del pasillo. Fabio lo siguió de cerca, su expresión tensa, como si supiera que algo estaba a punto de explotar.Afuera, el calor era sofocante, y la multitud de hombres reunidos, vibraba con una energía densa y peligrosa. El murmullo de voces se convirtió en un silencio tenso cuando Dante apareció en el umbral, con los hombros anchos, la mirada oscura como la noche y el porte de un rey que está a punto de dictar sentencia.—¿Quién de ustedes se atreve a cuestionar mi liderazgo? —rugió su voz, un trueno en medio del aire caliente.Los hombres se removieron inquietos, algunos desviaron la mirada, otros apretaron los dientes con desafío. Entre ellos, un hombre dio un paso al frente. Angelo, uno de los lugartenientes más antiguos, con cicatrices que hablaban de batallas pasadas y ojos que reflejaban años de lealtad… o lo que quedaba de ella.—