El amanecer se filtró lentamente a través de los ventanales de la clínica, tiñendo los muros de un dorado pálido. La villa frente al edificio despertaba bajo la caricia del sol, que se derramaba sobre los tejados con una calidez engañosa. Afuera, la vida seguía su curso: el canto de los pájaros anunciaba el nuevo día y las sombras de la noche se disipaban con parsimonia. Pero dentro de esas paredes, el tiempo parecía haberse detenido.Dante estaba ahí, hundido en el banco del pasillo, con la cabeza recargada contra la pared y los ojos fijos en un punto muerto del suelo. El cansancio se adhería a su piel como una segunda sombra. Las ojeras, marcadas y profundas, le oscurecían la mirada, y el rastro de una barba incipiente le daba un aire aún más desaliñado. Su camisa, desabotonada hasta la mitad del pecho, dejaba entrever el bronceado de su piel y el ritmo pausado y tenso de su respiración. Los mechones de su cabello, despeinados por la constante fricción de sus dedos, daban testimonio
Dante había caído rendido. Después de noches sin dormir, velando por Svetlana como un guardián incansable, el agotamiento finalmente lo doblegó. Su cuerpo, forzado más allá de sus límites, cedió en el sillón junto a su cama, donde aún dormía ella, frágil y hermosa, conectada a los monitores que marcaban el ritmo pausado de su respiración.El sueño lo atrapó con rudeza, profundo y sin sueños, hasta que un estruendo desde el exterior lo arrancó de sus breves momentos de descanso. Voces, pasos apresurados, gritos que se mezclaban con el eco metálico de armas cargándose. Dante parpadeó, aún atrapado entre el letargo y la realidad, su mente nublada por la confusión. Se llevó una mano al rostro, masajeando sus sienes cuando la puerta se abrió de golpe. Fabio entró con la expresión tensa y su mirada afilada como una navaja.—¿Qué está sucediendo afuera, Fabio? —preguntó Dante, su voz estaba ronca por el sueño interrumpido, parpadeó repetidamente mientras intentaba enfocar su visión.Fabio no
Dante salió de la habitación con pasos firmes y su silueta proyectó una sombra alargada bajo la luz cruda del sol que se filtraba por los ventanales del pasillo. Fabio lo siguió de cerca, su expresión tensa, como si supiera que algo estaba a punto de explotar.Afuera, el calor era sofocante, y la multitud de hombres reunidos, vibraba con una energía densa y peligrosa. El murmullo de voces se convirtió en un silencio tenso cuando Dante apareció en el umbral, con los hombros anchos, la mirada oscura como la noche y el porte de un rey que está a punto de dictar sentencia.—¿Quién de ustedes se atreve a cuestionar mi liderazgo? —rugió su voz, un trueno en medio del aire caliente.Los hombres se removieron inquietos, algunos desviaron la mirada, otros apretaron los dientes con desafío. Entre ellos, un hombre dio un paso al frente. Angelo, uno de los lugartenientes más antiguos, con cicatrices que hablaban de batallas pasadas y ojos que reflejaban años de lealtad… o lo que quedaba de ella.—
El restaurante estaba cerrado al público, pero en su interior, la mesa principal estaba ocupada por cinco hombres. La madera oscura reflejaba el parpadeo de la luz tenue de la lámpara de araña, mientras copas de vino y ceniceros rebosantes de colillas acompañaban la conversación. Afuera, la brisa marina de Palermo soplaba con la promesa de tormenta.Salvatore Filippi, un hombre de cabello plateado y piel curtida por los años, exhaló el humo de su cigarro con un suspiro pesado.—El niño ha crecido —murmuró, con un tono en el que se mezclaban respeto y peligro.—Niño no es la palabra —intervino Enzo Greco, con su brazo apoyado en la mesa, tamborileando los dedos contra la madera—. Dante Bellandi demostró que no perdona la traición. Mató a veintisiete de los suyos. Eso no se ve todos los días.Giancarlo Bianchi, un siciliano de ojos claros y astucia letal, tomó un sorbo de su vino antes de hablar.—Lo hizo rápido. Sin ceremonias. Sin dudas. Igual que Vittorio en sus mejores tiempos.El no
La villa Bellandi dormía en el amparo de la noche. El silencio se esparcía como un manto espeso, roto solo por el lejano susurro del viento contra las ventanas y el crujido ocasional de la madera envejecida. En la habitación, la luz suave de una lámpara proyectaba sombras sobre las paredes, bañando en tonos dorados la figura dormida de Svetlana.Dante estaba ahí, sentado en un sillón junto a su cama. Sostenía un vaso de whisky entre los dedos, pero hacía tiempo que había olvidado beber. Sus ojos estaban fijos en ella, en la calma de su respiración, en la manera en que sus labios se entreabrían suavemente con cada inhalación.Habían pasado dos semanas.Las herida de Svetlana ya había sanado, su piel había recuperado su color, y su cuerpo, su fuerza. Pero en él, el miedo ardía en su pecho. Un miedo que no reconocía, que despreciaba, porque los hombres como él no tenían derecho a temer. Pero cuando la miraba… Cuando recordaba su piel aún marcada por la brutalidad que había sufrido, el pá
El aroma del tabaco flotaba en el aire, mezclándose con el café humeante que descansaba en varias tazas sobre la mesa de roble macizo. La luz cálida de la lámpara en la esquina iluminaba la estancia con un resplandor tenue, proyectando sombras alargadas en las paredes de piedra.Dante estaba en la cabecera de la mesa, con la postura relajada pero con la mirada afilada, observando a los hombres que habían acudido a la reunión. Vestía una camisa negra con las mangas arremangadas, y en sus dedos jugaba distraídamente con un encendedor de plata.Algunas sillas estaban vacías, un recordatorio de que la traición se pagaba con sagre.Los rostros que sí estaban ahí eran los que habían demostrado su lealtad. Y Dante recompensaba la lealtad.—Las cosas han sido un caos últimamente —comenzó, apoyando los antebrazos sobre la mesa—, pero ya es momento de volver al orden.Los hombres escuchaban en silencio, atentos.—Primero que nada, respecto a los pagos… no era mi intención retrasarme. —Hizo una p
El último acorde vibró en el aire, extinguiéndose lentamente, dejando tras de sí un silencio denso, palpitante. Svetlana permaneció inmóvil en el centro del salón, con el pecho subiendo y bajando levemente, aún inmersa en la melodía que acababa de interpretar.Dante se puso de pie, salió del cuarto secreto y entró en el salón. Cerró la puerta con seguro, un sonido seco que rebotó en las paredes y selló la atmósfera con una sensación de inminencia. Dio largas zancadas hacia ella, y su sola presencia lo llenó todo.Svetlana lo miró, entre sorprendida y emocionada. Su corazón latió más rápido cuando entendió que él no iba a detenerse. No esta vez.Dante no pidió permiso.Sujetó la nuca de ella con firmeza y estampó su boca sobre la suya, con una fiereza desbordante, como si el hambre lo consumiera y solo ella pudiera saciarlo. Svetlana jadeó contra sus labios, pero apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que él la devorara por completo. Un beso duro, urgente, de necesidad cruda.El fueg
El cuerpo de Svetlana despertó antes que su mente. Lo primero que sintió fue un leve dolor en sus músculos, una tensión placentera que la hizo sonreír contra la almohada. Era un dolor delicioso, el mismo que sentía tras un entrenamiento extenuante, pero diferente a la vez… más profundo, más íntimo. Como si su piel, su carne y hasta sus huesos supieran que habían sido poseídos con furia y devoción.Abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la suave luz que se filtraba por la ventana. No estaba en su habitación. Su mirada recorrió el espacio a su alrededor: paredes de un gris oscuro, muebles de madera maciza, el aroma a cuero y tabaco impregnando el aire… Dante.Dios, Dante.Giró el rostro y lo encontró a su lado, dormido, con una expresión serena que contrastaba con la intensidad feroz con la que la había tomado horas atrás. Sus pestañas largas proyectaban sombras sobre sus pómulos marcados, su mandíbula cuadrada estaba relajada, y sus labios, aquellos mismos labios que la habían bes