Capítulo 39
La puerta de la clínica se cerró tras ella con un sonido hueco, y el aire helado de la noche le golpeó el rostro. Fiorella se detuvo un instante, inhalando profundamente, como si intentara contener el torbellino de emociones que la embargaba. Pero fue inútil. Un gruñido bajo y gutural escapó de sus labios apretados.

—¡Ojalá esa maldita se muera! —farfulló entre dientes, sintiendo cómo la rabia le quemaba por dentro.

La odiaba. Con cada fibra de su ser.

Dante debía ser suyo. No de esa intrusa. No de esa mujerzuela que había aparecido de la nada para arrebatarle lo que le pertenecía. Lo había visto crecer, convertirse de un enclenque muchacho en un hombre imponente, fuerte, poderoso. Lo había amado en silencio durante años, soñando con el día en que él la viera como algo más que la niña que siempre había estado a su lado.

Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. No, no iba a dejar que esa puta rusa arruinara lo que había esperado toda su vida.

Su mente se deslizó
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