Capítulo 25
El rugido del jet privado cortaba el cielo con la misma precisión con la que un bisturí disecciona la carne. La cabina estaba sumida en una tensa calma, solo interrumpida por el murmullo de los motores y el tenue tintineo de los vasos de cristal cuando alguno de los hombres movía la muñeca con impaciencia.

Dante estaba sentado junto a la ventanilla, una copa de whisky en la mano y la mirada fija en el vacío. A lo lejos, las luces de la ciudad parecían un enjambre de luciérnagas atrapadas en la negrura de la madrugada, pero él no las veía realmente. Su mente estaba en otra parte.

Svetlana.

Desde la noche del baile, desde la forma en la que sus cuerpos se habían entrelazado con una sincronía que iba más allá del movimiento, no había podido sacársela de la cabeza. Había algo en ella que lo desarmaba. No eran solo su fragilidad ni su evidente vulnerabilidad, sino la manera en la que, sin proponérselo, se estaba filtrando en cada grieta de su existencia.

Nunca se había permitido pensar en u
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